viernes, 30 de junio de 2017
JESÙS , “Sin ilustración no les hablaba”
LOS discípulos que acompañan a Jesús en su ministerio gozan de un privilegio único: el de aprender directamente del Gran Maestro. Escuchan su voz mientras les revela el sentido de la Palabra de Dios y les explica verdades emocionantes. Todavía no ha llegado el momento de poner por escrito sus valiosos dichos, por lo que deben guardarlos en la mente y el corazón. Jesús, sin embargo, les facilita la tarea de recordarlos. ¿De qué manera? Mediante sus métodos de enseñanza, sobre todo por su magistral uso de las ilustraciones o ejemplos.
2 Es un hecho que las buenas ilustraciones no se olvidan fácilmente. Como dijo cierto escritor, tienen la capacidad de “transformar los oídos en ojos y permitir que los oyentes piensen utilizando imágenes mentales”. Puesto que solemos pensar mejor cuando nos formamos imágenes mentales, las ilustraciones nos permiten entender con más facilidad incluso las ideas abstractas. Además, hacen que las palabras cobren vida y nos enseñan lecciones que se quedan grabadas en la memoria.
3 No ha habido en la Tierra ningún maestro que empleara las ilustraciones con tanta destreza como Jesucristo. Todavía hoy se las recuerda con facilidad. ¿Por qué recurría a este método de enseñanza con tanta frecuencia? ¿Por qué era este tan eficaz? ¿Cómo podemos aprender a utilizarlo nosotros?
Por qué enseñaba con ilustraciones
4 La Biblia expone dos poderosas razones por las que Jesús enseñaba utilizando ejemplos. La primera es que así estaba cumpliendo una profecía. En Mateo 13:34, 35 leemos: “Habló Jesús a las muchedumbres por ilustraciones. En verdad, sin ilustración no les hablaba; para que se cumpliera lo que se habló por medio del profeta que dijo: ‘Abriré mi boca con ilustraciones’”. El profeta aquí mencionado es el compositor de Salmo 78:2, quien escribió bajo la acción del espíritu santo siglos antes del nacimiento de Jesús. Pensemos en lo que esto significa: con cientos de años de anticipación, Jehová determinó que el Mesías enseñaría con ilustraciones. Por lo tanto, no cabe duda de que nuestro Dios debe de valorar muchísimo esta técnica de enseñanza.
5 En segundo lugar, Jesús se valía de las ilustraciones para poner al descubierto a aquellos cuyos corazones estaban “indispuesto[s] a recibir” las verdades que él predicaba (Mateo 13:10-15; Isaías 6:9, 10). ¿Cómo lograba sacar a la luz los motivos de la gente? En algunos casos, la intención de Jesús al presentar una parábola era que los oyentes le pidieran una aclaración para poder entenderla mejor. Claro está, los humildes estaban dispuestos a preguntar, pero los orgullosos o indiferentes no (Mateo 13:36; Marcos 4:34). Así pues, las ilustraciones de Jesús revelaban la verdad a quienes tenían hambre de ella, a la vez que la ocultaban de los que tenían un corazón orgulloso.
6 Las ilustraciones de Jesús también eran útiles de otras maneras. Captaban la atención de la gente, creaban imágenes mentales fáciles de comprender y, como se mencionó al principio de este capítulo, ayudaban a los oyentes a recordar lo que habían escuchado. El Sermón del Monte, según aparece en Mateo 5:3–7:27, es un claro ejemplo de las muchas ilustraciones que Jesús utilizó. Se calcula que dicho sermón contiene más de cincuenta figuras retóricas. Si lo leemos en voz alta, tardamos unos veinte minutos, lo que implica leer una figura cada veinte segundos como promedio. No hay duda de que Jesús reconocía lo valioso que era pintar imágenes con palabras.
7 Como seguidores de Cristo, queremos imitar su modo de enseñar, incluido el uso de ilustraciones. Así como los condimentos hacen más sabrosas las comidas, las ilustraciones bien pensadas hacen más atractiva la enseñanza. Además, facilitan la comprensión de verdades importantes. Por tales razones, analicemos más de cerca algunos de los factores que contribuyeron a que las ilustraciones de Jesús fueran tan efectivas. Después veremos cómo poner en práctica este valioso método de enseñanza.
Comparaciones sencillas
8 Cuando Jesús enseñaba, se valía de comparaciones que, si bien eran sencillas y breves, pintaban vívidas imágenes mentales y transmitían con claridad importantes verdades espirituales. Por ejemplo, cuando exhortó a sus discípulos a no preocuparse por las necesidades diarias, señaló que “las aves del cielo” no siembran ni cosechan y “los lirios del campo” no hilan ni tejen, y que, sin embargo, Dios vela por todos ellos. La lección es clara: si Dios cuida de las aves y las flores, con cuánta más razón cuidará de los seres humanos que siguen “buscando primero el reino” (Mateo 6:26, 28-33).
9 Asimismo, Jesús con frecuencia empleó metáforas. Estas son comparaciones aún más impactantes, en las que se habla de una cosa como si fuera otra. Las metáforas de Jesús eran muy sencillas. Una vez dijo a los discípulos: “Ustedes son la luz del mundo”. El significado de esta imagen era muy claro, a saber, que con sus palabras y obras ellos podían hacer resplandecer la luz de la verdad espiritual y ayudar a otros a glorificar a Dios (Mateo 5:14-16). Veamos un par de ejemplos más: “Ustedes son la sal de la tierra”, y “Yo soy la vid y ustedes las ramas” (Mateo 5:13; Juan 15:5, La Palabra de Dios para Todos). Sin duda, estas figuras retóricas son de una sencillez impresionante.
10 ¿Cómo podemos nosotros usar ilustraciones al enseñar? No hace falta crear historias largas y complicadas; pensemos, más bien, en situaciones sencillas. Supongamos que estamos hablando de la resurrección y queremos ilustrar que para Jehová no es difícil levantar a los muertos. ¿Qué ejemplo nos viene a la cabeza? La Biblia asemeja el sueño a la muerte. Pudiéramos decir: “Dios puede resucitar a los muertos con la misma facilidad con que nosotros podemos despertar a alguien que está dormido” (Juan 11:11-14). O supongamos que queremos destacar el hecho de que los hijos necesitan amor y cariño para desarrollarse bien. ¿Qué comparación pudiéramos utilizar? La Biblia dice que los hijos son como “plantones [o nuevos retoños] de olivos” (Salmo 128:3). Pudiéramos decir: “Los hijos necesitan amor y cariño tal como las plantas necesitan sol y agua”. Cuanto más sencilla sea la comparación, más fácil de entender será.
Extraídas de la vida diaria
11 Jesús fue un maestro en el uso de ilustraciones relacionadas con el diario vivir. Muchas reflejaban costumbres que seguramente él observó mientras crecía en Galilea. Pensemos por un momento en sus años de infancia. ¿Cuántas veces habrá contemplado a su madre moler granos para obtener harina, añadir levadura a la masa, encender una lámpara o barrer la casa? (Mateo 13:33; 24:41; Lucas 15:8.) ¿Cuántas veces habrá visto a los pescadores echar las redes en el mar de Galilea? (Mateo 13:47.) ¿Cuántas veces habrá observado a los niños jugando en la plaza? (Mateo 11:16.) Jesús sin duda se fijó en otras cosas comunes que incorporó a sus muchas ilustraciones: la siembra de semillas, los alegres banquetes de bodas o los campos de cereales que maduraban al sol (Mateo 13:3-8; 25:1-12; Marcos 4:26-29).
12 Las ilustraciones de Jesús incluían detalles con los que la gente estaba muy familiarizada. Por ejemplo, la parábola del buen samaritano empieza diciendo: “Cierto hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó entre salteadores, que lo despojaron y también le descargaron golpes, [...] dejándolo medio muerto” (Lucas 10:30). Es significativo que Jesús situara esta narración en el camino que iba “de Jerusalén a Jericó”. Cuando relató esta parábola, se encontraba en Judea, no muy lejos de Jerusalén. Así que sus oyentes conocían muy bien aquella ruta y sabían lo peligrosa que era, en especial para alguien que viajara solo: atravesaba parajes solitarios y sus recovecos eran lugares propicios para los asaltos.
13 Jesús incluyó otros detalles familiares sobre dicho camino. Según la parábola, pasaron por allí primero un sacerdote y luego un levita, pero ninguno se detuvo a socorrer a la víctima (Lucas 10:31, 32). Los sacerdotes oficiaban en el templo de Jerusalén, y los levitas eran sus ayudantes. Cuando no servían en el templo, muchos de ellos residían en Jericó, a solo 23 kilómetros de Jerusalén. Por eso no era raro verlos viajar por ese camino. Observemos, además, que Jesús dijo que el viajero “bajaba” —no que subía— por el camino “de Jerusalén”, lo cual tenía sentido para su auditorio. Jerusalén estaba situada a mayor altitud que Jericó; de manera que Jesús tenía razón: el viajero proveniente “de Jerusalén” en realidad bajaba. Detalles como este indican que el Hijo de Dios tomaba en consideración a la gente que lo escuchaba.
14 Del mismo modo, nosotros debemos tomar en consideración a nuestro auditorio al elegir las ilustraciones. ¿Qué factores podríamos tomar en cuenta? Quizás su edad, sus antecedentes culturales o familiares, y su oficio o profesión. Por ejemplo, una ilustración que gire en torno a las labores agrícolas se entenderá mejor en una zona rural que en una gran ciudad. También podemos extraer buenas ilustraciones de la vida y actividades cotidianas de quienes nos escuchan, como por ejemplo la casa, los hijos, los pasatiempos o las comidas.
Extraídas de la creación
15 Muchas de las ilustraciones de Jesús revelan un gran conocimiento del mundo natural, como las que se refieren a las plantas, los animales y las fuerzas de la naturaleza (Mateo 16:2, 3; Lucas 12:24, 27). ¿Dónde aprendió tales cosas? Su infancia y juventud en Galilea de seguro le brindaron abundantes oportunidades de contemplar la creación. Pero más significativo aún es que él fue “el primogénito de toda la creación” y Jehová lo utilizó como el “obrero maestro” para que diera origen a todo cuanto existe (Colosenses 1:15, 16; Proverbios 8:30, 31). ¿Sorprende entonces que Jesús fuera un experto en la creación? Veamos cómo aplicó hábilmente sus conocimientos.
16 Recordemos que Jesús dijo que él era “el pastor excelente” y sus seguidores “las ovejas”. Las palabras de Jesús indican que conocía muy bien las cualidades de la oveja doméstica. Sabía que entre el pastor y sus ovejas existe un vínculo único. Había notado que estas confiadas criaturas se dejan conducir dócilmente y siguen con fidelidad a su pastor. ¿Y por qué lo siguen? “Porque conocen su voz”, explicó (Juan 10:2-4, 11). ¿En verdad conocen las ovejas la voz de su pastor?
17 George A. Smith relató su observación personal en el libro Geografía histórica de la Tierra Santa: “Algunas veces disfrutamos nuestro descanso de mediodía junto a uno de aquellos pozos judeos, a los que bajan tres o cuatro pastores con sus rebaños. Los rebaños se mezclan entre sí, y nos preguntábamos cómo cada pastor iba a reunir de nuevo al suyo. Pero después que [las ovejas] habían terminado de beber y de retozar, los pastores uno a uno se iban a diferentes sitios del valle, y cada uno llamaba con su peculiar llamada, y las ovejas de cada uno salían de la multitud y se iban con su propio pastor, y los rebaños se iban con tanto orden como habían venido”. En verdad, Jesús usó el ejemplo perfecto para enseñarnos que si reconocemos y obedecemos sus enseñanzas y seguimos su guía, estaremos bajo el cuidado del “pastor excelente”.
18 ¿Cómo podemos aprender a usar ilustraciones extraídas de la creación? Las características peculiares de los animales pueden servirnos de inspiración para hacer comparaciones sencillas pero efectivas. ¿Dónde hallamos información sobre las creaciones de Jehová? La Biblia constituye una rica fuente de conocimientos sobre una gran variedad de animales, y a veces se refiere a sus características en sentido metafórico. Por ejemplo, habla de ser veloz como la gacela o el leopardo, cauteloso como la serpiente e inocente como la paloma (1 Crónicas 12:8; Habacuc 1:8; Mateo 10:16). Otras fuentes útiles son las revistas La Atalaya y ¡Despertad!, así como diversas publicaciones de los testigos de Jehová. Podemos aprender mucho observando cómo estas utilizan comparaciones sencillas basadas en las maravillosas e innumerables creaciones de Jehová.
Extraídas de ejemplos familiares
19 También podemos tomar ilustraciones eficaces de lo que sucede en la vida real. En cierta ocasión, Jesús se valió de un suceso reciente para rebatir la creencia falsa de que las tragedias son un castigo merecido. Dijo: “Aquellos dieciocho sobre quienes cayó la torre de Siloam, matándolos, ¿se imaginan ustedes que con eso se probó que fueran mayores deudores [pecadores] que todos los demás hombres que habitaban en Jerusalén?” (Lucas 13:4). Aquellas dieciocho almas no murieron porque hubieran pecado y hubieran caído en el desagrado divino, sino que su trágica muerte se debió al “tiempo y el suceso imprevisto” (Eclesiastés 9:11). Jesús, pues, refutó una enseñanza falsa aludiendo a un incidente que sus oyentes conocían bien.
20 ¿Cómo podemos usar ejemplos y experiencias de la vida real al enseñar? Supongamos que estamos hablando del cumplimiento de la profecía de Jesús sobre la señal de su presencia (Mateo 24:3-14). Podemos citar noticias recientes sobre guerras, hambrunas o terremotos para demostrar el cumplimiento de rasgos concretos de la señal. O imaginémonos que queremos utilizar una experiencia para ilustrar los cambios que implica ponerse la nueva personalidad (Efesios 4:20-24). ¿Dónde encontraremos una? Podemos pensar en los diversos antecedentes de nuestros hermanos en la fe o valernos de algún relato que haya aparecido en nuestras publicaciones.
21 Ciertamente, Jesús fue el Gran Maestro. Como hemos visto en esta sección, el centro de su vida era ‘enseñar y predicar las buenas nuevas’ (Mateo 4:23). Para nosotros, esa labor también es el centro de nuestra vida. Cuando nos esforzamos por ser maestros eficaces, recibimos grandes recompensas. Puesto que al enseñar a otros estamos dando de nosotros mismos, sentimos una gran felicidad (Hechos 20:35). Esta felicidad viene de saber que estamos impartiendo algo de valor auténtico y duradero: la verdad de Jehová. Y también nos sentimos felices al saber que estamos siguiendo el ejemplo de Jesús, el mejor Maestro que ha pisado la Tierra.
[Notas]
Al parecer, el Evangelio de Mateo fue el primer relato inspirado sobre la vida de Jesús en la Tierra, y se escribió unos ocho años después de su muerte.
Además, Jesús dijo que el sacerdote y el levita bajaban “de Jerusalén”, es decir, volvían del templo. Así que nadie podría justificar su indiferencia hacia el hombre que parecía estar muerto diciendo que pasaron de largo porque no querían tocar un cadáver y quedar temporalmente inhabilitados para servir en el templo (Levítico 21:1; Números 19:16).
Hallará una lista más amplia del uso figurado que la Biblia hace de las características de los animales en Perspicacia para comprender las Escrituras, vol. 1, págs. 318, 319, editado por los testigos de Jehová.
[Preguntas del estudio]
1-3. a) ¿De qué privilegio único gozaban los discípulos que acompañaban a Jesús, y cómo les facilitó él la tarea de recordar sus enseñanzas? b) ¿Por qué son fáciles de recordar las buenas ilustraciones?
4, 5. ¿Con qué propósito empleaba Jesús las ilustraciones?
6. ¿Por qué eran tan útiles las ilustraciones de Jesús?
7. ¿Por qué debemos imitar a Jesús en el uso de ilustraciones?
8, 9. ¿Cuáles son algunos ejemplos de las comparaciones que Jesús empleaba, y por qué eran tan efectivas?
10. Dé ejemplos de cómo podemos enseñar mediante ilustraciones.
11. ¿Cómo reflejaban las ilustraciones de Jesús cosas que sin duda observó mientras crecía en Galilea?
12, 13. ¿Por qué es significativo que Jesús situara la parábola del buen samaritano en el camino que iba “de Jerusalén a Jericó”?
14. ¿Cómo podemos tomar en consideración a quienes nos escuchan cuando usemos ilustraciones?
15. ¿Por qué no sorprende que Jesús fuera un experto en la creación?
16, 17. a) ¿Qué indica que Jesús conocía muy bien las cualidades de las ovejas? b) ¿Qué ejemplo muestra que las ovejas realmente conocen la voz de su pastor?
18. ¿Dónde podemos hallar información sobre las creaciones de Jehová?
19, 20. a) ¿Cómo utilizó Jesús un suceso reciente para rebatir una creencia falsa? b) ¿Cómo podemos usar nosotros ejemplos y experiencias de la vida real al enseñar?
21. ¿Qué recompensas recibimos por ser maestros eficaces de la Palabra de Dios?
[Recuadro de la página 127]
¿Cómo podemos seguir a Jesús?
● ¿Qué elementos de la creación utilizó Jesús en sus ilustraciones, y cómo podemos nosotros usar ejemplos parecidos? (Mateo 13:24-32.)
● ¿Cómo se valió Jesús de una ilustración sencilla para transmitir una valiosa lección, y qué aprendemos de este ejemplo? (Mateo 18:12-14.)
● ¿En qué experiencias del diario vivir basó Jesús sus ilustraciones, y cómo podemos imitarlo? (Lucas 11:5-8; 12:6.)
[Ilustraciones de la página 123]
¿Cómo utilizó Jesús las aves y las flores para ilustrar el hecho de que Dios cuida de nosotros?
DE JESÙS SE DICE = “Jamás ha hablado otro hombre así”
LOS fariseos están furiosos. Jesús se encuentra en el templo, enseñando la verdad acerca de su Padre ante un público dividido: muchos ponen fe en Jesús, pero otros quieren que sea arrestado. La ira termina consumiendo a los líderes religiosos, así que envían a un grupo de guardias para que lo detengan. Sin embargo, estos regresan con las manos vacías. Los sacerdotes principales y los fariseos exigen una explicación: “¿Por qué no lo trajeron?”. Los guardias responden: “Jamás ha hablado otro hombre así”. En efecto, les ha impresionado tanto su forma de enseñar que no se han atrevido a arrestarlo (Juan 7:45, 46).
2 Pero aquellos guardias no eran los únicos a quienes les asombraba la manera como enseñaba Jesús. Multitudes de personas se congregaban tan solo para oírlo (Marcos 3:7, 9; 4:1; Lucas 5:1-3). ¿Por qué razón era un maestro tan extraordinario? Como vimos en el capítulo 8, él amaba las verdades que transmitía y a las personas a las que enseñaba. Además, dominaba magistralmente los métodos de enseñanza. Examinemos tres de estas eficaces técnicas docentes y cómo podemos imitarlas.
Sencillez al enseñar
3 ¿Nos imaginamos el amplísimo vocabulario que podía haber usado Jesús? Sin embargo, a la hora de enseñar, siempre tenía en cuenta el nivel de sus oyentes, que en su mayoría eran “iletrados y del vulgo” (Hechos 4:13). Estaba consciente de sus limitaciones y nunca los abrumaba con demasiada información (Juan 16:12). Las palabras que usaba eran sencillas, pero las verdades que transmitía no podían ser más profundas.
4 Tomemos por caso el Sermón del Monte, según aparece en Mateo 5:3–7:27. En este discurso, Jesús dio consejos que realmente hacen pensar, pues llegan hasta el fondo mismo de los asuntos. Sin embargo, no utilizó frases ni argumentos complicados. A duras penas encontraremos una palabra que no sean capaces de entender con facilidad hasta los más pequeños. Por eso, no nos extraña que, al concluir el sermón, la muchedumbre —entre la que seguramente había muchos campesinos, pastores y pescadores— ‘quedara atónita por su modo de enseñar’ (Mateo 7:28).
5 Cuando enseñaba a las personas, Jesús utilizaba por lo general frases sencillas y breves, pero con un profundo significado. De este modo, mucho antes de la llegada de la imprenta, logró que su mensaje quedara grabado de forma imborrable en la mente y el corazón de quienes lo escucharon. Tan solo pensemos en algunos ejemplos: “Dejen de juzgar, para que no sean juzgados”. “Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos.” “El espíritu [...] está pronto, pero la carne es débil.” “Paguen a César las cosas de César, pero a Dios las cosas de Dios.” “Hay más felicidad en dar que en recibir.” (Mateo 7:1; 9:12, Reina-Valera, 1909; 26:41; Marcos 12:17; Hechos 20:35.) Casi dos milenios después, estos dichos siguen siendo tan valiosos como el día que se pronunciaron.
6 Ahora bien, ¿cómo lograremos nosotros enseñar con sencillez? Una condición esencial es emplear un lenguaje que resulte fácil de entender para la mayoría de la gente. Recordemos que las verdades fundamentales de la Palabra de Dios no son complicadas. Además, es a las personas de corazón sincero y humilde a quienes Jehová ha revelado sus propósitos (1 Corintios 1:26-28). Por lo tanto, usemos palabras comunes y corrientes, pero bien elegidas, y así podremos transmitir con eficacia las verdades de la Palabra de Dios.
7 Por otra parte, para enseñar con sencillez, hay que tener mucho cuidado de no sobrecargar a los estudiantes de la Biblia con demasiada información. Por eso, cuando les demos clases bíblicas, no es conveniente que expliquemos todos los detalles. Tampoco debemos ir a toda prisa, como si lo más importante fuera abarcar cierto número de páginas en cada sesión de estudio. Lo mejor es adaptar el ritmo del estudio a las necesidades y la capacidad de cada persona. La meta es ayudar al estudiante a seguir a Cristo y adorar a Jehová. Para ello tenemos que tomarnos todo el tiempo que haga falta hasta que comprenda a un grado razonable lo que se está analizando. Solo de este modo lograremos que la verdad bíblica le llegue al corazón y lo motive a poner por obra las cosas que ha aprendido (Romanos 12:2).
Preguntas adecuadas
8 Jesús utilizó las preguntas de manera admirable. Incluso las empleó en ocasiones en que se hubiera tardado menos explicando directamente el punto. Pero entonces, ¿para qué hacía las preguntas? Pues bien, a veces las planteaba con la intención de sacar a la luz los motivos de sus adversarios y así hacerlos callar (Mateo 21:23-27; 22:41-46). Sin embargo, en otros casos las utilizaba para lograr que sus discípulos le expresaran lo que pensaban o para estimular y desarrollar su capacidad de razonamiento. Por eso, empleaba fórmulas como “¿Qué les parece?” y “¿Crees tú esto?” (Mateo 18:12; Juan 11:26). Con estas preguntas, lograba llegarles al corazón. Veamos un ejemplo.
9 En cierta ocasión, unos recaudadores le preguntaron a Pedro si Jesús pagaba el impuesto del templo. Sin pensarlo dos veces, Pedro respondió que sí. Más tarde, Jesús razonó con él: “¿Qué te parece, Simón? ¿De quiénes reciben los reyes de la tierra contribuciones o la capitación? ¿De sus hijos, o de los extraños?”. Pedro le contestó: “De los extraños”. Y Jesús repuso: “Entonces, realmente, los hijos están libres de impuestos” (Mateo 17:24-27). Sin duda, el punto que destacaban las preguntas era obvio para Pedro, pues todos sabían que las familias de los reyes estaban exentas de tributos. Por consiguiente, estaba claro que Jesús, al ser el Hijo unigénito del Rey celestial al que se adoraba en el templo, no estaba obligado a pagar el impuesto. Notamos que, en vez de decirle directamente a Pedro la respuesta acertada, Jesús empleó con tacto las preguntas para ayudarle a sacar la conclusión correcta, y tal vez para ayudarle a ver que en el futuro era mejor que pensara un poco más antes de responder.
10 ¿Cómo lograremos emplear hábilmente las preguntas en el ministerio? Al predicar de casa en casa, usémoslas para despertar el interés de la gente, pues así tal vez consigamos que escuche nuestro mensaje. Por ejemplo, si sale a la puerta una persona mayor, pudiéramos preguntarle con respeto: “¿Le parece a usted que el mundo ha cambiado a lo largo de su vida?”. Cuando nos conteste, pudiéramos añadir: “En su opinión, ¿qué haría falta para que el mundo fuera mejor?” (Mateo 6:9, 10). Y si nos atiende una madre con niños pequeños, quizás podríamos decirle: “¿Se ha preguntado cómo será el mundo cuando sus hijos sean grandes?” (Salmo 37:10, 11). En muchos casos, observar con atención la vivienda nos permitirá pensar en preguntas que sean apropiadas para los intereses del ocupante.
11 ¿Cómo podríamos usar eficazmente las preguntas al conducir estudios bíblicos? Pues bien, podemos plantear preguntas bien pensadas para saber lo que la persona tiene en su corazón (Proverbios 20:5). Imaginémonos que estamos estudiando el libro ¿Qué enseña realmente la Biblia? y llegamos al capítulo “El modo de vida que le agrada a Dios”, que habla de cómo ve Jehová la inmoralidad sexual, la mentira, la borrachera y otras prácticas. Las respuestas del estudiante tal vez indican que entiende lo que enseña la Biblia, pero ¿lo acepta de verdad? Para averiguarlo, quizás convenga decirle: “¿Le parece razonable lo que piensa Dios sobre estos temas?”. O también: “¿Cómo podría aplicar usted esta información en su vida?”. Claro, no debemos olvidar que hay que tener tacto y respetar la dignidad del estudiante, pues no hay por qué abochornarlo (Proverbios 12:18).
Lógica aplastante
12 Con su mente perfecta, Jesús era capaz de razonar magistralmente con las personas. Podía valerse de argumentos muy convincentes para refutar las acusaciones de sus adversarios. Pero también podía emplear razonamientos muy persuasivos cuando quería enseñar a sus discípulos lecciones útiles. Veamos algunos ejemplos.
13 Cuando Jesús curó a un endemoniado que no podía ver ni hablar, los fariseos protestaron: “Este no expulsa a los demonios sino por medio de Beelzebub [Satanás], el gobernante de los demonios”. Reconocían que había sido necesario algún poder sobrehumano para expulsar a los demonios, pero lo atribuían a Satanás. Aquella acusación no solo era falsa, sino absurda. Para ilustrar lo equivocada que era esa línea de pensamiento, Jesús replicó: “Todo reino dividido contra sí mismo viene a parar en desolación, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma no permanecerá en pie. Así mismo, si Satanás expulsa a Satanás, ha llegado a estar dividido contra sí mismo; entonces, ¿cómo podrá estar en pie su reino?” (Mateo 12:22-26). En otras palabras, lo que Cristo estaba diciendo era lo siguiente: “Si yo soy un agente de Satanás y estoy deshaciendo lo que él ha hecho, entonces Satanás está obrando en contra de sus propios intereses y no va a tardar en caer”. ¿Quién iba a contradecir un razonamiento tan lógico?
14 Pero Jesús no había terminado su argumentación. Sabiendo que algunos discípulos de los fariseos habían expulsado demonios, les hizo una pregunta sencilla, pero muy impactante: “Si yo expulso a los demonios por medio de Beelzebub, ¿por medio de quién los expulsan los hijos [es decir, los discípulos] de ustedes?” (Mateo 12:27). El razonamiento de Jesús se podría resumir así: “Si yo expulso demonios por el poder de Satanás, los discípulos de ustedes tienen que estar recurriendo al mismo poder que yo”. ¿Qué iban a decir los fariseos? Nunca admitirían que sus discípulos empleaban poderes satánicos. De modo que Jesús, tomando como punto de partida el razonamiento erróneo de los fariseos, los forzó a llegar a una conclusión que les era sumamente incómoda. ¿No es apasionante leer cómo razonaba Jesús con ellos? Pues imagínese cómo debieron sentirse las multitudes que escucharon directamente sus palabras, ya que estas sin duda cobraban fuerza con su presencia y con el tono de su voz.
15 Jesús también empleó razonamientos lógicos y persuasivos para enseñar conmovedoras verdades acerca de su Padre. En muchos casos se valió de los razonamientos del tipo “con cuánta más razón”, con los que ayudó a sus oyentes para que, a partir de una verdad conocida, llegaran a un convencimiento más profundo. Este tipo de lógica, basada en el contraste, tiene el poder de llegar a lo más hondo de la persona. Veamos un par de ejemplos.
16 En cierta ocasión, los discípulos de Jesús le pidieron que les enseñara a orar. En respuesta, él señaló que los padres humanos, pese a ser imperfectos, quieren “dar buenos regalos a sus hijos”. A partir de ahí razonó: “Si ustedes, aunque son inicuos, saben dar buenos regalos a sus hijos, ¡con cuánta más razón dará el Padre en el cielo espíritu santo a los que le piden!” (Lucas 11:1-13). La lógica se basaba en el contraste: si los padres humanos —siendo pecadores— atienden las necesidades de sus hijos, con mucha más razón lo hará el Padre celestial —que es perfecto y justo—, dando espíritu santo a sus siervos leales que le oran humildemente.
17 Jesús recurrió a un argumento parecido al enseñar cómo afrontar las inquietudes. Dijo: “Los cuervos [...] ni siembran ni siegan, y no tienen ni troje ni granero, y sin embargo Dios los alimenta. ¿Cuánto más valen ustedes que las aves? Reparen en los lirios, cómo crecen; no se afanan, ni hilan [...]. Pues, si Dios viste así a la vegetación del campo que hoy existe y mañana se echa en el horno, ¡con cuánta más razón los vestirá a ustedes, hombres de poca fe!” (Lucas 12:24, 27, 28). Si Jehová cuida a las aves y las flores, ¡cuánto más cuidará de los seres humanos que lo aman y adoran! Con razonamientos así, Jesús logró sin duda llegar al corazón de sus oyentes.
18 En nuestro caso, cuando participamos en el ministerio, utilizamos razonamientos sólidos para rebatir creencias erróneas. Por otro lado, también empleamos argumentos persuasivos para enseñar las conmovedoras verdades acerca de Jehová (Hechos 19:8; 28:23, 24). Pero ¿quiere decir esto que tenemos que emplear una lógica muy compleja? De ningún modo. La lección que aprendemos de Jesús es que los argumentos más eficaces son los que se presentan con sencillez.
19 Por ejemplo, ¿cómo responderíamos si alguien nos dice que no cree en Dios porque nunca lo ha visto? Podríamos tomar como base la ley natural de causa y efecto. Cada vez que observamos un efecto, comprendemos que tiene que haber una causa. Así que podríamos decir lo siguiente: “Si nos encontráramos en una región apartada y viéramos una casa bien construida y repleta de víveres (el efecto), ¿no es cierto que uno pensaría de inmediato que hubo alguien (la causa) que se encargó de todo? Pues lo mismo ocurre cuando observamos que la naturaleza tiene un maravilloso diseño y que nuestro planeta tiene abundante comida almacenada en la ‘despensa’ (el efecto). ¿Verdad que es lógico deducir que Alguien (la causa) se encargó de todo? La propia Biblia sigue esa línea de pensamiento: ‘Toda casa es construida por alguien, pero el que ha construido todas las cosas es Dios’” (Hebreos 3:4). Claro, no debemos olvidar que, por lógica que sea la argumentación, no convencerá a todo el mundo (2 Tesalonicenses 3:2).
20 Siempre que estemos enseñando, sea en el ministerio o en la congregación, tenemos la opción de usar razonamientos del tipo “con cuánta más razón” para destacar las cualidades y la manera de actuar de Jehová. Por ejemplo, si queremos mostrar que la doctrina del tormento eterno en el fuego del infierno es un auténtico insulto contra Jehová, podríamos decir: “Si un padre ama de verdad a su hijo, ¿lo castigará metiéndole la mano en el fuego? Pues imagínese entonces la repugnancia que debe producirle a nuestro amoroso Padre celestial tan solo la idea de castigar a la gente en el fuego del infierno” (Jeremías 7:31). Y si un hermano en la fe está deprimido, podemos confirmarle que Jehová lo ama razonando así: “Si para Jehová es valioso algo tan pequeño como un gorrión, ¿no le parece que debe querer mucho más a cada una de las personas que le servimos en la Tierra, incluido usted?” (Mateo 10:29-31). Razonando así, seguramente llegaremos a su corazón.
21 Solo hemos examinado tres de los métodos que Jesús empleó para enseñar, pero ya comprendemos sin dificultad por qué los guardias que fueron a arrestarlo no estaban exagerando cuando dijeron: “Jamás ha hablado otro hombre así”. En el próximo capítulo examinaremos la técnica docente por la que probablemente es más famoso Jesús: el uso de ilustraciones o parábolas.
[Notas]
Los guardias probablemente trabajaban para el Sanedrín y estaban bajo las órdenes de los sacerdotes principales.
El apóstol Pablo es el único que cita estas palabras, que se encuentran en Hechos 20:35. Puede que las recibiera oralmente —bien de alguien que hubiera escuchado a Jesús pronunciarlas, o bien del propio Cristo resucitado— o por revelación divina.
Cada judío pagaba como impuesto anual del templo dos dracmas, el salario habitual de dos días. Una obra especializada señala: “Este impuesto se empleaba principalmente en sufragar el costo de los holocaustos cotidianos y de todos los sacrificios en general que se hacían en nombre del pueblo”.
Editado por los testigos de Jehová.
Suelen denominarse “argumentos a fortiori”, expresión latina que significa “con más razón; con mayor motivo o seguridad”.
[Preguntas del estudio]
1, 2. a) ¿Por qué regresaron con las manos vacías los guardias enviados a detener a Jesús? b) ¿Por qué era Jesús un maestro tan extraordinario?
3, 4. a) ¿Por qué enseñaba Jesús con un lenguaje sencillo? b) ¿Cómo muestra el Sermón del Monte la sencillez con que enseñaba Jesús?
5. Dé algunos ejemplos de frases de Jesús que eran sencillas pero que tenían un profundo significado.
6, 7. a) Para enseñar con sencillez, ¿por qué es importante que usemos un lenguaje fácil de entender? b) ¿Qué podemos hacer para no sobrecargar a los estudiantes con demasiada información?
8, 9. a) ¿Con qué propósito planteaba preguntas Jesús? b) ¿Cómo ayudaron las preguntas de Jesús a que Pedro sacara la conclusión correcta sobre el pago del impuesto del templo?
10. ¿Cómo lograremos emplear hábilmente las preguntas en la predicación de casa en casa?
11. ¿Cómo podríamos usar eficazmente las preguntas al conducir estudios bíblicos?
12-14. a) ¿De qué maneras utilizó Jesús su habilidad para razonar con lógica? b) ¿Qué argumentos convincentes empleó Jesús cuando los fariseos lo acusaron de usar poderes satánicos?
15-17. Mencione algún ejemplo de los razonamientos del tipo “con cuánta más razón” que utilizó Jesús para enseñar conmovedoras verdades acerca de su Padre.
18, 19. ¿Cómo razonaríamos con alguien que nos dijera que no cree en Dios porque nunca lo ha visto?
20, 21. a) ¿Cómo podemos emplear los argumentos del tipo “con cuánta más razón” para destacar las cualidades y la manera de actuar de Jehová? b) ¿Qué examinaremos en el próximo capítulo?
[Recuadro de la página 117]
¿Cómo podemos seguir a Jesús?
● ¿Cómo nos ayudan los comentarios de Jesús a elegir las palabras que usaremos al dar discursos? (Mateo 11:25.)
● ¿De qué maneras pueden los oradores imitar a Jesús al utilizar preguntas de este tipo? (Mateo 11:7-9.)
● ¿Cómo podríamos utilizar prudentemente las hipérboles —o exageraciones intencionadas— cuando enseñamos a otras personas? (Mateo 7:3; 19:24.)
● ¿Cómo podemos demostrar de manera práctica las lecciones que queremos enseñar? (Juan 13:5, 14.)
[Ilustración de la página 110]
Hay que enseñar con sencillez
[Ilustración de la página 112]
Adaptemos las preguntas a los intereses de quien nos está escuchando
[Ilustración de la página 116]
Procuremos siempre usar razonamientos que lleguen al corazón
JESÙS DICE =“Está escrito”
JESÚS se halla al comienzo de su ministerio. Acaba de regresar a su pueblo, Nazaret, y quiere que la gente llegue a una importantísima conclusión: él es el Mesías anunciado en las antiguas profecías. ¿Qué pruebas presenta para demostrarlo?
2 Sin duda, muchos esperan que haga algún milagro, ya que se han enterado de otros milagros que ha hecho. Pero él no les ofrece ninguna señal de ese tipo. Más bien, acude como de costumbre a la sinagoga. Allí se pone de pie para leer y recibe el libro de Isaías. Es un rollo bastante largo y probablemente lleva una vara en cada extremo. Con cuidado, Jesús va desenrollando el manuscrito hasta dar con el pasaje que busca —Isaías 61:1-3, según la numeración actual— y empieza a leerlo en voz alta (Lucas 4:16-19).
3 Todos los oyentes, que de seguro conocen bien esa profecía mesiánica, tienen la vista fija en Jesús y, expectantes, guardan silencio. Entonces, él les dice: “Hoy se cumple esta escritura que acaban de oír”, y explica, posiblemente con detalle, esa profecía. Los presentes se asombran de la belleza de sus palabras, pero es obvio que muchos siguen esperando que realice algún milagro espectacular. Jesús, sin embargo, cita con valentía ejemplos de las Escrituras para criticar su falta de fe. En menos de lo que canta un gallo, tiene a sus vecinos de Nazaret tratando de matarlo (Lucas 4:20-30).
4 Jesús estableció en esta ocasión la pauta que seguiría durante todo su ministerio: se basó siempre en la Palabra que Dios había inspirado. Es cierto que sus milagros fueron importantes demostraciones de que contaba con el apoyo del espíritu santo. Sin embargo, para él, nada tenía mayor importancia que las Sagradas Escrituras. Examinemos el ejemplo que nos dejó nuestro Maestro en este asunto. Veremos la manera en que citó, defendió y explicó la Palabra de Dios.
Citó la Palabra de Dios
5 Jesús deseaba que sus oyentes entendieran cuál era el origen de su mensaje. Por eso dijo: “Lo que yo enseño no es mío, sino que pertenece al que me ha enviado” (Juan 7:16). También señaló: “No hago nada por mi propia iniciativa; sino que hablo estas cosas así como el Padre me ha enseñado” (Juan 8:28). Y admitió: “Las cosas que les digo a ustedes no las hablo por mí mismo; sino que el Padre que permanece en unión conmigo está haciendo sus obras” (Juan 14:10). Una manera como demostró que esas afirmaciones eran ciertas fue citando constantemente de la Palabra escrita de Dios.
6 Al estudiar con detenimiento las palabras de Jesús referidas en la Biblia, vemos que citó directa o indirectamente de más de la mitad de los libros de las Escrituras Hebreas. A primera vista, tal vez no parezca un dato destacable, e incluso habrá quien pregunte por qué no citó de todos los libros inspirados existentes en su día, ya que al fin y al cabo pasó tres años y medio enseñando y predicando públicamente. En realidad, es muy posible que lo hiciera. Recordemos que solo se ha puesto por escrito una pequeña parte de sus palabras y obras (Juan 21:25). De hecho, basta con unas pocas horas para leer en voz alta todas las palabras de Jesús incluidas en la Biblia. Teniendo esto presente, es toda una hazaña que en unas pocas horas de enseñanza sobre Dios y su Reino lograra incluir referencias a más de la mitad de los libros de las Escrituras Hebreas. Además, en la mayoría de las ocasiones, Jesús no tenía a su disposición rollos manuscritos. Cuando pronunció su famoso Sermón del Monte, hizo referencia a las Escrituras Hebreas o citó textualmente de estas en decenas de ocasiones, todas ellas de memoria.
7 Las citas que Jesús hizo demostraban su profunda reverencia por la Palabra de Dios. Sus oyentes “quedaban atónitos por su modo de enseñar, porque allí estaba enseñándoles como quien tiene autoridad, y no como los escribas” (Marcos 1:22). A los escribas les encantaba salpicar sus explicaciones con referencias a la llamada ley oral, para lo cual citaban las palabras de los instruidos rabinos de la antigüedad. Pero Jesús nunca se basó en la ley oral o en las ideas de algún rabino. Más bien, tomaba la Palabra de Dios como la autoridad final. Vez tras vez nos lo encontramos diciendo: “Está escrito”. Usó esa expresión y otras semejantes tanto al enseñar a sus discípulos como al corregir ideas erróneas.
8 Cuando Jesús echó del templo de Jerusalén a los mercaderes, dijo: “Está escrito: ‘Mi casa será llamada casa de oración’, pero ustedes la hacen cueva de salteadores” (Mateo 21:12, 13; Isaías 56:7; Jeremías 7:11). El día antes había realizado muchos milagros allí. Los niños que los vieron quedaron tan impresionados que se pusieron a alabarlo. Sin embargo, los líderes religiosos le preguntaron con indignación si estaba escuchando lo que los niños decían. Les respondió: “Sí. ¿Nunca leyeron esto: ‘De la boca de los pequeñuelos y de los lactantes has proporcionado alabanza’?” (Mateo 21:16; Salmo 8:2). Jesús quería que ellos supieran que la Palabra de Dios aprobaba lo que los muchachitos estaban haciendo.
9 Más tarde, los guías religiosos se reunieron en el templo para confrontar a Jesús y preguntarle: “¿Con qué autoridad haces estas cosas?” (Mateo 21:23). Él dejó muy claro el origen de su autoridad. No era un innovador que estuviera exponiendo nuevas doctrinas. Se limitaba a aplicar lo que decía la Palabra inspirada de Dios. En realidad, eran los sacerdotes y escribas quienes estaban mostrando gran falta de respeto a Jehová y su Palabra. Tenían bien merecido que Jesús los censurara y denunciara sus malas intenciones (Mateo 21:23-46).
10 Al igual que Jesús, los verdaderos cristianos nos apoyamos en la Palabra de Dios al realizar nuestro ministerio. En todo el mundo a los testigos de Jehová se nos conoce por el entusiasmo con que difundimos el mensaje bíblico. Nuestras publicaciones contienen abundantes citas de las Escrituras. Y en la predicación también procuramos centrar las conversaciones en la Biblia (2 Timoteo 3:16). ¡Qué alegría nos da cuando nos dejan leer algunos versículos y mostrar el valor y el significado que tiene la Palabra de Dios! Aunque no tenemos la memoria perfecta de Jesús, contamos con muchas ayudas que no existían en su época. Además de la Biblia entera, que se edita cada vez en más idiomas, tenemos muchas publicaciones que nos hacen más fácil encontrar el pasaje que buscamos. Resolvámonos, por lo tanto, a seguir citando de la Biblia y dirigiendo a ella a nuestros oyentes siempre que sea posible.
Defendió la Palabra de Dios
11 Jesús pudo ver que la Palabra de Dios era blanco de ataques constantes. Pero eso seguramente no lo sorprendió. En una oración a su Padre, Jesús le dijo: “Tu palabra es la verdad” (Juan 17:17). Y él sabía de sobra que Satanás, “el gobernante del mundo”, es “mentiroso y el padre de la mentira” (Juan 8:44; 14:30). En la ocasión en que fue probado por el Diablo, Jesús rechazó las tentaciones refiriéndose tres veces a las Escrituras. Así, cuando Satanás le citó un versículo de los Salmos, aplicado mal a propósito, Jesús defendió la Palabra de Dios contra tal manipulación (Mateo 4:6, 7).
12 Con frecuencia, Jesús defendió las Santas Escrituras contra las interpretaciones erróneas y las tergiversaciones. Los guías religiosos de su época ofrecían una imagen desequilibrada de la Palabra de Dios. Daban muchísima importancia al cumplimiento de los más mínimos detalles de la Ley mosaica, pero muy poca a la aplicación de los principios en que se basaban sus mandamientos. De ese modo, fomentaban una adoración superficial que se centraba más en las apariencias que en los asuntos de verdadero peso, como la justicia, la misericordia y la fidelidad (Mateo 23:23). ¿Cómo defendió Jesús la Ley de Dios?
13 En el Sermón del Monte, Jesús usó varias veces la expresión “oyeron ustedes que se dijo” para introducir algún mandato de la Ley mosaica. Luego empleaba la frase “sin embargo, yo les digo” antes de explicar algún principio que iba más allá del cumplimiento superficial de la Ley. ¿Estaba atacando la Ley? No; la estaba defendiendo. Por ejemplo, los israelitas conocían muy bien el mandamiento “No debes asesinar”. Pues bien, Jesús les indicó que odiar a una persona estaba en contra del espíritu de dicho mandamiento. Igualmente, alimentar la pasión por alguien que no fuera el propio cónyuge violaba el principio en que se basaba la prohibición divina del adulterio (Mateo 5:17, 18, 21, 22, 27-39).
14 Por último, Jesús dijo: “Oyeron ustedes que se dijo: ‘Tienes que amar a tu prójimo y odiar a tu enemigo’. Sin embargo, yo les digo: Continúen amando a sus enemigos y orando por los que los persiguen” (Mateo 5:43, 44). ¿Provenía de la Palabra de Dios la orden de “odiar a tu enemigo”? No; la habían impuesto por su cuenta los líderes religiosos, contaminando la perfecta Ley divina con sus opiniones personales. Con valentía, Jesús defendió la Palabra de Dios contra las tradiciones humanas que la atacaban (Marcos 7:9-13).
15 Los guías religiosos también atacaban la Ley de Dios al hacerla parecer excesivamente estricta o demasiado dura. Así, cuando los discípulos de Jesús arrancaron algunas espigas de trigo al pasar por un campo, hubo fariseos que dijeron que estaban violando el descanso sabático. Jesús se valió de un ejemplo de las Escrituras para defender la Palabra de Dios contra esa afirmación tan exagerada. Citó del único pasaje bíblico que hablaba del empleo del pan de la presentación fuera del santuario: la ocasión en la que lo comieron David y sus hambrientos hombres. De esta manera, Jesús mostró que aquellos fariseos habían perdido de vista la misericordia y la compasión de Jehová (Marcos 2:23-27).
16 Los dirigentes religiosos le restaban fuerza a la Ley de Dios ideando maneras de manipularla para evadir los mandamientos. Tomemos como ejemplo lo que decía la Ley respecto al divorcio: el marido podía disolver su matrimonio si encontraba “algo indecente” en su esposa, obviamente una falta grave que avergonzaba a la familia (Deuteronomio 24:1). Pero las autoridades religiosas del tiempo de Jesús recurrían a esa concesión para justificar que el hombre se divorciara por cualquier motivo, hasta porque a su mujer se le hubiera quemado la comida. Tras señalar que ellos habían distorsionado gravemente las palabras inspiradas de Moisés, Cristo restableció la norma original de Jehová sobre el matrimonio, a saber, la monogamia, y dejó la inmoralidad sexual como única base lícita para divorciarse (Mateo 19:3-12).
17 De igual modo, los seguidores de Cristo nos sentimos en la obligación de defender las Sagradas Escrituras contra los ataques que reciben. Cuando algunos líderes religiosos dan a entender que las normas morales de la Palabra de Dios están anticuadas, no están haciendo otra cosa que atacar la Biblia. Y también arremeten contra ella cuando promueven doctrinas falsas como si fueran enseñanzas bíblicas. Para nosotros es un privilegio apoyar la Palabra pura de la verdad divina, mostrando, por ejemplo, que Dios no es una Trinidad (Deuteronomio 4:39). Pero esa defensa la hacemos con tacto, amabilidad sincera y profundo respeto (1 Pedro 3:15).
Explicó la Palabra de Dios
18 Durante el tiempo en que se redactaron las Escrituras Hebreas, Jesús vivía en el cielo. Por eso, ¡qué contento debe haberse puesto al recibir la oportunidad de venir a la Tierra y poder explicar la Palabra de Dios! Pensemos en el día memorable en que, después de ser resucitado, se encontró con dos de sus discípulos en el camino a Emaús. Antes de que lo reconocieran, le contaron lo tristes y confundidos que estaban por la muerte de su amado Maestro. ¿Cómo reaccionó él? “Comenzando desde Moisés y todos los Profetas les interpretó cosas referentes a él en todas las Escrituras.” ¿Qué efecto tuvieron estas explicaciones en ellos? Más tarde comentaron entre sí: “¿No nos ardía el corazón cuando él venía hablándonos por el camino, cuando nos estaba abriendo por completo [el sentido de] las Escrituras?” (Lucas 24:15-32).
19 Más tarde ese día, Jesús se reunió con sus apóstoles y otras personas. Notemos lo que hizo: “Les abrió la mente por completo para que captaran el significado de las Escrituras” (Lucas 24:45). De seguro, aquel acontecimiento tan gozoso les recordó las innumerables ocasiones en las que Jesús les había dado una ayuda similar, tanto a ellos como a todo el que quisiera escuchar. A menudo tomaba algún pasaje bíblico bien conocido y lo explicaba de tal modo que tenía un efecto maravilloso en la mente de sus oyentes, dándoles una comprensión nueva y más profunda de las Escrituras.
20 En una de esas ocasiones, Jesús estuvo hablando con un grupo de saduceos, una secta del judaísmo que estaba relacionada con el sacerdocio y que no creía en la resurrección. Dirigiéndose a ellos, les dijo: “Respecto a la resurrección de los muertos, ¿no leyeron lo que les habló Dios al decir: ‘Yo soy el Dios de Abrahán y el Dios de Isaac y el Dios de Jacob’? Él es el Dios, no de los muertos, sino de los vivos” (Mateo 22:31, 32). Sin duda, era un pasaje que ellos conocían bien, escrito por un hombre por el que sentían gran respeto y reverencia: Moisés. Ahora bien, ¿comprendemos realmente la fuerza de la explicación de Jesús?
21 Moisés mantuvo esta conversación con Jehová junto a la zarza ardiente, alrededor del año 1514 antes de nuestra era (Éxodo 3:2, 6). Para entonces, Abrahán llevaba muerto 329 años; Isaac, 224, y Jacob, 197. No obstante, Jehová dijo: “Yo soy” su Dios. Aquellos saduceos sabían que él no se parece a ningún ‘dios de los muertos’ pagano, que gobierne un mítico mundo de ultratumba. No, él es el Dios “de los vivos”, como bien señaló Jesús. Entonces, ¿cuál era la conclusión lógica? La impactante conclusión que extrajo Jesús fue esta: “Para él todos ellos viven” (Lucas 20:38). Los amados siervos de Jehová que han muerto están resguardados en la infinita e imborrable memoria divina. El propósito de Jehová de resucitarlos tiene garantizado su cumplimiento, y tanto es así que se puede hablar de ellos como si estuvieran vivos (Romanos 4:16, 17). ¿Verdad que es una maravillosa explicación de la Palabra de Dios? Como era de esperar, “las muchedumbres quedaron atónitas” (Mateo 22:33).
22 Los cristianos tenemos el privilegio de imitar a Jesús en su forma de explicar la Palabra de Dios. Es cierto que no tenemos una mente perfecta como la suya. Con todo, muchas veces podemos comentar con las personas algún pasaje que ya conocen y aclararles aspectos en los que quizá nunca hayan pensado. Por ejemplo, tal vez lleven toda una vida repitiendo las palabras “Santificado sea tu nombre” y “Venga a nosotros tu reino” sin saber ni cómo se llama Dios ni qué es su Reino (Mateo 6:9, 10, Sagrada Biblia, Serafín de Ausejo). ¡Qué bueno es cuando nos dan la oportunidad de explicar con sencillez y claridad verdades bíblicas como esas!
23 Si queremos imitar la forma en que Jesús enseñó la verdad, es esencial que citemos, defendamos y expliquemos la Palabra de Dios. Examinemos a continuación algunos de los eficaces métodos que empleó Jesús para llegar al corazón de sus oyentes con las verdades bíblicas.
[Nota]
Años después, Josefo —historiador judío del siglo primero que era fariseo y estaba divorciado— dijo que el divorcio estaba permitido “por cualquier causa, y entre hombres hay muchas causas de ésas”.
[Preguntas del estudio]
1-3. ¿A qué importantísima conclusión quiere Jesús que llegue la gente de Nazaret, y qué pruebas presenta?
4. ¿Qué pauta siguió Jesús durante todo su ministerio, y qué vamos a ver en este capítulo?
5. ¿Qué deseaba Jesús que sus oyentes entendieran, y cómo demostró que sus afirmaciones eran ciertas?
6, 7. a) ¿Hasta qué grado citó Jesús de las Escrituras Hebreas, y por qué es destacable este dato? b) ¿Qué diferencia había entre la forma de enseñar de Jesús y la de los escribas?
8, 9. a) ¿Cómo se valió Jesús de la autoridad de la Palabra de Dios al echar del templo a los mercaderes? b) ¿Por qué podemos decir que los líderes religiosos mostraron gran falta de respeto a la Palabra de Dios en el templo?
10. ¿Cómo podemos imitar a Jesús al utilizar la Palabra de Dios, y con qué ayudas contamos que no existían en su época?
11. ¿Por qué tuvo que defender Jesús la Palabra de Dios en muchas ocasiones?
12-14. a) ¿Cómo mostraron los líderes religiosos falta de respeto a la Ley mosaica? b) ¿Cómo defendió Jesús la Palabra de Dios?
15. ¿Cómo defendió Jesús la Ley de Dios cuando los guías religiosos intentaron presentarla como excesivamente estricta y dura?
16. ¿Qué habían hecho los dirigentes religiosos con la disposición de Moisés sobre el divorcio, y cómo reaccionó Jesús?
17. A imitación de Jesús, ¿cómo defendemos la Palabra de Dios?
18, 19. ¿Qué ejemplos tenemos de la maravillosa habilidad que poseía Jesús para explicar la Palabra de Dios?
20, 21. ¿Qué explicación dio Jesús de las palabras que dirigió Jehová a Moisés desde la zarza ardiente?
22, 23. a) ¿Cómo podemos imitar a Jesús al explicar la Palabra de Dios? b) ¿Qué examinaremos en el próximo capítulo?
[Recuadro de la página 107]
¿Cómo podemos seguir a Jesús?
● ¿Por qué debemos tener mucho cuidado para no dar más importancia a las opiniones y tradiciones humanas que a la Palabra de Dios? (Mateo 15:2-11.)
● ¿Por qué es sabio dirigir a nuestros oyentes a la Biblia al contestarles preguntas? (Lucas 10:25-28.)
● ¿Cómo podemos imitar la disposición de Jesús a guiarse por la Palabra profética de Dios tanto en su forma de vivir como al tomar decisiones? (Lucas 18:31-34; 22:37.)
● Cuando se cuestionan nuestras creencias, ¿por qué debemos defenderlas utilizando la Palabra de Dios? (Juan 10:31-39.)
[Ilustración de la página 99]
“Hoy se cumple esta escritura”
JESÙS DICE = “Vayan [...] y hagan discípulos”
EL AGRICULTOR se encara con un grave problema. Algunos meses antes aró sus tierras y sembró las semillas. Bajo su atenta mirada aparecieron los primeros brotes, y con felicidad vio llegar las plantas a su madurez. Ahora ve recompensado todo su arduo trabajo, pues es el momento de cosechar. El problema es que no da abasto para recoger la cosecha. Y como el tiempo del que dispone para recolectar el valioso fruto es limitado, toma la acertada decisión de contratar trabajadores y enviarlos a los campos.
2 En la primavera del año 33, el resucitado Jesús se encara con una dificultad parecida. Las semillas de la verdad que sembró durante su ministerio en la Tierra han producido una abundante cosecha, y hay que recoger a una gran cantidad de personas que desean ser sus seguidores (Juan 4:35-38). ¿Qué medidas toma? En una montaña de Galilea, poco antes de ascender a los cielos, Jesús encarga a sus discípulos que consigan más trabajadores, diciéndoles: “Vayan, por lo tanto, y hagan discípulos de gente de todas las naciones, bautizándolos [...], enseñándoles a observar todas las cosas que yo les he mandado” (Mateo 28:19, 20).
3 Es en esta misión donde radica precisamente la clave para ser un auténtico seguidor de Cristo. Examinemos, pues, las siguientes tres preguntas: ¿Por qué mandó Jesús conseguir más trabajadores? ¿Cómo preparó a sus discípulos para que pudieran encontrarlos? ¿Qué tiene que ver eso con nosotros?
Por qué hacen falta más trabajadores
4 Cuando Jesús inició su ministerio en el año 29, sabía que no completaría la obra que estaba emprendiendo. El corto tiempo que le quedaba en la Tierra limitaba la cantidad de territorio que podría abarcar, así como la cantidad de personas a las que llevaría el mensaje del Reino. Es verdad que predicó mayormente a judíos y prosélitos, “las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mateo 15:24). Pero, aun así, aquellas “ovejas perdidas” se hallaban dispersas por todo Israel, país con una extensión de miles de kilómetros cuadrados. Además, con el tiempo sería necesario anunciar las buenas nuevas en el resto del mundo (Mateo 13:38; 24:14).
5 Consciente de que después de su muerte quedaría mucho por hacer, Jesús dijo a sus once apóstoles fieles: “Muy verdaderamente les digo: El que ejerce fe en mí, ese también hará las obras que yo hago; y hará obras mayores que estas, porque yo estoy siguiendo mi camino al Padre” (Juan 14:12). Puesto que el Hijo regresaría al cielo, sus seguidores —no solo los apóstoles, sino también sus futuros discípulos— tendrían que continuar con la obra de predicar y enseñar (Juan 17:20). Jesús reconoció humildemente que las obras de estos serían “mayores” que las suyas. ¿En qué sentido? De tres maneras. Veamos cuáles son.
6 En primer lugar, los seguidores de Jesús abarcarían más territorio. Su testimonio llega hoy hasta los confines del mundo, mucho más allá de las fronteras dentro de las que él predicó. En segundo lugar, llegarían a más personas. Al pequeño grupo que Jesús dejó en la Tierra se sumaron rápidamente miles y miles de discípulos (Hechos 2:41; 4:4). En la actualidad ascienden a millones, y cada año se bautizan centenares de miles. Y en tercer lugar, los discípulos cristianos predicarían durante más tiempo, hasta nuestros días, casi dos mil años después de que terminara el ministerio de Jesús, que duró tres años y medio.
7 Al decir que sus seguidores harían “obras mayores”, Jesús manifestó su confianza en ellos, ya que les estaba encomendando una tarea que consideraba de suma importancia, a saber, predicar y enseñar “las buenas nuevas del reino de Dios” (Lucas 4:43). Jesús estaba convencido de que cumplirían fielmente su encargo. ¿Qué significado tiene este hecho para nosotros? Cuando participamos en el ministerio con celo y devoción, demostramos que él no se equivocó al confiar en sus seguidores. ¿No es este un gran privilegio? (Lucas 13:24.)
Preparados para dar testimonio
8 Jesús preparó de manera extraordinaria a sus discípulos para el ministerio. Ante todo, les dio un ejemplo perfecto (Lucas 6:40). En el capítulo anterior analizamos su actitud hacia el ministerio. Pues bien, pensemos por un momento en aquellos que lo acompañaron en sus viajes de predicación. Estos lo vieron predicar dondequiera que había gente: junto a lagos y colinas, en ciudades y plazas de mercado, y en casas particulares (Mateo 5:1, 2; Lucas 5:1-3; 8:1; 19:5, 6). También observaron su laboriosidad: se levantaba temprano y se mantenía ocupado hasta bien entrada la noche. Sin duda alguna, el ministerio no era para él un simple pasatiempo (Lucas 21:37, 38; Juan 5:17). Seguramente, ellos percibieron que la motivación de Jesús era el profundo amor que sentía por la gente; tal vez pudieron ver en su rostro la compasión que sentía en el corazón (Marcos 6:34). ¿Qué efecto cree usted que produjo en ellos el ejemplo de Jesús? ¿Qué efecto habría producido en usted?
9 Como seguidores de Cristo, copiamos su ejemplo en nuestro ministerio. Por eso hacemos el máximo esfuerzo a fin de dar un “testimonio cabal” (Hechos 10:42). Al igual que Jesús, vamos a los hogares de las personas (Hechos 5:42). Y si es necesario, adaptamos nuestro programa de actividades diarias para visitarlas cuando haya más probabilidades de hallarlas en su casa. Además, predicamos con discreción en lugares públicos —como calles, parques y tiendas—, así como en el lugar de empleo. Seguimos “trabajando duro y esforzándonos” en nuestro ministerio porque lo tomamos muy en serio (1 Timoteo 4:10). El amor sincero y profundo por nuestros semejantes nos mueve a seguir buscando oportunidades para predicarles a cualquier hora y en cualquier lugar (1 Tesalonicenses 2:8).
10 Otra forma en que Jesús capacitó a los discípulos fue dándoles instrucciones detalladas. Antes de enviar a predicar primero a los doce apóstoles y después a los setenta discípulos, celebró con ellos lo que pudiéramos llamar sesiones de preparación (Mateo 10:1-15; Lucas 10:1-12). Tal adiestramiento fue muy eficaz, pues según Lucas 10:17, “los setenta volvieron con gozo”. Examinemos dos de las importantes lecciones que enseñó Jesús, teniendo presente que sus palabras han de entenderse dentro del marco de las costumbres judías en tiempos bíblicos.
11 En primer lugar, Jesús enseñó a sus discípulos a confiar en Jehová. Les ordenó: “No consigan oro, ni plata, ni cobre para las bolsas de sus cintos, ni alforja para el viaje, ni dos prendas de vestir interiores, ni sandalias, ni bastón; porque el obrero merece su alimento” (Mateo 10:9, 10). Los viajeros acostumbraban llevar una bolsa para el dinero en el cinto, un morral o alforja para las provisiones y un par extra de sandalias. Al mandar a sus discípulos que no se preocuparan por tales cosas, Jesús en realidad les estaba diciendo: “Tengan plena confianza en que Jehová les proveerá lo necesario”. ¿Cómo haría Jehová eso? Impulsaría a quienes aceptaran las buenas nuevas a que los recibieran con hospitalidad, una cualidad muy común en Israel (Lucas 22:35).
12 En segundo lugar, Jesús enseñó a sus discípulos a evitar las distracciones innecesarias. “No abracen a nadie en saludo por el camino”, les dijo (Lucas 10:4). ¿Estaba enseñándoles a ser descorteses o antipáticos? ¡Por supuesto que no! Lo que sucedía era que en aquellos tiempos el saludo no se limitaba a un simple “hola”, sino que incluía múltiples formalidades y largas conversaciones. Cierto biblista comenta: “Los saludos entre los orientales no consistían —como sucede en las culturas occidentales— en una leve inclinación de cabeza o en extender la mano, sino en muchos abrazos, reverencias y hasta el acto de postrarse en tierra, todo lo cual requería mucho tiempo”. Al decir a sus discípulos que evitaran saludar de la manera acostumbrada, Jesús en cierto modo estaba diciéndoles: “No pierdan ni un minuto porque el mensaje que llevan es urgente”.
13 Nosotros también tomamos a pecho las instrucciones que Jesús dio a los discípulos del siglo primero. Depositamos nuestra total confianza en Jehová al realizar nuestro ministerio (Proverbios 3:5, 6). Sabemos que, si seguimos “buscando primero el reino”, nunca careceremos de lo indispensable para la vida (Mateo 6:33). Por todo el mundo hay predicadores del Reino de tiempo completo que dan fe de que la mano de Jehová nunca se queda corta, ni siquiera en los momentos más difíciles (Salmo 37:25). Reconocemos asimismo la necesidad de evitar las distracciones, pues si nos descuidamos, este mundo puede desviarnos fácilmente de nuestro objetivo (Lucas 21:34-36). Ahora no es momento para distraernos: hay vidas en juego, y el mensaje que llevamos es urgente (Romanos 10:13-15). Mantener vivo en el corazón el sentido de urgencia impedirá que las distracciones de este mundo nos roben el tiempo y la energía que sería mejor emplear en el ministerio. No olvidemos que el tiempo es corto, y la cosecha, abundante (Mateo 9:37, 38).
Una misión en la que todos debemos participar
14 Con las palabras “Vayan [...] y hagan discípulos”, el resucitado Jesucristo dejó en manos de sus seguidores una gran responsabilidad. Él no estaba pensando solamente en los discípulos que se habían congregado en la montaña de Galilea aquel día primaveral. Su encargo fue predicar a “gente de todas las naciones”, y esta obra seguiría efectuándose “hasta la conclusión del sistema de cosas”, por lo que evidentemente todos sus seguidores, incluidos nosotros, debemos participar en ella. Analicemos con más detalle el mandato que Cristo dio en Mateo 28:18-20.
15 Antes de encomendar la misión de hacer discípulos, Jesús dijo: “Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y sobre la tierra” (versículo 18). ¿Tiene Jesús realmente tanta autoridad? ¡Claro que sí! Él es el arcángel, y capitanea miríadas y miríadas de ángeles (1 Tesalonicenses 4:16; Revelación 12:7). Como “cabeza de la congregación”, tiene autoridad sobre sus discípulos en la Tierra (Efesios 5:23). Además, gobierna desde 1914 como Rey Mesiánico en el cielo (Revelación 11:15). Incluso posee autoridad sobre la sepultura, pues tiene el poder de resucitar a los muertos (Juan 5:26-28). Al referirse primero a su gran autoridad, Jesús indica que lo que va a decir a continuación no es una sugerencia, sino un mandato; y puesto que la fuente de tal autoridad no es él, sino Dios mismo, lo más sabio es obedecerle (1 Corintios 15:27).
16 Ahora Jesús pasa a explicar la misión en sí, la cual comienza con una sola palabra: “Vayan” (versículo 19). Como vemos, él quiere que seamos nosotros quienes vayamos y llevemos a otros el mensaje del Reino. Para cumplir con esta encomienda podemos usar diversos métodos. Por ejemplo, predicamos de casa en casa, lo cual es una de las formas más eficaces de tener contacto personal con la gente (Hechos 20:20). También creamos oportunidades para dar testimonio informalmente, pues estamos deseosos de entablar conversaciones sobre las buenas nuevas en cualquier momento oportuno del día. Y aunque los métodos en sí varían según las necesidades y circunstancias locales, hay una cosa que no cambia: todos ‘vamos’ y buscamos hasta descubrir quién es merecedor (Mateo 10:11).
17 Entonces, Jesús pasa a explicar cuál es el objetivo de nuestra misión: “[Hacer] discípulos de gente de todas las naciones” (versículo 19). ¿Cómo lo logramos? Pues bien, un discípulo es un aprendiz, alguien a quien se enseña. Pero hay algo más implicado en hacer discípulos. Cuando ayudamos a alguien a estudiar la Biblia, no queremos que simplemente llene su mente de conocimiento. Queremos que se convierta en un seguidor de Cristo. Por eso, siempre que podemos, resaltamos el ejemplo de Jesús, para que el estudiante aprenda a verlo como su Maestro y Modelo, imite su modo de vida y haga la misma obra que él hizo (Juan 13:15).
18 Un elemento fundamental de la misión se expresa con la frase: “Bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del espíritu santo” (versículo 19). El bautismo es el paso más importante que da un discípulo en su vida, pues es una demostración clara de que se ha dedicado a Dios sin reservas; de ahí que sea un paso esencial para la salvación (1 Pedro 3:21). Al discípulo bautizado que sigue haciendo todo cuanto puede en el servicio a Jehová le esperan infinitas bendiciones en el venidero nuevo mundo. ¿Ha ayudado usted a alguien a hacerse discípulo bautizado de Cristo? Si así es, habrá comprobado que no hay otra cosa que cause más gozo en el ministerio cristiano (3 Juan 4).
19 Jesús explica la siguiente parte de la misión al decir: “Enseñándoles a observar todas las cosas que yo les he mandado” (versículo 20). Los cristianos enseñamos a los nuevos a obedecer los mandatos de Jesús, entre ellos amar a Dios y al prójimo y hacer discípulos (Mateo 22:37-39). Les enseñamos gradualmente a explicar las verdades bíblicas y a defender su fe, que va aumentando de día en día. Cuando reúnen los requisitos para participar en la predicación pública, los acompañamos y les mostramos con nuestras palabras y ejemplo cómo hacerlo de manera efectiva. Ahora bien, la instrucción que damos a los nuevos discípulos quizá continúe después de su bautismo, pues es probable que necesiten ayuda para hacer frente a las dificultades que se presentan al seguir a Cristo (Lucas 9:23, 24).
“Estoy con ustedes todos los días”
20 Las palabras finales de la misión encomendada por Jesús son muy alentadoras: “¡Miren!, estoy con ustedes todos los días hasta la conclusión del sistema de cosas” (Mateo 28:20). Jesús reconoce lo importante que es nuestra labor, y sabe que quienes se oponen a veces reaccionarán con hostilidad (Lucas 21:12). Pero no hay por qué temer, pues nuestro Líder no espera que hagamos nuestra tarea solos, sin auxilio de ningún tipo. ¿No nos consuela saber que contamos con el apoyo de Aquel que tiene “toda autoridad [...] en el cielo y sobre la tierra”?
21 Jesús prometió a sus discípulos que los acompañaría en su ministerio a lo largo de los siglos, hasta “la conclusión del sistema de cosas”. Tenemos que seguir cumpliendo con la misión que Jesús nos encargó hasta que llegue el fin. Este no es el momento de aflojar el paso. Ahora mismo se está recogiendo una abundante cosecha espiritual; son muchos los que abrazan las buenas nuevas. Como seguidores de Cristo, determinémonos a cumplir con la importante misión que se nos ha encomendado; sí, resolvámonos a emplear nuestro tiempo, energías y recursos para cumplir el mandato de Cristo: “Vayan [...] y hagan discípulos”.
[Notas]
La bolsa del cinto era probablemente un cinturón con un bolsillo incorporado que se usaba para llevar monedas. La alforja era una bolsa más grande, generalmente de cuero, que se colgaba del hombro y en la que se llevaba comida u otras provisiones.
El profeta Eliseo le dio la misma orden a su criado, Guehazí, cuando lo envió a la casa de una mujer cuyo hijo había muerto: “En caso de encontrarte con alguien, no debes saludarlo” (2 Reyes 4:29). Se trataba de una misión urgente y no había tiempo que perder.
Puesto que la mayoría de sus seguidores se hallaban en Galilea, quizás fue en la ocasión narrada en Mateo 28:16-20 cuando el resucitado Jesús se apareció “a más de quinientos hermanos” (1 Corintios 15:6). Es posible, pues, que hubiera centenares presentes cuando Jesús encomendó la misión de hacer discípulos.
[Preguntas del estudio]
1-3. a) ¿Qué hace un agricultor que no da abasto para recoger la cosecha? b) ¿Con qué dificultad se encara Jesús en la primavera del año 33, y qué medidas toma?
4, 5. ¿Por qué no completaría Jesús la obra que emprendió? ¿Quiénes continuarían con la obra cuando él regresara al cielo?
6, 7. a) ¿En qué sentido serían las obras de los seguidores de Jesús mayores que las suyas? b) ¿Cómo demostramos que Jesús no se equivocó al confiar en sus seguidores?
8, 9. ¿Qué ejemplo puso Jesús en el ministerio, y cómo podemos nosotros hacer lo mismo?
10-12. ¿Qué importantes lecciones enseñó Jesús a sus discípulos antes de enviarlos a predicar?
13. ¿De qué maneras demostramos que tomamos en serio las instrucciones que Jesús dio a sus discípulos del siglo primero?
14. ¿Qué indica que todos los seguidores de Cristo deben participar en el mandato que registra Mateo 28:18-20? (Véase también la nota.)
15. ¿Por qué es sabio que obedezcamos el mandato de Jesús de hacer discípulos?
16. Al decir “vayan”, ¿qué nos manda hacer Jesús, y cómo cumplimos esta encomienda?
17. ¿Cómo “[hacemos] discípulos”?
18. ¿Por qué es el bautismo el paso más importante en la vida del discípulo?
19. ¿Qué enseñamos a los nuevos discípulos, y por qué podría continuar tal enseñanza después del bautismo?
20, 21. a) ¿Por qué no hay razón para sentir temor al llevar a cabo la misión que Jesús nos encomendó? b) ¿Por qué no es este el momento de aflojar el paso, y cuál debe ser nuestra determinación?
[Recuadro de la página 96]
¿Cómo podemos seguir a Jesús?
● ¿De qué manera debemos abordar a las personas cuando les llevamos el mensaje del Reino? (Mateo 10:11-13; Lucas 10:5.)
● ¿Cómo nos ayudan las palabras de Jesús a aguantar la oposición a nuestra obra de predicar? (Marcos 13:9-13.)
● ¿Cómo debemos tratar a los que no muestran interés en el mensaje? (Lucas 10:10, 11.)
● Si damos prioridad a la predicación, ¿de qué podemos estar seguros? (Lucas 12:22-31.)
[Ilustración de la página 87]
¿Qué puede hacer un agricultor que no da abasto para recoger la cosecha?
[Ilustración de la página 91]
El amor nos mueve a predicar dondequiera que haya gente
[Ilustración de la página 92]
“Los setenta volvieron con gozo”
JESÙS DICE = “Para esto fui enviado”
JESÚS y los apóstoles llevan horas caminando. Van de Judea a Galilea, en dirección norte. El camino más corto —que se puede recorrer en unos tres días— atraviesa Samaria. Cerca del mediodía llegan a un pueblo llamado Sicar, donde hacen un alto para reponer fuerzas.
2 Mientras los apóstoles van a comprar alimentos, Jesús se queda descansando junto a un pozo en las afueras del pueblo. En eso ve que se acerca una mujer a sacar agua. Puesto que está “cansado del viaje”, podría decidir no prestarle atención (Juan 4:6). Sería comprensible que sencillamente cerrara los ojos, sin fijarse en lo que ella hace. Según lo que vimos en el capítulo 4, es muy probable que la samaritana crea que Jesús, como cualquier otro judío, la va a tratar de manera desdeñosa. Sin embargo, Jesús entabla conversación con ella.
3 Inicia el diálogo valiéndose de una comparación extraída de las tareas diarias de la mujer, o mejor dicho, de la tarea que está a punto de realizar. Ella ha venido a buscar agua, y Jesús le habla de un agua que da vida y que apagará su sed espiritual. A lo largo de la conversación, la mujer hace varias declaraciones polémicas. Sin embargo, Jesús evita con delicadeza entrar en discusiones y, sin desviarse del tema, se centra en los asuntos espirituales, a saber, la adoración pura y Jehová Dios. Sus palabras tienen gran repercusión, pues cuando la samaritana les cuenta a los hombres del pueblo lo que él le ha dicho, ellos también quieren oír a Jesús (Juan 4:3-42).
4 ¿Cómo reaccionan los apóstoles cuando llegan y ven el asombroso testimonio que Jesús está dando? No muestran el menor entusiasmo. Les sorprende encontrar a Jesús hablando con aquella mujer, y al parecer no cruzan ni una palabra con ella. Una vez que esta se marcha, le ruegan a Jesús que coma de lo que han traído. “Yo tengo alimento para comer del cual ustedes no saben”, responde él. Extrañados, al principio toman sus palabras al pie de la letra, pero él les explica: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y terminar su obra” (Juan 4:32, 34). De este modo, Jesús les enseña que la obra que debe realizar en su vida es mucho más importante que el alimento físico, y quiere contagiarles ese sentimiento. Ahora bien, ¿cuál es esta obra?
5 En cierta ocasión, Jesús dijo: “Tengo que declarar las buenas nuevas del reino de Dios, porque para esto fui enviado” (Lucas 4:43). Así es, Jesús fue enviado a predicar y enseñar las buenas nuevas del Reino de Dios. Hoy sus discípulos hemos recibido el mismo encargo. Por eso es tan importante que examinemos las razones por las que él predicó, el mensaje que declaró y la actitud con que cumplió su comisión.
¿Por qué predicó Jesús?
6 Empezaremos por examinar lo que Jesús sentía por las verdades que enseñaba, para pasar luego a la actitud que mostraba hacia la gente a quien instruía. Mediante un gráfico ejemplo, Jesús reveló cuánto valoraba la oportunidad de dar a conocer las verdades que había aprendido de su Padre. Dijo: “Todo instructor público, cuando ha sido enseñado respecto al reino de los cielos, es semejante a un hombre, un amo de casa, que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas” (Mateo 13:52). ¿Por qué saca cosas de su tesoro este dueño de casa?
7 No es simplemente para presumir de sus posesiones, como hizo el antiguo rey Ezequías, una acción que a la larga le salió muy cara (2 Reyes 20:13-20). Entonces, ¿cuál es el motivo? Pues bien, pongamos un ejemplo. Suponga que usted va a visitar a un profesor suyo a quien aprecia mucho, y este le muestra dos cartas que guarda en su escritorio. Una está amarillenta por el paso de los años, y la otra es más reciente. Son cartas de su padre. La primera la recibió hace décadas, cuando no era más que un niño, mientras que la segunda le llegó hace poco. Los ojos le brillan de felicidad al hablar del gran cariño que les tiene, de cómo sus consejos le han cambiado la vida y de cómo pueden serle útiles a usted también. Está claro que estas cartas significan mucho para su profesor y ocupan un lugar especial en su corazón (Lucas 6:45). Si se las ha mostrado, no es por vanidad ni para obtener algún provecho económico, sino para que usted se beneficie de ellas y pueda comprender el valor que tienen.
8 El Gran Maestro, Jesús, enseñaba a la gente las verdades de Dios por motivos semejantes. Estas eran para él un tesoro inestimable: las amaba, ansiaba mostrarlas a otros y quería que todo discípulo suyo —“todo instructor público”— sintiera lo mismo que él. ¿Es eso lo que usted siente? Hay buenas razones para amar todas y cada una de las verdades que aprendemos de la Palabra de Dios. Para nosotros, las gemas de la verdad son inmensamente valiosas, ya sean enseñanzas que aprendimos hace mucho tiempo o algunas explicaciones más recientes. Como Jesús, transmitiremos ese amor si hablamos con entusiasmo de las cosas que Jehová nos ha enseñado y si no perdemos el aprecio que sentimos por ellas.
9 Jesús también amaba a aquellos a quienes instruía, como veremos con más detalle en la sección 3. Las Escrituras habían predicho que el Mesías “le [tendría] lástima al de condición humilde y al pobre” (Salmo 72:13). Jesús se interesaba de verdad por la gente. Se preocupó por conocer las ideas y las actitudes que los movían a actuar, y por entender las cargas que los oprimían y los obstáculos que les impedían captar la verdad (Mateo 11:28; 16:13; 23:13, 15). Recordemos el caso de la samaritana. Sin duda, a ella debió de causarle una impresión muy honda el interés que él le mostró. Al ver la capacidad que Jesús tenía para comprender aspectos de su vida personal, no pudo menos que reconocerlo como profeta, y se puso a hablar a otros acerca de él (Juan 4:16-19, 39). Nosotros, por supuesto, somos incapaces de leer el corazón de aquellos a quienes predicamos; pero, como Jesús, sí podemos interesarnos por ellos, demostrarles que nos importan y adaptar lo que decimos a sus intereses, problemas y necesidades.
¿Qué mensaje declaró?
10 ¿Qué mensaje predicó Jesús? Si buscamos la respuesta en las doctrinas de muchas iglesias que afirman representarlo, probablemente lleguemos a la conclusión de que predicó un evangelio social, que impulsó reformas políticas o que centró su mensaje en la salvación personal. No obstante, como ya vimos, Jesús dijo claramente: “Tengo que declarar las buenas nuevas del reino de Dios”. ¿Qué implicaba esa labor?
11 Recordemos que el Hijo de Dios estaba en el cielo cuando Satanás puso en duda por primera vez que la soberanía de Jehová fuera justa. ¡Cuánto debió de apenarle ver que se difamara a su Padre y se le acusara de ser un Gobernante injusto que priva a sus criaturas de cosas buenas! ¡Cuánto debió de dolerle que Adán y Eva, los futuros padres de la familia humana, creyeran las mentiras de Satanás! Él fue testigo de cómo aquella rebelión contaminó con el pecado y la muerte a la humanidad (Romanos 5:12). Por otro lado, ¡qué feliz debió de sentirse al saber que un día su Padre corregiría los asuntos por medio de su Reino!
12 ¿Qué debía corregirse antes que nada? Era preciso que el santo nombre de Jehová fuera santificado, es decir, limpiado completamente de todo el oprobio que sobre él han amontonado Satanás y sus secuaces. Asimismo, debía quedar demostrada la justicia de la soberanía —o manera de gobernar— de Jehová. Jesús entendía estas cuestiones vitales mejor que ningún otro hombre. Por esa razón, en la oración modelo enseñó a sus discípulos a pedir, primero, que el nombre de su Padre fuera santificado; segundo, que viniera el Reino de su Padre, y tercero, que se hiciera la voluntad de Dios en la Tierra (Mateo 6:9, 10). Dentro de poco, el Reino de Dios, con Cristo en el trono, eliminará del planeta al corrupto mundo de Satanás y confirmará para siempre el gobierno justo de Jehová (Daniel 2:44).
13 Este Reino fue el tema central del ministerio de Jesús. Todas sus palabras y todas sus acciones contribuyeron a explicarlo y a mostrar cómo cumpliría el propósito de Jehová. Jesús no permitió que nada lo desviara de su misión de predicar las buenas nuevas del Reino de Dios. A pesar de que en aquellos días existían problemas sociales apremiantes y se cometían innumerables injusticias, él se centró en su mensaje y en su obra. ¿Quiere decir eso que Jesús era un hombre estrecho de miras y que su forma de enseñar era aburrida y repetitiva? ¡Nada más lejos de la realidad!
14 Como comprobaremos a lo largo de esta sección, Jesús enseñaba de una manera atractiva y llena de vida; conseguía llegar al corazón de sus oyentes. Esto nos recuerda al sabio rey Salomón, quien procuró hallar palabras verdaderas, deleitables y correctas para escribir las ideas que recibió por inspiración divina (Eclesiastés 12:10). Gracias a la “anchura de corazón” que Jehová le otorgó a este hombre imperfecto, él podía disertar sobre una gran diversidad de temas, desde los árboles y los arbustos hasta los peces y las bestias. La gente acudía desde muy lejos para oírlo (1 Reyes 4:29-34). Con todo, no olvidemos que Jesús era “algo más que Salomón” (Mateo 12:42). Esto quiere decir que él era mucho más sabio, que tenía más “anchura de corazón”. Cuando enseñaba, recurría al conocimiento superior que poseía sobre la Palabra de Dios, así como sobre las distintas clases de animales, el clima, la agricultura, la historia, los sucesos importantes de su día y las condiciones sociales. Sin embargo, nunca presumió de sus conocimientos ni buscó impresionar a los demás. Por el contrario, su mensaje fue siempre sencillo y claro. No sorprende, pues, que las multitudes lo escucharan con tanto gusto (Marcos 12:37; Lucas 19:48).
15 Hoy, los cristianos tratamos de seguir el ejemplo de Cristo. Aunque no tenemos su inmensa sabiduría y conocimiento, sí poseemos ciertos conocimientos y experiencia que podemos utilizar al enseñar las verdades de la Palabra de Dios. Los padres, por ejemplo, pueden valerse de la experiencia que han adquirido en la crianza de su familia para ilustrar el amor que Jehová siente por Sus hijos. También podemos extraer ejemplos o ilustraciones del trabajo, la escuela, el comportamiento de la gente o los sucesos de actualidad. Al mismo tiempo, debemos evitar cualquier cosa que desvíe la atención del mensaje que llevamos: las buenas nuevas del Reino de Dios (1 Timoteo 4:16).
¿Qué actitud tuvo hacia su ministerio?
16 Jesús consideraba su ministerio un preciado tesoro. Le daba un inmenso placer enseñar a la gente a ver a su Padre celestial tal como es en realidad, sin el velo de confusas doctrinas y tradiciones humanas. Se complacía en ayudarles a tener una buena relación con Jehová y a aferrarse a la esperanza de la vida eterna. Disfrutaba llevándoles el consuelo y el gozo de las buenas nuevas. ¿Cómo manifestó él esos sentimientos? Veamos tres maneras.
17 En primer lugar, Jesús hizo del ministerio el centro de su vida. Hablar del Reino era su verdadera vocación, la obra de su vida, su mayor interés. Por eso, como se explicó en el capítulo 5, decidió con sabiduría llevar una vida sencilla. Aplicando él mismo lo que enseñaba, mantuvo la vista fija en lo más importante y no se distrajo acumulando bienes que tendría que pagar y luego mantener, reparar o reemplazar. Vivió con sencillez para que nada lo apartara innecesariamente de su ministerio (Mateo 6:22; 8:20).
18 En segundo lugar, Jesús dio lo mejor de sí en su ministerio. Dedicó a él todas sus energías y recorrió a pie literalmente centenares de kilómetros por toda Palestina buscando a todo el que escuchara las buenas nuevas. Les hablaba a las personas en sus hogares, en las plazas públicas, en los mercados y al aire libre. Les hablaba aunque estuviera cansado, con hambre o con sed, o aunque necesitara un momento de tranquilidad en compañía de sus amigos íntimos. Ni siquiera en los últimos instantes de su vida dejó de hablar de las buenas nuevas del Reino de Dios (Lucas 23:39-43).
19 En tercer lugar, Jesús estaba siempre consciente de la urgencia de efectuar su ministerio. Recordemos la conversación que sostuvo con la samaritana en el pozo cerca de Sicar. Es obvio que los apóstoles no vieron que en aquella situación fuera urgente predicar las buenas nuevas. “¿No dicen ustedes que todavía hay cuatro meses antes que venga la siega? —les preguntó Jesús—. ¡Miren! Les digo: Alcen los ojos y miren los campos, que están blancos para la siega.” (Juan 4:35.)
20 Jesús tomó esta imagen de la época del año en que estaban. Era, por lo visto, el mes de kislev (noviembre-diciembre), y todavía faltaban cuatro meses para la siega de la cebada, que tiene lugar alrededor de la Pascua (celebrada el 14 de nisán). No había razón para que los agricultores se apresuraran, pues aún quedaba mucho tiempo. Pero ¿podía decirse lo mismo de la “siega” de discípulos? ¡Claro que no! Había muchas personas que estaban listas para escuchar, para aprender, para seguir a Cristo y obtener la maravillosa esperanza que Jehová les ofrecía. Era como si Jesús pudiera alzar la mirada sobre aquellos campos simbólicos y ver que estaban blancos de mies madura que se mecía suavemente con la brisa, lo que señalaba que estaba lista para ser cosechada. Había llegado la hora, y era urgente realizar el trabajo. Por eso, cuando los habitantes de una ciudad trataron de retenerlo, él les contestó: “También a otras ciudades tengo que declarar las buenas nuevas del reino de Dios, porque para esto fui enviado” (Lucas 4:43).
21 Es posible imitar a Jesús de las tres formas antes mencionadas. Primero, haciendo del ministerio cristiano el centro de nuestra vida. Aun si tenemos familia, un trabajo y otras obligaciones, podemos demostrar que damos prioridad al ministerio participando en él con entusiasmo y regularidad, como lo hizo Jesús (Mateo 6:33; 1 Timoteo 5:8). Segundo, dando lo mejor de nosotros en el ministerio y empleando generosamente nuestro tiempo, energías y recursos para apoyarlo (Lucas 13:24). Y tercero, recordando siempre la urgencia de nuestra obra (2 Timoteo 4:2). Aprovechemos, pues, toda oportunidad que se nos presente para predicar.
22 Jesús también mostró que entendía la importancia de la obra al asegurarse de que esta continuara tras su muerte; por eso mandó a sus discípulos que siguieran predicando y enseñando. De esta comisión tratará el capítulo siguiente.
[Notas]
Por ejemplo, cuando la mujer pregunta cómo es que un judío se dirige a una samaritana, saca a relucir la enemistad que existía entre los dos pueblos desde hacía siglos (Juan 4:9). Asimismo, asegura que su pueblo desciende de Jacob, afirmación que los judíos negaban rotundamente (Juan 4:12). Estos llamaban cuteos a los samaritanos para subrayar su origen extranjero.
Predicar significa declarar o dar a conocer un mensaje. Enseñar tiene un significado parecido, pero implica algo más: conlleva la idea de transmitir el mensaje de forma más profunda y detallada. Para enseñar bien hay que buscar maneras de llegar al corazón de la persona a fin de infundir en ella el deseo de vivir de acuerdo con lo que aprende.
En su comentario de este versículo, cierta obra de consulta dice: “Cuando las mieses maduran, cambian de verde a dorado o adquieren un color claro, lo que constituye una señal indiscutible de que ha llegado el momento de la recolección”.
[Preguntas del estudio]
1-4. a) ¿Cómo enseña con destreza Jesús a una mujer samaritana, y qué resultados obtiene? b) ¿Cómo reaccionan los apóstoles?
5. ¿Qué obra debía realizar Jesús en su vida, y qué examinaremos en este capítulo?
6, 7. Según dijo Jesús, ¿qué debe sentir “todo instructor público” por la predicación de las buenas nuevas? ¿Qué ejemplo podría ilustrar esos sentimientos?
8. ¿Por qué hay buenas razones para considerar todas las verdades que aprendemos de la Palabra de Dios como tesoros?
9. a) ¿Qué sentía Jesús por aquellos a quienes enseñaba? b) ¿Cómo podemos imitar la actitud de Jesús hacia los demás?
10, 11. a) ¿Qué mensaje predicó Jesús? b) ¿Por qué se hizo necesario el Reino de Dios?
12, 13. ¿Qué injusticias corregirá el Reino de Dios? ¿Cómo hizo Jesús del Reino el tema central de su ministerio?
14, 15. a) ¿Cómo demostró Jesús que era “algo más que Salomón”? b) ¿De qué manera podemos imitar a Jesús al transmitir a otros el mensaje del Reino?
16, 17. a) ¿Cuál fue la actitud de Jesús hacia su ministerio? b) ¿Cómo demostró Jesús que el ministerio era el centro de su vida?
18. ¿De qué maneras dio Jesús lo mejor de sí en su ministerio?
19, 20. ¿Qué imagen usó Jesús para ilustrar la urgencia de predicar?
21. ¿Cómo podemos imitar a Jesús?
22. ¿Qué veremos en el capítulo siguiente?
[Recuadro de la página 86]
¿Cómo podemos seguir a Jesús?
● ¿Cómo demuestran nuestras oraciones y actos que entendemos que el ministerio es una obra urgente? (Mateo 9:35-38.)
● Si vemos que nuestro celo se está apagando, ¿cómo nos estimulará reflexionar en la actitud de Jesús? (Marcos 1:35-39.)
● ¿Cómo debemos ver a las personas humildes, oprimidas o marginadas que hallamos al predicar? (Lucas 18:35–19:10.)
● ¿Por qué no debemos dejar nunca que la indiferencia o la hostilidad hacia el mensaje nos desanimen? (Juan 7:32-52.)
“Consideren con sumo cuidado [...] al que ha aguantado”= JESÙS
LA PRESIÓN a la que se enfrenta es muy intensa. Jesús nunca ha sentido tanta angustia mental y emocional. Se encuentra en las últimas horas de su vida en la Tierra, y se dirige, acompañado de sus discípulos, a un lugar conocido: el jardín de Getsemaní. Ya se han reunido allí a menudo, pero esta noche necesita estar un rato a solas. Jesús se separa de ellos, se adentra en el jardín y, arrodillándose, empieza a orar. Son tan fervientes sus oraciones y es tan profunda su aflicción que su sudor se hace “como gotas de sangre que [caen] al suelo” (Lucas 22:39-44).
2 ¿Por qué está tan afligido? Es verdad que sabe que poco después va a sufrir dolor físico extremo, pero esa no es la razón por la que se siente así. Sobre él pesan asuntos mucho más importantes. Le preocupa profundamente el nombre de su Padre; además, es consciente de que el futuro de la familia humana depende de su fidelidad. Sabe lo vital que es que aguante; si falla, el nombre de Jehová quedará deshonrado. Pero no falla. Más tarde, ese mismo día, cuando está por exhalar su último suspiro, el hombre que ha sido el mayor ejemplo de aguante en la Tierra exclama triunfante: “¡Se ha realizado!” (Juan 19:30).
3 La Biblia nos insta a “consider[ar] con sumo cuidado y atención al que ha aguantado”, es decir, a Jesús (Hebreos 12:3). Ante esto, surgen varias preguntas importantes: ¿Qué situaciones penosas aguantó? ¿Qué le ayudó a resistir? ¿Cómo podemos copiar su ejemplo? Pero antes de dar respuesta a estos interrogantes, examinemos lo que implica el aguante.
¿En qué consiste el aguante?
4 De vez en cuando, todos somos afligidos “por diversas pruebas” (1 Pedro 1:6). Ahora bien, el hecho de que alguien pase por una prueba, ¿significa forzosamente que está aguantando? En realidad, no. El sustantivo griego que se traduce “aguante” significa “la acción de permanecer firme [...] frente a los males que acosan”. Hablando del aguante al que se refieren los escritores de la Biblia, cierto estudioso en la materia explica: “Es el espíritu que puede sobrellevar las cargas por su esperanza inflamada, no por simple resignación [...]. Es la cualidad que mantiene a un hombre firme contra los elementos. Es la virtud que puede transmutar en gloria a la desgracia más grande, porque, más allá del dolor, ve la meta”.
5 Por lo tanto, aguantar no es solo cuestión de sufrir penalidades porque no hay manera de evitarlas. En sentido bíblico implica firmeza, mantener la debida actitud mental, sin perder la esperanza ante la adversidad. A modo de ilustración, pensemos en dos hombres que están presos en condiciones semejantes, pero por motivos muy distintos. Uno es un delincuente común que cumple su condena con resentimiento y amargura. El otro es un cristiano que, aunque ha sido encarcelado por su lealtad, permanece fiel y mantiene una actitud positiva porque ve en su situación una oportunidad de demostrar su fe. Difícilmente consideraríamos al malhechor un modelo de aguante, ¿verdad? Sin embargo, el cristiano leal sería para nosotros un ejemplo perfecto de esta invaluable cualidad (Santiago 1:2-4).
6 El aguante es indispensable para alcanzar la salvación (Mateo 24:13). Sin embargo, no nacemos con esta cualidad tan necesaria; tenemos que cultivarla. ¿Cómo? “La tribulación produce aguante”, afirma Romanos 5:3. Efectivamente, si de veras queremos desarrollar aguante, no podemos huir temerosos ante las pruebas de fe; al contrario, tenemos que hacerles frente. El aguante es el resultado de afrontar y vencer las pruebas grandes y pequeñas que se nos presentan a diario. Cada prueba que superamos nos fortalece para resistir la siguiente. Desde luego, no adquirimos aguante por nuestra propia cuenta, sino que “depend[emos] de la fuerza que Dios suministra” (1 Pedro 4:11). A fin de ayudarnos a permanecer firmes, Jehová nos ha dado la mejor ayuda disponible: el ejemplo de su Hijo. Analicemos el intachable historial de aguante de Jesús.
Lo que Jesús aguantó
7 Al aproximarse el fin de su vida en la Tierra, Jesús aguantó una crueldad tras otra. Aparte de la gran tensión mental que experimentó la última noche, piense en las desilusiones que debió de sufrir y en las humillaciones que soportó. Traicionado por uno de los suyos y abandonado por sus amigos más allegados, fue sometido a un juicio ilegal por el tribunal religioso más importante del país, cuyos miembros se burlaron de él, le escupieron y le dieron puñetazos. Sin embargo, aguantó todo con imperturbable dignidad y fortaleza (Mateo 26:46-49, 56, 59-68).
8 En sus últimas horas de vida, Jesús experimentó gran dolor físico. Fue flagelado de una manera tan brutal que —según se dice— los azotes le causaron “profundos cortes en forma de tiras y una considerable pérdida de sangre”. Luego fue clavado en un poste, ejecutado de un modo que producía “una muerte lenta con el máximo dolor y sufrimiento”. Piense en el terrible martirio que debió de haber sufrido cuando le hincaron largos clavos en las manos y los pies (Juan 19:1, 16-18). Imagínese el indescriptible dolor que soportó cuando alzaron el madero y todo el peso de su cuerpo quedó suspendido de los clavos, con su espalda desgarrada rozando la áspera superficie del poste. Y Jesús soportó este despiadado tormento a la vez que llevaba sobre sí una pesada carga emocional, como se mencionó al comienzo del capítulo.
9 Como seguidores de Cristo, ¿qué cosas pudiera tocarnos aguantar? Jesús dijo: “Si alguien quiere venir en pos de mí, [...] tome su madero de tormento y sígame de continuo” (Mateo 16:24). La expresión “madero de tormento” simboliza aquí el sufrimiento, la vergüenza y hasta la misma muerte. Seguir a Cristo no es fácil. Las normas cristianas nos hacen diferentes, y el mundo nos odia porque no somos parte de él (Juan 15:18-20; 1 Pedro 4:4). Aun así, estamos dispuestos a tomar nuestro madero de tormento, sí, estamos listos para sufrir —y hasta morir— antes que dejar de seguir a nuestro Modelo (2 Timoteo 3:12).
10 Hubo otras situaciones difíciles a las que Jesús se enfrentó durante su ministerio: las causadas por las imperfecciones de quienes lo rodeaban. Recordemos que él fue el “obrero maestro” cuando Jehová creó la Tierra y todas las formas de vida que la pueblan (Proverbios 8:22-31). Por lo tanto, sabía bien que Jehová se proponía que los seres humanos reflejaran sus cualidades y gozaran de la vida en salud perfecta (Génesis 1:26-28). Sin embargo, ya en la Tierra, Jesús vio desde otra perspectiva los estragos causados por el pecado, pues él mismo era un hombre, capaz de experimentar los sentimientos y emociones humanos. ¡Qué triste debió de sentirse al comprobar por sí mismo cuánto se había alejado la humanidad de la perfección que en su día tuvieron Adán y Eva! La situación le suponía una prueba. ¿Se desanimaría y se daría por vencido? ¿Consideraría a los seres humanos un caso perdido? Veamos lo que hizo.
11 En cierta ocasión, Jesús se afligió tanto al ver lo insensibles que eran los judíos que lloró abiertamente. Sin embargo, ¿logró la indiferencia de aquel pueblo que su celo se apagara o que dejara de predicar? Todo lo contrario: siguió “enseña[ndo] diariamente en el templo” (Lucas 19:41-44, 47). En otra ocasión, cuando vio que los fariseos lo vigilaban para ver si curaba a un hombre en sábado, se sintió “cabalmente contristado” por su duro corazón. Pero ¿se dejó intimidar por aquellos santurrones? En absoluto. De hecho, curó al hombre allí, ¡en el mismo centro de la sinagoga! (Marcos 3:1-5.)
12 Las debilidades de sus discípulos más cercanos también debieron de ser una prueba para Jesús. Como vimos en el capítulo 3, estos manifestaron un deseo constante de conseguir prominencia (Mateo 20:20-24; Lucas 9:46). Más de una vez, Jesús los aconsejó sobre la necesidad de ser humildes (Mateo 18:1-6; 20:25-28). Pero les costaba aplicar su consejo. De hecho, en la última noche que él estuvo con ellos se produjo “una disputa acalorada” sobre quién era el más importante (Lucas 22:24). ¿Se dio por vencido Jesús pensando que eran un caso perdido? Claro que no. Paciente como siempre, mantuvo una actitud positiva y confiada, y centró su atención en las cosas buenas que tenían. Sabía que en el fondo amaban a Jehová y que de verdad querían hacer la voluntad divina (Lucas 22:25-27).
13 Es posible que nosotros pasemos por pruebas similares a las de Jesús. Por ejemplo, quizás nos encontremos con personas que son indiferentes o hasta contrarias al mensaje del Reino. ¿Nos desanimará su actitud negativa, o seguiremos predicando con celo? (Tito 2:14.) Las imperfecciones de nuestros hermanos en la fe también pueden representar una prueba. Una palabra irreflexiva o un acto desconsiderado por parte de ellos puede herir nuestros sentimientos (Proverbios 12:18). ¿Dejaremos que sus defectos nos hagan pensar que son un caso perdido, o seguiremos soportando sus faltas y concentrándonos en sus buenas cualidades? (Colosenses 3:13.)
Razones por las que aguantó
14 ¿Qué contribuyó a que Jesús se mantuviera firme y siguiera fiel a Jehová a pesar de todos los padecimientos, humillaciones y desilusiones que sufrió? Cabe destacar dos factores importantes. En primer lugar, miró hacia arriba, por así decirlo, para apelar al “Dios que suministra aguante” (Romanos 15:5). En segundo lugar, miró hacia adelante al centrar la atención en los resultados que obtendría si aguantaba. Analicemos estos dos factores por separado.
15 Aunque Jesús era el Hijo perfecto de Dios, no confió en sus propias fuerzas para aguantar, sino que acudió a su Padre celestial por ayuda. El apóstol Pablo escribió: “Cristo ofreció ruegos y también peticiones a Aquel que podía salvarlo de la muerte, con fuertes clamores y lágrimas” (Hebreos 5:7). Observe que Jesús “ofreció” no solo peticiones, sino también ruegos. El término ruego se refiere a una súplica especialmente sincera e intensa; significa implorar ayuda. La palabra “ruegos”, en plural, indica que Jesús le imploró a Jehová en más de una ocasión. De hecho, en el jardín de Getsemaní, él oró con fervor una y otra vez (Mateo 26:36-44).
16 Jesús tenía plena confianza en que Jehová escucharía sus ruegos, pues sabía que su Padre es el “Oidor de la oración” (Salmo 65:2). Durante su existencia prehumana, el Hijo primogénito había visto al Padre contestar las oraciones de sus siervos fieles. Él estaba en los cielos cuando Jehová envió a un ángel para responder a la oración sincera del profeta Daniel, incluso antes de que terminara de orar (Daniel 9:20, 21). ¿Cómo, entonces, no iba a contestar el Padre a su Hijo unigénito cuando este le abriera su corazón “con fuertes clamores y lágrimas”? Jehová respondió a las súplicas de su Hijo y mandó a un ángel para que lo fortaleciera y así pudiera resistir la prueba (Lucas 22:43).
17 Para no rendirnos ante las adversidades, nosotros también tenemos que mirar hacia arriba, por así decirlo, pues es necesario que alcemos los ojos al cielo, al Dios que “imparte poder” (Filipenses 4:13). Si el Hijo perfecto de Dios sintió la necesidad de implorar ayuda a Jehová, ¡cuánto más tendremos que hacerlo nosotros! Como Jesús, tal vez tengamos que suplicarle a Jehová en repetidas ocasiones (Mateo 7:7). Aunque no esperamos recibir una visita angelical, de una cosa sí estamos seguros: nuestro amoroso Dios responderá a las plegarias del cristiano leal que “persiste en ruegos y oraciones noche y día” (1 Timoteo 5:5). Sean cuales sean las pruebas que afrontemos —la mala salud, la muerte de un ser querido o la persecución—, Jehová nos responderá cuando le pidamos con fervor que nos conceda sabiduría, valor y fuerzas para aguantar (2 Corintios 4:7-11; Santiago 1:5).
18 El segundo factor que hizo posible que Jesús aguantara es que él miró hacia adelante, más allá del sufrimiento, a lo que le aguardaba. “Por el gozo que fue puesto delante de él aguantó un madero de tormento”, dice la Biblia (Hebreos 12:2). El ejemplo de Jesús ilustra el vínculo que existe entre la esperanza, el gozo y el aguante. Pudiéramos resumirlo así: la esperanza conduce al gozo, y el gozo, al aguante (Romanos 15:13; Colosenses 1:11). Jesús tenía ante sí perspectivas maravillosas. Sabía que con su fidelidad contribuiría a vindicar la soberanía de su Padre y podría recomprar a la humanidad del pecado y la muerte. Además, abrigaba la esperanza de ser Rey y Sumo Sacerdote, lo que traería mayores bendiciones a los seres humanos obedientes (Mateo 20:28; Hebreos 7:23-26). Al concentrarse en las perspectivas y la esperanza que tenía por delante, Jesús sintió un gozo infinito, y ese gozo, a su vez, le ayudó a aguantar.
19 Al igual que Jesús, debemos dejar que la esperanza, el gozo y el aguante obren juntos en favor de nosotros. “Regocíjense en la esperanza”, instó el apóstol Pablo. Y añadió: “Aguanten bajo tribulación” (Romanos 12:12). ¿Está usted pasando ahora mismo por una prueba severa de su fe? Entonces, mire hacia adelante. No pierda de vista el hecho de que su aguante alabará el nombre de Jehová. Mantenga una visión clara de la valiosa esperanza del Reino. Transpórtese al cercano nuevo mundo de Dios e imagínese disfrutando de las bendiciones del Paraíso. Verá que siente un gran gozo mientras espera con ilusión el cumplimiento de las maravillosas promesas de Jehová, entre ellas la vindicación de su soberanía, la eliminación de la maldad en la Tierra y el fin de la enfermedad y la muerte. Y con ese gozo en su corazón podrá aguantar cualquier prueba que le sobrevenga. Así es: comparada con el cumplimiento de la esperanza del Reino, toda tribulación que padezcamos en este mundo es ciertamente “momentánea y liviana” (2 Corintios 4:17).
Sigamos “sus pasos con sumo cuidado y atención”
20 Jesús sabía que ser seguidor suyo conllevaría dificultades, que exigiría aguante (Juan 15:20). Estaba listo para marcar el camino, consciente de que su ejemplo animaría a otros (Juan 16:33). Por supuesto, él fue el ejemplo perfecto de aguante, mientras que nosotros estamos muy lejos de la perfección. Entonces, ¿qué espera Jehová de nosotros? Pedro explica: “Cristo sufrió por ustedes, dejándoles dechado para que sigan sus pasos con sumo cuidado y atención” (1 Pedro 2:21). La manera como él se enfrentó a las pruebas es un “dechado”, es decir, un modelo o ejemplo que imitar. El historial de aguante que se labró puede compararse a “pasos”, o pisadas. Aunque somos incapaces de seguirlos a la perfección, sí podemos seguirlos “con sumo cuidado y atención”.
21 Resolvámonos, por lo tanto, a seguir el ejemplo de Jesús lo mejor que podamos. No olvidemos nunca que cuanto más atentamente sigamos sus pisadas, mejor preparados estaremos para aguantar “hasta el fin”, ya sea el fin de este viejo mundo o el fin de nuestra vida actual. No sabemos qué llegará primero, pero sí sabemos esto: Jehová premiará nuestro aguante por toda la eternidad (Mateo 24:13).
[Nota]
El vocablo griego traducido “dechado” significa literalmente “escrito debajo”. El apóstol Pedro es el único escritor de las Escrituras Griegas Cristianas que lo utiliza. Según se dice, esta palabra alude a “la muestra de letras o trazos que se escribía en un cuaderno para que los escolares la copiaran con la mayor fidelidad posible”.
[Preguntas del estudio]
1-3. a) ¿Hasta qué punto llega la aflicción de Jesús en el jardín de Getsemaní, y cuál es la causa? b) ¿Qué puede decirse del ejemplo de aguante de Jesús, y qué preguntas surgen?
4, 5. a) ¿En qué consiste el aguante? b) Ilustre el hecho de que el aguante implica mucho más que sufrir penalidades porque no hay manera de evitarlas.
6. ¿Cómo cultivamos el aguante?
7, 8. ¿Qué terribles sufrimientos soportó Jesús en sus últimas horas de vida?
9. ¿Qué conlleva tomar nuestro “madero de tormento” y seguir a Jesús?
10-12. a) ¿Por qué fueron una prueba de aguante para Jesús las imperfecciones de quienes lo rodeaban? b) ¿Cuáles fueron algunas de las situaciones difíciles por las que Jesús pasó?
13. ¿Qué pruebas similares a las de Jesús quizás enfrentemos?
14. ¿Qué dos factores contribuyeron a que Jesús se mantuviera firme?
15, 16. a) ¿Qué muestra que Jesús no confió en sus propias fuerzas para aguantar? b) ¿Qué confianza tenía Jesús en su Padre, y por qué razón?
17. Para no rendirnos ante las adversidades, ¿por qué debemos alzar los ojos al cielo, y cómo podemos hacerlo?
18. ¿Cómo miró Jesús hacia adelante, más allá del sufrimiento?
19. Al enfrentar pruebas de fe, ¿cómo pueden la esperanza, el gozo y el aguante obrar juntos en favor de nosotros?
20, 21. ¿Qué espera Jehová de nosotros en lo que tiene que ver con el aguante? Por nuestra parte, ¿qué debemos estar resueltos a hacer?
[Recuadro de la página 75]
¿Cómo podemos seguir a Jesús?
● ¿Cómo debemos considerar cualquier sufrimiento que experimentemos por seguir a Cristo? (Mateo 5:10-12.)
● ¿Qué les dijo Jesús a sus seguidores que debían esperar, y cómo podemos seguir su consejo? (Mateo 10:16-22.)
● ¿Cómo podemos seguir el ejemplo de Jesús cuando sufrimos oposición o persecución? (1 Pedro 2:18-25.)
● ¿Qué queda demostrado cuando aguantamos fielmente los sufrimientos? (1 Pedro 4:12-14.)
[Ilustración de la página 70]
¿Dejaremos que la oposición nos desaliente, o seguiremos predicando con celo?
[Ilustración de la página 73]
Jehová nos responderá cuando le supliquemos que nos ayude a aguantar
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