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domingo, 2 de julio de 2017
Debemos “ejercer justicia” al andar con Dios
IMAGÍNESE que se encuentra atrapado en un naufragio. En el momento en que ha perdido la esperanza, acude un rescatador y lo lleva a un lugar seguro. ¡Qué alivio siente cuando lo aleja del siniestro y le dice: “Ya está a salvo”! ¿No estaría en deuda con él? Literalmente le debería la vida.
2 En algunos aspectos, este ejemplo ilustra lo que ha hecho Jehová por nosotros. Es patente que estamos en deuda con él. A fin de cuentas, es quien ha suministrado el rescate, posibilitando nuestra liberación de las garras del pecado y la muerte. Nos sentimos seguros, conscientes de que, mientras demostremos fe en ese valiosísimo sacrificio, se nos perdonarán los pecados y tendremos garantizado un futuro eterno (1 Juan 1:7; 4:9). Como vimos en el capítulo 14, el rescate es una manifestación sublime del amor y la justicia de Dios. ¿Cómo hemos de reaccionar ante esta dádiva?
3 Es apropiado examinar lo que nos reclama nuestro amoroso Rescatador, el Todopoderoso, quien se expresó así por boca del profeta Miqueas: “Él te ha dicho, oh hombre terrestre, lo que es bueno. ¿Y qué es lo que Jehová está pidiendo de vuelta de ti sino ejercer justicia y amar la bondad y ser modesto al andar con tu Dios?” (Miqueas 6:8). Observamos que “ejercer justicia” es uno de sus requisitos. ¿Cómo lo satisfacemos?
Sigamos tras la “verdadera justicia”
4 Jehová espera que nos rijamos por sus normas del bien y del mal. Puesto que son rectas, aplicarlas equivale a perseguir la rectitud. “Aprendan a hacer lo bueno; busquen la justicia”, dice Isaías 1:17. La Biblia nos insta a ‘buscar la justicia’ y a “vestir[nos] de la nueva personalidad que fue creada conforme a la voluntad de Dios en verdadera justicia” (Sofonías 2:3; Efesios 4:24). La auténtica justicia repudia la violencia, la impureza y la inmoralidad, porque atentan contra la santidad (Salmo 11:5; Efesios 5:3-5).
5 ¿Supone una carga obedecer los justos preceptos de Jehová? De ningún modo. Sus requisitos no irritan al corazón que se siente atraído al Creador. Dado el afecto que sentimos por él y por todo lo que representa, deseamos que nuestra forma de vivir le agrade (1 Juan 5:3). Recordemos que él “ama los actos justos” (Salmo 11:7). Por tanto, si queremos imitar su rectitud, tenemos que amar lo que ama y odiar lo que odia (Salmo 97:10).
6 A las personas imperfectas nos resulta difícil buscar la justicia. Tenemos que desnudarnos de la vieja personalidad con sus prácticas pecaminosas y vestirnos de otra totalmente diferente, que, como dice la Biblia, “va haciéndose nueva” mediante conocimiento exacto (Colosenses 3:9, 10). Las palabras “va haciéndose nueva” indican que la adopción de esta personalidad es un proceso continuo y arduo. Y no importa cuánto nos esforcemos por actuar bien, habrá momentos en que nuestras tendencias nos harán pecar de pensamiento, palabra u obra (Romanos 7:14-20; Santiago 3:2).
7 ¿Cómo deberíamos ver los fracasos en la lucha por practicar la justicia? Aunque, claro está, no queremos restarle importancia al pecado, nunca hemos de darnos por vencidos ni pensar que tales deficiencias nos hacen indignos de servir a nuestro benévolo Dios. Él ha dispuesto lo necesario para que recobre su favor quien se arrepienta de corazón. Reflexionemos en estas alentadoras palabras del apóstol Juan: “Les escribo estas cosas para que no cometan un pecado”. Pero luego admite con realismo: “No obstante, si alguno comete un pecado [a causa de la imperfección heredada], tenemos un ayudante para con el Padre, a Jesucristo” (1 Juan 2:1). En efecto, Jehová ha suministrado el sacrificio redentor de Jesús para que podamos servirle de modo acepto a sus ojos pese a nuestra naturaleza pecaminosa. ¿No nos mueve este hecho a hacer lo sumo posible por agradarle?
Las buenas nuevas y la justicia divina
8 Ejercitamos la justicia —y de hecho imitamos la de Jehová— al hacer cuanto esté en nuestra mano por predicar las buenas nuevas del Reino. Ahora bien, ¿qué relación hay entre estas y la justicia divina?
9 Jehová no eliminará este mundo perverso sin antes dar advertencia. En su profecía sobre los sucesos del tiempo del fin, Jesús dijo: “En todas las naciones primero tienen que predicarse las buenas nuevas” (Marcos 13:10; Mateo 24:3). El adverbio “primero” implica que la predicación mundial irá seguida de otros eventos, entre ellos la predicha gran tribulación, en la que se destruirá a los malvados y se preparará el camino para instaurar un nuevo mundo donde imperará la rectitud (Mateo 24:14, 21, 22). Ciertamente, nadie tiene razón para acusar a Dios de no ser equitativo con los impíos, pues les avisa, dándoles muchas oportunidades para enmendarse y librarse de la destrucción (Jonás 3:1-10).
10 ¿Cómo manifestamos la justicia divina al predicar las buenas nuevas? En primer lugar, es justo hacer todo lo posible por ayudar al prójimo a salvarse. Retomemos la ilustración del naufragio. Una vez que usted estuviera a bordo de la lancha de salvamento, sin duda trataría de socorrer a quienes siguieran en el agua. De igual modo, tenemos el deber de auxiliar a quienes luchan por sobrevivir en las “aguas” de este mundo malvado. Aunque muchos rechazan nuestro mensaje, mientras Jehová siga demostrando paciencia, estamos obligados a brindarles la oportunidad de que “alcancen el arrepentimiento” y así emprendan el camino de la salvación (2 Pedro 3:9).
11 Al predicar las buenas nuevas a cuantos encontramos, manifestamos la justicia de otra forma importante: actuamos sin favoritismo. Hay que recordar que “Dios no es parcial, sino que, en toda nación, el que le teme y obra justicia le es acepto” (Hechos 10:34, 35). Por lo tanto, imitamos la equidad divina cuando rechazamos los prejuicios y llevamos las buenas nuevas sin reparar en la raza ni en la posición social o económica de la gente. De este modo permitimos que quienes estén dispuestos a ello las escuchen y reaccionen en consecuencia (Romanos 10:11-13).
La manera de tratar al prójimo
12 También ejercitamos la justicia tratando a los demás como nos trata el Creador. Es fácil juzgarlos, criticarlos y cuestionar sus intenciones. Pero ¿a quién le gustaría que el Altísimo evaluara implacablemente sus motivos y defectos? Él no procede así con nosotros, como bien indicó el salmista: “Si errores fuera lo que tú vigilas, oh Jah, oh Jehová, ¿quién podría estar de pie?” (Salmo 130:3). ¿Verdad que agradecemos que el Dios justo y misericordioso no se centre en nuestros fallos? (Salmo 103:8-10.) Entonces, ¿cómo deberíamos tratar al semejante?
13 Si comprendemos que la justicia divina es misericordiosa, no nos apresuraremos a juzgar al prójimo en asuntos que no nos conciernan o que sean de importancia secundaria. En el Sermón del Monte, Jesús advirtió a su auditorio: “Dejen de juzgar, para que no sean juzgados” (Mateo 7:1). De acuerdo con el evangelista Lucas, luego añadió: “Dejen de condenar, y de ninguna manera serán condenados” (Lucas 6:37). Cristo demostró que conocía la tendencia del hombre imperfecto a erigirse en juez de su semejante. Era preciso que los oyentes de Jesús que acostumbraran juzgar con severidad dejaran de hacerlo.
14 ¿Por qué ‘dejar de juzgar’? Primero, porque la autoridad que poseemos es limitada. El discípulo Santiago nos recuerda que “uno solo hay que es legislador y juez”: Jehová. Luego formula esta significativa pregunta: “Tú, ¿quién eres, para que estés juzgando a tu prójimo?” (Santiago 4:12; Romanos 14:1-4). Además, nuestra naturaleza pecaminosa se presta a la emisión de juicios poco equitativos. Muchas actitudes y motivos —como el prejuicio, el orgullo herido, los celos y el fariseísmo— pueden llevarnos a ver al semejante con una óptica distorsionada. Y adolecemos de muchas más limitaciones, en las que conviene meditar para no apresurarnos a señalar las faltas ajenas. Por ejemplo, no podemos leer el corazón ni conocemos todas las circunstancias de nadie. Entonces, ¿quiénes somos para imputar malas intenciones a un hermano en la fe o criticar el empeño con que sirve a Dios? En imitación del Todopoderoso, es mucho mejor pasar por alto los defectos y buscar las virtudes.
15 ¿Qué puede decirse de los familiares? Es de lamentar que en el mundo actual se dicten algunas de las sentencias más implacables en un lugar que debería ser un remanso de paz: el hogar. No es raro oír de cónyuges o padres maltratadores que “condenan” a los suyos a una avalancha constante de abusos verbales o físicos. Pues bien, entre los siervos de Dios no caben las palabras crueles, el sarcasmo ofensivo ni las demás agresiones (Efesios 4:29, 31; 5:33; 6:4). Los mandatos de Jesús “dejen de juzgar” y “dejen de condenar” también son aplicables al hogar. Recordemos que practicar la justicia implica tratar a los demás como nos trata Jehová, quien nunca es cruel ni áspero con quienes lo amamos, sino “muy tierno en cariño” (Santiago 5:11). Sin duda, un gran dechado para nosotros.
Los ancianos sirven “para derecho mismo”
16 Todos los cristianos tienen la obligación de ejercitar la justicia, pero en particular los ancianos de la congregación. Fijémonos en la descripción profética que hizo Isaías de tales superintendentes, o “príncipes”: “¡Mira! Un rey reinará para justicia misma; y en cuanto a príncipes, gobernarán como príncipes para derecho mismo” (Isaías 32:1). En efecto, Jehová espera que sirvan a la causa de la rectitud. ¿Cómo pueden hacerlo?
17 Estos hermanos capacitados espiritualmente saben muy bien que la rectitud exige mantener pura a la congregación. Cuando han de juzgar casos de pecados graves, tienen presente que la justicia divina procura actuar con misericordia siempre que sea posible. Por ello tratan de inducir al pecador a arrepentirse de corazón. Ahora bien, ¿qué sucede si, pese a los intentos de ayudarle, no lo logran? La Palabra de Jehová estipula con toda justicia una medida firme: “Remuevan al hombre inicuo de entre ustedes”. En otras palabras, se le expulsa de la congregación (1 Corintios 5:11-13; 2 Juan 9-11). Aunque a los ancianos les duele verse obligados a tomar esta decisión, comprenden que es necesario para salvaguardar la pureza moral y espiritual de la congregación. Aun así, esperan que algún día el transgresor entre en razón y vuelva al pueblo de Dios (Lucas 15:17, 18).
18 Servir a la causa de la justicia también conlleva ofrecer consejos bíblicos siempre que sea preciso. Claro, los ancianos no andan buscando defectos en los demás, ni aprovechan cada ocasión que se presenta para corregirlos. Pero puede que un hermano en la fe “dé algún paso en falso antes que se dé cuenta de ello”. Dado que la justicia divina no es ni cruel ni insensible, es preciso que “traten de reajustar a tal hombre con espíritu de apacibilidad” (Gálatas 6:1). No lo regañarán ni utilizarán palabras duras, sino que lo animarán con consejos amorosos. Aunque tengan que aplicarle la debida censura —exponiendo con franqueza las consecuencias del proceder imprudente—, recordarán que quien se ha descarriado es una oveja del rebaño de Jehová (Lucas 15:7). Cuando se evidencia amor tanto en la motivación del consejo como en la forma de impartirlo, es más fácil que se consiga el objetivo de reajustar al hermano.
19 Los ancianos han de tomar muchas decisiones que tienen que ver con sus hermanos cristianos. Por ejemplo, se reúnen periódicamente para analizar qué varones de la congregación reúnen las condiciones para ser recomendados como superintendentes o siervos ministeriales. Comprenden la importancia de proceder con imparcialidad, por lo que no basan las recomendaciones en sus preferencias, sino en los requisitos divinos. De este modo actúan “sin prejuicio, y no ha[cen] nada según una inclinación parcial” (1 Timoteo 5:21).
20 Los ancianos también administran la justicia divina de otras maneras. Después de predecir que servirían “para derecho mismo”, Isaías dijo: “Cada uno tiene que resultar ser como escondite contra el viento y escondrijo contra la tempestad de lluvia, como corrientes de agua en país árido, como la sombra de un peñasco pesado en una tierra agotada” (Isaías 32:2). De este modo, procuran brindar consuelo y alivio a sus hermanos en la fe.
21 Muchos requieren estímulo ante la multitud de problemas desalentadores que los abruman. Ancianos, ¿cómo ayudarán “a las almas abatidas”? (1 Tesalonicenses 5:14.) Escúchenlas con empatía (Santiago 1:19). Tal vez necesiten manifestarle su inquietud a alguien de confianza (Proverbios 12:25). Confírmenles que gozan del aprecio y amor de Jehová y de sus hermanos cristianos (1 Pedro 1:22; 5:6, 7). Además, oren con ellas y a favor de ellas. Quizás las reconforte escuchar el ruego sincero de un superintendente (Santiago 5:14, 15). El Dios de la rectitud tomará buena nota de sus desvelos por ayudar a los deprimidos.
22 Ciertamente, nos acercamos más al Ser supremo al imitar su justicia. Lo logramos siempre que sostenemos sus rectas normas, difundimos las buenas nuevas de salvación y nos centramos en las virtudes del prójimo, no en sus defectos. Y ustedes, ancianos, reflejan la justicia divina cada vez que salvaguardan la pureza de la congregación, dan edificantes consejos bíblicos, adoptan decisiones imparciales y animan a los desalentados. ¡Qué gozo debe sentir Jehová al ver desde los cielos que su pueblo hace lo sumo posible por “ejercer justicia” al andar con él!
[Notas]
Algunas versiones dicen “no juzguen” y “no condenen”, lecturas que pudieran entenderse como “no empiecen a juzgar” y “no empiecen a condenar”. Sin embargo, los escritores bíblicos utilizan en ambos casos, en su forma negativa, el imperativo presente, que indica acción continuada. Por consiguiente, las acciones indicadas ya estaban en curso y tenían que cesar.
En 2 Timoteo 4:2, la Biblia dice que, dependiendo de la situación, los ancianos deben ‘censurar, corregir o exhortar’. El verbo griego que se traduce “exhortar” (pa·ra·ka·lé·o) puede tener el sentido de “animar”. Un término de la misma familia, pa·rá·kle·tos, se refiere a veces a un abogado. Así, aun cuando los superintendentes censuren con firmeza a un hermano, también han de ayudarlo, pues requiere asistencia espiritual.
Preguntas para meditar
Deuteronomio 1:16, 17 ¿Qué pedía Jehová de los jueces de Israel, y qué aprenden los ancianos de ello?
Jeremías 22:13-17 ¿Contra qué prácticas injustas nos pone sobre aviso Jehová, y qué es esencial para imitar su justicia?
Mateo 7:2-5 ¿Por qué no debemos apresurarnos a buscar las faltas de nuestros hermanos cristianos?
Santiago 2:1-9 ¿Cómo considera Jehová el favoritismo, y cómo podemos aplicar el consejo de este pasaje a nuestras relaciones con el prójimo?
[Preguntas del estudio]
1-3. a) ¿Por qué estamos en deuda con Jehová? b) ¿Qué nos pide a cambio nuestro amoroso Rescatador?
4. ¿Cómo sabemos que Jehová espera que vivamos en armonía con sus rectas normas?
5, 6. a) ¿Por qué no supone una carga obedecer los preceptos de Jehová? b) ¿Cómo indica la Biblia que la búsqueda de la justicia es un proceso continuo?
7. ¿Cómo deberíamos ver los fracasos en la lucha por practicar la justicia?
8, 9. ¿En qué sentido constituye la proclamación de las buenas nuevas una demostración de la justicia de Jehová?
10, 11. ¿Cómo manifestamos la justicia divina al predicar las buenas nuevas?
12, 13. a) ¿Por qué no debemos apresurarnos a juzgar al prójimo? b) ¿Qué implica el consejo de Jesús “dejen de juzgar” y “dejen de condenar”? (Véase también la nota.)
14. ¿Por qué razones debemos ‘dejar de juzgar’ al prójimo?
15. ¿Qué palabras y trato no caben entre los siervos de Dios, y por qué no?
16, 17. a) ¿Qué espera Jehová de los ancianos? b) ¿Qué debe hacerse si un pecador no muestra arrepentimiento sincero, y por qué?
18. ¿Qué tienen presente los ancianos al dar consejos bíblicos?
19. ¿Qué decisiones han de tomar los ancianos, y en qué deben basarlas?
20, 21. a) ¿Qué procuran ser los ancianos, y por qué? b) ¿Cómo ayudan los superintendentes “a las almas abatidas”?
22. ¿De qué maneras podemos imitar la justicia de Jehová, y con qué resultados?
[Ilustración de la página 166]
Los ancianos reflejan la justicia de Jehová al animar a los desalentados
[Ilustración de la página 163]
Practicamos la justicia piadosa al difundir las buenas nuevas con imparcialidad
Jesús ‘establece la justicia en la Tierra’
ERA patente que Jesús se hallaba enojado, y con buenas razones. Tal vez nos cueste trabajo imaginarlo en ese estado, dada su habitual apacibilidad (Mateo 21:5). Por supuesto, mantuvo un perfecto dominio de sí mismo, ya que sus sentimientos eran de justa indignación. Ahora, ¿qué irritaba tanto a aquel hombre pacífico? Una flagrante injusticia.
2 Jesús amaba el templo de Jerusalén, el único santuario del mundo dedicado a la adoración de su Padre celestial. Allí acudían adoradores judíos de muchos países, venidos de muy lejos, e incluso gentiles piadosos, que entraban al atrio reservado para ellos. Pues bien, en la primera etapa de su ministerio, Cristo penetró en el sagrado recinto y se topó con un espectáculo bochornoso: atestado de comerciantes y cambistas, aquello parecía más un mercado que un centro religioso. Pero ¿qué había de injusto en la situación? Que el templo divino no era para ellos más que un lugar de explotación e incluso robo. ¿De qué manera? (Juan 2:14.)
3 Los guías religiosos habían decretado la utilización exclusiva de cierto tipo de monedas para el pago del impuesto del templo, lo que obligaba al visitante a cambiar su dinero para adquirirlas. Los cambistas llegaron a instalar las mesas en el interior del santuario, donde cobraban comisión por las transacciones. Otro negocio muy lucrativo era la venta de animales. Aunque el forastero que deseaba ofrecer un sacrificio tenía la opción de comprarle la víctima a cualquier vendedor de la ciudad, los funcionarios del templo podían muy bien rechazarla por inadecuada. Pero si la obtenía en el recinto sagrado, la aceptación estaba garantizada. Como la gente se encontraba a su merced, los comerciantes cobraban a veces precios exorbitantes. Más que mercantilismo descarado, era un robo.
4 Jesús no podía tolerar tal injusticia porque se trataba de la casa de su Padre. Por consiguiente, se hizo un látigo de cuerdas y expulsó del templo a las reses y las ovejas. Luego se dirigió a los cambistas y les volcó las mesas. ¡Imagínese todas sus monedas esparciéndose por el pavimento de mármol! Además, ordenó con firmeza a los vendedores de palomas: “¡Quiten estas cosas de aquí!” (Juan 2:15, 16). Al parecer, nadie se atrevió a llevarle la contraria a un hombre tan valiente.
De tal palo, tal astilla
5 Los mercaderes, claro está, terminaron regresando. Unos tres años más tarde, Cristo se enfrentó a la misma injusticia, y entonces citó las palabras de condena que había dirigido Jehová a quienes convertían Su casa en “cueva de salteadores” (Mateo 21:13; Jeremías 7:11). En efecto, al ver la codiciosa explotación que sufría el pueblo y la profanación del templo divino, se sintió como su Padre celestial. Y no es de extrañar, en vista de que había recibido su instrucción por incontables millones de años y, por lo tanto, estaba imbuido de su sentido de la justicia. Se convirtió en vivo ejemplo del refrán: De tal palo, tal astilla. De ahí que el mejor modo de hacernos una idea clara de este atributo divino sea reflexionar sobre la vida de Jesús (Juan 14:9, 10).
6 El Unigénito estuvo presente cuando, sin justificación alguna, Satanás acusó a Jehová de ser mentiroso y cuestionó la rectitud de Su dominio. ¡Qué calumnias! También escuchó su posterior desafío de que nadie serviría a Dios por amor altruista. Aquellas falsas imputaciones sin duda afligieron al recto corazón del Hijo. Así pues, debió de emocionarse mucho al enterarse de que desempeñaría el papel más importante en la refutación de dichas mentiras (2 Corintios 1:20). ¿De qué manera lo haría?
7 Como vimos en el capítulo 14, Jesús aportó la respuesta definitiva a la acusación satánica que cuestionaba la integridad de las criaturas de Jehová. Por consiguiente, sentó la base para la vindicación final de la soberanía de Dios y la santificación de Su nombre. En su calidad de Agente Principal del Altísimo, implantará la justicia divina en todo el universo (Hechos 5:31). Durante toda su vida en la Tierra reflejó ese atributo del Creador, quien había dicho del Hijo: “Pondré mi espíritu sobre él, y aclarará a las naciones lo que es la justicia” (Mateo 12:18). ¿Cómo cumplió Cristo tales palabras?
Jesús aclara “lo que es la justicia”
8 Jesús amaba la Ley de Jehová y se regía por ella, mientras que los guías espirituales de su época la torcían y aplicaban mal. A ellos les dijo: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas!, porque [...] han desatendido los asuntos de más peso de la Ley, a saber: la justicia y la misericordia y la fidelidad” (Mateo 23:23). Ciertamente, aquellos maestros de la Ley no aclaraban “lo que es la justicia” de Dios, sino que más bien lo oscurecían. ¿En qué sentido? Veamos varios ejemplos.
9 Si bien es cierto que Jehová había dispuesto que su pueblo se mantuviera separado de las naciones paganas de su entorno, fueron algunos dirigentes religiosos fanáticos quienes inculcaron el desprecio hacia todo el que no fuera judío (1 Reyes 11:1, 2). De ahí que la Misná llegara a incluir esta ordenanza: “No ha de dejarse ganado en las posadas de los gentiles, porque son sospechosos de bestialidad”. Tales prejuicios contra todos los paganos eran injustos y muy opuestos al espíritu de la Ley mosaica (Levítico 19:34). Otros preceptos de origen humano denigraban a la mujer. Veamos algunos: la ley oral ordenaba que la esposa nunca caminara al lado de su marido, sino detrás. Al hombre se le advertía que no conversase con ninguna mujer en público, aunque fuera su cónyuge. Además, a las israelitas, al igual que a los esclavos, se les impedía dar testimonio en los tribunales. Por si fuera poco, los varones recitaban una plegaria en la que daban gracias a Dios por no haber nacido de sexo femenino.
10 Los caudillos religiosos sepultaron la Ley de Dios bajo un cúmulo de reglas y disposiciones instituidas por el hombre. Pongamos por caso la ley sabática. Lo único que prohibía era trabajar ese día, reservado para la adoración, la renovación del espíritu y el reposo. Sin embargo, los fariseos la convirtieron en una carga. Se creyeron en la obligación de definir el significado de la palabra trabajo, catalogando bajo tal designación un total de 39 actividades, como la cosecha o la caza. A su vez, estas categorías dieron pie a infinidad de preguntas sobre el sábado: ¿matar una pulga equivale a cazar?; ¿puede calificarse de siega arrancar grano de los campos para comerlo por el camino?; ¿curar a un enfermo es trabajar? Ante tales interrogantes, formularon prescripciones rígidas y detalladas.
11 En tal ambiente, ¿cómo ayudaría Jesús a la gente a comprender lo que es la justicia? Tanto en su vida como en su doctrina, se opuso con valor a los guías religiosos. Veamos primero algunas enseñanzas de Cristo, quien condenó sin rodeos sus múltiples reglas humanas, diciendo: “Invalidan la palabra de Dios por la tradición suya que ustedes transmitieron” (Marcos 7:13).
12 Jesús señaló enérgicamente que los fariseos estaban equivocados tocante al precepto sabático y que, de hecho, no habían comprendido su razón de ser. Explicó que, como Mesías, era “Señor del sábado” y, por tanto, tenía derecho a efectuar curaciones milagrosas ese día (Mateo 12:8). Y las hizo abiertamente, con lo que subrayó ese punto (Lucas 6:7-10). De este modo mostró por anticipado la restitución de la salud que llevará a cabo en la Tierra durante su Reinado de Mil Años. Ese período será el sábado por excelencia, en el que la humanidad fiel descansará por fin de siglos de trabajo sometida a las cargas del pecado y la muerte.
13 Jesús también aclaró lo que es la justicia al promulgar una nueva ley, “la ley del Cristo”, tras haber completado su ministerio en la Tierra (Gálatas 6:2). Esta, a diferencia del código mosaico, que la antecedió, no dependía tanto de normas escritas como de principios, aunque sí incluía órdenes directas. A una de ellas, Jesús la denominó “un nuevo mandamiento”, con el cual enseñó a sus discípulos a amarse mutuamente tal como él los había amado (Juan 13:34, 35). En efecto, el amor altruista sería el sello que identificaría a cuantos se rigieran por “la ley del Cristo”.
Ejemplo vivo de justicia
14 Jesús no se limitó a impartir enseñanzas sobre el amor. Como pudo verse en toda su trayectoria, vivió “la ley del Cristo”. Examinemos tres formas en las que aclaró con su ejemplo lo que es la justicia.
15 Primero, evitó concienzudamente toda injusticia. Tal vez hayamos notado que muchos abusos se cometen cuando las personas imperfectas se vuelven arrogantes y se extralimitan en el ejercicio de su autoridad. Pero Jesús no actuó nunca así. En cierta ocasión se le acercó un hombre y le pidió: “Maestro, di a mi hermano que divida conmigo la herencia”. ¿Cómo le respondió? “Hombre, ¿quién me nombró juez o repartidor sobre ustedes?” (Lucas 12:13, 14.) ¡Qué extraordinaria actitud! A pesar de que el intelecto, el juicio e incluso la autoridad que había recibido de Dios superaban a los de cualquier otro ser humano, Cristo se negó a intervenir en aquel asunto, ya que no estaba autorizado para ello. Siempre ha sido modesto en este particular, incluso durante los milenios que vivió antes de ser hombre (Judas 9). Dice mucho de él que se someta humildemente a la decisión de Jehová sobre lo que es recto.
16 Segundo, Jesús también procedió con justicia al predicar las buenas nuevas del Reino. Actuó sin prejuicios, procurando con empeño llegar a todo tipo de oyentes, ricos o pobres. Los fariseos, por el contrario, despreciaban a los más humildes, la gente común, y les aplicaban la fórmula despectiva ʽam-ha·ʼá·rets (“gente de la tierra”). Cristo tuvo el valor de corregir ese abuso. Cuando enseñaba las buenas nuevas o, en lo que a este particular se refiere, cuando alimentaba a las personas, las curaba, comía con ellas o hasta las resucitaba, respaldaba la justicia del Dios que desea llegar a “hombres de toda clase” (1 Timoteo 2:4).
17 Tercero, su sentido de la justicia era muy misericordioso. Jesús tendió la mano a los pecadores y ayudó con presteza a los indefensos (Mateo 9:11-13). Por ejemplo, en vez de promover la desconfianza hacia los gentiles, como hacían los líderes religiosos, ayudó e instruyó a algunos de ellos, pese a que su misión se centraba en el pueblo judío. Accedió a realizar una curación milagrosa a instancias de un oficial del ejército romano, y dijo: “No he hallado en Israel a nadie con tan grande fe” (Mateo 8:5-13).
18 De igual modo, Jesús no apoyó las ideas sobre la mujer que prevalecían en su época. Antes bien, tuvo la valentía de hacer lo que era equitativo. A diferencia de los israelitas, quienes consideraban que las samaritanas eran tan impuras como los gentiles, él no vaciló en predicar a una de ellas junto al pozo de Sicar. De hecho, fue la primera persona a la que se presentó claramente como el Mesías prometido (Juan 4:6, 25, 26). Mientras que los fariseos afirmaban que no debía enseñarse la ley de Dios a las mujeres, Cristo dedicó mucho tiempo y energías a instruirlas (Lucas 10:38-42). Y aunque la tradición indicaba que el testimonio femenino no era confiable, él dignificó a varias discípulas suyas con el privilegio de ser las primeras personas en verlo resucitado e incluso les indicó que fueran a informar de este importantísimo suceso a los discípulos varones (Mateo 28:1-10).
19 Ciertamente, Jesús aclaró a las naciones lo que es la justicia, y en muchos casos corrió por ello un gran riesgo. Su ejemplo nos permite ver que la defensa de la auténtica rectitud exige valor. ¡Con razón se le llamó “el León que es de la tribu de Judá”! (Revelación [Apocalipsis] 5:5.) Recordemos que este animal simboliza la justicia valerosa. En el futuro cercano, Cristo logrará que esta cualidad se exprese aún a mayor grado, implantando “la justicia en la tierra” en el sentido más pleno de la expresión (Isaías 42:4).
El Rey Mesiánico ‘establece la justicia en la Tierra’
20 Desde su coronación como Rey Mesiánico, en 1914, Jesús ha promovido la justicia en la Tierra. ¿De qué modo? Respaldando el cumplimiento de la profecía consignada en Mateo 24:14. Sus seguidores enseñan la verdad sobre el Reino de Jehová por todo el mundo. Al igual que él, predican con justicia e imparcialidad, y procuran dar a todos —jóvenes y ancianos, ricos y pobres, varones y mujeres— la oportunidad de conocer al Dios de la rectitud.
21 Jesús también promueve la justicia en la congregación cristiana, de la cual es el Cabeza. Como indicaron las profecías, suministra “dádivas en hombres”, ancianos fieles que supervisan a la congregación (Efesios 4:8-12). En imitación de Cristo, defienden la justicia cuando pastorean al valioso rebaño de Dios. Siempre recuerdan que Jesús desea que sus ovejas reciban un trato equitativo, sin importar su posición, prestigio ni nivel económico.
22 En el futuro cercano, Jesús establecerá el derecho en la Tierra como nunca antes. En la actualidad, reina la injusticia en este mundo corrupto. Cada muerte de un niño hambriento es un abuso inexcusable, sobre todo en vista de la enorme cantidad de tiempo y dinero que se dedica a fabricar armamento y satisfacer los caprichos de quienes buscan el placer a toda costa. En efecto, millones de seres mueren sin necesidad todos los años, lo que constituye solo una de tantas iniquidades que provocan la legítima indignación de Jehová. Por ello, él ha designado a su Hijo para entablar guerra justa contra este sistema malo y así eliminar definitivamente el desafuero (Revelación 16:14, 16; 19:11-15).
23 No obstante, la justicia de Jehová exige más que la destrucción de los malvados. Dios también ha nombrado a su Hijo para que gobierne como “Príncipe de Paz”. Tras la batalla de Armagedón, Jesús se valdrá de su reinado para implantar la paz en la Tierra, y gobernará “por medio del derecho” (Isaías 9:6, 7). Se deleitará en deshacer todas las iniquidades que tanto sufrimiento han causado en el mundo y será un fiel defensor de la perfecta justicia divina por toda la eternidad. Es imperioso, entonces, que procuremos imitar dicho atributo en nuestros días. Examinemos cómo.
[Notas]
Al manifestar justa ira, Jesús imitó a Jehová, quien está “dispuesto a la furia” contra la maldad (Nahúm 1:2). Por ejemplo, cuando Dios dijo a su pueblo rebelde que habían convertido Su casa en “cueva de salteadores”, agregó: “Mi cólera y mi furia se derraman sobre este lugar” (Jeremías 7:11, 20).
Según la Misná, años más tarde, el elevado precio de las tórtolas que se despachaban en el templo suscitó una protesta, la cual logró que se rebajara enseguida en un 99%. ¿A quiénes beneficiaba tan rentable negocio? Algunos historiadores apuntan la posibilidad de que los mercados del santuario fueran propiedad de la casa del sumo sacerdote Anás, lo que habría contribuido a la enorme riqueza de dicha familia sacerdotal (Juan 18:13).
Los fariseos sostenían que los más humildes, quienes no estaban versados en la Ley, eran “unos malditos” (Juan 7:49). Afirmaban que no había que instruirlos ni relacionarse con ellos en los negocios, las comidas ni las oraciones, y que el padre que permitía a su hija casarse con uno de ellos obraba peor que si la expusiese a las fieras. Consideraban que la gente común no tenía esperanza alguna de resucitar.
Preguntas para meditar
Salmo 45:1-7 ¿Por qué podemos confiar en que el Rey Mesiánico fomentará la justicia perfecta?
Mateo 12:19-21 De acuerdo con las profecías, ¿cómo trataría el Mesías a la gente humilde?
Mateo 18:21-35 ¿Cómo enseñó Jesús que la auténtica justicia es misericordiosa?
Marcos 5:25-34 ¿Cómo demostró Jesús que la justicia divina toma en cuenta las circunstancias de cada persona?
[Preguntas del estudio]
1, 2. ¿En qué ocasión se indignó Jesús, y por qué razón?
3, 4. ¿Qué codiciosa explotación tenía lugar en la casa de Jehová, y cómo intervino Jesús para corregir el abuso?
5-7. a) ¿Cómo influyó en el sentido de la justicia de Jesús su existencia prehumana, y qué aprendemos al estudiar su ejemplo? b) ¿Cómo ha combatido Cristo las injusticias relativas a la soberanía y el nombre de Jehová?
8-10. a) ¿Cómo fomentaban las tradiciones orales de los caudillos religiosos judíos el desprecio hacia los paganos y las mujeres? b) ¿De qué manera se convirtió en una carga el precepto sabático de Jehová a consecuencia de las leyes orales?
11, 12. ¿Cómo expresó Jesús su rechazo a las tradiciones antibíblicas de los fariseos?
13. ¿Qué ley llegó a existir gracias al ministerio terrestre de Cristo, y cómo difería de su antecesora?
14, 15. ¿Cómo indicó Jesús que reconocía los límites de su autoridad, y por qué nos tranquiliza este hecho?
16, 17. a) ¿Cómo procedió Jesús con equidad al predicar las buenas nuevas del Reino de Dios? b) ¿Cómo demostró que su sentido de la rectitud era misericordioso?
18, 19. a) ¿De qué maneras defendió Jesús la dignidad de la mujer? b) ¿Cómo destaca su ejemplo la relación entre valor y justicia?
20, 21. En nuestro tiempo, ¿cómo promueve el Rey Mesiánico la justicia por todo el mundo y dentro de la congregación cristiana?
22. ¿Cómo se siente Jehová ante las injusticias que reinan en el mundo actual, y para qué ha designado a su Hijo?
23. ¿Cómo promoverá Cristo la justicia por toda la eternidad después de Armagedón?
[Ilustración de la página 150]
“¡Quiten estas cosas de aquí!”
Jehová provee un “rescate en cambio por muchos”
“TODA la creación sigue gimiendo juntamente y estando en dolor juntamente.” (Romanos 8:22.) De esta manera describe el apóstol Pablo el lastimoso estado en que nos hallamos. Visto desde el ángulo del hombre, se diría que no hay modo de vencer el sufrimiento, el pecado y la muerte. Pero como Jehová, el Dios de justicia, no adolece de las limitaciones humanas, nos brinda la solución a dichas dificultades: el rescate (Números 23:19).
2 El rescate es la mayor dádiva divina que ha recibido la humanidad. Posibilita la liberación del pecado y la muerte (Efesios 1:7). Además, es la base de la esperanza de vida eterna, sea en el cielo o en una Tierra paradisíaca (Lucas 23:43; Juan 3:16; 1 Pedro 1:4). Ahora bien, ¿en qué consiste exactamente el rescate, y qué nos enseña sobre la justicia superlativa de Jehová?
Cómo surgió la necesidad del rescate
3 El rescate se hizo necesario a consecuencia del pecado de Adán, quien al haber desobedecido a Dios, transmitió a sus descendientes un legado de enfermedades, penas, dolores y muerte (Génesis 2:17; Romanos 8:20). Jehová no podía dejarse llevar por los sentimientos y limitarse a conmutar la pena capital, pues ello hubiera implicado hacer caso omiso de su propia ley: “El salario que el pecado paga es muerte” (Romanos 6:23). De haber invalidado sus normas de justicia, reinarían en el universo el caos y el desafuero.
4 Como vimos en el capítulo 12, la rebelión edénica suscitó cuestiones mucho más importantes. Satanás mancilló el nombre de Jehová, acusándolo, en realidad, de ser un mentiroso y un dictador cruel que privaba a sus criaturas de libertad (Génesis 3:1-5). También, al dar la impresión de que había frustrado el propósito divino de llenar la Tierra de seres humanos justos, el Diablo tildó a Dios de fracasado (Génesis 1:28; Isaías 55:10, 11). Si el Altísimo hubiera dejado sin respuesta tales desafíos, muchas de sus criaturas inteligentes pudieran haber perdido confianza en su gobernación.
5 Satanás también calumnió a los siervos leales de Jehová, alegando que le servían por puro interés y que ninguno de ellos le sería fiel si se veía sometido a presión (Job 1:9-11). Aquellas cuestiones eran mucho más relevantes que la difícil situación del hombre. Con toda la razón, Dios se sintió obligado a responder a tales difamaciones. Pero ¿cómo podría zanjar las cuestiones y al mismo tiempo salvar a la humanidad?
El rescate como equivalencia
6 La solución de Jehová era sumamente misericordiosa y justa; ningún ser humano podría haberla concebido. Aun así, era extraordinariamente sencilla. La Biblia le da varios nombres: compra, reconciliación, redención, propiciación y expiación (Salmo 49:8; Daniel 9:24; Gálatas 3:13; Colosenses 1:20; Hebreos 2:17). Pero la expresión que tal vez la defina mejor la utilizó el propio Jesús cuando dijo: “El Hijo del hombre no vino para que se le ministrara, sino para ministrar y para dar su alma en rescate [griego, lý·tron] en cambio por muchos” (Mateo 20:28).
7 ¿Qué es un rescate? La palabra griega utilizada en el pasaje anterior se deriva de un verbo que significa “soltar, liberar”, y designa el dinero que se pagaba a cambio de la liberación de los prisioneros de guerra. Por consiguiente, la definición esencial de rescate es “lo que se paga para recomprar algo”. En las Escrituras Hebreas, el término correspondiente (kó·fer) procede de un verbo que significa “cubrir”. Por ejemplo, cuando Noé hizo el arca, Dios le indicó que debía “cubrirla” (una forma de la misma palabra) con alquitrán (Génesis 6:14). Esta información nos permite comprender que rescatar también significa cubrir los pecados (Salmo 65:3).
8 Es digno de mención que, según el Theological Dictionary of the New Testament, este vocablo (kó·fer) “alude siempre a un equivalente”, a una correspondencia. Así, la cubierta del arca del pacto tenía una forma que correspondía a la de la propia arca. De igual modo, para rescatar del pecado, o cubrirlo, debe pagarse un precio que corresponda plenamente al daño ocasionado por este, o lo cubra en su totalidad. Por esta razón, la Ley divina que recibió Israel estipulaba lo siguiente: “Alma será por alma, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie” (Deuteronomio 19:21).
9 Comenzando con Abel, muchos hombres de fe sacrificaron animales a Dios. De este modo demostraron que tenían conciencia del pecado y de la necesidad de la redención, además de fe en la liberación que él había prometido mediante “la descendencia” (Génesis 3:15; 4:1-4; Levítico 17:11; Hebreos 11:4). Jehová vio con favor tales sacrificios y concedió su aprobación a sus siervos. Sin embargo, dado que los animales son inferiores a los seres humanos, no podían cubrir realmente los pecados de estos; a lo sumo, eran una mera representación (Salmo 8:4-8). De ahí que la Biblia diga: “No es posible que la sangre de toros y de machos cabríos quite los pecados” (Hebreos 10:1-4). Dichas ofrendas eran simples imágenes, o símbolos, del auténtico rescate venidero.
“Rescate correspondiente”
10 “En Adán todos están muriendo”, dijo el apóstol Pablo (1 Corintios 15:22). Por lo tanto, el rescate tenía que implicar la muerte de alguien completamente igual al primer hombre: un ser humano perfecto (Romanos 5:14). Ninguna otra criatura equilibraría la balanza de la justicia, ya que solo un ser humano sin defecto alguno, que no se hallara bajo la sentencia de muerte adánica, sería capaz de ofrecer un “rescate correspondiente por todos”, un equivalente exacto de Adán (1 Timoteo 2:6). No sería necesario que un sinnúmero de millones de seres humanos se sacrificaran en correspondencia por cada descendiente de Adán. Pablo explicó: “Por medio de un solo hombre [Adán] el pecado entró en el mundo, y la muerte mediante el pecado” (Romanos 5:12). Y “dado que la muerte es mediante un hombre”, Dios procuró lo necesario para la redención de la humanidad “mediante un hombre” (1 Corintios 15:21). ¿De qué manera?
11 Jehová dispuso que un hombre perfecto sacrificara voluntariamente su vida. Según Romanos 6:23, “el salario que el pecado paga es muerte”. Al sacrificar su vida, el redentor “gusta[ría] la muerte por todo hombre” o, lo que es lo mismo, pagaría el salario correspondiente al pecado de Adán (Hebreos 2:9; 2 Corintios 5:21; 1 Pedro 2:24). Este hecho tendría profundas repercusiones jurídicas. Al anular la pena de muerte que pesaba sobre la prole obediente de Adán, el rescate acabaría de raíz con el poder destructivo del pecado (Romanos 5:16).
12 Imaginémonos, a modo de ilustración, que vivimos en una ciudad cuyos residentes trabajan en su mayoría en una gran fábrica que ofrece buenos salarios y una vida cómoda. Pero todo cambia cuando la planta cierra sus puertas debido a que el administrador se volvió corrupto y la llevó a la bancarrota. Al encontrarnos de repente desempleados, ya no podemos pagar las facturas. Cónyuges, hijos y acreedores se ven afectados por la deshonestidad de un solo hombre. ¿Existe algún remedio? Sí. Un benefactor acaudalado decide tomar cartas en el asunto, ya que comprende el valor de la compañía y también se compadece del gran número de trabajadores y sus familias. Por consiguiente, adopta medidas para saldar la deuda de la empresa y reabrir la fábrica. La liquidación de esta única deuda supone un alivio para una gran cantidad de empleados y sus parientes inmediatos, así como para los acreedores. De igual modo, la cancelación de la deuda de Adán beneficia a muchísimos millones de personas.
¿Quién proporciona el rescate?
13 Solo Jehová podía proveer “el Cordero [...] que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Ahora bien, para rescatar a la humanidad, no mandó a un ángel cualquiera, sino a alguien capaz de dar la respuesta definitiva y concluyente a la acusación de Satanás contra los siervos del Altísimo. En efecto, hizo el sacrificio supremo de enviar a su Unigénito, “con quien él estuvo especialmente encariñado” (Proverbios 8:30). De buen grado, el Hijo de Dios “se despojó a sí mismo” de su naturaleza celestial (Filipenses 2:7). El Padre realizó la transferencia milagrosa de la vida y personalidad de su Primogénito celestial a la matriz de la virgen hebrea María (Lucas 1:27, 35). Aunque al nacer como hombre recibiría el nombre de Jesús, legalmente podría llamársele el segundo Adán, puesto que correspondía a él a la perfección (1 Corintios 15:45, 47). De este modo, sería apto para ofrecerse como sacrificio redentor en beneficio de la humanidad pecadora.
14 ¿A quién se pagaría el rescate? Salmo 49:7 especifica que “a Dios”. Pero ¿no fue él mismo quien lo dispuso? Así es, pero esto no lo convierte en un intercambio mecánico, una acción sin sentido comparable a pasar dinero de un bolsillo a otro. No debe entenderse como un trueque físico, sino como una transacción legal. Al disponer el pago del rescate, aunque suponía un gran costo para él, Jehová afirmó su adhesión inconmovible a su justicia perfecta (Génesis 22:7, 8, 11-13; Hebreos 11:17; Santiago 1:17).
15 En la primavera del año 33 E.C., Jesucristo se sometió por voluntad propia a una terrible serie de sucesos que culminaron con el pago del rescate. Permitió que lo detuvieran con cargos falsos, lo condenaran y lo clavaran a un madero de ejecución. Pero ¿era imprescindible que sufriera tanto? Sí, pues debía zanjarse la cuestión de la integridad de los siervos de Dios. Cabe señalar que el Todopoderoso no dejó que Herodes matara a Jesús en su infancia (Mateo 2:13-18). Pero siendo ya adulto, Cristo pudo enfrentarse a la furia de los ataques satánicos con plena comprensión de las cuestiones implicadas. Al permanecer “leal, sin engaño, incontaminado, [y] separado de los pecadores” pese al espantoso trato recibido, demostró de forma concluyente e impactante que Jehová cuenta con siervos que se mantienen fieles bajo prueba (Hebreos 7:26). No es de extrañar, por tanto, que justo antes de morir exclamara triunfalmente: “¡Se ha realizado!” (Juan 19:30).
Termina su obra redentora
16 Jesús aún tenía que finalizar su obra redentora. Al tercer día, Jehová lo levantó de entre los muertos (Hechos 3:15; 10:40). Con este acto trascendental no solo lo recompensó por su servicio fiel, sino que le concedió la oportunidad de consumar su obra redentora en calidad de Sumo Sacerdote del Altísimo (Romanos 1:4; 1 Corintios 15:3-8). El apóstol Pablo explica: “Cuando Cristo vino como sumo sacerdote [...], él entró —no, no con la sangre de machos cabríos y de torillos, sino con su propia sangre— una vez para siempre en el lugar santo, y obtuvo liberación eterna para nosotros. Porque Cristo entró, no en un lugar santo hecho de manos, el cual es copia de la realidad, sino en el cielo mismo, para comparecer ahora delante de la persona de Dios a favor de nosotros” (Hebreos 9:11, 12, 24).
17 Cristo no podía introducir su sangre literal en el cielo (1 Corintios 15:50). Más bien, llevó lo que esta simbolizaba, a saber, el valor legal de la vida humana perfecta que había sacrificado, y lo presentó formalmente ante la persona de Dios como rescate por la humanidad pecadora. ¿Aceptó Jehová dicha ofrenda? Sí, como resultó evidente en el día de Pentecostés del año 33 E.C., cuando se derramó el espíritu santo sobre unos ciento veinte discípulos reunidos en Jerusalén (Hechos 2:1-4). Aunque aquel suceso fue emocionante, la redención tan solo comenzaba a reportar maravillosos beneficios.
Beneficios del rescate
18 En su carta a los colosenses, Pablo explica que Dios tuvo a bien valerse de Cristo para reconciliar consigo todas las otras cosas haciendo la paz mediante la sangre que este derramó en el madero de tormento. El apóstol señala asimismo que esta reconciliación abarca a dos grupos de personas, a saber, “las cosas en los cielos” y “las cosas sobre la tierra” (Colosenses 1:19, 20; Efesios 1:10). El primero consta de 144.000 cristianos que reciben la esperanza de servir de sacerdotes en el cielo y reinar con Jesucristo sobre la Tierra (Revelación [Apocalipsis] 5:9, 10; 7:4; 14:1-3). Mediante ellos se aplicarán los beneficios del rescate a la humanidad obediente de forma gradual, durante un período de mil años (1 Corintios 15:24-26; Revelación 20:6; 21:3, 4).
19 “Las cosas sobre la tierra” son las personas que se encaminan a disfrutar de vida perfecta en una Tierra paradisíaca. Revelación 7:9-17 indica que son “una gran muchedumbre” que sobrevivirá a la venidera “gran tribulación”. Pero no tienen que esperar hasta entonces para sacar provecho de la redención. Ya “han lavado sus ropas largas y las han emblanquecido en la sangre del Cordero”. Como demuestran fe en el rescate, reciben beneficios de esta amorosa disposición en la actualidad. Dios los ha declarado justos como amigos suyos (Santiago 2:23). Gracias al sacrificio de Jesús, pueden “acer[carse] con franqueza de expresión al trono de la bondad inmerecida” (Hebreos 4:14-16). Cuando cometen algún error, obtienen verdadero perdón (Efesios 1:7). Pese a ser imperfectos, disfrutan de una conciencia limpia (Hebreos 9:9; 10:22; 1 Pedro 3:21). Por consiguiente, su reconciliación con Jehová no es un suceso futuro, sino una realidad presente (2 Corintios 5:19, 20). Durante el Milenio, la totalidad de estos fieles irá siendo “libertada de la esclavitud a la corrupción” y finalmente “tendrá la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Romanos 8:21).
20 ¡“Gracias a Dios mediante Jesucristo” por el rescate! (Romanos 7:25.) Esta disposición divina en principio es simple, pero tiene tal profundidad, que nos llena de admiración (Romanos 11:33). Y cuando meditamos con gratitud sobre ella, el corazón se nos conmueve y nos acercamos aún más al Dios de justicia. Al igual que el salmista, tenemos sobradas razones para alabar a Jehová como “amador de justicia y derecho” (Salmo 33:5).
[Notas]
Adán y Eva no podrían beneficiarse de la redención. La Ley mosaica contenía este principio con referencia al homicidio voluntario: “No deben tomar rescate por el alma de un asesino que merece morir” (Números 35:31). Es patente que nuestros primeros padres merecían morir, pues habían desobedecido a Dios por voluntad propia y a sabiendas, con lo que habían renunciado a sus perspectivas de vivir eternamente.
A fin de contrapesar el pecado de Adán, Jesús no podía entregar su vida perfecta en la niñez, sino cuando fuera adulto. Recordemos que el primer hombre pecó voluntariamente, con plena conciencia de la gravedad del acto y sus consecuencias. Para ser “el último Adán” y cubrir dicho pecado, Cristo debía adoptar la decisión madura e informada de mantenerse íntegro a Jehová (1 Corintios 15:45, 47). Toda su vida fiel, incluida su muerte en sacrificio, constituyó “un solo acto de justificación” (Romanos 5:18, 19).
Preguntas para meditar
Números 3:39-51 ¿Por qué es esencial que el rescate constituya un equivalente exacto?
Salmo 49:7, 8 ¿Por qué estamos en deuda con Dios por haber proporcionado el rescate?
Isaías 43:25 ¿Cómo se deduce de este pasaje que la salvación del hombre no es la razón principal por la que Jehová dio el rescate?
1 Corintios 6:20 ¿Qué efecto debe tener el rescate en nuestra conducta y modo de vida?
[Preguntas del estudio]
1, 2. ¿Cómo describe la Biblia la situación del hombre, y cuál es la única solución?
3. a) ¿Cómo se hizo necesario el rescate? b) ¿Por qué no podía limitarse Jehová a conmutar la pena de muerte a los descendientes de Adán?
4, 5. a) ¿Cómo calumnió Satanás a Dios, y por qué se vio este obligado a responder a sus desafíos? b) ¿Qué acusación lanzó el Diablo contra los siervos leales de Jehová?
6. ¿Cuáles son algunas expresiones bíblicas que se refieren al medio por el que Dios salva a la humanidad?
7, 8. a) ¿Qué significa el término rescate en las Escrituras? b) ¿En qué sentido implica el rescate la idea de equivalencia?
9. ¿Por qué sacrificaron animales los hombres de fe, y cómo vio Jehová dichas ofrendas?
10. a) ¿A quién tenía que corresponder el redentor, y por qué? b) ¿Por qué hacía falta un único sacrificio humano?
11. a) ¿Cómo “gusta[ría] la muerte por todo hombre” el redentor? b) ¿Por qué no podrían beneficiarse del rescate Adán y Eva? (Véase la nota.)
12. Ilustre cómo puede beneficiar a muchas personas el pago de una sola deuda.
13, 14. a) ¿Cómo proveyó Jehová el rescate para la humanidad? b) ¿A quién se hizo el pago, y por qué fue necesario?
15. ¿Por qué era preciso que Jesús sufriera y muriese?
16, 17. a) ¿Cómo continuó Jesús su obra redentora? b) ¿Por qué tuvo que comparecer “delante de la persona de Dios a favor de nosotros”?
18, 19. a) ¿Qué dos grupos se benefician de la reconciliación en virtud de la sangre de Cristo? b) ¿Cuáles son algunos beneficios presentes y futuros que brinda el rescate a la “gran muchedumbre”?
20. ¿Qué efecto tiene en usted la meditación sobre el rescate?
[Ilustración de la página 140]
Un “rescate correspondiente por todos”
“La ley de Jehová es perfecta”
“LA LEY es un pozo sin fondo, [...] todo lo devora.” Esta aseveración apareció en un libro de 1712 que deploraba la existencia de un régimen jurídico cuyos procesos llegaban a demorarse años en los tribunales, lo que conducía a la bancarrota a quienes demandaban justicia. Hoy, los sistemas legales y judiciales de muchas naciones son tan intrincados y se ven plagados de tantos abusos, prejuicios e incongruencias, que la ley ha caído en el descrédito general.
2 En contraposición, fijémonos en unas palabras redactadas hace unos dos mil setecientos años: “¡Cómo amo tu ley, sí!” (Salmo 119:97). ¿Por qué eran tan intensos los sentimientos del escritor? Porque la legislación que elogiaba no emanaba de un gobierno civil, sino de Jehová Dios. Si estudiamos sus disposiciones, compartiremos cada día con más convicción el pensar del salmista y, además, entenderemos mejor a la mayor mente judicial del universo.
El Legislador Supremo
3 “Uno solo hay que es legislador y juez”, dice la Biblia (Santiago 4:12). En efecto, Jehová es el único y verdadero Legislador. Hasta los movimientos de los cuerpos siderales se rigen por “las leyes de los cielos” (Job 38:33, Biblia de América). Las miríadas de santos ángeles siguen igualmente los preceptos divinos, pues son ministros del Supremo que le sirven dentro de un orden jerárquico (Salmo 104:4; Hebreos 1:7, 14).
4 Jehová también ha legislado para el ser humano. Toda persona está dotada de una conciencia, la cual es un reflejo del sentido divino de la justicia y una especie de ley interna que le facilita discernir el bien del mal (Romanos 2:14). Dado que a nuestros primeros padres se les bendijo con una conciencia perfecta, solo necesitaban unos pocos preceptos (Génesis 2:15-17). En cambio, el hombre imperfecto precisa de más leyes para que lo orienten en el cumplimiento de la voluntad de Dios. Patriarcas como Noé, Abrahán y Jacob recibieron disposiciones divinas y las transmitieron a sus familias (Génesis 6:22; 9:3-6; 18:19; 26:4, 5). Jehová hizo que él mismo llegara a ser Legislador de un modo sin precedentes al transmitir mediante Moisés a la nación de Israel un código, el cual nos permite entender más a fondo Su sentido de la justicia.
Las líneas generales de la Ley mosaica
5 Aunque muchos creen que la Ley mosaica era una colección de preceptos voluminosa y enmarañada, no es así, ni mucho menos. Contenía algo más de seiscientas disposiciones, cifra que pudiera parecer elevada, pero que no lo es tanto en comparación con otros códigos, como el federal de Estados Unidos, que a finales del siglo XX comprendía más de ciento cincuenta mil páginas y que cada dos años incorpora unas seiscientas leyes más. De modo que, atendiendo solo al volumen, las legislaciones humanas dejan pequeña a la Ley mosaica. Pese a ello, esta gobernaba aspectos de la vida de los israelitas que el derecho moderno ni siquiera se plantea. Notemos lo singular que era este código examinando sus líneas generales.
6 La Ley mosaica exaltaba la soberanía de Jehová. En este particular, ningún código la iguala. Su mayor mandato estipulaba: “Escucha, oh Israel: Jehová nuestro Dios es un solo Jehová. Y tienes que amar a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza vital”. ¿De qué manera probaban los siervos del Altísimo que lo amaban? Sirviéndole y acatando su soberanía (Deuteronomio 6:4, 5; 11:13).
7 El israelita demostraba que aceptaba la soberanía de Jehová al someterse a las autoridades constituidas. Entre los representantes del poder divino se contaban los padres, los principales, los jueces, los sacerdotes y, con el tiempo, el rey. Dios consideraba toda rebelión contra ellos como una sublevación contra su propia persona. Por otro lado, las autoridades se exponían a sufrir su cólera si daban a su pueblo un trato injusto o arrogante (Éxodo 20:12; 22:28; Deuteronomio 1:16, 17; 17:8-20; 19:16, 17). De modo que ambas partes tenían la obligación de respetar la soberanía divina.
8 La Ley respaldaba la norma de santidad de Jehová. Contenía las palabras santo y santidad más de doscientas ochenta veces y ayudó al pueblo de Dios a distinguir entre limpio e inmundo, entre puro e impuro, ya que mencionaba unas setenta causas de contaminación ceremonial. Sus disposiciones incidían en la higiene corporal, en la dieta y hasta en la eliminación de residuos. Aunque tales preceptos conllevaban enormes beneficios para la salud, cumplían un cometido más elevado: mantenían al pueblo en el favor de Jehová, dado que lo separaban de las prácticas pecaminosas de las naciones corruptas de su entorno. Veamos un ejemplo.
9 Las prescripciones del pacto de la Ley indicaban que las relaciones sexuales y el parto, aunque tuvieran lugar dentro del matrimonio, ocasionaban impureza temporal (Levítico 12:2-4; 15:16-18). Tales disposiciones no rebajaban estas limpias dádivas divinas (Génesis 1:28; 2:18-25). Por el contrario, respaldaban la santidad de Jehová al mantener inmaculados a sus adoradores. Cabe destacar que las naciones vecinas de Israel solían incluir en el culto actos eróticos y ritos de la fertilidad. En la religión cananea, sin ir más lejos, se prostituían hombres y mujeres, lo que llevó a que se generalizara la más espantosa degradación. La Ley, en cambio, establecía que la adoración de Jehová estuviera completamente libre de elementos sexuales. Pero había otros beneficios.
10 Aquellos preceptos recalcaron una enseñanza fundamental. Pensemos: ¿cómo se transmite la mancha del pecado adánico de una generación a otra? ¿No es mediante las relaciones sexuales y el parto? (Romanos 5:12.) Así pues, la Ley de Jehová recordó a su pueblo la constante realidad del pecado. En efecto, todos nacemos pecadores y necesitamos que se nos perdone y redima para poder acercarnos al Dios santo (Salmo 51:5).
11 La Ley respaldaba la justicia perfecta de Jehová. Invocaba el principio de equivalencia, o correspondencia, en la administración de la justicia. De ahí que dijera: “Alma será por alma, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie” (Deuteronomio 19:21). Por consiguiente, al juzgar los delitos, el castigo que se imponía tenía que ser proporcional a su gravedad. Este aspecto de la justicia divina se manifiesta por toda la Ley, y aun hoy resulta esencial para comprender el sacrificio redentor de Cristo, como veremos en el capítulo 14 (1 Timoteo 2:5, 6).
12 La Ley también incluía salvaguardas contra las deformaciones de la justicia. Examinemos algunos ejemplos. Se precisaba un mínimo de dos testigos para que una acusación tuviera validez. El perjurio se castigaba con penas severas (Deuteronomio 19:15, 18, 19). La corrupción y el soborno eran objeto de prohibiciones estrictas (Éxodo 23:8; Deuteronomio 27:25). Incluso en los negocios, el pueblo de Dios debía guiarse por las elevadas normas de justicia de Jehová (Levítico 19:35, 36; Deuteronomio 23:19, 20). Este noble y equitativo código fue una gran bendición para Israel.
Leyes que destacan la misericordia y la equidad al juzgar
13 ¿Era la Ley mosaica un código rígido e implacable? De ningún modo. El rey David escribió por inspiración divina: “La ley de Jehová es perfecta” (Salmo 19:7). Como bien sabía él, fomentaba la misericordia y la equidad. ¿De qué manera?
14 En la actualidad, hay países donde se diría que el sistema legal trata con mayor indulgencia al delincuente que a la víctima. Por citar un caso: el ladrón tal vez pase una temporada en la cárcel, mientras que el afectado, que quizás continúe privado de sus bienes, tiene que seguir pagando los impuestos que sufragan el hospedaje y la alimentación de tales malhechores. En el antiguo Israel, sin embargo, no existían centros penitenciarios como los actuales. Las reglas relativas a la severidad de los castigos eran muy estrictas (Deuteronomio 25:1-3). El autor del robo tenía que compensar al propietario por lo que le había sustraído y, además, hacerle un pago adicional. ¿Cuánto? Era variable. Por lo visto, los jueces disponían de cierta libertad para evaluar varios factores, como el arrepentimiento del pecador. Este hecho tal vez explique que la compensación impuesta al ladrón según Levítico 6:1-7 sea mucho menor que la que estipula Éxodo 22:7.
15 La Ley manifestaba misericordia al reconocer que no toda ofensa era deliberada. Por ejemplo, quien cometía un homicidio involuntario no tenía que pagar alma por alma, siempre que cumpliera con la debida exigencia de huir a una de las ciudades de refugio repartidas por todo Israel. Una vez que jueces capacitados examinaban su causa, el homicida estaba obligado a residir en dicha localidad hasta la muerte del sumo sacerdote, y entonces quedaba libre para irse a vivir a donde estimara oportuno. Esta disposición le permitía beneficiarse de la misericordia divina y al mismo tiempo hacía hincapié en el gran valor de la vida humana (Números 15:30, 31; 35:12-25).
16 La Ley salvaguardaba los derechos individuales. Veamos cómo protegía al ciudadano que había incurrido en una deuda. Al acreedor se le prohibía entrar en casa de este y tomar en prenda alguna propiedad como garantía de la devolución. Más bien, debía quedarse fuera y permitir que él le trajera la prenda, respetando así la inviolabilidad de su domicilio. Si la prenda en cuestión era el manto del deudor, tenía que devolvérselo al atardecer, pues probablemente lo necesitara para abrigarse de noche (Deuteronomio 24:10-14).
17 La Ley regulaba hasta los conflictos bélicos. No autorizaba al pueblo de Dios a combatir para saciar su sed de poder o conquista, sino para actuar como agentes suyos en “las Guerras de Jehová” (Números 21:14). En muchos casos, los israelitas tenían que ofrecer al enemigo la rendición. Si este rechazaba sus condiciones, podían asediarlo, pero de acuerdo con las disposiciones divinas. A diferencia de muchos soldados a lo largo de la historia, los combatientes israelitas no tenían permitido violar a las mujeres o realizar matanzas indiscriminadas. Incluso debían respetar el medio ambiente y no talar los árboles frutales del enemigo, restricciones inexistentes en el caso de otros ejércitos (Deuteronomio 20:10-15, 19, 20; 21:10-13).
18 ¿Le repugna el hecho de que en algunos países se adiestre para la milicia a los niños? En el antiguo Israel no se reclutaban varones menores de 20 años (Números 1:2, 3). Hasta los adultos quedaban exentos si los dominaba el miedo. Además, al recién casado se le dispensaba del peligroso servicio un año completo, lo que tal vez le permitiera ver el nacimiento de su heredero. Así, explicaba la Ley, tenía la oportunidad de “regocijar” a su esposa (Deuteronomio 20:5, 6, 8; 24:5).
19 La Ley también protegía a las mujeres, los niños y las familias, y dictaba medidas orientadas a su cuidado. Ordenaba que el padre y la madre brindaran a los hijos atención y educación espiritual constantes (Deuteronomio 6:6, 7). Proscribía todo tipo de incesto, so pena de muerte (Levítico, capítulo 18). Asimismo prohibía el adulterio, que tantas veces acaba con las familias, así como con su seguridad y dignidad. También se ocupaba de las viudas y los huérfanos, y condenaba con los términos más enérgicos su maltrato (Éxodo 20:14; 22:22-24).
20 En este particular, algunos tal vez pregunten: “¿Por qué permitía la Ley la poligamia?” (Deuteronomio 21:15-17). Es preciso analizar preceptos como este en el contexto de su época. Quienes juzgan la Ley mosaica desde la óptica de los tiempos y las culturas actuales están condenados a malinterpretarla (Proverbios 18:13). La norma divina, expuesta ya en Edén, disponía que el matrimonio fuera una unión duradera entre un solo hombre y una sola mujer (Génesis 2:18, 20-24). Sin embargo, para el tiempo en que Jehová entregó la Ley a Israel, la poligamia y otros usos llevaban siglos arraigados. Él sabía muy bien que aquel “pueblo de dura cerviz” desobedecería con frecuencia aun los mandamientos más esenciales, como las prohibiciones de la idolatría (Éxodo 32:9). Por consiguiente, actuó con sabiduría al no elegir aquella época como el momento para reformar todas sus costumbres maritales. Tengamos presente, no obstante, que Dios no instituyó la poligamia. Lo que sí hizo fue valerse de la Ley mosaica para regularla entre su pueblo y prevenir así algunos abusos.
21 De igual modo, la Ley mosaica permitía que el hombre se divorciara de su esposa por una serie de causas graves bastante amplia (Deuteronomio 24:1-4). Jesús señaló que se trataba de una concesión divina “en vista de la dureza del corazón” del pueblo judío. Sin embargo, tales concesiones fueron temporales. Cristo restituyó para sus seguidores la norma matrimonial que Jehová había establecido al principio (Mateo 19:8).
La Ley fomentaba el amor
22 ¿Nos imaginamos un régimen jurídico que promueva hoy el amor? Pues eso era sobre todo los demás, lo que hacía la Ley mosaica. Solo en el libro de Deuteronomio aparecen más de veinte veces las palabras amor y amar en sus diversas formas. El segundo mandamiento más importante de la Ley era este: “Tienes que amar a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19:18; Mateo 22:37-40). Los siervos de Dios no solo debían amarse unos a otros, sino también al residente forastero que vivía entre ellos, conscientes de que en otro tiempo también ellos habían residido en el extranjero. Debían tratar con amor al pobre y al afligido, ayudándoles materialmente y rehusando aprovecharse de su triste situación. Hasta recibieron órdenes de ser bondadosos y considerados con las bestias de carga (Éxodo 23:6; Levítico 19:14, 33, 34; Deuteronomio 22:4, 10; 24:17, 18).
23 ¿Qué otra nación ha sido bendecida con un código así? No es de extrañar que el salmista escribiera: “¡Cómo amo tu ley, sí!”. Su amor, sin embargo, no era un mero sentimiento. Lo movía a la acción, ya que procuraba obedecer dicha ley y vivir según sus preceptos. Más adelante añadió: “Todo el día ella es mi interés intenso” (Salmo 119:11, 97). En efecto, solía dedicar tiempo a estudiar las disposiciones del Padre celestial. No cabe duda de que al hacerlo sentía cada vez más cariño por ellas, así como por el Legislador, Jehová. Sigamos estudiando la ley divina, pues puede ayudarnos a sentirnos cada vez más cerca del Gran Legislador y Dios de la justicia.
[Notas]
Por ejemplo, las disposiciones que exigían enterrar las heces humanas, mantener en cuarentena a los enfermos y lavarse después de tocar un cadáver se adelantaron por muchos siglos a su época (Levítico 13:4-8; Números 19:11-13, 17-19; Deuteronomio 23:13, 14).
Mientras que en los santuarios cananeos había cámaras dedicadas a los actos carnales, la Ley mosaica hasta prohibía el acceso al templo a quienes se hallaban en estado de inmundicia. Dado que las relaciones sexuales conllevaban impureza temporal, nadie tenía la opción legítima de convertirlas en parte del culto de la casa de Jehová.
Un objetivo primordial de la Ley era enseñar. De hecho, el término hebreo para “ley” (toh·ráh) significa “instrucción” (Diccionario del Judaísmo).
La Ley planteaba esta significativa pregunta: “¿Acaso es el árbol del campo un hombre, para que lo sities?” (Deuteronomio 20:19). Filón, docto judío del siglo primero, se refirió a este precepto y explicó que a los ojos de Dios “es absurdo que la cólera contra los hombres se descargue sobre cosas que ningún mal han causado”.
Preguntas para meditar
Levítico 19:9, 10; Deuteronomio 24:19 ¿Qué sentimientos nos inspira el Dios que estableció tales disposiciones?
Salmo 19:7-14 ¿Qué opinaba David de “la ley de Jehová”, y cuánto valor debemos conceder a los preceptos divinos?
Miqueas 6:6-8 ¿Cómo nos ayuda este pasaje a ver que no debemos considerar una carga los mandamientos de Jehová?
Mateo 23:23-39 ¿De qué manera demostraron los fariseos que no entendían el espíritu de la Ley, y qué advertencia nos da este hecho?
[Preguntas del estudio]
1, 2. ¿Por qué menosprecian muchos ciudadanos la ley, y qué podemos sentir por las leyes de Dios?
3, 4. ¿Cómo ha resultado ser Jehová un Legislador?
5. ¿Era la Ley mosaica una colección de preceptos voluminosa y enmarañada, y por qué contesta usted así?
6, 7. a) ¿Qué distingue a la Ley mosaica de los demás códigos, y cuál es su mayor mandato? b) ¿Cómo demostraba el israelita que aceptaba la soberanía de Jehová?
8. ¿Cómo respaldaba la Ley la norma de santidad de Jehová?
9, 10. ¿Qué preceptos sobre las relaciones sexuales y el parto contenía el pacto de la Ley, y qué beneficios ofrecían?
11, 12. a) ¿Qué importantísimo principio de la justicia invocaba la Ley? b) ¿Qué salvaguardas contra las deformaciones de la justicia contenía la Ley?
13, 14. ¿Cómo fomentaba la Ley el trato equitativo del ladrón y su víctima?
15. ¿Cómo garantizaba la Ley la misericordia y la justicia en el caso de los homicidas involuntarios?
16. ¿Cómo salvaguardaba la Ley algunos derechos individuales?
17, 18. ¿Qué diferencia había entre Israel y otras naciones en materia de guerra, y por qué?
19. ¿Qué medidas orientadas a la protección de las mujeres, los niños, las familias, las viudas y los huérfanos contenía la Ley?
20, 21. a) ¿Por qué permitió la Ley mosaica la poligamia entre los israelitas? b) En cuestiones de divorcio, ¿por qué difería la Ley de la norma que Jesús restituyó más tarde?
22. ¿De qué maneras fomentó la Ley mosaica el amor, y hacia quiénes?
23. ¿Qué se sintió impulsado a hacer el escritor del Salmo 119, y qué resolución podemos adoptar?
[Ilustración a toda plana de la página 132]
“¿Hay injusticia con Dios?”
UNA viuda anciana cae víctima de una estafa y pierde los ahorros de toda la vida. Un niño indefenso es abandonado por su despiadada madre. Un hombre va a la cárcel por un delito que no cometió. ¿Cómo reaccionamos ante situaciones como estas? Seguramente nos perturbamos, y es comprensible, ya que los seres humanos poseemos un intenso sentido del bien y del mal. Nos indigna que se cometan injusticias, y queremos que las víctimas obtengan compensación y los delincuentes paguen sus culpas. Cuando no sucede así, quizá nos preguntemos: “Pero ¿no ve Dios lo que ocurre? ¿Por qué no actúa?”.
2 En el transcurso de la historia ha habido siervos fieles de Jehová que se han planteado preguntas parecidas. Por ejemplo, Habacuc dijo en una oración a Dios: “¿Por qué me haces ver tantas injusticias y tú aceptas el espectáculo de la opresión? Ante mí no hay más que robos y violencia, por todas partes hay querellas y discordias” (Habacuc 1:3, Martín Nieto, 1992). El Todopoderoso no censuró al profeta por preguntar con tanta franqueza, pues fue Él mismo quien grabó en el hombre el concepto de la rectitud. En efecto, nos ha dotado con un sentido de la justicia, si bien muchísimo menos profundo que el suyo.
Jehová odia la injusticia
3 Dios no es ajeno a la injusticia, dado que contempla cuanto ocurre. Con respecto a la época de Noé, dice la Biblia: “Jehová vio que la maldad del hombre abundaba en la tierra, y que toda inclinación de los pensamientos del corazón de este era solamente mala todo el tiempo” (Génesis 6:5). Analicemos las implicaciones del versículo. Nuestras ideas sobre la injusticia suelen fundarse en unos pocos incidentes que hemos vivido o nos han contado. Pero el Altísimo tiene conciencia de ella como fenómeno mundial, y la ve en su totalidad. Lo que es más, percibe las inclinaciones del corazón, el modo de pensar corrupto que subyace tras el desafuero (Jeremías 17:10).
4 Ahora bien, Jehová no se limita a observar la injusticia, sino que se preocupa por las víctimas. Cuando su pueblo padeció el trato cruel de naciones enemigas, se sintió angustiado “por el gemido de ellos a causa de sus opresores y de los que los trataban a empujones” (Jueces 2:18). Tal vez nos hayamos fijado en que hay personas que cuantas más injusticias ven, más insensibles se vuelven ante ellas. Pero no ocurre igual con Dios. Aunque lleva seis mil años presenciándolas, en todas sus modalidades, no ha dejado de aborrecerlas. Más bien, como nos asegura la Biblia, detesta cosas tales como “una lengua falsa”, “manos que derraman sangre inocente” y “un testigo falso que lanza mentiras” (Proverbios 6:16-19).
5 Pensemos, también, en las fuertes críticas que Dios dirigió a los desaforados caudillos de Israel. Inspiró al profeta a preguntarles: “¿No es negocio de ustedes el conocer la justicia?”. Luego describió con viveza el abuso de poder de aquellos corruptos y predijo las consecuencias que afrontarían: “Clamarán a Jehová por socorro, pero él no les responderá. Y él ocultará de ellos su rostro en aquel tiempo, según como cometieron maldad en sus tratos” (Miqueas 3:1-4). ¡Qué aversión le causa la injusticia! Y es lógico, pues la ha sufrido directamente. Ha soportado por milenios los desafíos sin razón de Satanás (Proverbios 27:11). Además, se vio afectado por la mayor atrocidad de todas: la ejecución, como si fuera un delincuente, de su Hijo, quien “no cometió pecado” (1 Pedro 2:22; Isaías 53:9). Está claro que no es ajeno ni indiferente al sufrimiento de las víctimas de la injusticia.
6 Con todo, cuando vemos injusticias o somos víctimas de ellas, es muy natural que se produzca en nosotros una intensa reacción. Estamos hechos a la imagen de Dios, y la falta de equidad se halla diametralmente opuesta a todo lo que él defiende (Génesis 1:27). Entonces, ¿por qué la permite?
La cuestión de la soberanía de Dios
7 La respuesta a esta pregunta está vinculada a la cuestión de la soberanía. Como hemos visto, el Creador tiene el derecho a gobernar la Tierra y a sus moradores (Salmo 24:1; Revelación [Apocalipsis] 4:11). No obstante, en los albores de la historia se desafió su soberanía. ¿Cómo? Adán, el primer hombre, había recibido órdenes divinas de no comer de cierto árbol del jardín paradisíaco donde vivía. ¿Qué le sucedería en caso de desobedecer? “Positivamente morirás”, le advirtió el Altísimo (Génesis 2:17). Aquel mandato no suponía ninguna privación para él ni para su esposa, Eva. Sin embargo, Satanás convenció a la mujer de que Jehová era demasiado restrictivo. ¿Qué le ocurriría si llegaba a comer del árbol? El Diablo le dijo de manera terminante: “Positivamente no morirán. Porque Dios sabe que en el mismo día que coman de él tendrán que abrírseles los ojos y tendrán que ser como Dios, conociendo lo bueno y lo malo” (Génesis 3:1-5).
8 Con estas afirmaciones, Satanás daba a entender que Jehová había ocultado a Eva datos de suma importancia para ella, y que de hecho le había mentido. El Diablo tuvo cuidado y no cuestionó que la soberanía de Dios fuera real, sino que fuera legítima, justa y merecida. Es decir, sostuvo que no la ejercía con equidad ni buscando los mejores intereses de sus súbditos.
9 Más tarde, Adán y Eva desobedecieron a su Hacedor al comer del árbol prohibido, lo que los hizo merecedores de la pena de muerte, tal y como él había decretado. La mentira del Diablo suscitó preguntas trascendentales: ¿de verdad tiene Jehová el derecho de regir al hombre, o debería este gobernarse por sí mismo?, ¿ejerce Dios su soberanía del mejor modo posible? Al ser todopoderoso, pudo haber destruido en el acto a los rebeldes. Pero aquellas cuestiones no aludían a su poder, sino a su gobierno. Por lo tanto, la eliminación de Adán, Eva y Satanás no demostraría la justicia de dicho gobierno, sino que, por el contrario, la pondría aún más en duda. El único modo de determinar si los seres humanos eran capaces de gobernarse bien por sí mismos, con independencia del Creador, era permitir el paso del tiempo.
10 ¿Qué ha revelado la historia? A lo largo de milenios, la humanidad ha probado múltiples tipos de gobierno, como la autocracia, la democracia, el socialismo y el comunismo. Todos ellos quedan abarcados en esta franca afirmación de las Escrituras: “El hombre ha dominado al hombre para perjuicio suyo” (Eclesiastés 8:9). Con razón dijo el profeta Jeremías: “Bien sé yo, oh Jehová, que al hombre terrestre no le pertenece su camino. No pertenece al hombre que está andando siquiera dirigir su paso” (Jeremías 10:23).
11 Desde el principio, Jehová era consciente de que la independencia, o autogobierno, del hombre acarrearía muchos sufrimientos. ¿Fue injusto, por lo tanto, al dejar que siguiera su curso lo inevitable? De ninguna manera. Para ilustrarlo, supongamos que un niño debe operarse para superar una enfermedad potencialmente mortal. El padre tiene conciencia de que la intervención ocasionará algunos sufrimientos a su hijo. Sin embargo, aunque este hecho lo aflige, comprende que así gozará de mejor salud cuando crezca. De igual modo, Dios sabía, e incluso lo profetizó, que tolerar el gobierno humano conllevaría dolores y sufrimientos (Génesis 3:16-19). Pero también sabía que la única solución duradera y significativa implicaba permitir que toda la humanidad viera los malos frutos de la rebelión. De esta forma se zanjaría la cuestión definitivamente, por toda la eternidad.
La cuestión de la integridad del hombre
12 En este asunto entra en juego otro aspecto. Al cuestionar la legitimidad y justicia del gobierno divino, las calumnias de Satanás no solo apuntaron a la soberanía del Eterno, sino también a la integridad de Sus siervos. Observemos, por ejemplo, lo que dijo a Jehová acerca del justo Job: “¿No has puesto tú mismo un seto protector alrededor de él y alrededor de su casa y alrededor de todo lo que tiene en todo el derredor? La obra de sus manos has bendecido, y su ganado mismo se ha extendido en la tierra. Pero, para variar, sírvete alargar la mano, y toca todo lo que tiene, y ve si no te maldice en tu misma cara” (Job 1:10, 11).
13 Satanás alegó que Jehová se valía de su poder protector para comprar la devoción de Job. Con ello insinuó que su integridad era pura farsa, que adoraba al Altísimo solo por las ventajas que comportaba. Afirmó que hasta aquel fiel llegaría a maldecir al Creador si se le retiraba la bendición divina. El Diablo sabía que Job se destacaba por ser “un hombre sin culpa y recto, temeroso de Dios y apartado del mal”. Así que, si conseguía quebrantar su integridad, ¿qué no haría con el resto de las personas? Por lo tanto, vino a poner en tela de juicio la lealtad de todo el que desea servir a Dios. De hecho, amplió la cuestión cuando le dijo a Jehová: “Todo lo que el hombre [no solo Job] tiene lo dará en el interés de su alma” (Job 1:8; 2:4).
14 La historia muestra que muchas personas han actuado como Job, pues han permanecido leales a Jehová pese a las pruebas, contradiciendo así la alegación diabólica. Con su fidelidad alegran a Dios y le brindan una respuesta al desafío jactancioso de Satanás, a saber, que el ser humano dejaría de servir al Creador si sufría penalidades (Hebreos 11:4-38). En efecto, los justos se niegan a volverle la espalda a Jehová. Aunque los desconcierten las situaciones más angustiosas, confían aún más en que él les concederá fuerzas para soportarlas (2 Corintios 4:7-10).
15 Pero el ejercicio de la justicia de Jehová conlleva más que las cuestiones de la soberanía y la integridad del hombre. La Biblia nos brinda un conjunto de relatos sobre los juicios que hizo a personas y aun a naciones, así como profecías sobre los que hará en el futuro. ¿Qué razón tenemos para confiar en que tales juicios han sido y serán justos?
Por qué es superior la justicia divina
16 Refiriéndonos a Jehová, decimos con razón que “todos sus caminos son justicia” (Deuteronomio 32:4). Ningún ser humano puede hacer esta afirmación sobre sí mismo, pues nuestra perspectiva es limitada, lo que suele nublarnos la percepción de lo correcto. Pongamos por caso a Abrahán, quien arguyó con el Altísimo acerca de la destrucción de Sodoma, aun siendo esta un nido de maldad. Le preguntó: “¿Verdaderamente barrerás al justo con el inicuo?” (Génesis 18:23-33). Claro, la respuesta era que no. De hecho, él no “hizo llover azufre y fuego” sobre Sodoma sino hasta que el justo Lot y sus hijas llegaron a salvo a la ciudad de Zóar (Génesis 19:22-24). En cambio Jonás, cuando Dios mostró misericordia a los ninivitas, llegó a estar “enardecido de cólera”. El profeta había anunciado su exterminio, así que le hubiera satisfecho verlo, sin importarle que se hubiesen arrepentido de corazón (Jonás 3:10–4:1).
17 Jehová confirmó a Abrahán que su ejercicio de la justicia no solo implica aniquilar a los malvados, sino también salvar a los justos. Por otro lado, Jonás tuvo que aprender que Dios es misericordioso. Si el malvado abandona sus caminos, él está “listo para perdonar[lo]” (Salmo 86:5). A diferencia de algunas personas inseguras, no impone castigos como mera demostración de poder ni se retrae de ser compasivo por miedo a parecer débil. Su criterio es mostrar misericordia siempre que haya base para ello (Isaías 55:7; Ezequiel 18:23).
18 Ahora bien, a Jehová no lo ciegan los sentimientos. Cuando su pueblo se entregó a la idolatría, declaró con firmeza: “Te juzgaré según tus caminos y traeré sobre ti todas tus cosas detestables. Y mi ojo no se sentirá apenado por ti, y ciertamente tampoco sentiré compasión, porque sobre ti traeré tus propios caminos” (Ezequiel 7:3, 4). Así pues, si los seres humanos se vuelven pecadores empedernidos, los juzga en consonancia con ello. Además, siempre se basa en pruebas sólidas. Por ejemplo, cuando oyó un fuerte “clamor de queja” sobre Sodoma y Gomorra, dijo: “Estoy completamente resuelto a bajar para ver si obran del todo conforme al clamor que acerca de ello ha llegado a mí” (Génesis 18:20, 21). ¡Qué agradecidos estamos de que el Creador no sea como tantas personas que se precipitan a sacar conclusiones sin haber escuchado la totalidad de los hechos! Como bien dice la Biblia, él es un “Dios de fidelidad, con quien no hay injusticia” (Deuteronomio 32:4).
Confiemos en la justicia de Jehová
19 Las Escrituras no contestan todas las preguntas sobre las acciones de Jehová en el pasado ni refieren con pormenores cómo juzgará en el futuro a determinadas personas y colectividades. Si nos desconcierta alguna narración o profecía bíblica que no aporta dichos detalles, imitemos la lealtad del profeta Miqueas, quien escribió: “Mostraré una actitud de espera por el Dios de mi salvación” (Miqueas 7:7).
20 Podemos confiar en que Jehová siempre actuará con rectitud. Aunque el hombre pase por alto las injusticias, él promete: “Mía es la venganza; yo pagaré” (Romanos 12:19). Si demostramos una actitud de espera, nos haremos eco de la firme convicción del apóstol Pablo: “¿Hay injusticia con Dios? ¡Jamás llegue a ser eso así!” (Romanos 9:14).
21 Entretanto, vivimos en “tiempos críticos, difíciles de manejar” (2 Timoteo 3:1). Las injusticias y “los actos de opresión” han supuesto muchas atrocidades (Eclesiastés 4:1). Pero Jehová no ha cambiado. Sigue odiando la falta de equidad y se preocupa mucho por sus víctimas. Si nos mantenemos leales a él y a su soberanía, nos dará las fuerzas que precisamos para aguantar hasta que llegue el día que ha fijado para corregir todas las injusticias mediante su Reino (1 Pedro 5:6, 7).
[Nota]
Jehová había dicho de Job: “No hay ninguno como él en la tierra” (Job 1:8). Es probable, por tanto, que viviera poco después de la muerte de José y antes de la designación de Moisés como caudillo de Israel. Esto explicaría la afirmación de que en aquel entonces no había nadie tan íntegro como Job.
Preguntas para meditar
Deuteronomio 10:17-19 ¿Qué seguridad tenemos de que Jehová actúa siempre con imparcialidad?
Job 34:1-12 Al vernos ante las injusticias, ¿cómo fortalecen nuestra confianza en la justicia divina las palabras de Elihú?
Salmo 1:1-6 ¿Por qué es tranquilizador saber que Jehová evalúa con cuidado tanto las acciones del justo como las del malvado?
Malaquías 2:13-16 ¿Qué le parecieron a Jehová las injusticias que sufrieron las mujeres cuyos maridos se divorciaron de ellas sin razones válidas?
[Preguntas del estudio]
1. ¿Cómo pudieran afectarnos las injusticias?
2. ¿Cómo reaccionó Habacuc ante las injusticias, y por qué no lo censuró Jehová?
3. ¿Por qué puede decirse que Jehová tiene mayor conciencia de la injusticia que nosotros?
4, 5. a) ¿Cómo indica la Biblia que Jehová se preocupa por quienes reciben trato injusto? b) ¿Cómo se ha visto afectado Jehová por la injusticia?
6. ¿Cómo pudiéramos reaccionar ante la injusticia, y por qué?
7. Explique cómo se desafió la soberanía de Jehová.
8. a) ¿Qué dio a entender Satanás con lo que dijo a Eva? b) ¿Qué aspectos de la soberanía de Dios cuestionó el Diablo?
9. a) ¿Qué consecuencias sufrieron Adán y Eva al desobedecer, y qué preguntas trascendentales se suscitaron? b) ¿Por qué no destruyó Jehová a los rebeldes?
10. ¿Qué revela la historia tocante al gobierno del hombre?
11. ¿Por qué permitió Jehová que el género humano se viera aquejado por el sufrimiento?
12. Como ilustra la experiencia de Job, ¿qué acusación lanzó Satanás contra los seres humanos?
13. ¿Qué dio a entender Satanás con las acusaciones contra Job, y cómo estamos implicados en ellas todos los seres humanos?
14. ¿Qué demuestra la historia tocante a la acusación que lanzó Satanás contra los seres humanos?
15. ¿Qué pregunta pudiera surgir sobre los juicios divinos del pasado y del futuro?
16, 17. ¿Qué ejemplos revelan que el ser humano tiene una perspectiva limitada de la verdadera justicia?
18. Muestre con la Biblia que Jehová no actúa guiándose tan solo por los sentimientos.
19. ¿Qué podemos hacer si nos surgen preguntas desconcertantes sobre el ejercicio de la justicia de Jehová?
20, 21. ¿Por qué podemos estar seguros de que Jehová siempre actuará con rectitud?
[Ilustración de la página 122]
Jehová nunca “[barrerá] al justo con el inicuo”
“Todos sus caminos son justicia”
ERA una injusticia flagrante. Aunque el apuesto joven no había cometido delito alguno, se encontraba encerrado en una mazmorra, acusado mentirosamente de intento de violación. No era, sin embargo, el primer abuso que padecía. Años antes, José —que así se llamaba— había sufrido la traición de sus propios hermanos, quienes casi llegaron a matarlo cuando tenía 17 años. Luego fue vendido como esclavo en un país extranjero, donde rechazó las insinuaciones de la esposa de su amo, la cual, al verse desdeñada, inventó la falsa acusación que lo llevó a la cárcel. Por desgracia, no parecía haber nadie que intercediera por él.
2 Sin embargo, Jehová, el Dios “amador de justicia y derecho”, observaba tales atropellos e intervino con objeto de corregirlos, maniobrando los sucesos para que finalmente José fuera liberado (Salmo 33:5). Lo que es más, el hombre que fue arrojado a un “hoyo carcelario” terminó ascendiendo a un cargo de gran responsabilidad y sumo honor (Génesis 40:15; 41:41-43; Salmo 105:17, 18). Al final fue vindicado, y se valió de su alta posición para el adelanto del propósito divino (Génesis 45:5-8).
3 ¿Verdad que este relato nos llega al corazón? ¿Quién no ha visto o sufrido acciones injustas? Ciertamente, todos anhelamos que nos traten de modo recto y equitativo, y no es de extrañar, ya que Jehová nos dotó de cualidades que reflejan su personalidad, uno de cuyos principales atributos es la justicia (Génesis 1:27). Por consiguiente, para conocer bien al Altísimo, hemos de comprender su sentido de la rectitud. Así valoraremos mejor sus maravillosos caminos y nos sentiremos impulsados a acercarnos aún más a él.
¿Qué es la justicia?
4 El hombre suele concebir la justicia como la mera aplicación imparcial de la ley. El libro Ética: teoría y aplicación señala que “la justicia está conectada con la ley, con la obligación, los derechos y los deberes, y mide sus concesiones según igualdad y mérito”. Sin embargo, en el caso de Jehová implica más que el frío cumplimiento de las reglas por fidelidad al deber o a las obligaciones.
5 Un examen de los términos bíblicos originales nos ayudará a comprender mejor todo lo que abarca esta cualidad de Jehová. En las Escrituras Hebreas se emplean tres vocablos principales. Uno de ellos se traduce, además de por “justicia”, con soluciones tales como “derecho” y “lo que es recto” (Génesis 18:25). Los otros dos se vierten por lo general “justicia” y a veces, “rectitud”. La palabra empleada en las Escrituras Griegas Cristianas para “justicia” se define como la “cualidad de ser recto o justo”. En la Biblia se usan como sinónimos “justicia” y “derecho” (Amós 5:24).
6 Por lo tanto, cuando las Escrituras dicen que el Creador es justo, indican que hace lo que es correcto y equitativo, y que actúa así siempre, sin parcialidad (Romanos 2:11). De hecho, es inconcebible que proceda de otro modo. El fiel Elihú señaló: “¡Lejos sea del Dios verdadero el obrar inicuamente, y del Todopoderoso el obrar injustamente!” (Job 34:10). En efecto, es imposible que Jehová ‘obre injustamente’. ¿Por qué? Por dos importantes razones.
7 Primero, Dios es santo. Como vimos en el capítulo 3, es infinitamente puro y recto, lo que le impide actuar de modo injusto. Pensemos en lo que entraña lo anterior: la santidad de nuestro Padre celestial es una poderosísima razón para confiar en que nunca maltratará a sus hijos. Esta era la certeza que tenía Jesús, quien en su última noche de vida en la Tierra oró: “Padre santo, vigílalos [a los discípulos] por causa de tu propio nombre” (Juan 17:11). En las Escrituras, la fórmula “Padre santo” se aplica en exclusiva a Jehová, y es lo propio, pues ningún padre humano puede comparársele en santidad. Cristo tenía plena fe en que sus discípulos estarían a salvo en manos del Padre, quien se distingue por la más absoluta pureza y la más completa separación de todo pecado (Mateo 23:9).
8 Segundo, el amor altruista es propio de la naturaleza del Altísimo y lo mueve a tratar a todos con rectitud. En cambio, la injusticia, en sus diversas modalidades —entre ellas el racismo, la discriminación y el favoritismo—, suele ser fruto de la codicia y el egoísmo, vicios contrarios al amor. La Biblia nos garantiza lo siguiente acerca del Dios de amor: “Jehová es justo; él sí ama los actos justos” (Salmo 11:7). Él mismo dice tocante a su persona: “Yo, Jehová, amo el derecho” (Isaías 61:8). ¿Verdad que es todo un consuelo saber que se deleita en obrar conforme a derecho, o sea, en justicia? (Jeremías 9:24.)
La misericordia y la justicia perfecta de Jehová
9 La justicia de Jehová, como las demás facetas de su inigualable personalidad, es perfecta, sin deficiencia alguna. Moisés exaltó al Creador con estas palabras: “La Roca, perfecta es su actividad, porque todos sus caminos son justicia. Dios de fidelidad, con quien no hay injusticia; justo y recto es él” (Deuteronomio 32:3, 4). Toda expresión de su justicia es equilibrada: ni muy indulgente ni muy severa.
10 Existe una relación muy estrecha entre esta cualidad del Altísimo y su misericordia. Salmo 116:5 dice: “Jehová es benévolo y justo; y nuestro Dios es Uno que muestra misericordia”. Sí, es justo y misericordioso a la vez. Estos atributos no son contradictorios. Su ejercicio de la misericordia no atenúa su justicia, como si esta fuera muy severa. Más bien, él suele expresar ambas cualidades simultáneamente e incluso en la misma acción. Veamos un ejemplo.
11 Todos los seres humanos hemos heredado el pecado, por lo que merecemos la pena capital (Romanos 5:12). Pero Jehová no se complace en que mueran los pecadores: es “un Dios de actos de perdón, benévolo y misericordioso” (Nehemías 9:17). Sin embargo, su santidad no le permite aprobar la injusticia. Entonces, ¿cómo podría tratar con misericordia a personas pecadoras por naturaleza? Hallamos la respuesta en una de las verdades más preciosas de las Escrituras: el rescate que ha provisto para la salvación de la humanidad. En el capítulo 14 aprenderemos más detalles sobre esta amorosa dádiva, que demuestra a la vez profunda justicia y suma misericordia. Mediante ella, el Creador expresa tierna misericordia a los pecadores arrepentidos y al mismo tiempo mantiene sus normas de justicia perfecta (Romanos 3:21-26).
La justicia de Jehová es reconfortante
12 La justicia de Jehová no es una cualidad fría que nos inspire rechazo, sino que es atrayente y nos acerca a él. Como indica la Biblia con claridad, es un atributo que se caracteriza por la compasión. Analicemos algunas de las alentadoras formas en que lo ejercita.
13 La justicia perfecta del Todopoderoso lo mueve a ser fiel, a ser leal a sus siervos. El salmista David pudo constatar por sí mismo esta faceta de la rectitud divina. ¿A qué conclusión lo llevó su propia experiencia y el estudio de los caminos de Dios? “Jehová es amador de la justicia, y no dejará a los que le son leales. Hasta tiempo indefinido ciertamente serán guardados”, declaró (Salmo 37:28). ¡Qué garantía tan reconfortante! Ni por un momento abandonará él a sus leales. Por lo tanto, podemos confiar en que estará cerca de nosotros y nos cuidará con cariño, pues lo garantiza su justicia (Proverbios 2:7, 8).
14 La justicia divina es sensible a las necesidades de los afligidos. Si examinamos la Ley que Jehová dio a Israel, resulta evidente que él se preocupa por los desfavorecidos. Por ejemplo, vemos disposiciones especiales para asegurar el cuidado de huérfanos y viudas (Deuteronomio 24:17-21). Como Dios reconocía lo difícil que solía ser la vida para ellos, él mismo se convirtió en su Juez y Protector paternal, quien “ejecuta[ba] juicio para el huérfano de padre y la viuda” (Deuteronomio 10:18; Salmo 68:5). Advirtió a los israelitas que no se aprovecharan de tales mujeres y niños desamparados, porque oiría sin falta su clamor. “Verdaderamente se encenderá mi cólera”, señaló (Éxodo 22:22-24). Aunque la cólera no es una de sus cualidades dominantes, siente justa indignación ante los abusos deliberados, sobre todo si los sufren los humildes e indefensos (Salmo 103:6).
15 Jehová también nos asegura que “no trata a nadie con parcialidad ni acepta soborno” (Deuteronomio 10:17). A diferencia de muchos seres humanos poderosos o influyentes, no deja que pesen en sus decisiones las riquezas materiales o las apariencias, ni tiene prejuicios ni favoritismos de ningún tipo. Veamos una prueba sobresaliente de su imparcialidad: lejos de limitar a una minoría selecta la oportunidad de ser sus adoradores verdaderos, con vida eterna en mira, “en toda nación, el que le teme y obra justicia le es acepto” (Hechos 10:34, 35). Ofrece esta maravillosa perspectiva a todas las personas, sin importar la posición social, el color de la piel ni el país de residencia. ¿No es esta la mejor justicia posible?
16 Hay otro aspecto de la justicia perfecta de Jehová que es digno de análisis y respeto: cómo trata a quienes quebrantan sus justas normas.
No exime del castigo
17 Alguien tal vez pregunte: “Si Jehová no aprueba nada contrario a la rectitud, ¿qué explica el sufrimiento injusto y las prácticas corruptas que plagan a la sociedad actual?”. Las injusticias que abundan en este mundo malvado no ponen en entredicho la rectitud divina, pues se deben al pecado que hemos heredado de Adán. En un mundo donde los seres humanos imperfectos escogen sus propios caminos de pecado, son frecuentes los atropellos, si bien no será así por mucho tiempo más (Deuteronomio 32:5).
18 Aunque Jehová demuestra gran misericordia a quienes se le acercan con sinceridad, no tolerará indefinidamente una situación que ocasione oprobio a su santo nombre (Salmo 74:10, 22, 23). Nadie puede mofarse del Dios de justicia; a los pecadores obstinados no los amparará del juicio condenatorio que merece su conducta. Es “un Dios misericordioso y benévolo, tardo para la cólera y abundante en bondad amorosa y verdad, [...] pero de ninguna manera dará exención de castigo” (Éxodo 34:6, 7). En armonía con estas palabras, a veces ha visto necesario imponer una pena a quienes violan deliberadamente sus rectas leyes.
19 Pongamos por caso el trato que dispensó a los israelitas de la antigüedad, quienes, incluso cuando ya estaban asentados en la Tierra Prometida, le fueron infieles en múltiples ocasiones. Aunque su corrupción lo hizo “sentirse herido”, no los rechazó de inmediato (Salmo 78:38-41). Más bien, fue misericordioso y les dio oportunidades de cambiar de proceder. Les suplicó: “No me deleito en la muerte del inicuo, sino en que alguien inicuo se vuelva de su camino y realmente siga viviendo. Vuélvanse, vuélvanse de sus malos caminos, pues, ¿por qué deberían morir, oh casa de Israel?” (Ezequiel 33:11). Como Jehová considera valiosísima la vida, vez tras vez les envió profetas para que dejaran sus malas sendas. Pero la inmensa mayoría tenía el corazón tan duro, que se negó a hacer caso y arrepentirse. Finalmente, por causa de su santo nombre y de lo que este representa, Dios los entregó en manos de sus enemigos (Nehemías 9:26-30).
20 Aprendemos mucho acerca del Creador al examinar cómo trató a Israel. Comprendemos que sus ojos —que todo lo contemplan— ven las injusticias y que le afecta mucho lo que observa (Proverbios 15:3). Asimismo nos reconforta saber que muestra misericordia siempre que hay base para ello. Además, su justicia jamás es precipitada. Debido a su paciencia, muchos llegan a creer, erróneamente, que nunca castigará a los malvados, pero de ningún modo es así. La relación que mantuvo con Israel nos enseña también que la paciencia divina tiene límites. Jehová sostiene con firmeza la justicia. A diferencia del hombre, que con frecuencia no se atreve a pronunciarse a favor de ella, él siempre tiene el valor de hacerlo. De ahí que sea muy apropiado que el león, como símbolo de la justicia valerosa, esté asociado a la presencia y el trono de Dios (Ezequiel 1:10; Revelación [Apocalipsis] 4:7). Así pues, podemos estar seguros de que él cumplirá su promesa de eliminar la injusticia de la Tierra. Su criterio a la hora de juzgar pudiera resumirse así: firmeza cuando es necesario, misericordia cuando es posible (2 Pedro 3:9).
Acerquémonos al Dios de justicia
21 Al meditar sobre la forma en que Jehová ejercita la justicia, no deberíamos verlo como un juez frío y severo, preocupado tan solo de dictar sentencia contra quienes actúan mal, sino más bien, como un Padre amoroso y firme que siempre trata a sus hijos del mejor modo posible. Dado que es un Padre justo, equilibra la firmeza a favor de la rectitud con la tierna compasión por sus hijos terrestres, que se hallan necesitados de su ayuda y perdón (Salmo 103:10, 13).
22 ¡Qué agradecidos podemos sentirnos de que la justicia divina implique mucho más que dictar sentencia contra quienes actúan mal! Guiado por dicho atributo, Dios nos ofrece una maravillosa perspectiva: disfrutar de una vida perfecta por toda la eternidad en un mundo donde “la justicia habrá de morar” (2 Pedro 3:13). Nos trata así porque el objetivo de su justicia no es condenar, sino salvar. Ciertamente, cuando comprendemos mejor lo que abarca la justicia de Jehová, nos sentimos atraídos a su persona. En los siguientes capítulos analizaremos con más detalle la forma en que él expresa tan admirable cualidad.
[Notas]
Aunque el término hebreo para “huérfano de padre” sea masculino, no indica en modo alguno desinterés por el sexo femenino. Jehová incluyó en la Ley el relato sobre una decisión judicial que garantizaba que las hijas del difunto Zelofehad recibieran una posesión hereditaria. Aquella sentencia sentó un precedente que amparaba los derechos de las huérfanas (Números 27:1-8).
Es digno de mención que Jehová se asemejó a sí mismo a un león a la hora de castigar al Israel infiel (Jeremías 25:38; Oseas 5:14).
Preguntas para meditar
Jeremías 18:1-11 ¿Cómo le enseñó Jehová a Jeremías que no se apresura a emitir un juicio condenatorio?
Habacuc 1:1-4, 13; 2:2-4 ¿Cómo le confirmó Jehová a Habacuc que no tolerará por siempre la injusticia?
Zacarías 7:8-14 ¿Qué piensa Jehová de quienes atropellan los derechos ajenos?
Romanos 2:3-11 ¿En qué se basa Jehová para juzgar a las personas y a las naciones?
[Preguntas del estudio]
1, 2. a) ¿Qué injusticias flagrantes sufrió José? b) ¿Cómo corrigió Jehová tales atropellos?
3. ¿Por qué no es extraño que deseemos un trato equitativo?
4. ¿Cómo suele concebir la justicia el hombre?
5, 6. a) ¿Qué significan los términos originales traducidos por “justicia”? b) ¿Qué implica la afirmación de que el Creador es justo?
7, 8. a) ¿Por qué es incapaz Jehová de actuar injustamente? b) ¿Qué lo mueve a tratar a todos con rectitud?
9-11. a) ¿Qué relación existe entre la justicia de Jehová y su misericordia? b) ¿Cómo se manifiestan la justicia y la misericordia de Jehová en su manera de tratar a los seres humanos pecaminosos?
12, 13. a) ¿Por qué nos atrae a Jehová su justicia? b) ¿A qué conclusión llegó David sobre la justicia de Jehová, y cómo nos reconforta?
14. ¿Cómo se evidencia en la Ley el interés de Jehová por los desfavorecidos?
15, 16. ¿Qué gran prueba hay de la imparcialidad de Jehová?
17. Explique por qué las injusticias de este mundo malvado no ponen en entredicho la rectitud de Jehová.
18, 19. ¿Qué indica que Jehová no tolerará por siempre a quienes violan deliberadamente sus rectas leyes?
20. a) ¿Qué aprendemos sobre Jehová al examinar cómo trató a Israel? b) ¿Por qué es el león un símbolo adecuado de la justicia de Jehová?
21. Cuando meditamos sobre su forma de ejercitar la justicia, ¿cómo debemos ver a Jehová, y por qué?
22. Guiado por su justicia, ¿qué perspectiva nos ofrece Jehová, y por qué nos trata de esa manera?
[Ilustración de la página 111]
José sufrió injustamente en “el hoyo carcelario”
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