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domingo, 2 de julio de 2017
“Santo, santo, santo es Jehová”
LA ESCENA que Isaías tuvo ante sí —una visión procedente de Dios— era tan real que lo llenó de temor reverente. Más tarde escribió que había “consegu[ido] ver a Jehová” en su trono excelso, y que los vuelos de su manto llenaban el gran templo de Jerusalén (Isaías 6:1, 2).
2 También lo sobrecogieron los sonidos: un canto tan poderoso que sacudía el santuario hasta los cimientos, y cuyos intérpretes eran serafines, criaturas espirituales de muy alto rango. Sus voces, llenas de fuerza, armonía y majestad, cantaban: “Santo, santo, santo es Jehová de los ejércitos. La plenitud de toda la tierra es su gloria” (Isaías 6:3, 4). Aquellas criaturas dieron particular énfasis al calificativo santo al pronunciarlo tres veces; e hicieron bien, porque Jehová lo es en sumo grado (Revelación [Apocalipsis] 4:8). Por toda la Biblia se destaca su santidad, como muestran cientos de versículos que enlazan su nombre con las palabras santo y santidad.
3 Así pues, la santidad es un rasgo primordial del carácter de Jehová que él desea que conozcamos. No obstante, esta idea suscita rechazo en muchas personas. En algunas, porque caen en el error de relacionar dicha cualidad con el fariseísmo o con la falsa piedad; en otras, porque carecen de amor propio, y el hecho de que Dios sea santo tal vez les resulte más intimidante que atrayente, de modo que opinan que nunca serán dignas de acercarse a él. Por estos motivos muchos se alejan de Jehová, lo cual constituye un error lamentable, pues esta virtud divina es una razón de peso para acudir a él. ¿Por qué? Antes de responder, analicemos en qué consiste la verdadera santidad.
¿Qué es la santidad?
4 La santidad de Dios no implica engreimiento, altivez ni desdén, actitudes que él de hecho detesta (Proverbios 16:5; Santiago 4:6). Entonces, ¿qué significa ser “santo”? El término bíblico hebreo se deriva de un verbo que significa “separar”, y se emplea en contextos religiosos para todo lo que se aparta del uso común y se considera sagrado. El sustantivo santidad también transmite claramente las nociones de limpieza y pureza. ¿Cómo le aplica este vocablo a Jehová? ¿Indica que esté “separado”, y por lo tanto muy lejos, de los seres humanos imperfectos?
5 De ningún modo, pues Jehová dijo que él, “el Santo de Israel”, moraba “en medio de” su pueblo, aunque lo integraran personas pecadoras (Isaías 12:6; Oseas 11:9). De modo que la santidad no lo convierte en un ser distante. ¿En qué sentidos está “separado”, entonces? En dos aspectos esenciales. Primero, se distingue de toda la creación porque él, y nadie más, es el Altísimo y posee pureza y limpieza a un grado absoluto e infinito (Salmo 40:5; 83:18). Segundo, se halla aparte de todo lo pecaminoso, lo cual constituye una característica reconfortante. ¿Por qué?
6 Vivimos en un mundo donde escasea la verdadera santidad. Todos los elementos de la humanidad alejada de Dios están contaminados de una forma u otra, manchados por el pecado y la imperfección. Cada persona tiene que combatir el pecado que alberga en su interior y, por tanto, corre peligro de dejar que este la domine si baja la guardia (Romanos 7:15-25; 1 Corintios 10:12). Pero no es así con Jehová, quien está separado por completo del pecado, por lo que jamás sufrirá la más mínima contaminación. Esta realidad lo hace merecedor de total confianza y, en consecuencia, nos confirma que es el Padre ideal. A diferencia de muchos padres pecadores, nunca incurrirá en actos corruptos, disolutos o abusivos, dado que se lo impide la santidad. De hecho, a veces ha llegado a jurar por esta cualidad, ya que no hay nada más fiable (Amós 4:2). ¿Verdad que resulta tranquilizador?
7 La santidad es una cualidad propia de la naturaleza de Jehová. ¿Qué significa esta afirmación? Para ilustrarlo, pensemos en los vocablos hombre e imperfecto. No podemos describir el primero sin evocar el segundo, dado que la imperfección impregna todo nuestro ser e influye en cuanto hacemos. Ahora fijémonos en dos vocablos muy diferentes: Jehová y santo. La santidad es una cualidad intrínseca de Dios, quien es limpio, puro y recto en todo sentido. Así pues, resulta imposible conocerlo tal y como es sin comprender cabalmente el profundo significado de la palabra santo.
“La santidad pertenece a Jehová”
8 Puesto que Jehová personifica la santidad, podemos decir con acierto que es su fuente. En vez de acapararla, la imparte con generosidad. Por ejemplo, cuando se comunicó con Moisés mediante un ángel en la zarza ardiente, hasta el suelo se santificó al haber estado vinculado al Todopoderoso (Éxodo 3:5).
9 Con la ayuda de Jehová, ¿pueden ser santos los seres humanos imperfectos? Sí, pero en sentido relativo. Dios puso ante su pueblo Israel la perspectiva de convertirse en “nación santa” (Éxodo 19:6). Lo bendijo con un sistema de adoración santo, limpio y puro. De ahí que la santidad sea un tema recurrente en la Ley mosaica. De hecho, todo el pueblo podía ver la reluciente lámina de oro que ostentaba el turbante del sumo sacerdote. En ella aparecía inscrito: “La santidad pertenece a Jehová” (Éxodo 28:36). Así pues, la adoración y la vida de los israelitas debían distinguirse por un elevado nivel de limpieza y pureza. Se les dijo: “Deben resultar santos, porque yo Jehová su Dios soy santo” (Levítico 19:2). Y lo serían, en sentido relativo, en tanto se rigieran por las enseñanzas divinas al grado que se lo permitiera la imperfección.
10 Hay un marcado contraste entre la importancia que recibía la santidad en Israel y el culto pagano de las naciones vecinas, que veneraban dioses totalmente imaginarios, a quienes atribuían un carácter violento, codicioso y promiscuo. Sin duda, eran deidades impuras en todo sentido, y su adoración hacía inmundos a los participantes. Por esta razón, Jehová exhortó a sus siervos a mantenerse separados de los paganos y de sus sucias prácticas religiosas (Levítico 18:24-28; 1 Reyes 11:1, 2).
11 Aun en sus mejores momentos, el pueblo escogido solo pudo ofrecer un pálido reflejo de la santidad de la organización celestial de Jehová, integrada por millones de criaturas espirituales que le sirven con lealtad y a quienes la Biblia denomina sus “santas miríadas” (Deuteronomio 33:2; Judas 14). Tales ángeles reflejan a la perfección la radiante y pura belleza de la santidad divina. Y no olvidemos a los serafines de la visión de Isaías, poderosos espíritus cuya canción denota que desempeñan un importante papel en la proclamación universal de la santidad de Jehová. Pero existe una criatura celestial que los sobrepasa a todos: Jesús, el Hijo unigénito de Jehová, que refleja como nadie Su santidad, por lo que merece la designación “el Santo de Dios” (Juan 6:68, 69).
La santidad de su nombre y de su espíritu
12 ¿Qué puede decirse del nombre divino? Como vimos en el primer capítulo, no es un mero título o etiqueta, sino que representa a Dios con todas sus cualidades. Por tanto, las Escrituras indican que su “nombre es santo” (Isaías 57:15). Y la Ley mosaica estipulaba la pena capital para quien lo profanase (Levítico 24:16). Observe además a qué concedió Jesús la máxima importancia en la oración: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre” (Mateo 6:9). Santificar significa apartar o reservar algo con fines sagrados, hacerlo santo. Ahora bien, ¿por qué es preciso santificar algo tan puro en sí mismo como el nombre divino?
13 La razón es que se ha atacado, mancillado y calumniado ese santo nombre. En Edén, Satanás lanzó falsas acusaciones contra Jehová e insinuó que es un Soberano injusto (Génesis 3:1-5). Desde ese momento, el Diablo, el gobernante de este mundo impuro, se aseguró de esparcir a los cuatro vientos tales mentiras (Juan 8:44; 12:31; Revelación 12:9). Muchas religiones dan a entender que Dios es arbitrario, distante y cruel, y que respalda sus guerras sanguinarias. Por si fuera poco, a menudo se atribuyen las maravillosas creaciones de Jehová al azar ciego de la evolución. En efecto, se ha difamado con saña el nombre divino, por lo que es preciso santificarlo y devolverle su legítima gloria. De ahí que anhelemos la santificación de dicho nombre y la vindicación de la soberanía de Dios, y que deseemos contribuir cuanto podamos a tan glorioso propósito.
14 Hay algo más que guarda estrecha relación con Jehová y que casi siempre se califica de santo: su espíritu, la irresistible fuerza activa que utiliza para llevar a cabo sus designios (Génesis 1:2). Dado que todas las acciones de Dios son santas, puras y limpias, tal fuerza se denomina con justicia espíritu santo o espíritu de la santidad (Lucas 11:13; Romanos 1:4). Blasfemar contra dicho espíritu, lo que implica oposición deliberada a los propósitos divinos, es un pecado imperdonable (Marcos 3:29).
Por qué nos atrae a Jehová su santidad
15 Así pues, es fácil entender por qué relaciona la Biblia la santidad divina con el temor piadoso del ser humano. Por ejemplo, Salmo 99:3 dice: “Elogien ellos tu nombre. Grande e inspirador de temor, santo es”. No se trata de miedo malsano, sino de profunda devoción, de respeto que ennoblece en grado sumo a quien lo siente. Es apropiado, ya que la santidad de Dios —radiante, pura y gloriosa— está muy por encima de nosotros. Con todo, tener un criterio adecuado acerca de esta cualidad de Jehová no nos alejará, sino más bien, nos acercará a él. ¿Por qué?
16 En primer lugar, las Escrituras relacionan lo santo con lo bello. Así, Isaías 63:15 señala que el cielo es la “excelsa morada de santidad y hermosura” de Dios. La belleza nos atrae. Observe, por ejemplo, la lámina de la página 33. ¿No le llama la atención? ¿En qué reside su encanto? Fíjese en lo pura que parece el agua. Hasta el aire debe de estar limpio, porque el cielo es azul y se ven como destellos de luz. Ahora bien, si se modificara el paisaje, de modo que el arroyo estuviera lleno de basura, los árboles y las piedras pintarrajeados y el aire viciado, dejaría de atraernos y, de hecho, nos repelería. En efecto, de forma natural asociamos la belleza con la limpieza, la pureza y la luz, palabras que suelen utilizarse al hablar de la santidad de Jehová. No es de extrañar que nos cautiven las descripciones de nuestro santo Dios que ofrecen las visiones, donde irradia luz o resplandece como el fuego, las gemas o los metales preciosos más relucientes y puros, destacándose así la inmensa belleza y santidad del Creador (Ezequiel 1:25-28; Revelación 4:2, 3).
17 Entonces, ¿debería la santidad de Dios hacernos sentir inferiores? Por supuesto, contestamos que lo somos, y con una diferencia abismal. Pero ¿es este hecho motivo para alejarnos de él? Observemos cómo reaccionó Isaías ante la proclamación de la santidad del Todopoderoso que hacían los serafines: “Procedí a decir: ‘¡Ay de mí! ¡Pues puedo darme como reducido a silencio, porque hombre inmundo de labios soy, y en medio de un pueblo inmundo de labios moro; pues mis ojos han visto al mismo Rey, Jehová de los ejércitos!’” (Isaías 6:5). Así es, Su infinita santidad le recordó al fiel profeta lo pecador e imperfecto que era. En un principio sintió desolación, pero el Altísimo no lo dejó en ese estado.
18 Un serafín consoló a Isaías en el acto. ¿Cómo? El poderoso espíritu voló hasta el altar, tomó de allí una brasa y le tocó con ella los labios. Aunque parezca más doloroso que reconfortante, recuerde que era una visión llena de simbolismos. Aquel judío fiel sabía que todos los días se ofrecían sacrificios en el altar del templo para expiar los pecados. De modo que el serafín le recordó bondadosamente a Isaías que pese a ser imperfecto, “inmundo de labios”, podía tener una condición pura ante Jehová, quien estaba dispuesto a considerar santo, al menos en sentido relativo, a un hombre sujeto a la imperfección y el pecado (Isaías 6:6, 7).
19 Lo mismo sucede hoy. Las ofrendas realizadas en el altar de Jerusalén fueron meras sombras de algo mayor: el sacrificio perfecto de Jesucristo en el año 33 E.C. (Hebreos 9:11-14.) Recibimos el perdón de los pecados si nos arrepentimos con sinceridad, nos enmendamos y ciframos fe en dicho sacrificio (1 Juan 2:2). Así pues, nosotros también podemos tener una condición pura ante Dios. De ahí que el apóstol Pedro nos recuerde: “Está escrito: ‘Tienen que ser santos, porque yo soy santo’” (1 Pedro 1:16). Observe que Jehová no dijo que debíamos ser tan santos como él. Nunca nos pide imposibles (Salmo 103:13, 14). Nos dice, más bien, que seamos santos porque él lo es. “Como hijos amados”, tratamos de imitarlo lo mejor que nos permite la imperfección (Efesios 5:1). La santificación es un proceso constante. Al ir creciendo nuestra espiritualidad, tratamos día a día de seguir “perfeccionando la santidad” (2 Corintios 7:1).
20 Jehová ama la rectitud y la pureza, pero odia el pecado (Habacuc 1:13). Sin embargo, no nos odia a nosotros. Nos perdona siempre que mantengamos su criterio sobre el pecado —es decir, mientras aborrezcamos el mal y amemos el bien— y luchemos por seguir los pasos perfectos de Cristo (Amós 5:15; 1 Pedro 2:21). Saber que podemos estar limpios a los ojos del Dios santo tiene un profundo efecto en nosotros. Tengamos presente que, al principio, la santidad divina le recordó a Isaías su propia impureza, por lo que exclamó: “¡Ay de mí!”. Pero al comprender que sus pecados habían sido expiados, cambió de actitud. Así, cuando Jehová solicitó un voluntario, el profeta, aun sin saber en qué consistiría la misión, respondió al instante: “¡Aquí estoy yo! Envíame a mí” (Isaías 6:5-8).
21 Estamos hechos a la imagen del Dios santo, quien nos ha dotado de cualidades morales y facultades espirituales (Génesis 1:26). Efectivamente, tenemos la capacidad de cultivar la santidad. Si seguimos haciéndolo, Jehová se complacerá en ayudarnos y, mientras tanto, nos acercaremos cada vez más a él. Cuando estudiemos sus cualidades en los siguientes capítulos, veremos que existen muchas razones de peso para acercarnos a Dios.
[Nota]
La expresión “inmundo de labios” es acertada, pues la Biblia a menudo emplea el término labios en sentido figurado con referencia al habla o el idioma. Buena parte de los pecados que cometemos los seres humanos imperfectos está relacionada con el uso de la facultad del habla (Proverbios 10:19; Santiago 3:2, 6).
Preguntas para meditar
Levítico 19:1-18 ¿Qué principios hemos de aplicar para que nuestra conducta sea santa?
Deuteronomio 23:9-14 ¿Qué relación hay entre limpieza física y santidad? ¿Cómo debe repercutir este hecho en el arreglo personal y de la casa?
Romanos 6:12-23; 12:1-3 Si procuramos ser santos, ¿cómo debemos ver el pecado y las influencias mundanas?
Hebreos 12:12-17 ¿Cómo vamos en pos de la santificación?
[Preguntas del estudio]
1, 2. ¿Qué visión recibió el profeta Isaías, y qué nos enseña acerca de Jehová?
3. ¿Qué opiniones erróneas sobre la santidad de Jehová inducen a muchos a alejarse de Dios en vez de acercarse a él?
4, 5. a) ¿Qué significa santidad, y qué no implica? b) ¿En qué dos aspectos esenciales está “separado” Jehová?
6. ¿Por qué nos reconforta saber que Jehová está separado por completo del pecado?
7. ¿Por qué puede decirse que la santidad es connatural a Jehová?
8, 9. ¿Qué indica que Jehová ayuda a los seres humanos imperfectos a ser santos en sentido relativo?
10. ¿Qué contraste había en materia de santidad entre el antiguo Israel y las naciones vecinas?
11. ¿Cómo se evidencia la santidad de la organización de Jehová en a) los ángeles? b) los serafines? c) Jesús?
12, 13. a) ¿Por qué es justo decir que el nombre de Dios es santo? b) ¿Por qué debe santificarse el nombre divino?
14. ¿Por qué se califica de santo el espíritu de Dios, y por qué es tan grave blasfemar contra él?
15. ¿Por qué es apropiado que la santidad de Jehová nos inspire temor piadoso, y en qué consiste dicho temor?
16. a) ¿Qué relación hay entre la santidad y la belleza? Dé un ejemplo. b) ¿Cómo resaltan la limpieza, la pureza y la luz las descripciones de Jehová que aparecen en las visiones?
17, 18. a) ¿Cómo se sintió Isaías al principio a raíz de la visión? b) ¿Cómo lo consoló Jehová mediante un serafín, y qué significaba la acción de este?
19. ¿Cómo podemos ser santos en sentido relativo a pesar de nuestra imperfección?
20. a) ¿Por qué es importante tener presente que podemos estar limpios a los ojos del Dios santo? b) ¿Qué efecto tuvo en Isaías conocer que sus pecados habían sido expiados?
21. ¿Qué razones hay para estar seguros de que nos es posible cultivar la santidad?
[Ilustración de la página 33]
La santidad debe atraernos tanto como la belleza
¿De verdad podemos ‘acercarnos a Dios’?
¿CÓMO se sentiría si el Creador del cielo y de la Tierra dijera que usted es su amigo? Muchas personas consideran poco probable tal posibilidad. Al fin y al cabo, ¿cómo va a entablar amistad con Jehová un simple ser humano? Sin embargo, la Biblia nos asegura que dicha relación es viable.
2 El patriarca Abrahán fue uno de los personajes de la antigüedad que disfrutaron de intimidad con el Altísimo, pues este lo llamó “mi amigo” (Isaías 41:8). En efecto, Jehová lo consideraba un amigo entrañable. Le concedió gozar de tan estrecha relación porque “puso fe en [él]” (Santiago 2:23). En la actualidad, Jehová también busca oportunidades de ‘apegarse’ a quienes le sirven por amor (Deuteronomio 10:15). En su Palabra encontramos una exhortación que encierra tanto una invitación como una promesa: “Acérquense a Dios, y él se acercará a ustedes” (Santiago 4:8).
3 Jehová nos invita a acercarnos a él, dado que está dispuesto a aceptarnos. Al mismo tiempo, promete que si damos los pasos necesarios para aproximarnos a él, actuará en correspondencia y se acercará a nosotros. De esta forma obtendremos algo sumamente valioso: “la intimidad con Jehová” (Salmo 25:14). El término hebreo traducido por “intimidad” transmite la idea de conversación confidencial entre dos buenos amigos.
4 ¿Tiene usted algún amigo que goce de su total confianza? Si así es, debe de ser una persona que se la ha ganado preocupándose por usted y demostrándole fidelidad. Aumentan las alegrías cuando las comparte con ella, y disminuyen las penas cuando se beneficia de su comprensión. Es alguien que lo entiende, aunque nadie más lo haga. De igual modo, cuando nos acercamos a Dios, llegamos a tener un Amigo especial que nos aprecia de verdad, se interesa profundamente por nosotros y nos comprende a la perfección (Salmo 103:14; 1 Pedro 5:7). Le confiamos nuestros sentimientos más recónditos porque sabemos que es leal con quienes le son leales (Salmo 18:25). Ahora bien, esta privilegiada intimidad la podemos lograr tan solo porque Jehová lo ha hecho posible.
Jehová ha abierto el camino
5 Puesto que todos pecamos, nunca podríamos acercarnos al Creador por nuestra cuenta (Salmo 5:4). “Pero Dios recomienda su propio amor a nosotros en que, mientras todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros”, escribió el apóstol Pablo (Romanos 5:8). En efecto, Jehová dispuso que Jesús ‘diera su alma en rescate en cambio por muchos’ (Mateo 20:28). La fe en su sacrificio redentor nos permite ser amigos del Altísimo. Dado que él “nos amó primero”, colocó el fundamento necesario para que gozáramos de su amistad (1 Juan 4:19).
6 Jehová ha dado un paso más: nos ha manifestado su modo de ser. La amistad íntima implica saber bien cómo es la persona y apreciarla por sus virtudes y forma de actuar. Por tanto, si Dios fuera un Ser misterioso que escapara a todo conocimiento, jamás podríamos acercarnos a él. Pero en vez de ocultarse, desea que lo conozcamos (Isaías 45:19). Es más, sus revelaciones sobre sí mismo están al alcance de todos, hasta de quienes son considerados insignificantes por el mundo (Mateo 11:25).
7 ¿De qué maneras se nos revela Jehová? En sus obras creativas resultan patentes algunos rasgos de su personalidad, como su enorme poder, profunda sabiduría e inmenso amor (Romanos 1:20). Sin embargo, él no solo aporta información sobre sí mismo mediante la creación. El Gran Comunicador también manifiesta cómo es en su Palabra escrita, la Biblia.
Contemplemos “la agradabilidad de Jehová”
8 La propia Biblia es una prueba del cariño que nos profesa Jehová. Al revelarse en las Escrituras con términos que nos resultan comprensibles, demuestra que nos ama y desea que lo conozcamos y queramos. Este valiosísimo libro nos permite contemplar “la agradabilidad de Jehová” y nos mueve a acercarnos a él (Salmo 90:17). Será reconfortante analizar varias formas en las que Dios se da a conocer en su Palabra.
9 Las Escrituras suelen hacer mención directa de las cualidades divinas. He aquí algunos ejemplos. “Jehová es amador de la justicia.” (Salmo 37:28.) Es “sublime en poder” (Job 37:23). “‘Soy leal’, es la expresión de Jehová.” (Jeremías 3:12.) “Es sabio de corazón.” (Job 9:4.) Es “un Dios misericordioso y benévolo, tardo para la cólera y abundante en bondad amorosa y verdad” (Éxodo 34:6). “Tú, oh Jehová, eres bueno y estás listo para perdonar.” (Salmo 86:5.) Y como indicó el capítulo anterior, se destaca por un atributo: “Dios es amor” (1 Juan 4:8). Al meditar en características tan hermosas, ¿no le atrae este incomparable Dios?
10 Además de indicarnos sus cualidades, Jehová tuvo la benevolencia de referir en su Palabra algunas acciones suyas que las manifiestan. Dichos relatos nos ofrecen una imagen vívida de los distintos aspectos de su personalidad, lo que a su vez nos ayuda a acercarnos a él. Veamos un ejemplo.
11 No es lo mismo leer la declaración de que Dios es “vigoroso en poder” que leer acerca del modo como salvó a los israelitas en el mar Rojo y los cuidó durante cuarenta años en el desierto (Isaías 40:26). Gracias a esta historia visualizamos la división del agitado mar y a la entera nación —tal vez tres millones de almas— cruzando por el lecho seco entre dos enormes muros de agua inmóvil (Éxodo 14:21; 15:8). Vemos pruebas de que Jehová cuidó y protegió a su pueblo en el desierto, pues, por ejemplo, hizo que fluyera agua de un peñasco y le proporcionó un alimento, semejante a semillas blancas, que aparecía en el suelo (Éxodo 16:31; Números 20:11). Este relato no solo demuestra que el Altísimo tiene poder, sino que lo utiliza a favor de su pueblo. ¿Verdad que nos tranquiliza saber que oramos a un Dios poderoso que “es para nosotros refugio y fuerza, una ayuda que puede hallarse prontamente durante angustias”? (Salmo 46:1.)
12 Jehová, que es un espíritu, ha hecho aún más para ayudarnos a conocerlo. Puesto que los seres humanos solo podemos observar las realidades visibles, somos incapaces de ver el mundo espiritual. El que Dios nos hubiese descrito su naturaleza con expresiones propias de dicho mundo habría sido como tratar de explicar a un ciego de nacimiento de qué color tenemos los ojos o cuál es la forma de nuestros lunares. Por ello, nos ayuda bondadosamente a “verlo” usando términos que nos resulten comprensibles. A veces se vale de metáforas y símiles en los que se asemeja a cosas que conocemos bien, e incluso llega a describirse como si tuviera rasgos humanos.
13 Fijémonos en la descripción de Jehová que ofrece Isaías 40:11: “Como pastor pastoreará su propio hato. Con su brazo juntará los corderos; y en su seno los llevará”. Este pasaje lo compara a un pastor que recoge a los corderos con “su brazo”, imagen que denota su capacidad para proteger y cuidar a sus siervos, hasta a los más vulnerables. Nos sentimos seguros entre sus fuertes brazos, pues sabemos que si le somos leales, nunca nos abandonará (Romanos 8:38, 39). El Gran Pastor lleva a los corderos “en su seno”, es decir, en el pliegue de la parte superior de la vestidura, donde a veces se cargaban los corderos recién nacidos. De este modo se nos asegura que Jehová nos aprecia y cuida con ternura, lo que infunde en nosotros el deseo natural de estrechar los vínculos con él.
‘El Hijo está dispuesto a revelarlo’
14 En su Palabra, Jehová revela los aspectos más recónditos de su personalidad mediante su amado Hijo, Jesús. Nadie más podía dar un reflejo tan fiel de sus pensamientos y sentimientos, ni describirlo con tanta viveza. No en vano es su primogénito, por lo que estuvo a su lado antes de la creación de otras criaturas espirituales y del universo físico (Colosenses 1:15). Jesús conocía íntimamente al Altísimo. Por ello pudo decir: “Nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y nadie conoce quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo esté dispuesto a revelarlo” (Lucas 10:22). Durante su existencia humana en la Tierra reveló cómo es su Padre de dos importantes maneras.
15 Primero, Jesús nos ayuda a conocer al Padre por medio de sus enseñanzas. Habló de Jehová de un modo que nos toca el corazón. Así, para explicar que es misericordioso y acoge a los pecadores arrepentidos, lo asemejó a un padre perdonador que, conmovido al ver regresar al hijo pródigo, corre a su encuentro, se abraza a su cuello y lo besa tiernamente (Lucas 15:11-24). Jesús también enseñó que Jehová ‘atrae’ a las personas de corazón recto porque ama a cada una de ellas (Juan 6:44). Indicó que sabe incluso cuándo cae a tierra un gorrioncillo. “No tengan temor —dijo Jesús—: ustedes valen más que muchos gorriones.” (Mateo 10:29, 31.) ¿Cómo no va a atraernos un Dios tan bondadoso?
16 Segundo, Jesús nos ayuda a conocer a Jehová por medio de su ejemplo, pues fue un reflejo tan fiel del Altísimo que pudo decir: “El que me ha visto a mí ha visto al Padre también” (Juan 14:9). Por consiguiente, cuando leemos en los Evangelios acerca de Cristo —sus sentimientos y el trato que daba a los demás—, observamos, en cierto modo, el vivo retrato de su Padre. Jehová no pudo revelar sus cualidades de manera más clara. ¿Por qué?
17 Para ilustrarlo, imaginémonos que hemos de explicar qué es la bondad. Podemos definirla con palabras; pero si nos referimos al acto bondadoso de alguna persona y lo mostramos como dechado de tal virtud, el término cobra mayor significado y es más fácil de comprender. Algo parecido es lo que ha hecho Jehová para ayudarnos a entender cómo es él. Además de describirse con palabras, nos ha proporcionado el vivo ejemplo de su Hijo, cuyo modo de actuar evidenció las cualidades divinas. Es como si a través de los relatos evangélicos que hablan de Jesús, Dios nos dijera: “Así soy yo”. Ahora bien, según las Escrituras inspiradas, ¿qué cualidades manifestó Jesús cuando estuvo en la Tierra?
18 Hallamos en Cristo una hermosa expresión de los cuatro atributos principales de Dios. Tenía poder sobre la enfermedad, el hambre e incluso la muerte; pero, a diferencia de los hombres egoístas que abusan del poder, nunca utilizó sus facultades milagrosas en beneficio propio o para hacer daño (Mateo 4:2-4). Amaba la justicia, por lo que se llenó de recta indignación al ver a los abusivos mercaderes lucrarse con la gente (Mateo 21:12, 13). Trató con imparcialidad a pobres y oprimidos, y los ayudó a ‘hallar refrigerio para sus almas’ (Mateo 11:4, 5, 28-30). Jesús —quien era “más que Salomón”— manifestó en su doctrina una sabiduría incomparable, aunque nunca alardeó de ello (Mateo 12:42). Sus enseñanzas eran claras, sencillas y prácticas, y por eso llegaban al corazón de la gente común.
19 Jesús fue un ejemplo sublime de amor. Durante su ministerio demostró esta cualidad en sus múltiples facetas, tales como la empatía y la misericordia. No podía presenciar el sufrimiento sin apiadarse, lo que lo llevaba a actuar vez tras vez (Mateo 14:14). Aunque curó a los enfermos y alimentó a los hambrientos, expresó su compasión de una forma mucho más decisiva: ayudando al prójimo a conocer, aceptar y amar la verdad acerca del Reino de Dios, el gobierno que traerá bendiciones permanentes a la humanidad (Marcos 6:34; Lucas 4:43). No obstante, su mayor muestra de amor altruista fue la entrega voluntaria de su alma a favor de otras personas (Juan 15:13).
20 ¿No es natural que este hombre tierno, afectuoso y de intensos sentimientos atrajera a gente de todas las edades y antecedentes? (Marcos 10:13-16.) Pues bien, cuando leamos y meditemos sobre el ejemplo vivo de Jesús, tengamos siempre presente que el Hijo es el claro reflejo de su Padre (Hebreos 1:3).
Un libro de texto que nos ayuda
21 Al revelarse tan claramente en su Palabra, Jehová manifiesta su deseo de que nos acerquemos a él. Al mismo tiempo, no nos obliga a obtener su aprobación y entablar una relación con él. Es responsabilidad nuestra buscarlo “mientras pueda ser hallado”, lo que implica aprender su forma de ser y actuar, dada a conocer mediante la Biblia (Isaías 55:6). La finalidad del libro de texto que tiene en sus manos es ayudarle a lograr tal objetivo.
22 Observaremos que este manual se divide en secciones que corresponden a los cuatro atributos cardinales de Jehová: poder, justicia, sabiduría y amor. Todas las secciones comienzan con una exposición general de la cualidad de que tratan, y los capítulos siguientes analizan cómo manifiesta él las diversas facetas de dicha cualidad. Cada una de las cuatro secciones contiene un capítulo que explica cómo ejemplificó Jesús el atributo en cuestión y otro que nos enseña a reflejarlo en nuestra vida.
23 A partir de este capítulo, hay un recuadro especial titulado “Preguntas para meditar”. Tomemos como ejemplo el de la página 24. Los textos bíblicos y las preguntas no tienen la finalidad de repasar el capítulo, sino de hacernos reflexionar en otros aspectos importantes relacionados con el tema. ¿Cómo podemos sacar provecho de este recuadro? Busquemos los textos y leámoslos atentamente. A continuación, leamos las preguntas y pensemos cómo responderlas. Podemos realizar algo de investigación. Planteémonos: “¿Qué me enseña esta información acerca de Jehová?, ¿cómo debe influir en mi vida? y ¿cómo puedo utilizarla para ayudar a otras personas?”.
24 Este examen nos ayudará a acercarnos cada vez más a Jehová. ¿Por qué? La Biblia relaciona la meditación con el corazón (Salmo 19:14). Cuando reflexionamos con gratitud en lo que aprendemos sobre Dios, dicho conocimiento se graba poco a poco en nuestro corazón figurado, de manera que influye en nuestro modo de pensar y sentir y, en último término, nos incita a actuar. El amor que le tenemos se profundiza, lo que nos lleva a verlo como nuestro mejor Amigo y, por tanto, a desear agradarle (1 Juan 5:3). A fin de entablar una relación así con él, hemos de saber cómo es y cómo actúa. Pero antes analicemos un aspecto de su personalidad que nos proporciona una razón convincente para acercarnos a él: su santidad.
[Notas]
Cabe señalar que la misma palabra que se traduce “intimidad” aparece en Amós 3:7, donde dice que el Señor Soberano Jehová revela su “asunto confidencial” a sus siervos, a quienes comunica de antemano sus propósitos.
Por ejemplo, la Biblia lo presenta como si tuviera rostro, ojos, oídos, nariz, boca, brazos y pies (Salmo 18:15; 27:8; 44:3; Isaías 60:13; Mateo 4:4; 1 Pedro 3:12). Tales expresiones son figurativas y por tanto no hemos de entenderlas al pie de la letra, igual que no interpretamos de forma literal que Jehová sea “la Roca” o un “escudo” (Deuteronomio 32:4; Salmo 84:11).
Preguntas para meditar
Salmo 15:1-5 ¿Qué espera Jehová de quienes desean ser sus amigos?
Salmo 34:1-18 ¿De quiénes está cerca Jehová, y qué confianza pueden cifrar estos en él?
Salmo 145:18-21 ¿Qué actividad nos acercará a Jehová?
2 Corintios 6:14–7:1 ¿Qué conducta es esencial para mantener una estrecha relación con Jehová?
[Preguntas del estudio]
1, 2. a) ¿Qué idea les parece improbable a muchas personas, pero qué nos garantiza la Biblia? b) ¿De qué estrecha relación se le concedió disfrutar a Abrahán, y por qué?
3. ¿A qué nos invita Jehová, y qué nos promete al respecto?
4. ¿Cómo describiría a un amigo íntimo, y en qué sentido es Jehová así con quienes se acercan a él?
5. ¿Cómo hizo posible Jehová que nos acercáramos a él?
6, 7. a) ¿Cómo sabemos que Jehová no es un Dios misterioso que escape a nuestro conocimiento? b) ¿De qué maneras se revela Jehová?
8. ¿Por qué puede decirse que la Biblia misma da prueba del cariño que nos profesa Jehová?
9. Señale algunos pasajes de las Escrituras que hagan mención directa de las cualidades divinas.
10, 11. a) ¿Qué ha incluido Jehová en su Palabra para ayudarnos a conocer mejor su personalidad? b) ¿Qué historia bíblica nos permite visualizar el poder de Dios en acción?
12. ¿Cómo nos ayuda Jehová a “verlo” utilizando términos que nos resulten comprensibles?
13. ¿Qué imagen de Jehová da Isaías 40:11, y qué sentimientos nos infunde esta?
14. ¿Por qué puede decirse que Jehová revela los aspectos más recónditos de su personalidad mediante Jesús?
15, 16. ¿De qué dos maneras reveló Jesús a su Padre?
17. Ilustre lo que ha hecho Jehová para ayudarnos a conocerlo.
18. ¿Cómo manifestó Jesús el poder, la justicia y la sabiduría divinas?
19, 20. a) ¿Por qué puede decirse que Jesús fue un ejemplo sublime de amor? b) ¿Qué debemos tener presente cuando leemos acerca de Jesús?
21, 22. ¿Qué implica buscar a Jehová, y cómo nos ayuda este libro a hacerlo?
23, 24. a) Explique la finalidad del recuadro especial “Preguntas para meditar”. b) ¿Cómo nos ayuda la meditación a acercarnos cada vez más a Dios?
[Ilustración de la página 19]
La Biblia nos ayuda a acercarnos a Jehová
[Ilustraciones de la página 21]
Jehová se ha revelado mediante sus creaciones y su Palabra escrita
martes, 30 de abril de 2013
Mateo 16 : 18 : ¿ QUIEN ES LA PIEDRA?
MASA ROCOSA
Traducción de la palabra griega pé·tra (género femenino), que designa una peña o masa rocosa (Mt 7:24, 25; 27:51, 60; Lu 6:48; 8:6, 13; Rev 6:15, 16), y por lo tanto difiere de pé·tros (Pedro, género masculino y empleado como nombre propio), que significa un “trozo de roca”. Esta distinción deja claro que Jesús no estaba usando términos sinónimos cuando le dijo a Pedro: “Tú eres Pedro, y sobre esta masa rocosa edificaré mi congregación”. (Mt 16:18.) Incluso en la versión aramea (siriaca) se ve la distinción debido a la diferencia de género de la partícula que precede a la palabra kiʼfaʼ, usada tanto para “Pedro” como para “roca”. “Pedro” está precedido por el pronombre verbal masculino (hu), y “roca”, por el adjetivo demostrativo femenino (hadeʼ).Es obvio que los apóstoles no entendieron que la declaración de Jesús significaba que Pedro era la masa rocosa, pues más tarde disputaron en cuanto a quién parecía ser el mayor entre ellos. (Mr 9:33-35; Lu 22:24-26.) No habría habido base para tal discusión si a Pedro se le hubiese dado la primacía como la masa rocosa sobre la que tenía que edificarse la congregación. Las Escrituras muestran claramente que todos los
apóstoles son igualmente piedras de fundamento. Todos ellos, incluido Pedro, descansan sobre Cristo Jesús, la piedra angular de fundamento. (Ef 2:19-22; Rev 21:2, 9-14). Pedro mismo identificó a la masa rocosa (pé·tra) sobre la que se edifica la congregación como Cristo Jesús. (1Pe 2:4-8.) De manera similar, el apóstol Pablo escribió: “Porque bebían [los israelitas] de la masa rocosa espiritual que los seguía, y aquella masa rocosa significaba el Cristo”. (1Co 10:4.) Por lo menos en dos ocasiones y en dos diferentes lugares, los israelitas recibieron una provisión milagrosa de agua de una masa rocosa. (Éx 17:5-7; Nú 20:1-11.)
Por lo tanto, podría decirse que la masa rocosa, como fuente de agua, en realidad los siguió, y esa masa rocosa fue un tipo o símbolo de Cristo Jesús, que en una ocasión dijo a los judíos: “Si alguien tiene sed, venga a mí y beba”. (Jn 7:37.)
También es digno de mención que Agustín (354-430 E.C.), llamado generalmente “San Agustín”, en un tiempo creía que Pedro era la masa rocosa, pero más tarde cambió de punto de vista. Escribió: “No se deriva la piedra de Pedro, sino Pedro de la piedra, como Cristo no viene de cristiano, sino cristiano de Cristo. Por eso dice el Señor: Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; porque Pedro había dicho: Tú eres Cristo, Hijo de Dios vivo. Sobre esta piedra que él confesó, edificaré mi Iglesia. La piedra era Cristo, y sobre ese fundamento estaba edificado también Pedro. Nadie puede poner otro fundamento distinto del que está puesto, que es Cristo Jesús”. (Tratados sobre el Evangelio de San Juan, 124, 5.)
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