viernes, 30 de junio de 2017
“Consideren con sumo cuidado [...] al que ha aguantado”= JESÙS
LA PRESIÓN a la que se enfrenta es muy intensa. Jesús nunca ha sentido tanta angustia mental y emocional. Se encuentra en las últimas horas de su vida en la Tierra, y se dirige, acompañado de sus discípulos, a un lugar conocido: el jardín de Getsemaní. Ya se han reunido allí a menudo, pero esta noche necesita estar un rato a solas. Jesús se separa de ellos, se adentra en el jardín y, arrodillándose, empieza a orar. Son tan fervientes sus oraciones y es tan profunda su aflicción que su sudor se hace “como gotas de sangre que [caen] al suelo” (Lucas 22:39-44).
2 ¿Por qué está tan afligido? Es verdad que sabe que poco después va a sufrir dolor físico extremo, pero esa no es la razón por la que se siente así. Sobre él pesan asuntos mucho más importantes. Le preocupa profundamente el nombre de su Padre; además, es consciente de que el futuro de la familia humana depende de su fidelidad. Sabe lo vital que es que aguante; si falla, el nombre de Jehová quedará deshonrado. Pero no falla. Más tarde, ese mismo día, cuando está por exhalar su último suspiro, el hombre que ha sido el mayor ejemplo de aguante en la Tierra exclama triunfante: “¡Se ha realizado!” (Juan 19:30).
3 La Biblia nos insta a “consider[ar] con sumo cuidado y atención al que ha aguantado”, es decir, a Jesús (Hebreos 12:3). Ante esto, surgen varias preguntas importantes: ¿Qué situaciones penosas aguantó? ¿Qué le ayudó a resistir? ¿Cómo podemos copiar su ejemplo? Pero antes de dar respuesta a estos interrogantes, examinemos lo que implica el aguante.
¿En qué consiste el aguante?
4 De vez en cuando, todos somos afligidos “por diversas pruebas” (1 Pedro 1:6). Ahora bien, el hecho de que alguien pase por una prueba, ¿significa forzosamente que está aguantando? En realidad, no. El sustantivo griego que se traduce “aguante” significa “la acción de permanecer firme [...] frente a los males que acosan”. Hablando del aguante al que se refieren los escritores de la Biblia, cierto estudioso en la materia explica: “Es el espíritu que puede sobrellevar las cargas por su esperanza inflamada, no por simple resignación [...]. Es la cualidad que mantiene a un hombre firme contra los elementos. Es la virtud que puede transmutar en gloria a la desgracia más grande, porque, más allá del dolor, ve la meta”.
5 Por lo tanto, aguantar no es solo cuestión de sufrir penalidades porque no hay manera de evitarlas. En sentido bíblico implica firmeza, mantener la debida actitud mental, sin perder la esperanza ante la adversidad. A modo de ilustración, pensemos en dos hombres que están presos en condiciones semejantes, pero por motivos muy distintos. Uno es un delincuente común que cumple su condena con resentimiento y amargura. El otro es un cristiano que, aunque ha sido encarcelado por su lealtad, permanece fiel y mantiene una actitud positiva porque ve en su situación una oportunidad de demostrar su fe. Difícilmente consideraríamos al malhechor un modelo de aguante, ¿verdad? Sin embargo, el cristiano leal sería para nosotros un ejemplo perfecto de esta invaluable cualidad (Santiago 1:2-4).
6 El aguante es indispensable para alcanzar la salvación (Mateo 24:13). Sin embargo, no nacemos con esta cualidad tan necesaria; tenemos que cultivarla. ¿Cómo? “La tribulación produce aguante”, afirma Romanos 5:3. Efectivamente, si de veras queremos desarrollar aguante, no podemos huir temerosos ante las pruebas de fe; al contrario, tenemos que hacerles frente. El aguante es el resultado de afrontar y vencer las pruebas grandes y pequeñas que se nos presentan a diario. Cada prueba que superamos nos fortalece para resistir la siguiente. Desde luego, no adquirimos aguante por nuestra propia cuenta, sino que “depend[emos] de la fuerza que Dios suministra” (1 Pedro 4:11). A fin de ayudarnos a permanecer firmes, Jehová nos ha dado la mejor ayuda disponible: el ejemplo de su Hijo. Analicemos el intachable historial de aguante de Jesús.
Lo que Jesús aguantó
7 Al aproximarse el fin de su vida en la Tierra, Jesús aguantó una crueldad tras otra. Aparte de la gran tensión mental que experimentó la última noche, piense en las desilusiones que debió de sufrir y en las humillaciones que soportó. Traicionado por uno de los suyos y abandonado por sus amigos más allegados, fue sometido a un juicio ilegal por el tribunal religioso más importante del país, cuyos miembros se burlaron de él, le escupieron y le dieron puñetazos. Sin embargo, aguantó todo con imperturbable dignidad y fortaleza (Mateo 26:46-49, 56, 59-68).
8 En sus últimas horas de vida, Jesús experimentó gran dolor físico. Fue flagelado de una manera tan brutal que —según se dice— los azotes le causaron “profundos cortes en forma de tiras y una considerable pérdida de sangre”. Luego fue clavado en un poste, ejecutado de un modo que producía “una muerte lenta con el máximo dolor y sufrimiento”. Piense en el terrible martirio que debió de haber sufrido cuando le hincaron largos clavos en las manos y los pies (Juan 19:1, 16-18). Imagínese el indescriptible dolor que soportó cuando alzaron el madero y todo el peso de su cuerpo quedó suspendido de los clavos, con su espalda desgarrada rozando la áspera superficie del poste. Y Jesús soportó este despiadado tormento a la vez que llevaba sobre sí una pesada carga emocional, como se mencionó al comienzo del capítulo.
9 Como seguidores de Cristo, ¿qué cosas pudiera tocarnos aguantar? Jesús dijo: “Si alguien quiere venir en pos de mí, [...] tome su madero de tormento y sígame de continuo” (Mateo 16:24). La expresión “madero de tormento” simboliza aquí el sufrimiento, la vergüenza y hasta la misma muerte. Seguir a Cristo no es fácil. Las normas cristianas nos hacen diferentes, y el mundo nos odia porque no somos parte de él (Juan 15:18-20; 1 Pedro 4:4). Aun así, estamos dispuestos a tomar nuestro madero de tormento, sí, estamos listos para sufrir —y hasta morir— antes que dejar de seguir a nuestro Modelo (2 Timoteo 3:12).
10 Hubo otras situaciones difíciles a las que Jesús se enfrentó durante su ministerio: las causadas por las imperfecciones de quienes lo rodeaban. Recordemos que él fue el “obrero maestro” cuando Jehová creó la Tierra y todas las formas de vida que la pueblan (Proverbios 8:22-31). Por lo tanto, sabía bien que Jehová se proponía que los seres humanos reflejaran sus cualidades y gozaran de la vida en salud perfecta (Génesis 1:26-28). Sin embargo, ya en la Tierra, Jesús vio desde otra perspectiva los estragos causados por el pecado, pues él mismo era un hombre, capaz de experimentar los sentimientos y emociones humanos. ¡Qué triste debió de sentirse al comprobar por sí mismo cuánto se había alejado la humanidad de la perfección que en su día tuvieron Adán y Eva! La situación le suponía una prueba. ¿Se desanimaría y se daría por vencido? ¿Consideraría a los seres humanos un caso perdido? Veamos lo que hizo.
11 En cierta ocasión, Jesús se afligió tanto al ver lo insensibles que eran los judíos que lloró abiertamente. Sin embargo, ¿logró la indiferencia de aquel pueblo que su celo se apagara o que dejara de predicar? Todo lo contrario: siguió “enseña[ndo] diariamente en el templo” (Lucas 19:41-44, 47). En otra ocasión, cuando vio que los fariseos lo vigilaban para ver si curaba a un hombre en sábado, se sintió “cabalmente contristado” por su duro corazón. Pero ¿se dejó intimidar por aquellos santurrones? En absoluto. De hecho, curó al hombre allí, ¡en el mismo centro de la sinagoga! (Marcos 3:1-5.)
12 Las debilidades de sus discípulos más cercanos también debieron de ser una prueba para Jesús. Como vimos en el capítulo 3, estos manifestaron un deseo constante de conseguir prominencia (Mateo 20:20-24; Lucas 9:46). Más de una vez, Jesús los aconsejó sobre la necesidad de ser humildes (Mateo 18:1-6; 20:25-28). Pero les costaba aplicar su consejo. De hecho, en la última noche que él estuvo con ellos se produjo “una disputa acalorada” sobre quién era el más importante (Lucas 22:24). ¿Se dio por vencido Jesús pensando que eran un caso perdido? Claro que no. Paciente como siempre, mantuvo una actitud positiva y confiada, y centró su atención en las cosas buenas que tenían. Sabía que en el fondo amaban a Jehová y que de verdad querían hacer la voluntad divina (Lucas 22:25-27).
13 Es posible que nosotros pasemos por pruebas similares a las de Jesús. Por ejemplo, quizás nos encontremos con personas que son indiferentes o hasta contrarias al mensaje del Reino. ¿Nos desanimará su actitud negativa, o seguiremos predicando con celo? (Tito 2:14.) Las imperfecciones de nuestros hermanos en la fe también pueden representar una prueba. Una palabra irreflexiva o un acto desconsiderado por parte de ellos puede herir nuestros sentimientos (Proverbios 12:18). ¿Dejaremos que sus defectos nos hagan pensar que son un caso perdido, o seguiremos soportando sus faltas y concentrándonos en sus buenas cualidades? (Colosenses 3:13.)
Razones por las que aguantó
14 ¿Qué contribuyó a que Jesús se mantuviera firme y siguiera fiel a Jehová a pesar de todos los padecimientos, humillaciones y desilusiones que sufrió? Cabe destacar dos factores importantes. En primer lugar, miró hacia arriba, por así decirlo, para apelar al “Dios que suministra aguante” (Romanos 15:5). En segundo lugar, miró hacia adelante al centrar la atención en los resultados que obtendría si aguantaba. Analicemos estos dos factores por separado.
15 Aunque Jesús era el Hijo perfecto de Dios, no confió en sus propias fuerzas para aguantar, sino que acudió a su Padre celestial por ayuda. El apóstol Pablo escribió: “Cristo ofreció ruegos y también peticiones a Aquel que podía salvarlo de la muerte, con fuertes clamores y lágrimas” (Hebreos 5:7). Observe que Jesús “ofreció” no solo peticiones, sino también ruegos. El término ruego se refiere a una súplica especialmente sincera e intensa; significa implorar ayuda. La palabra “ruegos”, en plural, indica que Jesús le imploró a Jehová en más de una ocasión. De hecho, en el jardín de Getsemaní, él oró con fervor una y otra vez (Mateo 26:36-44).
16 Jesús tenía plena confianza en que Jehová escucharía sus ruegos, pues sabía que su Padre es el “Oidor de la oración” (Salmo 65:2). Durante su existencia prehumana, el Hijo primogénito había visto al Padre contestar las oraciones de sus siervos fieles. Él estaba en los cielos cuando Jehová envió a un ángel para responder a la oración sincera del profeta Daniel, incluso antes de que terminara de orar (Daniel 9:20, 21). ¿Cómo, entonces, no iba a contestar el Padre a su Hijo unigénito cuando este le abriera su corazón “con fuertes clamores y lágrimas”? Jehová respondió a las súplicas de su Hijo y mandó a un ángel para que lo fortaleciera y así pudiera resistir la prueba (Lucas 22:43).
17 Para no rendirnos ante las adversidades, nosotros también tenemos que mirar hacia arriba, por así decirlo, pues es necesario que alcemos los ojos al cielo, al Dios que “imparte poder” (Filipenses 4:13). Si el Hijo perfecto de Dios sintió la necesidad de implorar ayuda a Jehová, ¡cuánto más tendremos que hacerlo nosotros! Como Jesús, tal vez tengamos que suplicarle a Jehová en repetidas ocasiones (Mateo 7:7). Aunque no esperamos recibir una visita angelical, de una cosa sí estamos seguros: nuestro amoroso Dios responderá a las plegarias del cristiano leal que “persiste en ruegos y oraciones noche y día” (1 Timoteo 5:5). Sean cuales sean las pruebas que afrontemos —la mala salud, la muerte de un ser querido o la persecución—, Jehová nos responderá cuando le pidamos con fervor que nos conceda sabiduría, valor y fuerzas para aguantar (2 Corintios 4:7-11; Santiago 1:5).
18 El segundo factor que hizo posible que Jesús aguantara es que él miró hacia adelante, más allá del sufrimiento, a lo que le aguardaba. “Por el gozo que fue puesto delante de él aguantó un madero de tormento”, dice la Biblia (Hebreos 12:2). El ejemplo de Jesús ilustra el vínculo que existe entre la esperanza, el gozo y el aguante. Pudiéramos resumirlo así: la esperanza conduce al gozo, y el gozo, al aguante (Romanos 15:13; Colosenses 1:11). Jesús tenía ante sí perspectivas maravillosas. Sabía que con su fidelidad contribuiría a vindicar la soberanía de su Padre y podría recomprar a la humanidad del pecado y la muerte. Además, abrigaba la esperanza de ser Rey y Sumo Sacerdote, lo que traería mayores bendiciones a los seres humanos obedientes (Mateo 20:28; Hebreos 7:23-26). Al concentrarse en las perspectivas y la esperanza que tenía por delante, Jesús sintió un gozo infinito, y ese gozo, a su vez, le ayudó a aguantar.
19 Al igual que Jesús, debemos dejar que la esperanza, el gozo y el aguante obren juntos en favor de nosotros. “Regocíjense en la esperanza”, instó el apóstol Pablo. Y añadió: “Aguanten bajo tribulación” (Romanos 12:12). ¿Está usted pasando ahora mismo por una prueba severa de su fe? Entonces, mire hacia adelante. No pierda de vista el hecho de que su aguante alabará el nombre de Jehová. Mantenga una visión clara de la valiosa esperanza del Reino. Transpórtese al cercano nuevo mundo de Dios e imagínese disfrutando de las bendiciones del Paraíso. Verá que siente un gran gozo mientras espera con ilusión el cumplimiento de las maravillosas promesas de Jehová, entre ellas la vindicación de su soberanía, la eliminación de la maldad en la Tierra y el fin de la enfermedad y la muerte. Y con ese gozo en su corazón podrá aguantar cualquier prueba que le sobrevenga. Así es: comparada con el cumplimiento de la esperanza del Reino, toda tribulación que padezcamos en este mundo es ciertamente “momentánea y liviana” (2 Corintios 4:17).
Sigamos “sus pasos con sumo cuidado y atención”
20 Jesús sabía que ser seguidor suyo conllevaría dificultades, que exigiría aguante (Juan 15:20). Estaba listo para marcar el camino, consciente de que su ejemplo animaría a otros (Juan 16:33). Por supuesto, él fue el ejemplo perfecto de aguante, mientras que nosotros estamos muy lejos de la perfección. Entonces, ¿qué espera Jehová de nosotros? Pedro explica: “Cristo sufrió por ustedes, dejándoles dechado para que sigan sus pasos con sumo cuidado y atención” (1 Pedro 2:21). La manera como él se enfrentó a las pruebas es un “dechado”, es decir, un modelo o ejemplo que imitar. El historial de aguante que se labró puede compararse a “pasos”, o pisadas. Aunque somos incapaces de seguirlos a la perfección, sí podemos seguirlos “con sumo cuidado y atención”.
21 Resolvámonos, por lo tanto, a seguir el ejemplo de Jesús lo mejor que podamos. No olvidemos nunca que cuanto más atentamente sigamos sus pisadas, mejor preparados estaremos para aguantar “hasta el fin”, ya sea el fin de este viejo mundo o el fin de nuestra vida actual. No sabemos qué llegará primero, pero sí sabemos esto: Jehová premiará nuestro aguante por toda la eternidad (Mateo 24:13).
[Nota]
El vocablo griego traducido “dechado” significa literalmente “escrito debajo”. El apóstol Pedro es el único escritor de las Escrituras Griegas Cristianas que lo utiliza. Según se dice, esta palabra alude a “la muestra de letras o trazos que se escribía en un cuaderno para que los escolares la copiaran con la mayor fidelidad posible”.
[Preguntas del estudio]
1-3. a) ¿Hasta qué punto llega la aflicción de Jesús en el jardín de Getsemaní, y cuál es la causa? b) ¿Qué puede decirse del ejemplo de aguante de Jesús, y qué preguntas surgen?
4, 5. a) ¿En qué consiste el aguante? b) Ilustre el hecho de que el aguante implica mucho más que sufrir penalidades porque no hay manera de evitarlas.
6. ¿Cómo cultivamos el aguante?
7, 8. ¿Qué terribles sufrimientos soportó Jesús en sus últimas horas de vida?
9. ¿Qué conlleva tomar nuestro “madero de tormento” y seguir a Jesús?
10-12. a) ¿Por qué fueron una prueba de aguante para Jesús las imperfecciones de quienes lo rodeaban? b) ¿Cuáles fueron algunas de las situaciones difíciles por las que Jesús pasó?
13. ¿Qué pruebas similares a las de Jesús quizás enfrentemos?
14. ¿Qué dos factores contribuyeron a que Jesús se mantuviera firme?
15, 16. a) ¿Qué muestra que Jesús no confió en sus propias fuerzas para aguantar? b) ¿Qué confianza tenía Jesús en su Padre, y por qué razón?
17. Para no rendirnos ante las adversidades, ¿por qué debemos alzar los ojos al cielo, y cómo podemos hacerlo?
18. ¿Cómo miró Jesús hacia adelante, más allá del sufrimiento?
19. Al enfrentar pruebas de fe, ¿cómo pueden la esperanza, el gozo y el aguante obrar juntos en favor de nosotros?
20, 21. ¿Qué espera Jehová de nosotros en lo que tiene que ver con el aguante? Por nuestra parte, ¿qué debemos estar resueltos a hacer?
[Recuadro de la página 75]
¿Cómo podemos seguir a Jesús?
● ¿Cómo debemos considerar cualquier sufrimiento que experimentemos por seguir a Cristo? (Mateo 5:10-12.)
● ¿Qué les dijo Jesús a sus seguidores que debían esperar, y cómo podemos seguir su consejo? (Mateo 10:16-22.)
● ¿Cómo podemos seguir el ejemplo de Jesús cuando sufrimos oposición o persecución? (1 Pedro 2:18-25.)
● ¿Qué queda demostrado cuando aguantamos fielmente los sufrimientos? (1 Pedro 4:12-14.)
[Ilustración de la página 70]
¿Dejaremos que la oposición nos desaliente, o seguiremos predicando con celo?
[Ilustración de la página 73]
Jehová nos responderá cuando le supliquemos que nos ayude a aguantar
JESÙS “Aprendió la obediencia”
EL PADRE contempla desde la ventana a su hijito que juega en el jardín con unos amigos. De repente, la pelota sale rebotando hacia la calle, mientras el niño la sigue ansioso con la mirada. “Corre y búscala”, insiste uno de sus amigos, pero él, meneando la cabeza, responde: “No me dejan”. El padre se sonríe complacido.
2 ¿A qué se debe la satisfacción del padre? A que es él quien le ha dicho a su hijo que nunca se lance solo a la calle. El hecho de que el niño haga caso —aun sin saber que el padre lo está mirando— indica que está aprendiendo a ser obediente, y, por tal razón, corre menos peligro. Algo parecido siente nuestro Padre celestial, Jehová. Él sabe que para permanecer fieles y ver el espléndido porvenir que nos espera, debemos aprender a confiar en él y hacer lo que nos manda (Proverbios 3:5, 6). Por eso nos envió al mejor de los maestros.
3 La Biblia dice algo un tanto sorprendente acerca de Jesús: “Aunque era Hijo, aprendió la obediencia por las cosas que sufrió; y después de haber sido perfeccionado vino a ser responsable de la salvación eterna para todos los que le obedecen” (Hebreos 5:8, 9). Este Hijo primogénito había existido por millones y millones de años en el cielo. Allí presenció la rebelión de Satanás y sus ángeles, pero nunca se les unió. Su actitud se ve reflejada en estas palabras inspiradas: “No fui rebelde” (Isaías 50:5). Entonces, ¿cómo es que “aprendió la obediencia” si siempre había sido obediente a Dios? ¿Cómo fue “perfeccionado” si ya era perfecto?
4 Hagamos una comparación. Supongamos que un soldado posee una espada de hierro. Aunque nunca ha sido probada en la guerra, es de fabricación perfecta y bellamente trabajada. Sin embargo, el soldado decide cambiarla por una más dura, de acero templado, que ya ha sido empleada eficazmente en el combate. ¿No diríamos que ha salido ganando? De la misma manera, la obediencia de Jesús antes de venir al mundo era irreprochable; pero después de haber vivido aquí, fue de una calidad totalmente distinta: había sido probada —o templada, por así decirlo— en circunstancias que jamás se habrían dado en el cielo.
5 La obediencia era fundamental para la misión de Jesús en la Tierra. Como “el último Adán”, él vino a hacer lo que nuestros primeros padres no hicieron: obedecer a Jehová Dios aun bajo prueba (1 Corintios 15:45). Su obediencia, sin embargo, no fue mecánica, pues observó los mandatos divinos con toda su mente, corazón y alma; y lo hizo con alegría. Para él, hacer la voluntad de su Padre era más importante que el alimento mismo (Juan 4:34). Ahora bien, ¿qué nos ayudará a imitar a Jesús? Empecemos por analizar qué lo motivaba a ser obediente. Si logramos que nuestra motivación sea como la de él, nos resultará más fácil vencer las tentaciones y hacer la voluntad de Dios. Luego veremos algunos de los beneficios de obedecer a Jehová tal como lo hizo Cristo.
¿Qué lo motivaba a ser obediente?
6 La obediencia de Jesús nacía de lo que tenía en su corazón. Como vimos en el capítulo 3, él era una persona humilde. Esta cualidad es muy importante, ya que quienes son humildes están dispuestos a obedecer a Jehová de buena gana, mientras que los orgullosos y arrogantes se niegan a hacerlo (Éxodo 5:1, 2; 1 Pedro 5:5, 6). Además, la obediencia de Jesús tenía que ver con aquello que amaba pero también con aquello que odiaba.
7 Jesús amaba a Jehová sobre todas las cosas, como se explica con detalle en el capítulo 13, y fue ese amor lo que lo motivó a demostrar siempre un temor reverente a su Padre celestial. Tan intenso era el amor y tan profunda la reverencia que sentía por él, que temía disgustarlo. Dicho temor reverencial fue una de las razones por las que sus oraciones fueron escuchadas (Hebreos 5:7). El temor de Jehová es también una de sus principales características como Rey Mesiánico (Isaías 11:3).
8 Amar a Jehová también implica odiar lo que él odia. Note, por ejemplo, la siguiente profecía dirigida al Rey Mesiánico: “Has amado la justicia y odias la iniquidad. Por eso Dios, tu Dios, te ha ungido con el aceite de alborozo más que a tus socios” (Salmo 45:7). Más que todos sus “socios”, es decir, que los demás reyes del linaje de David, Jesús tiene motivos de sobra para alborozarse por su ungimiento. ¿Por qué? Porque la recompensa que él recibirá es mucho mayor que la de ellos y porque los beneficios de su reinado son ilimitados. Su amor a la justicia y su odio a la maldad lo impulsaron a obedecer a Dios en todo, y por eso fue premiado.
9 ¿Cómo manifestó Jesús sus sentimientos con respecto a la justicia y a la maldad? Por ejemplo, cuando los discípulos tuvieron éxito en la predicación por haber seguido sus instrucciones, ¿cómo reaccionó? Se alegró muchísimo (Lucas 10:1, 17, 21). Y cuando vio que los habitantes de Jerusalén desobedecían vez tras vez sus advertencias y rechazaban su amorosa ayuda, ¿cómo se sintió? Lloró por la rebelde ciudad (Lucas 19:41, 42). Como vemos, a Jesús le afectaban profundamente tanto la buena como la mala conducta.
10 Meditar en los sentimientos de Jesús nos ayuda a examinar cuál es nuestra motivación al obedecer a Jehová. Aunque somos imperfectos, podemos desarrollar un amor intenso hacia lo que es bueno y un odio profundo hacia lo que es malo. Para ello, tenemos que rogar a Jehová que nos ayude a cultivar los mismos sentimientos de él y de su Hijo (Salmo 51:10). Al mismo tiempo, debemos evitar las influencias que puedan corromper tales sentimientos, por lo que es preciso ser muy cuidadosos a la hora de elegir el entretenimiento y las amistades (Proverbios 13:20; Filipenses 4:8). Si tenemos la misma motivación que Jesucristo, no obedeceremos simplemente por cumplir, sino que haremos lo bueno porque amamos lo bueno. Asimismo, evitaremos todo lo malo, no solo por el temor a ser descubiertos, sino porque aborrecemos lo malo.
“Él no cometió pecado”
11 El odio de Jesús por el pecado fue puesto a prueba al principio de su ministerio. Tras su bautismo, pasó cuarenta días y cuarenta noches en el desierto sin comer nada. Entonces se le acercó Satanás para tentarlo, ¡y con qué astucia lo hizo! (Mateo 4:1-11.)
12 Lo primero que le dijo fue: “Si eres hijo de Dios, di a estas piedras que se conviertan en panes” (Mateo 4:3). ¿Cómo se sentía Jesús después de aquel largo ayuno? La Biblia dice claramente que “sintió hambre” (Mateo 4:2). A fin de aprovecharse del deseo natural de comer, Satanás sin duda esperó a que Jesús estuviera débil. Fíjese también en el tono provocador de la frase: “Si eres hijo de Dios”, como si él no supiera que Jesús era “el primogénito de toda la creación” (Colosenses 1:15). Pero Jesús no se dejó desviar hacia un modo de actuar desobediente. Sabiendo que no era la voluntad de Dios que él usara sus poderes con fines egoístas, rechazó la propuesta del Diablo y demostró humildemente que confiaba en que Jehová le brindaría alimento y guía (Mateo 4:4).
13 Satanás lo tentó por segunda vez subiéndolo a una parte alta de la muralla del templo. Tergiversando hábilmente las Escrituras, le propuso que realizara un acto espectacular: que se arrojara al vacío para obligar a los ángeles a acudir en su auxilio. Si así lo hacía, ¿acaso se atrevería alguien a dudar de que él era el Mesías prometido? Después de todo, las multitudes que se hallaban en el templo verían el milagro. Además, ¿no se ahorraría muchos problemas y penalidades si, gracias a aquel grandioso acto, el pueblo lo aceptaba como el Mesías? Pudiera ser, pero Jesús sabía que la voluntad de Jehová era que el Mesías cumpliera su misión humildemente, y no que indujera a la gente a creer en él por medios espectaculares (Isaías 42:1, 2). Así que tampoco en esta ocasión desobedeció a Jehová: no se dejó deslumbrar por la fama.
14 ¿Y qué hay del poder? ¿Podría utilizarlo Satanás de señuelo? En la tercera tentación, ofreció a Jesús todos los reinos del mundo a cambio de un acto de adoración. ¿Consideró el Hijo de Dios la oferta? Su respuesta fue: “¡Vete, Satanás!”. Y agregó: “Porque está escrito: ‘Es a Jehová tu Dios a quien tienes que adorar, y es solo a él a quien tienes que rendir servicio sagrado’” (Mateo 4:10). Por nada del mundo adoraría Jesús a otro dios. Por más que le ofrecieran poder o prestigio, nunca cometería un acto de desobediencia.
15 ¿Se dio por vencido Satanás? Es verdad que en aquella ocasión se alejó ante la tajante orden de Jesús. Pero no desistió, sino que, como añade el Evangelio de Lucas, “se retiró de él hasta otro tiempo conveniente” (Lucas 4:13). En efecto, el Diablo buscaría otras oportunidades para probarlo y tentarlo hasta el final, pues dice la Biblia que Jesucristo fue “probado en todo sentido” (Hebreos 4:15). Jesús nunca bajó la guardia, y lo mismo tenemos que hacer nosotros.
16 Hoy Satanás sigue tentando a los siervos de Dios. Por desgracia, la imperfección a menudo nos hace presas fáciles. El Diablo se aprovecha con astucia de actitudes como el egoísmo, el orgullo y la ambición de poder; incluso se vale del cebo del materialismo para que adoptemos estas malas actitudes. Por consiguiente, es esencial que de vez en cuando nos hagamos un examen de conciencia. Reflexionemos sobre las palabras de 1 Juan 2:15-17 y preguntémonos si los deseos carnales de este mundo, las ansias de riquezas y el deseo de impresionar a los demás han debilitado hasta cierto grado el amor que le tenemos a nuestro Padre celestial. Recordemos que este mundo y su gobernante, Satanás, se encaminan a la destrucción. Frustremos los astutos intentos del Diablo de hacernos pecar, y dejemos que nos motive el ejemplo de nuestro Maestro, quien “no cometió pecado” (1 Pedro 2:22).
“Siempre hago las cosas que le agradan”
17 Obedecer significa mucho más que abstenerse de pecar. Implica acciones, como lo demostró Cristo, quien cumplió cada uno de los mandatos de su Padre. “Yo siempre hago las cosas que le agradan”, sostuvo (Juan 8:29). Y esa obediencia le causó gran felicidad. Claro, siempre habrá alguien que objete y diga que para Jesús era fácil obedecer, pues al fin y al cabo tenía que rendir cuentas solamente a Jehová, que es perfecto; en cambio, nosotros tenemos que rendir cuentas a hombres imperfectos que ocupan posiciones de autoridad. No obstante, lo cierto es que Jesús también se sometió a la autoridad de seres humanos imperfectos.
18 Jesús creció bajo la tutela de José y María, quienes después de todo eran imperfectos. Probablemente notaba las imperfecciones de sus padres mucho más que otros niños. ¿Se rebeló por eso? ¿Dejó de respetar el papel que Dios le había dado como hijo y se puso a decirles cómo debían criar una familia? Lucas 2:51 dice que Jesús, a la edad de 12 años, “continu[aba] sujeto a ellos”. Con su actitud dio un magnífico ejemplo a los jóvenes cristianos, que procuran obedecer a sus padres y mostrarles el debido respeto (Efesios 6:1, 2).
19 La obediencia a hombres imperfectos le planteó a Jesús ciertas dificultades por las que los cristianos de la actualidad nunca hemos tenido que pasar. Piense, por ejemplo, en la singular época en que vivió. Si bien el sistema religioso judío —con el templo de Jerusalén y el sacerdocio— gozaba de la aprobación de Jehová desde hacía mucho tiempo, estaba a punto de ser rechazado y sustituido por la congregación cristiana (Mateo 23:33-38). Mientras llegaba aquel momento, muchos de los líderes religiosos enseñaban doctrinas falsas derivadas de la filosofía griega. Además, la corrupción en el templo estaba tan extendida que Jesús lo llamó “una cueva de salteadores” (Marcos 11:17). ¿Lo alejó esto del templo y las sinagogas? No, pues todavía eran instrumentos de Jehová. Hasta que Dios intervino y cambió las cosas, Jesús celebró obedientemente las fiestas en el templo y acudió a la sinagoga (Lucas 4:16; Juan 5:1).
20 Si Jesús obedeció en tales circunstancias, ¡cuánto más deberíamos hacerlo los verdaderos cristianos! Después de todo, vivimos en tiempos muy diferentes: vivimos en la era en que se ha restablecido la adoración pura, como se había anunciado muchos siglos atrás. Dios nos asegura que nunca permitirá que Satanás corrompa a su pueblo restaurado (Isaías 2:1, 2; 54:17). Es cierto que en la congregación cristiana encontramos fallas e imperfecciones. Pero ¿debemos escudarnos en las faltas ajenas para desobedecer a Jehová, quizás dejando de ir a las reuniones o criticando a los ancianos? ¡Jamás! Más bien, debemos apoyar de toda alma a los que dirigen la congregación. Mostramos nuestra obediencia al asistir a las reuniones y asambleas, y seguir los consejos bíblicos que se nos dan (Hebreos 10:24, 25; 13:17).
21 Jesús no permitió que nadie —ni siquiera algún amigo bienintencionado— lo hiciera desobedecer a Jehová. En cierta ocasión, el apóstol Pedro intentó persuadirlo de que no era necesario que sufriera tantas penalidades ni que muriera. Sin embargo, Jesús rechazó categóricamente el consejo de Pedro de ser bondadoso consigo mismo, consejo que, aunque se dio con las mejores intenciones, estaba equivocado (Mateo 16:21-23). De igual forma, a veces hay familiares bienintencionados que tratan de disuadirnos de obedecer las leyes y principios divinos. Es entonces cuando, a imitación de los discípulos de Jesús del siglo primero, “tenemos que obedecer a Dios como gobernante más bien que a los hombres” (Hechos 5:29).
Recompensas de obedecer como lo hizo Cristo
22 La obediencia de Jesús se vio sometida a la prueba máxima cuando se encaró a la muerte. En aquel tenebroso día “aprendió la obediencia” en todo el sentido de la palabra. Hizo la voluntad del Padre, y no la suya (Lucas 22:42). Al pasar esta prueba, dejó un modelo perfecto de integridad (1 Timoteo 3:16). De este modo, se convirtió en la respuesta a una cuestión muy antigua: la de si un ser humano perfecto puede ser obediente a Jehová aun bajo prueba. Adán y Eva fallaron. Entonces vino Jesús, quien con su vida y su muerte dejó claro cuál era la verdad al respecto. La más importante de todas las criaturas de Jehová suministró la respuesta más contundente posible. Fue obediente a pesar del precio tan alto que tuvo que pagar.
23 Damos prueba de nuestra integridad, o devoción incondicional a Jehová, siendo obedientes. Debido a su obediencia, Jesús se mantuvo íntegro y así benefició a la humanidad (Romanos 5:19). En consecuencia, Jehová lo recompensó generosamente. Si nosotros obedecemos a Cristo, nuestro Amo, Jehová también nos dará una recompensa, pues la obediencia a Cristo lleva a “la salvación eterna” (Hebreos 5:9).
24 Además, la integridad ya es de por sí un premio. Proverbios 10:9 dice: “El que está andando en integridad andará en seguridad”. Si comparáramos la integridad a una mansión hecha con ladrillos de calidad, cada acto de obediencia equivaldría a uno de ellos. Por sí solo, un ladrillo tal vez parezca insignificante, pero ocupa su lugar y tiene su importancia. Y cuando unimos uno tras otro, construimos algo de mucho más valor. Con nuestros actos de obediencia sucede igual: a medida que se acumulan día a día y año tras año, vamos construyendo la espléndida morada de nuestra integridad.
25 La obediencia que se manifiesta a lo largo de los años nos recuerda otra cualidad: el aguante. Esta cualidad, que también ejemplificó Jesús, será el tema del siguiente capítulo.
[Preguntas del estudio]
1, 2. ¿Por qué le complace tanto a un padre amoroso ver que su hijo le obedece, y cómo refleja esto los sentimientos de Jehová?
3, 4. ¿En qué sentido “aprendió la obediencia” y fue “perfeccionado” Jesús? Ilústrelo.
5. ¿Por qué fue tan importante la obediencia que demostró Jesús? ¿Qué examinaremos en este capítulo?
6, 7. ¿Qué motivaba a Jesús a ser obediente?
8, 9. Según se había predicho, ¿qué sentía Jesús por la justicia y por la maldad, y cómo lo demostró?
10. ¿Qué sentimientos debemos desarrollar hacia lo que es bueno y lo que es malo, y cómo lo logramos?
11, 12. a) ¿Qué ocurrió al principio del ministerio de Jesús en la Tierra? b) ¿En qué consistió la primera tentación que el Diablo le puso a Jesús, y qué tretas utilizó?
13-15. a) ¿Cómo tentó Satanás a Jesús la segunda y la tercera vez, y cómo reaccionó Jesús? b) ¿Cómo sabemos que Jesús nunca bajó la guardia en la lucha contra Satanás?
16. ¿Cómo tienta hoy Satanás a los siervos de Dios, y cómo podemos frustrar sus intentos?
17. ¿Cómo se sentía Jesús al obedecer a su Padre? ¿Qué pueden objetar algunos al respecto?
18. ¿Qué ejemplo de obediencia dio de joven Jesús?
19, 20. a) A diferencia de los demás seres humanos, ¿qué dificultades enfrentó Jesús al tener que obedecer a hombres imperfectos? b) ¿Por qué deben ser obedientes los cristianos verdaderos de hoy a quienes dirigen la congregación?
21. ¿Cómo enfrentó Jesús la presión de algunos seres humanos para que desobedeciera a Dios, y qué ejemplo nos dio así?
22. ¿A qué cuestión suministró Jesús una respuesta, y cómo lo hizo?
23-25. a) ¿Qué relación existe entre la obediencia y la integridad, y cómo podría ilustrarse? b) ¿Cuál será el tema del siguiente capítulo?
[Recuadro de la página 65]
¿Cómo podemos seguir a Jesús?
● ¿Cuáles son algunos mandatos que dio Cristo? ¿Cómo podemos obedecerlos, y con qué resultados? (Juan 15:8-19.)
● En un principio, ¿qué opinaban del ministerio de Jesús sus parientes? ¿Qué aprendemos de la manera como él manejó la situación? (Marcos 3:21, 31-35.)
● ¿Por qué no deberíamos pensar nunca que obedecer a Dios puede privarnos de felicidad? (Lucas 11:27, 28.)
● ¿Qué nos enseña el que Jesús accediera a obedecer cierta ley aun cuando no estaba obligado a hacerlo? (Mateo 17:24-27.)
[Ilustración de la página 58]
Al elegir el entretenimiento, ¿demuestra usted que odia lo malo?
[Ilustración de la página 63]
Obedientemente ponemos en práctica lo que aprendemos en las reuniones
EN JESÙS ESTÀN "Todos los tesoros de la sabiduría”
UN DÍA de primavera del año 31, Jesucristo se halla cerca de Capernaum, una bulliciosa ciudad situada en la costa noroccidental del mar de Galilea. Después de pasar la noche orando en la soledad de una montaña, reúne a sus discípulos al amanecer y elige a doce de ellos, a quienes nombra apóstoles. Mientras tanto, una gran multitud de personas —algunas venidas de muy lejos— lo han seguido hasta allí y lo esperan en un lugar llano. Están ansiosas por oírlo y ser curadas de sus enfermedades, y Jesús no las decepciona (Lucas 6:12-19).
2 Acercándose a la muchedumbre, sana a todos los enfermos. Por fin, cuando ya no queda ninguna persona aquejada de graves dolencias, se sienta a enseñarles. Sus palabras, que resuenan en el aire de aquel día primaveral, seguramente sorprenden a quienes lo están escuchando, pues nunca han oído a nadie enseñar como él. En vez de apoyar sus enseñanzas en las tradiciones orales o el testimonio de destacados rabinos, Jesús cita repetidas veces de las Escrituras Hebreas inspiradas. Su mensaje es directo, tiene un estilo sencillo y un significado claro. Cuando termina de hablar, todos se quedan maravillados. Y no es para menos, pues acaban de oír al hombre más sabio que ha vivido jamás en la Tierra (Mateo 7:28, 29).
3 Este sermón, así como muchas otras cosas que Jesús dijo e hizo, está contenido en la Palabra inspirada de Dios. Sacaremos mucho provecho si analizamos con cuidado lo que ese relato nos dice acerca de Jesús, ya que “todos los tesoros de la sabiduría” se concentran en el Hijo de Dios (Colosenses 2:3). Jesús era un hombre sumamente sabio, pues tenía una amplia capacidad para emplear útilmente el conocimiento y el entendimiento. Por ello, cabe preguntarse: ¿De dónde sacó tanta sabiduría? ¿Cómo la manifestó, y de qué modo podemos copiar su ejemplo?
“¿Dónde consiguió este hombre esta sabiduría?”
4 En uno de sus viajes de predicación, Jesús visitó Nazaret, el pueblo donde se crió, y se puso a enseñar en la sinagoga. Muchos de los presentes estaban atónitos y se preguntaban: “¿Dónde consiguió este hombre esta sabiduría?”. Conocían a sus padres y a sus hermanos, y sabían que provenía de un hogar humilde (Mateo 13:54-56; Marcos 6:1-3). Seguramente también estaban al tanto de que este elocuente carpintero no había estudiado en ninguna de las prestigiosas escuelas rabínicas (Juan 7:15). Así que la pregunta parecía tener lógica.
5 La sabiduría de Jesús no se debía simplemente a que tuviera una mente perfecta. Más adelante en su ministerio, mientras enseñaba abiertamente en el templo, él reveló que su sabiduría provenía de una fuente mucho más elevada: “Lo que yo enseño no es mío, sino que pertenece al que me ha enviado” (Juan 7:16). En efecto, el Padre, que lo había enviado, era la verdadera fuente de su sabiduría (Juan 12:49). Ahora bien, ¿cómo se la impartió Jehová?
6 El espíritu santo de Jehová obró en el corazón y la mente de Jesús. Aludiendo al Mesías prometido, Isaías anunció lo siguiente: “Sobre él tiene que asentarse el espíritu de Jehová, el espíritu de sabiduría y de entendimiento, el espíritu de consejo y de poderío, el espíritu de conocimiento y del temor de Jehová” (Isaías 11:2). Con el espíritu de Jehová sobre él, dirigiendo sus pensamientos y decisiones, ¿verdad que no nos sorprende que las acciones y palabras de Jesús evidenciaran una sabiduría sobresaliente?
7 Jesús consiguió sabiduría de su Padre de otra manera extraordinaria. Como vimos en el capítulo 2, durante los incontables milenios que vivió en el cielo antes de venir a la Tierra tuvo la oportunidad de conocer profundamente el modo de pensar de Dios. No alcanzamos siquiera a imaginarnos el caudal de sabiduría que el Hijo adquirió al lado del Padre, de quien fue el “obrero maestro” en la creación de todos los demás seres, animados e inanimados. De ahí que se le describa en su existencia prehumana como la sabiduría personificada (Proverbios 8:22-31; Colosenses 1:15, 16). En el transcurso de su ministerio, Jesús pudo emplear la sabiduría que había adquirido durante el tiempo que vivió con su Padre en el cielo (Juan 8:26, 28, 38). Por eso no deben extrañarnos los amplios conocimientos y la profunda comprensión que reflejaban sus palabras, así como la sensatez y el buen juicio que él evidenciaba en todo lo que hacía.
8 Como seguidores de Jesús, nosotros también tenemos que acudir a Jehová como la fuente de la sabiduría (Proverbios 2:6). Claro, no la vamos a recibir de forma milagrosa. Pero si se la pedimos a Jehová, él contestará nuestras súplicas y nos concederá la sabiduría necesaria para enfrentar las dificultades de la vida (Santiago 1:5). Por otra parte, adquirirla conlleva que hagamos un gran esfuerzo, como si buscáramos “tesoros escondidos” (Proverbios 2:1-6). Sí, es preciso que sigamos ahondando en la Palabra de Dios —donde él nos revela su sabiduría— y que armonicemos nuestra vida con lo que aprendamos. A este respecto, nos ayudará mucho analizar el ejemplo del Hijo de Jehová. Examinemos ahora varias esferas de la vida en las que él demostró esta cualidad y veamos cómo podemos imitarlo nosotros.
Palabras de gran sabiduría
9 Enormes multitudes acudían a Jesús tan solo para oírlo hablar (Marcos 6:31-34; Lucas 5:1-3). ¿Y cómo no iban a hacerlo, si de su boca brotaban palabras de una sabiduría sin igual? Sus enseñanzas revelaban que poseía un conocimiento profundo de la Palabra de Dios y una capacidad incomparable para llegar al fondo de los asuntos. Lo que es más, sus dichos tienen el poder de atraer a personas de toda época y lugar. En vista de esto, ¿por qué no analizamos algunos ejemplos de la sabiduría que contienen las palabras de Jesús, el “Maravilloso Consejero” prometido? (Isaías 9:6.)
10 El Sermón del Monte, del que hablamos al principio, es la mayor colección de enseñanzas de Jesús pronunciadas sin la interrupción de un narrador ni la intervención de otras personas. En él, Jesús no se limita a darnos consejos sobre qué decir o cómo actuar, sino que va más allá. Consciente de que los pensamientos y sentimientos se traducen en palabras y hechos, nos insta a desarrollar en la mente y el corazón cualidades positivas, como la apacibilidad, la sed de justicia, la inclinación a la misericordia y la paz, y el amor al prójimo (Mateo 5:5-9, 43-48). En la medida en que cultivemos dichas cualidades, hablaremos y nos comportaremos de una manera apropiada. Y al hacerlo así, no solo agradaremos a Jehová, sino que también nos llevaremos bien con los demás (Mateo 5:16).
11 Al aconsejar contra los actos pecaminosos, Jesús va a la raíz del problema. Por ejemplo, en vez de simplemente mandarnos evitar la violencia, nos insta a no guardar ira en el corazón (Mateo 5:21, 22; 1 Juan 3:15). En lugar de limitarse a prohibir el adulterio, nos previene contra la pasión que nace en nuestro interior y que nos lleva a cometer semejante acto de traición. Asimismo, nos exhorta a no dejar que los ojos despierten en nosotros malos deseos y lujuria (Mateo 5:27-30). En suma, Jesús no trata solo los síntomas, sino también las causas del pecado, pues describe las actitudes y los deseos que lo originan (Salmo 7:14).
12 ¡Cuánta sabiduría hay en las palabras de Jesús! Es natural que “las muchedumbres quedar[a]n atónitas por su modo de enseñar” (Mateo 7:28). Para quienes lo seguimos, sus sabios consejos son una guía para la vida. Por eso, procuramos cultivar las cualidades que él recomendó —entre ellas la misericordia, la apacibilidad y el amor—, pues reconocemos que estas son el fundamento de la conducta que agrada a Dios. Por otro lado, nos esforzamos al máximo por desarraigar del corazón los sentimientos y deseos perjudiciales contra los cuales él nos advirtió, como la ira y los deseos inmorales. No olvidemos que hacer esto nos ayudará a no caer en el pecado (Santiago 1:14, 15).
La sabiduría rigió su vida
13 Jesús manifestó sabiduría tanto de palabra como de obra. Su vida entera —sus decisiones, la opinión que tenía de sí mismo y su manera de tratar a los demás— reveló las múltiples y bellas facetas de la sabiduría. Veamos algunos ejemplos que ilustran cómo “la sabiduría práctica y la capacidad de pensar” rigieron todos sus actos (Proverbios 3:21).
14 La sabiduría implica actuar con sensatez. ¿Se comportó así Jesús? Claro que sí, pues él empleó buen juicio al elegir el rumbo que le daría a su vida. ¿Se imagina usted la clase de vida que pudo haber tenido, el tipo de casa que pudo haber construido, el negocio que pudo haber establecido o el prestigio que pudo haber conseguido en este mundo? Pero él sabía que dedicar la vida a esas metas era “vanidad y un esforzarse tras el viento” (Eclesiastés 4:4; 5:10). Hacerlo hubiera sido una insensatez, que es, justamente, lo contrario de la sabiduría. No sorprende, entonces, que Jesús optara por llevar una vida sencilla. A él no le interesaba hacer dinero ni acumular bienes (Mateo 8:20). Como vivía de acuerdo con sus enseñanzas, mantuvo la vista centrada en un único objetivo: hacer la voluntad de Dios (Mateo 6:22). Por ello dedicó sabiamente su tiempo y energía a los intereses del Reino, que son mucho más importantes que las cosas materiales y que, en definitiva, nos dan mayor felicidad (Mateo 6:19-21). Así nos dejó un ejemplo digno de imitar.
15 En la actualidad, los cristianos también están conscientes de lo sabio que es mantener la vista fija en un solo objetivo. Por esta razón no se cargan con deudas innecesarias ni se abruman con metas que este mundo promueve y que consumen demasiado tiempo y energía (1 Timoteo 6:9, 10). De hecho, muchos han simplificado su vida para poder participar a mayor grado en el ministerio cristiano, quizás sirviendo como evangelizadores de tiempo completo. Esto es lo mejor que podemos hacer, pues dar prioridad a los intereses del Reino es lo que nos brinda la mayor felicidad y satisfacción (Mateo 6:33).
16 La Biblia vincula la sabiduría con la modestia, cualidad que, entre otras cosas, consiste en reconocer las propias limitaciones (Proverbios 11:2). ¿Demostró modestia Jesucristo? Sí, él fue modesto y realista en lo que esperaba de sí mismo. Sabía que no todo el que lo escuchara se iba a convertir en su seguidor (Mateo 10:32-39). Comprendía que solo podría predicar a un número limitado de personas, y por ello confió a sus seguidores la misión de hacer discípulos (Mateo 28:18-20). Con modestia admitió que ellos harían “obras mayores” que las suyas, en el sentido de que su actividad llegaría a más personas, abarcaría una zona más extensa y duraría más tiempo (Juan 14:12). Por otra parte, él reconoció que otros lo podían ayudar; por eso aceptó la ayuda que los ángeles le brindaron en el desierto y dejó que un ángel lo fortaleciera en Getsemaní. Es más, en el momento más crucial de su vida, el Hijo de Dios clamó por auxilio (Mateo 4:11; Lucas 22:43; Hebreos 5:7).
17 De igual modo, debemos ser modestos y realistas en lo que esperamos de nosotros mismos. Por supuesto que deseamos trabajar con toda el alma y esforzarnos al máximo en la obra de predicar y hacer discípulos (Lucas 13:24; Colosenses 3:23). Pero hemos de tener presente algo importante: Jehová no nos compara con los demás, y tampoco debemos hacerlo nosotros (Gálatas 6:4). Por lo tanto, es preciso que, con buen juicio, nos fijemos metas realistas según nuestras capacidades y circunstancias. La sabiduría guía, además, a quienes ocupan puestos de responsabilidad, pues los hace conscientes de que tienen limitaciones y que necesitan ayuda y apoyo de vez en cuando. Si son modestos, aceptarán agradecidos esa ayuda, ya que saben bien que Jehová puede utilizar a un hermano en la fe como su “socorro fortalecedor” (Colosenses 4:11).
18 “La sabiduría de arriba es [...] razonable”, afirma Santiago 3:17. ¿Fue así Jesús? Por supuesto; él fue razonable y bondadoso al tratar con sus discípulos. Aunque estaba al tanto de sus debilidades, se fijaba en sus buenas cualidades (Juan 1:47). Por ejemplo, a pesar de que sabía que lo iban a abandonar la noche de su arresto, no dudó de su lealtad (Mateo 26:31-35; Lucas 22:28-30). También sabía que Pedro en tres ocasiones iba a negar conocerlo, pero aun así, Jesús rogó por él y expresó confianza en su fidelidad (Lucas 22:31-34). Al orar a su Padre la última noche de su vida en la Tierra, no se centró en las faltas de sus discípulos, sino que destacó lo que habían hecho hasta ese momento, diciendo: “Han observado tu palabra” (Juan 17:6). Lo que es más, pese a sus imperfecciones, les encomendó la misión de predicar el Reino y hacer discípulos (Mateo 28:19, 20). Sin duda alguna, la confianza que él depositó en ellos debió fortalecerlos para llevar a cabo su comisión.
19 Los seguidores de Jesús tenemos razones para imitar su buen ejemplo. Después de todo, si el Hijo de Dios —que era perfecto— fue paciente al tratar con los discípulos imperfectos, ¡con cuánta más razón debemos nosotros, seres humanos pecadores, ser razonables con los demás! (Filipenses 4:5.) En vez de estar fijándonos en los defectos de nuestros hermanos, concentrémonos en sus virtudes. Recordemos que Jehová los ha atraído a él (Juan 6:44). Seguramente vio en ellos buenas cualidades, y lo mismo hemos de hacer nosotros. Una actitud positiva nos ayudará no solo a “pasar por alto” las faltas del prójimo, sino a buscar en él cualidades encomiables (Proverbios 19:11). Cuando les mostramos a nuestros hermanos que confiamos en ellos, los animamos a dar lo mejor de sí en su servicio a Jehová y a disfrutar de él (1 Tesalonicenses 5:11).
20 Los Evangelios, que relatan la vida y ministerio de Jesús, son un verdadero tesoro de sabiduría. ¿Qué debemos hacer con este inestimable regalo? En la conclusión del Sermón del Monte, Jesús no solo exhortó a todos los presentes a oír sus dichos sabios, sino a hacerlos, es decir, ponerlos por obra (Mateo 7:24-27). Si dejamos que sus sabias palabras y acciones moldeen nuestros pensamientos, motivos y actos, hallaremos el mejor modo de vida que existe ahora y nos mantendremos en el camino que conduce a la vida eterna (Mateo 7:13, 14). ¡No hay mejor modo de actuar ni más sabio que este!
[Notas]
Este discurso de Jesús se conoce como el Sermón del Monte, y consta de 107 versículos en el relato que se halla en el Evangelio de Mateo (Mateo 5:3–7:27). Pronunciarlo toma apenas veinte minutos.
Al parecer, Jesús recobró el recuerdo de su existencia prehumana cuando “los cielos se abrieron” al momento de su bautismo (Mateo 3:13-17).
[Preguntas del estudio]
1-3. ¿Cuál es el escenario del sermón que pronuncia Jesús en la primavera del año 31, y por qué se quedan maravillados quienes lo están escuchando?
4. ¿Qué se preguntaba la gente de Nazaret acerca de Jesús, y por qué razón?
5. ¿De qué fuente reveló Jesús que provenía su sabiduría?
6, 7. ¿De qué maneras recibió Jesús sabiduría de parte de su Padre?
8. ¿Cómo adquirimos sabiduría los seguidores de Jesús?
9. ¿Por qué reflejaban tanta sabiduría las enseñanzas de Jesús?
10. ¿Qué cualidades positivas nos insta a desarrollar Jesús, y con qué objetivo?
11. Cuando Jesús aconseja contra los actos pecaminosos, ¿cómo va a la raíz del problema?
12. ¿Cómo ven los seguidores de Jesús sus consejos, y por qué?
13, 14. ¿Qué prueba hay de que Jesús empleó buen juicio al elegir el rumbo que le daría a su vida?
15. ¿Cómo demostramos los cristianos que tenemos la vista centrada en un solo objetivo, y por qué es lo mejor que podemos hacer?
16, 17. a) ¿De qué maneras demostró Jesús que era modesto y realista en sus expectativas? b) ¿Cómo demostramos nosotros esas mismas cualidades?
18, 19. a) ¿Qué demuestra que Jesús fue razonable y bondadoso al tratar con los discípulos? b) ¿Qué buenas razones tenemos para ser bondadosos y razonables al tratar a otros, y cómo podemos hacerlo?
20. ¿Qué debemos hacer con el tesoro de sabiduría contenido en los Evangelios, y con qué fin?
[Recuadro de la página 55]
¿Cómo podemos seguir a Jesús?
● Si cree haber ofendido a un hermano, ¿cuál es el proceder más sabio? (Mateo 5:23, 24.)
● Cuando lo insulten o lo provoquen, ¿cómo pueden las palabras de Jesús hacer que reaccione debidamente? (Mateo 5:38-42.)
● ¿Cómo le ayudará la meditación en las palabras de Jesús a ver de manera equilibrada el dinero y las posesiones? (Mateo 6:24-34.)
● A la hora de fijar prioridades en la vida, ¿cómo lo impulsará el ejemplo de Jesús a tomar una decisión sabia? (Lucas 4:43; Juan 4:34.)
[Ilustración de la página 47]
“Las muchedumbres quedaron atónitas por su modo de enseñar”
[Ilustración de la página 50]
La sabiduría de Dios se revela en la Biblia
JESÙS ES " El León que es de la tribu de Judá”
“¡Mira!
UNA violenta muchedumbre sale en busca de Jesús. Los hombres van armados con espadas y con palos, y los acompaña una tropa de soldados. Alentados por un mismo propósito malvado, cruzan las oscuras calles de Jerusalén y se encaminan hacia el monte de los Olivos, en el valle de Cedrón. Aunque es noche de luna llena, portan lámparas y antorchas. ¿Para qué? ¿Para alumbrar el camino porque las nubes ocultan la luz de la luna? ¿O será que piensan que su presa está escondida entre las sombras? Una cosa es cierta: quien crea que Jesús se va a asustar no lo conoce.
2 Aunque conoce el peligro que se avecina, Jesús no se mueve de donde está. La muchedumbre se acerca, con Judas a la cabeza. Este, que había sido uno de los amigos de confianza del Maestro, lo traiciona descaradamente identificándolo con un saludo hipócrita y un beso. Jesús permanece tranquilo. Dando un paso al frente, pregunta: “¿A quién buscan?”. “A Jesús el Nazareno”, responden ellos.
3 Cualquiera retrocedería aterrorizado ante semejante multitud armada. Quizás eso es lo que ellos esperan que haga el hombre que tienen delante. Pero Jesús no se acobarda, no huye, no se escuda en una mentira. Simplemente dice: “Soy yo”. Su porte revela tanta serenidad y valentía que los hombres retroceden asombrados y caen al suelo (Juan 18:1-6; Mateo 26:45-50; Marcos 14:41-46).
4 ¿Cómo podía Jesús enfrentarse a una situación tan peligrosa sin perder ni un solo momento la compostura ni el dominio de sí mismo? La respuesta se resume en una sola palabra: valor. Pocas virtudes son tan admiradas o tan esenciales en un líder, y en esto ningún hombre jamás ha igualado —y mucho menos sobrepasado— a Jesús. En el capítulo anterior aprendimos sobre su humildad y mansedumbre, cualidades por las que se le llamó apropiadamente “el Cordero” (Juan 1:29). Sin embargo, su valor lo hace merecedor de una designación muy distinta. La Biblia dice del Hijo de Dios: “¡Mira! El León que es de la tribu de Judá” (Revelación 5:5).
5 Se suele asociar al león con la valentía. ¿Se ha encontrado usted cara a cara con un león adulto alguna vez? En tal caso, lo más probable es que haya estado separado de él por una valla protectora en el zoológico. Con todo, la experiencia puede ser sobrecogedora. Al mirar a la cara a este corpulento y fiero animal, mientras él nos clava los ojos, difícilmente nos lo imaginemos huyendo despavorido de algo. La Biblia dice que el león “es el más poderoso entre las bestias, y que no se vuelve atrás de delante de nadie” (Proverbios 30:30). Así de valeroso es Cristo.
6 Examinemos tres aspectos en los que Jesús ha demostrado un valor como el del león: al defender la verdad, al promover la justicia y al afrontar oposición. Veremos también que todos —seamos valientes por naturaleza o no— podemos imitarlo y manifestar esa cualidad.
Defendió la verdad con valentía
7 En este mundo dominado por Satanás, “el padre de la mentira”, hace falta valor para defender la verdad (Juan 8:44; 14:30). Jesús no esperó a ser adulto para hacerlo, como lo revela cierto episodio de su vida. A los 12 años estuvo separado de sus padres después de celebrar la fiesta de la Pascua en Jerusalén. Tras buscarlo desesperadamente por tres días, María y José al fin lo hallaron en el templo. ¿Qué estaba haciendo? Estaba “sentado en medio de los maestros, [...] escuchándoles e interrogándolos” (Lucas 2:41-50). Piense en el ambiente en que se desarrolló aquella conversación.
8 Según los historiadores, algunos de los guías religiosos más ilustres se quedaban en el templo después de las fiestas para enseñar a la gente en alguno de sus amplios atrios. Las personas se sentaban a sus pies, escuchando y haciendo preguntas. Estos maestros eran hombres muy instruidos. Tenían profundos conocimientos de la Ley mosaica, así como del sinfín de complejas leyes y tradiciones humanas que se habían multiplicado con los años. ¿Cómo se hubiera sentido usted allí en medio de ellos? ¿Intimidado? No es para menos. ¿Y si tuviera apenas 12 años? Muchos niños son tímidos (Jeremías 1:6). Algunos tratan por todos los medios de pasar inadvertidos en la escuela, pues tienen miedo de que sus maestros les hagan una pregunta o que los elijan para hacer algo, miedo de pasar vergüenza o de hacer el ridículo.
9 Sin embargo, ahí estaba Jesús, sentado en medio de aquellos expertos, interrogándolos valerosamente sobre cuestiones profundas. Y no solo eso, pues el relato añade: “Todos los que le escuchaban quedaban asombrados de su entendimiento y de sus respuestas” (Lucas 2:47). Aunque la Biblia no especifica de qué habló en esa ocasión, es seguro que no repitió las falsedades que eran tan populares entre aquellos maestros religiosos (1 Pedro 2:22). Por el contrario, Jesús defendió la verdad de la Palabra de Dios, y todos los que lo oyeron sin duda se maravillaron de ver a un niño de 12 años expresarse con tanta inteligencia y valor.
10 En la actualidad, una cantidad innumerable de jóvenes cristianos sigue las pisadas del Maestro. Es verdad que no son perfectos, como lo fue Jesús, pero sí copian su ejemplo porque no esperan a ser adultos para defender la verdad. Ya sea en la escuela o en su comunidad, enseñan con respeto la verdad a los demás, haciéndoles preguntas con tacto y escuchando su respuesta (1 Pedro 3:15). Como grupo, han ayudado a compañeros de clase, maestros y vecinos a hacerse seguidores de Cristo. ¡Cuánto debe complacerle a Jehová el valor de estos jóvenes! Su Palabra los asemeja a gotas de rocío: refrescantes, agradables y numerosos (Salmo 110:3).
11 En su vida adulta, Jesús siguió defendiendo la verdad con valor. De hecho, su ministerio empezó con una confrontación que muchos calificarían de aterradora. Tuvo que enfrentarse a Satanás —el más fuerte y peligroso de todos los enemigos de Jehová—, pero no en calidad de poderoso arcángel, sino como un simple hombre de carne y hueso. Jesús rechazó al Diablo y refutó su aplicación tergiversada de unas palabras inspiradas por Dios. El encuentro terminó con la enérgica orden de Jesús: “¡Vete, Satanás!” (Mateo 4:2-11).
12 Así, Jesús marcó el objetivo que seguiría su ministerio, a saber, defender con valentía la Palabra de su Padre contra los intentos de torcerla o manipularla. En ese entonces —al igual que ahora— reinaba la deshonestidad religiosa, como se hace evidente por lo que Jesucristo les dijo a los líderes espirituales de su día: “Invalidan la palabra de Dios por la tradición suya que ustedes transmitieron” (Marcos 7:13). Aunque el pueblo reverenciaba a aquellos hombres, Jesús no tuvo reparos en denunciarlos como guías ciegos e hipócritas (Mateo 23:13, 16). ¿Cómo podemos copiar su valeroso ejemplo?
13 Desde luego, debemos recordar que, a diferencia de Jesús, nosotros no podemos leer los corazones ni tenemos autoridad para juzgar; pero sí podemos defender la verdad con el mismo valor que él. Por ejemplo, cuando ponemos al descubierto las falsedades religiosas —las mentiras que con tanta frecuencia se han enseñado acerca de Dios, sus propósitos y su Palabra—, iluminamos a un mundo sumido en las tinieblas por la propaganda de Satanás (Mateo 5:14; Revelación 12:9, 10). Ayudamos a la gente a librarse de la esclavitud a las doctrinas falsas que le llenan el corazón de un temor enfermizo y envenenan su relación con Dios. ¡Qué privilegiados somos al observar el cumplimiento de la promesa de Jesús: “Conocerán la verdad, y la verdad los libertará”! (Juan 8:32.)
Promovió con valor la justicia
14 La Biblia predijo que el Mesías aclararía a las naciones “lo que es la justicia” (Mateo 12:18; Isaías 42:1). No cabe duda de que Jesús comenzó esa labor cuando estuvo en la Tierra. Siempre trató a los demás de manera justa y equitativa, lo que exigió gran valor de su parte. Por ejemplo, se negó a adoptar actitudes contrarias a las Escrituras, como los prejuicios y el fanatismo que predominaban a su alrededor.
15 Cuando los discípulos lo encontraron hablando con una mujer de Samaria en el pozo de Sicar, se asombraron. ¿Por qué? Porque en aquel entonces los judíos en general detestaban a los samaritanos, un sentimiento que venía de muchos años atrás (Esdras 4:4). Y a eso se sumaba el desprecio que los rabinos sentían hacia las mujeres. Sus leyes, puestas por escrito tiempo después, disuadían a los hombres de hablar con ellas y hasta insinuaban que las mujeres no merecían que se les enseñara la Ley de Dios. Las samaritanas en particular eran consideradas inmundas. Pasando por alto tales prejuicios, Jesús le enseñó abiertamente a esta mujer —que llevaba una vida inmoral—, e incluso le reveló que era el Mesías (Juan 4:5-27).
16 ¿Ha estado usted alguna vez en compañía de gente cargada de prejuicios? Es muy probable que hagan bromas despectivas sobre personas de otra raza o nación, o que hablen con desdén de los miembros del sexo opuesto, o que menosprecien a los que tienen una posición social o económica inferior. Quienes somos seguidores de Cristo, por nuestra parte, evitamos esas detestables actitudes y nos esforzamos por erradicar del corazón todo rastro de prejuicio (Hechos 10:34). Así que todos nosotros debemos cultivar el valor necesario para obrar con justicia a este respecto.
17 El valor también llevó a Jesús a luchar por la pureza del pueblo de Dios y por todo lo relacionado con la adoración pura. En los comienzos de su ministerio entró en el templo de Jerusalén y se horrorizó al ver a los mercaderes y cambistas comerciando allí. Lleno de justa indignación, echó fuera a estos hombres codiciosos junto con sus mercancías (Juan 2:13-17). Un episodio similar se produjo al final de su ministerio (Marcos 11:15-18). Aunque con estas acciones Jesús debió de ganarse la enemistad de hombres poderosos, no por ello vaciló. ¿Por qué? Porque desde niño llamaba al templo la casa de su Padre, y lo hacía de todo corazón (Lucas 2:49). Que se profanara el lugar donde se adoraba a Jehová era una injusticia que no podía tolerar. El celo por la adoración verdadera le dio el valor necesario para hacer lo que debía.
18 A los cristianos también nos interesa mucho la pureza del pueblo de Dios y todo lo que tiene que ver con la adoración pura. Por eso, si vemos que un hermano en la fe comete un pecado grave, no hacemos la vista gorda, sino que le hablamos con valor o nos aseguramos de que los ancianos de la congregación lo sepan (1 Corintios 1:11). Los ancianos pueden ayudar a quienes están enfermos espiritualmente y tomar medidas para preservar la pureza de las ovejas de Jehová (Santiago 5:14, 15).
19 Ahora bien, ¿debemos llegar a la conclusión de que Jesús combatió la injusticia social del mundo en general? Es verdad que vivió rodeado de injusticias. Su país se hallaba ocupado por una potencia extranjera, Roma, la cual oprimía a los judíos con una fuerte presencia militar, les imponía altos impuestos e interfería en la religión. No es de extrañar, por lo tanto, que muchos hayan querido que Jesús interviniera en la política (Juan 6:14, 15). Una vez más, su valor entró en acción.
20 Jesús explicó que su Reino no era parte del mundo. Con su ejemplo, instruyó a los discípulos para que se mantuvieran al margen de los conflictos políticos de su día y se dedicaran, más bien, a predicar las buenas nuevas del Reino de Dios (Juan 17:16; 18:36). Cuando una muchedumbre fue a arrestarlo, enseñó una impactante lección de neutralidad. Sucedió que, impulsivamente, el apóstol Pedro sacó la espada e hirió a un hombre. Su reacción es muy comprensible, pues si acaso alguna vez pareció justificada la violencia, fue aquella noche, cuando se atacó al inocente Hijo de Dios. No obstante, Jesús fijó la pauta que sus discípulos habrían de seguir hasta el día de hoy, diciendo: “Vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que toman la espada perecerán por la espada” (Mateo 26:51-54). Los seguidores de Cristo necesitaron valor para mantener una actitud pacífica, y lo mismo necesitamos hoy. Gracias a su neutralidad cristiana, el pueblo de Dios tiene un historial intachable en lo referente a las guerras, matanzas, revueltas y otros incontables actos violentos que se han producido en nuestra época. Tal testimonio histórico constituye un verdadero homenaje a su valor.
Afrontó valientemente la oposición
21 El Hijo de Jehová sabía de antemano que enfrentaría fuerte oposición en la Tierra (Isaías 50:4-7). Las repetidas amenazas de muerte de que fue objeto culminaron en el episodio relatado al principio de este capítulo. ¿Cómo pudo mostrarse tan valeroso ante semejantes peligros? Pues bien, ¿qué estaba haciendo poco antes de que la muchedumbre lo apresara? Estaba orando con fervor a Jehová. ¿Y qué hizo Jehová? La Biblia dice que Jesús “fue oído favorablemente” (Hebreos 5:7). De hecho, Jehová envió a un ángel del cielo para confortar a su valeroso Hijo (Lucas 22:42, 43).
22 Poco después de haber sido fortalecido, Jesús les dijo a los apóstoles: “Levántense, vámonos” (Mateo 26:46). Deténgase a pensar por un instante en el valor encerrado en esas palabras. “Vámonos”, dijo, sabiendo que le pediría a la multitud que dejara ir a sus amigos, sabiendo que ellos lo abandonarían y huirían, sabiendo que se encararía solo a la mayor prueba de su vida. Nadie estuvo con él cuando se enfrentó a un juicio ilegal e injusto, a las burlas, a la tortura y a una muerte atroz. Sin embargo, no perdió el valor ni por un momento durante esta terrible experiencia.
23 ¿Actuó Jesús de forma temeraria e imprudente? De ningún modo, pues la temeridad y la imprudencia poco tienen que ver con el auténtico valor. Es más, él enseñó a sus seguidores a ser cautelosos y evitar con prudencia el peligro para seguir haciendo la voluntad de Dios (Mateo 4:12; 10:16). Sin embargo, en esta ocasión Jesús entendía que no había manera de retroceder. Sabía cuál era la voluntad de su Padre y estaba resuelto a serle fiel. El único camino era seguir adelante y afrontar las pruebas que vinieran.
24 ¡Cuántas veces los cristianos han seguido valientemente los pasos de su Maestro! Muchos se han mantenido firmes pese a las burlas, la persecución, los arrestos, los encarcelamientos, la tortura y hasta la muerte. ¿De dónde obtienen el valor estos seres humanos imperfectos? No proviene de ellos. Tal como Jesús recibió ayuda del cielo, así también la reciben sus seguidores (Filipenses 4:13). Por eso, nunca tema lo que el futuro pueda depararle. Resuélvase a ser fiel a Jehová, y él le dará el valor que necesita. Siga sacando fuerzas del ejemplo que nos puso nuestro Caudillo, Jesús, quien dijo: “¡Cobren ánimo!, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).
[Nota]
Los historiadores han señalado que las tumbas de los rabinos eran tan veneradas como las tumbas de los patriarcas y los profetas.
[Preguntas del estudio]
1-3. ¿A qué peligro se enfrenta Jesús, y cómo reacciona?
4-6. a) ¿Con qué se compara al Hijo de Dios, y por qué razón? b) Mencione tres aspectos en los que Jesús demostró valor.
7-9. a) ¿Qué ocurrió cuando Jesús tenía 12 años, y por qué podemos decir que el ambiente era intimidante? b) ¿Cómo manifestó valor Jesús al tratar con los maestros en el templo?
10. ¿Cómo imitan hoy día los jóvenes cristianos el valor de Jesús?
11, 12. ¿Cómo defendió Jesús valerosamente la verdad en su vida adulta?
13. ¿Qué debemos recordar al imitar a Jesús? No obstante, ¿qué privilegio tenemos?
14, 15. a) Mencione una manera como Jesús aclaró “lo que es la justicia”. b) ¿Qué prejuicios dejó de lado Jesús al hablar con una mujer samaritana?
16. ¿Por qué necesitamos valor los cristianos para obrar sin prejuicios?
17. ¿Qué acción tomó Jesús en el templo, y por qué motivo?
18. ¿Cómo podemos los cristianos mostrar valor para preservar la pureza de la congregación?
19, 20. a) ¿Qué injusticias se cometían en el tiempo de Jesús, y a qué presión se enfrentó él? b) ¿Por qué se niegan a participar en política o actos violentos los cristianos, y cuál ha sido un premio a su postura?
21, 22. a) ¿Qué ayuda recibió Jesús antes de afrontar la mayor prueba de su vida? b) ¿Cómo demostró Jesús valor hasta el final?
23. Explique por qué no fue temeraria la manera como Jesús afrontó el peligro y las amenazas de muerte.
24. ¿Por qué estamos seguros de que podremos encarar con valor toda prueba que se nos presente?
[Recuadro de la página 45]
¿Cómo podemos seguir a Jesús?
● ¿Cómo nos ayuda el ejemplo de Jesús a enseñar la verdad con valor, aunque a muchas personas les resulte ofensiva? (Juan 8:31-59.)
● ¿Por qué no debemos dejar nunca que el miedo a Satanás o a los demonios nos impida ayudar a los demás? (Mateo 8:28-34; Marcos 1:23-28.)
● ¿Por qué debemos mostrar compasión a los oprimidos, incluso si sufrimos persecución por hacerlo? (Juan 9:1, 6, 7, 22-41.)
● ¿Cómo le ayudó a Jesús a encarar las pruebas la esperanza que tenía para el futuro, y cómo puede la esperanza infundirnos valor a nosotros? (Juan 16:28; 17:5; Hebreos 12:2.)
[Ilustración de la página 42]
“Soy yo”
[Ilustración de la página 39]
Muchos jóvenes cristianos expresan su fe con valor
[Ilustración de la página 44]
Los testigos de Jehová hemos afrontado con valor la persecución
UNA violenta muchedumbre sale en busca de Jesús. Los hombres van armados con espadas y con palos, y los acompaña una tropa de soldados. Alentados por un mismo propósito malvado, cruzan las oscuras calles de Jerusalén y se encaminan hacia el monte de los Olivos, en el valle de Cedrón. Aunque es noche de luna llena, portan lámparas y antorchas. ¿Para qué? ¿Para alumbrar el camino porque las nubes ocultan la luz de la luna? ¿O será que piensan que su presa está escondida entre las sombras? Una cosa es cierta: quien crea que Jesús se va a asustar no lo conoce.
2 Aunque conoce el peligro que se avecina, Jesús no se mueve de donde está. La muchedumbre se acerca, con Judas a la cabeza. Este, que había sido uno de los amigos de confianza del Maestro, lo traiciona descaradamente identificándolo con un saludo hipócrita y un beso. Jesús permanece tranquilo. Dando un paso al frente, pregunta: “¿A quién buscan?”. “A Jesús el Nazareno”, responden ellos.
3 Cualquiera retrocedería aterrorizado ante semejante multitud armada. Quizás eso es lo que ellos esperan que haga el hombre que tienen delante. Pero Jesús no se acobarda, no huye, no se escuda en una mentira. Simplemente dice: “Soy yo”. Su porte revela tanta serenidad y valentía que los hombres retroceden asombrados y caen al suelo (Juan 18:1-6; Mateo 26:45-50; Marcos 14:41-46).
4 ¿Cómo podía Jesús enfrentarse a una situación tan peligrosa sin perder ni un solo momento la compostura ni el dominio de sí mismo? La respuesta se resume en una sola palabra: valor. Pocas virtudes son tan admiradas o tan esenciales en un líder, y en esto ningún hombre jamás ha igualado —y mucho menos sobrepasado— a Jesús. En el capítulo anterior aprendimos sobre su humildad y mansedumbre, cualidades por las que se le llamó apropiadamente “el Cordero” (Juan 1:29). Sin embargo, su valor lo hace merecedor de una designación muy distinta. La Biblia dice del Hijo de Dios: “¡Mira! El León que es de la tribu de Judá” (Revelación 5:5).
5 Se suele asociar al león con la valentía. ¿Se ha encontrado usted cara a cara con un león adulto alguna vez? En tal caso, lo más probable es que haya estado separado de él por una valla protectora en el zoológico. Con todo, la experiencia puede ser sobrecogedora. Al mirar a la cara a este corpulento y fiero animal, mientras él nos clava los ojos, difícilmente nos lo imaginemos huyendo despavorido de algo. La Biblia dice que el león “es el más poderoso entre las bestias, y que no se vuelve atrás de delante de nadie” (Proverbios 30:30). Así de valeroso es Cristo.
6 Examinemos tres aspectos en los que Jesús ha demostrado un valor como el del león: al defender la verdad, al promover la justicia y al afrontar oposición. Veremos también que todos —seamos valientes por naturaleza o no— podemos imitarlo y manifestar esa cualidad.
Defendió la verdad con valentía
7 En este mundo dominado por Satanás, “el padre de la mentira”, hace falta valor para defender la verdad (Juan 8:44; 14:30). Jesús no esperó a ser adulto para hacerlo, como lo revela cierto episodio de su vida. A los 12 años estuvo separado de sus padres después de celebrar la fiesta de la Pascua en Jerusalén. Tras buscarlo desesperadamente por tres días, María y José al fin lo hallaron en el templo. ¿Qué estaba haciendo? Estaba “sentado en medio de los maestros, [...] escuchándoles e interrogándolos” (Lucas 2:41-50). Piense en el ambiente en que se desarrolló aquella conversación.
8 Según los historiadores, algunos de los guías religiosos más ilustres se quedaban en el templo después de las fiestas para enseñar a la gente en alguno de sus amplios atrios. Las personas se sentaban a sus pies, escuchando y haciendo preguntas. Estos maestros eran hombres muy instruidos. Tenían profundos conocimientos de la Ley mosaica, así como del sinfín de complejas leyes y tradiciones humanas que se habían multiplicado con los años. ¿Cómo se hubiera sentido usted allí en medio de ellos? ¿Intimidado? No es para menos. ¿Y si tuviera apenas 12 años? Muchos niños son tímidos (Jeremías 1:6). Algunos tratan por todos los medios de pasar inadvertidos en la escuela, pues tienen miedo de que sus maestros les hagan una pregunta o que los elijan para hacer algo, miedo de pasar vergüenza o de hacer el ridículo.
9 Sin embargo, ahí estaba Jesús, sentado en medio de aquellos expertos, interrogándolos valerosamente sobre cuestiones profundas. Y no solo eso, pues el relato añade: “Todos los que le escuchaban quedaban asombrados de su entendimiento y de sus respuestas” (Lucas 2:47). Aunque la Biblia no especifica de qué habló en esa ocasión, es seguro que no repitió las falsedades que eran tan populares entre aquellos maestros religiosos (1 Pedro 2:22). Por el contrario, Jesús defendió la verdad de la Palabra de Dios, y todos los que lo oyeron sin duda se maravillaron de ver a un niño de 12 años expresarse con tanta inteligencia y valor.
10 En la actualidad, una cantidad innumerable de jóvenes cristianos sigue las pisadas del Maestro. Es verdad que no son perfectos, como lo fue Jesús, pero sí copian su ejemplo porque no esperan a ser adultos para defender la verdad. Ya sea en la escuela o en su comunidad, enseñan con respeto la verdad a los demás, haciéndoles preguntas con tacto y escuchando su respuesta (1 Pedro 3:15). Como grupo, han ayudado a compañeros de clase, maestros y vecinos a hacerse seguidores de Cristo. ¡Cuánto debe complacerle a Jehová el valor de estos jóvenes! Su Palabra los asemeja a gotas de rocío: refrescantes, agradables y numerosos (Salmo 110:3).
11 En su vida adulta, Jesús siguió defendiendo la verdad con valor. De hecho, su ministerio empezó con una confrontación que muchos calificarían de aterradora. Tuvo que enfrentarse a Satanás —el más fuerte y peligroso de todos los enemigos de Jehová—, pero no en calidad de poderoso arcángel, sino como un simple hombre de carne y hueso. Jesús rechazó al Diablo y refutó su aplicación tergiversada de unas palabras inspiradas por Dios. El encuentro terminó con la enérgica orden de Jesús: “¡Vete, Satanás!” (Mateo 4:2-11).
12 Así, Jesús marcó el objetivo que seguiría su ministerio, a saber, defender con valentía la Palabra de su Padre contra los intentos de torcerla o manipularla. En ese entonces —al igual que ahora— reinaba la deshonestidad religiosa, como se hace evidente por lo que Jesucristo les dijo a los líderes espirituales de su día: “Invalidan la palabra de Dios por la tradición suya que ustedes transmitieron” (Marcos 7:13). Aunque el pueblo reverenciaba a aquellos hombres, Jesús no tuvo reparos en denunciarlos como guías ciegos e hipócritas (Mateo 23:13, 16). ¿Cómo podemos copiar su valeroso ejemplo?
13 Desde luego, debemos recordar que, a diferencia de Jesús, nosotros no podemos leer los corazones ni tenemos autoridad para juzgar; pero sí podemos defender la verdad con el mismo valor que él. Por ejemplo, cuando ponemos al descubierto las falsedades religiosas —las mentiras que con tanta frecuencia se han enseñado acerca de Dios, sus propósitos y su Palabra—, iluminamos a un mundo sumido en las tinieblas por la propaganda de Satanás (Mateo 5:14; Revelación 12:9, 10). Ayudamos a la gente a librarse de la esclavitud a las doctrinas falsas que le llenan el corazón de un temor enfermizo y envenenan su relación con Dios. ¡Qué privilegiados somos al observar el cumplimiento de la promesa de Jesús: “Conocerán la verdad, y la verdad los libertará”! (Juan 8:32.)
Promovió con valor la justicia
14 La Biblia predijo que el Mesías aclararía a las naciones “lo que es la justicia” (Mateo 12:18; Isaías 42:1). No cabe duda de que Jesús comenzó esa labor cuando estuvo en la Tierra. Siempre trató a los demás de manera justa y equitativa, lo que exigió gran valor de su parte. Por ejemplo, se negó a adoptar actitudes contrarias a las Escrituras, como los prejuicios y el fanatismo que predominaban a su alrededor.
15 Cuando los discípulos lo encontraron hablando con una mujer de Samaria en el pozo de Sicar, se asombraron. ¿Por qué? Porque en aquel entonces los judíos en general detestaban a los samaritanos, un sentimiento que venía de muchos años atrás (Esdras 4:4). Y a eso se sumaba el desprecio que los rabinos sentían hacia las mujeres. Sus leyes, puestas por escrito tiempo después, disuadían a los hombres de hablar con ellas y hasta insinuaban que las mujeres no merecían que se les enseñara la Ley de Dios. Las samaritanas en particular eran consideradas inmundas. Pasando por alto tales prejuicios, Jesús le enseñó abiertamente a esta mujer —que llevaba una vida inmoral—, e incluso le reveló que era el Mesías (Juan 4:5-27).
16 ¿Ha estado usted alguna vez en compañía de gente cargada de prejuicios? Es muy probable que hagan bromas despectivas sobre personas de otra raza o nación, o que hablen con desdén de los miembros del sexo opuesto, o que menosprecien a los que tienen una posición social o económica inferior. Quienes somos seguidores de Cristo, por nuestra parte, evitamos esas detestables actitudes y nos esforzamos por erradicar del corazón todo rastro de prejuicio (Hechos 10:34). Así que todos nosotros debemos cultivar el valor necesario para obrar con justicia a este respecto.
17 El valor también llevó a Jesús a luchar por la pureza del pueblo de Dios y por todo lo relacionado con la adoración pura. En los comienzos de su ministerio entró en el templo de Jerusalén y se horrorizó al ver a los mercaderes y cambistas comerciando allí. Lleno de justa indignación, echó fuera a estos hombres codiciosos junto con sus mercancías (Juan 2:13-17). Un episodio similar se produjo al final de su ministerio (Marcos 11:15-18). Aunque con estas acciones Jesús debió de ganarse la enemistad de hombres poderosos, no por ello vaciló. ¿Por qué? Porque desde niño llamaba al templo la casa de su Padre, y lo hacía de todo corazón (Lucas 2:49). Que se profanara el lugar donde se adoraba a Jehová era una injusticia que no podía tolerar. El celo por la adoración verdadera le dio el valor necesario para hacer lo que debía.
18 A los cristianos también nos interesa mucho la pureza del pueblo de Dios y todo lo que tiene que ver con la adoración pura. Por eso, si vemos que un hermano en la fe comete un pecado grave, no hacemos la vista gorda, sino que le hablamos con valor o nos aseguramos de que los ancianos de la congregación lo sepan (1 Corintios 1:11). Los ancianos pueden ayudar a quienes están enfermos espiritualmente y tomar medidas para preservar la pureza de las ovejas de Jehová (Santiago 5:14, 15).
19 Ahora bien, ¿debemos llegar a la conclusión de que Jesús combatió la injusticia social del mundo en general? Es verdad que vivió rodeado de injusticias. Su país se hallaba ocupado por una potencia extranjera, Roma, la cual oprimía a los judíos con una fuerte presencia militar, les imponía altos impuestos e interfería en la religión. No es de extrañar, por lo tanto, que muchos hayan querido que Jesús interviniera en la política (Juan 6:14, 15). Una vez más, su valor entró en acción.
20 Jesús explicó que su Reino no era parte del mundo. Con su ejemplo, instruyó a los discípulos para que se mantuvieran al margen de los conflictos políticos de su día y se dedicaran, más bien, a predicar las buenas nuevas del Reino de Dios (Juan 17:16; 18:36). Cuando una muchedumbre fue a arrestarlo, enseñó una impactante lección de neutralidad. Sucedió que, impulsivamente, el apóstol Pedro sacó la espada e hirió a un hombre. Su reacción es muy comprensible, pues si acaso alguna vez pareció justificada la violencia, fue aquella noche, cuando se atacó al inocente Hijo de Dios. No obstante, Jesús fijó la pauta que sus discípulos habrían de seguir hasta el día de hoy, diciendo: “Vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que toman la espada perecerán por la espada” (Mateo 26:51-54). Los seguidores de Cristo necesitaron valor para mantener una actitud pacífica, y lo mismo necesitamos hoy. Gracias a su neutralidad cristiana, el pueblo de Dios tiene un historial intachable en lo referente a las guerras, matanzas, revueltas y otros incontables actos violentos que se han producido en nuestra época. Tal testimonio histórico constituye un verdadero homenaje a su valor.
Afrontó valientemente la oposición
21 El Hijo de Jehová sabía de antemano que enfrentaría fuerte oposición en la Tierra (Isaías 50:4-7). Las repetidas amenazas de muerte de que fue objeto culminaron en el episodio relatado al principio de este capítulo. ¿Cómo pudo mostrarse tan valeroso ante semejantes peligros? Pues bien, ¿qué estaba haciendo poco antes de que la muchedumbre lo apresara? Estaba orando con fervor a Jehová. ¿Y qué hizo Jehová? La Biblia dice que Jesús “fue oído favorablemente” (Hebreos 5:7). De hecho, Jehová envió a un ángel del cielo para confortar a su valeroso Hijo (Lucas 22:42, 43).
22 Poco después de haber sido fortalecido, Jesús les dijo a los apóstoles: “Levántense, vámonos” (Mateo 26:46). Deténgase a pensar por un instante en el valor encerrado en esas palabras. “Vámonos”, dijo, sabiendo que le pediría a la multitud que dejara ir a sus amigos, sabiendo que ellos lo abandonarían y huirían, sabiendo que se encararía solo a la mayor prueba de su vida. Nadie estuvo con él cuando se enfrentó a un juicio ilegal e injusto, a las burlas, a la tortura y a una muerte atroz. Sin embargo, no perdió el valor ni por un momento durante esta terrible experiencia.
23 ¿Actuó Jesús de forma temeraria e imprudente? De ningún modo, pues la temeridad y la imprudencia poco tienen que ver con el auténtico valor. Es más, él enseñó a sus seguidores a ser cautelosos y evitar con prudencia el peligro para seguir haciendo la voluntad de Dios (Mateo 4:12; 10:16). Sin embargo, en esta ocasión Jesús entendía que no había manera de retroceder. Sabía cuál era la voluntad de su Padre y estaba resuelto a serle fiel. El único camino era seguir adelante y afrontar las pruebas que vinieran.
24 ¡Cuántas veces los cristianos han seguido valientemente los pasos de su Maestro! Muchos se han mantenido firmes pese a las burlas, la persecución, los arrestos, los encarcelamientos, la tortura y hasta la muerte. ¿De dónde obtienen el valor estos seres humanos imperfectos? No proviene de ellos. Tal como Jesús recibió ayuda del cielo, así también la reciben sus seguidores (Filipenses 4:13). Por eso, nunca tema lo que el futuro pueda depararle. Resuélvase a ser fiel a Jehová, y él le dará el valor que necesita. Siga sacando fuerzas del ejemplo que nos puso nuestro Caudillo, Jesús, quien dijo: “¡Cobren ánimo!, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).
[Nota]
Los historiadores han señalado que las tumbas de los rabinos eran tan veneradas como las tumbas de los patriarcas y los profetas.
[Preguntas del estudio]
1-3. ¿A qué peligro se enfrenta Jesús, y cómo reacciona?
4-6. a) ¿Con qué se compara al Hijo de Dios, y por qué razón? b) Mencione tres aspectos en los que Jesús demostró valor.
7-9. a) ¿Qué ocurrió cuando Jesús tenía 12 años, y por qué podemos decir que el ambiente era intimidante? b) ¿Cómo manifestó valor Jesús al tratar con los maestros en el templo?
10. ¿Cómo imitan hoy día los jóvenes cristianos el valor de Jesús?
11, 12. ¿Cómo defendió Jesús valerosamente la verdad en su vida adulta?
13. ¿Qué debemos recordar al imitar a Jesús? No obstante, ¿qué privilegio tenemos?
14, 15. a) Mencione una manera como Jesús aclaró “lo que es la justicia”. b) ¿Qué prejuicios dejó de lado Jesús al hablar con una mujer samaritana?
16. ¿Por qué necesitamos valor los cristianos para obrar sin prejuicios?
17. ¿Qué acción tomó Jesús en el templo, y por qué motivo?
18. ¿Cómo podemos los cristianos mostrar valor para preservar la pureza de la congregación?
19, 20. a) ¿Qué injusticias se cometían en el tiempo de Jesús, y a qué presión se enfrentó él? b) ¿Por qué se niegan a participar en política o actos violentos los cristianos, y cuál ha sido un premio a su postura?
21, 22. a) ¿Qué ayuda recibió Jesús antes de afrontar la mayor prueba de su vida? b) ¿Cómo demostró Jesús valor hasta el final?
23. Explique por qué no fue temeraria la manera como Jesús afrontó el peligro y las amenazas de muerte.
24. ¿Por qué estamos seguros de que podremos encarar con valor toda prueba que se nos presente?
[Recuadro de la página 45]
¿Cómo podemos seguir a Jesús?
● ¿Cómo nos ayuda el ejemplo de Jesús a enseñar la verdad con valor, aunque a muchas personas les resulte ofensiva? (Juan 8:31-59.)
● ¿Por qué no debemos dejar nunca que el miedo a Satanás o a los demonios nos impida ayudar a los demás? (Mateo 8:28-34; Marcos 1:23-28.)
● ¿Por qué debemos mostrar compasión a los oprimidos, incluso si sufrimos persecución por hacerlo? (Juan 9:1, 6, 7, 22-41.)
● ¿Cómo le ayudó a Jesús a encarar las pruebas la esperanza que tenía para el futuro, y cómo puede la esperanza infundirnos valor a nosotros? (Juan 16:28; 17:5; Hebreos 12:2.)
[Ilustración de la página 42]
“Soy yo”
[Ilustración de la página 39]
Muchos jóvenes cristianos expresan su fe con valor
[Ilustración de la página 44]
Los testigos de Jehová hemos afrontado con valor la persecución
JESÙS DICE = “Soy [...] humilde de corazón”
EN Jerusalén se respira entusiasmo. ¡Va a llegar un gran personaje! La gente sale a las afueras de la ciudad y lo espera junto al camino; están ansiosos de recibir a quien, según dicen, es el heredero del rey David, el legítimo aspirante al trono de Israel. Algunos llevan palmas para ondearlas, y otros extienden en las calles ramas de árboles y vestiduras para facilitarle el paso (Mateo 21:7, 8; Juan 12:12, 13). Tal vez muchos se pregunten cómo será su entrada en la ciudad.
2 Probablemente haya quienes se imaginen que vendrá con mucha pompa. De seguro han oído hablar de hombres importantes que hicieron entradas grandiosas. Por ejemplo, cuando Absalón, el hijo de David, se autoproclamó rey, llegó en un carruaje precedido por 50 corredores (2 Samuel 15:1, 10). Y el gobernante romano Julio César exigió aún más ostentación: llegó en una procesión triunfal que culminó en el capitolio de Roma flanqueado por 40 elefantes que portaban candelabros. Pero los habitantes de Jerusalén esperan a un hombre mucho más ilustre. Sea que la multitud lo entienda bien o no, se trata del Mesías, el hombre más grande de todos los tiempos. Sin embargo, cuando haga su aparición el futuro Rey, es posible que algunos se lleven una sorpresa.
3 No ven ni carruaje ni corredores ni caballos... mucho menos elefantes. Más bien, Jesús viene a lomos de una humilde bestia de carga: un burrito. Además, ni él ni el asno vienen lujosamente ataviados. En vez de sentarse en una silla muy costosa, Jesús lo hace sobre unas cuantas prendas de vestir que sus seguidores más cercanos han echado sobre el animal. ¿Por qué ha decidido entrar en Jerusalén de manera tan humilde, si hombres muy inferiores a él habían reclamado una ceremonia mucho más ostentosa?
4 En realidad, Jesús está cumpliendo la siguiente profecía: “Ponte muy gozosa [...]. Grita en triunfo, oh hija de Jerusalén. ¡Mira! Tu rey mismo viene a ti. Es justo, sí, salvado; humilde, y cabalga sobre un asno, [sí,] sobre un animal plenamente desarrollado, hijo de un asna” (Zacarías 9:9). Esta predicción indicó que llegaría el tiempo en que el Mesías, el Ungido de Dios, le revelaría al pueblo de Jerusalén que él era el Rey que Dios había designado. Además, la forma en que lo haría, incluido el animal en que iba a cabalgar, indicaría una bella cualidad de su corazón: la humildad.
5 La humildad de Jesús es una de sus cualidades que más nos atraen y conmueven cuando meditamos en ella. Como vimos en el capítulo anterior, únicamente el Hijo de Dios es “el camino y la verdad y la vida” (Juan 14:6). Es obvio que entre los miles de millones de seres que han vivido en este planeta no ha habido ni uno solo que se le acerque en importancia. Sin embargo, Jesús nunca demostró la menor sombra de orgullo, altanería o vanidad, defectos muy frecuentes en los humanos. Para seguir a Cristo, tenemos que luchar contra nuestra tendencia al orgullo (Santiago 4:6). No olvidemos que Jehová detesta la altivez. Por lo tanto, es esencial que aprendamos a imitar la humildad de Jesús.
Un largo historial de humildad
6 La humildad es la actitud mental opuesta al orgullo o la arrogancia. Es una virtud que nace en el corazón y se manifiesta en la forma de hablar, comportarse y tratar al prójimo. Ahora bien, ¿por qué sabía Jehová que el Mesías sería humilde? Porque estaba seguro de que su Hijo reflejaba el ejemplo perfecto de humildad que él mismo le había dado (Juan 10:15). De hecho, ya lo había visto mostrar humildad. ¿Por qué decimos esto?
7 El libro de Judas contiene un ejemplo muy interesante: “Cuando Miguel el arcángel tuvo una diferencia con el Diablo y disputaba acerca del cuerpo de Moisés, no se atrevió a llevar un juicio contra él en términos injuriosos, sino que dijo: ‘Que Jehová te reprenda’” (Judas 9). El nombre Miguel se aplica a Jesús, tanto antes como después de vivir en la Tierra, en su función de arcángel, o jefe del ejército celestial de ángeles de Jehová (1 Tesalonicenses 4:16). Fijémonos, sin embargo, en cómo manejó Miguel la confrontación con Satanás.
8 Judas no nos dice qué pensaba hacer Satanás con el cuerpo del fiel Moisés, pero sin duda lo quería para algún vil propósito. Tal vez deseaba promover su uso en la religión falsa. Sea como fuere, Miguel se opuso a sus malvados planes, a la vez que demostró un autocontrol admirable al disputar con él. Era innegable que Satanás merecía ser censurado, pero Miguel aún no había recibido toda la autoridad para juzgar, por lo que opinó que solo Jehová Dios podía encargarse de condenarlo (Juan 5:22). En su calidad de arcángel tenía mucho poder, pero humildemente dejó el asunto en manos de Jehová, en vez de procurar ampliar su autoridad. Además de humildad, mostró modestia, es decir, conciencia de sus limitaciones.
9 Hubo una razón por la que Jehová inspiró a Judas a escribir sobre este incidente: en sus días había cristianos que no eran humildes. Con altivez, estaban “hablando injuriosamente de todas las cosas que realmente no conoc[ían]” (Judas 10). Dado que somos imperfectos, ¡qué fácil es que nos dejemos llevar por el orgullo! Cuando no entendemos alguna medida que se adopta en la congregación cristiana, quizá la decisión que toma un cuerpo de ancianos, ¿cómo reaccionamos? Si, a pesar de que no podemos conocer todos los detalles implicados, nos dedicamos a hablar mal y a criticar, bien pudiera ser que nos falte humildad. Es mucho mejor imitar a Miguel, sí, a Jesús, y no ponernos a juzgar asuntos que Dios no ha puesto bajo nuestra jurisdicción.
10 El Hijo de Dios también demostró humildad al aceptar la misión de venir a la Tierra. Basta con pensar en lo que tuvo que dejar atrás. No solo era el arcángel, sino “la Palabra”, el propio Portavoz de Jehová (Juan 1:1-3). Vivía en el cielo, la “excelsa morada de santidad y hermosura” de Jehová (Isaías 63:15). Sin reparar en lo que habría de perder, “se despojó a sí mismo y tomó la forma de un esclavo y llegó a estar en la semejanza de los hombres” (Filipenses 2:7). No olvidemos lo que implicaba su labor en la Tierra. Jehová trasladó la vida de su Hijo a la matriz de una virgen judía, donde se desarrollaría durante nueve meses para nacer como bebé indefenso. Crecería en la casa de un humilde carpintero, allí daría sus primeros pasos, pasaría su infancia y entraría en la adolescencia. Pese a ser perfecto, pasaría la primera etapa de su vida sujeto a padres humanos imperfectos (Lucas 2:40, 51, 52). ¡Qué humildad!
11 ¿Imitaremos la humildad de Jesús? Podemos hacerlo aceptando de buena gana asignaciones de servicio que en ocasiones pudieran parecer humildes. Por ejemplo, cuando predicamos las buenas nuevas, la gente quizás reaccione con desinterés, desprecio o incluso hostilidad (Mateo 28:19, 20). Pero si perseveramos en esta obra, tal vez logremos salvar vidas. En todo caso, aprenderemos una buena lección de humildad y estaremos siguiendo las huellas del Amo, Jesucristo.
La humildad de Jesús durante su vida humana
12 El ministerio de Jesús en la Tierra se caracterizó de principio a fin por la humildad. Él demostró esta virtud al dar siempre la alabanza y gloria a su Padre. Aunque a veces lo elogiaban por la sabiduría de sus palabras, el poder de sus milagros e incluso por la bondad de su carácter, Jesús se negó en todo momento a aceptar esa gloria y la dirigió a Jehová (Marcos 10:17, 18; Juan 7:15, 16).
13 Jesús manifestó humildad en el trato con otras personas. De hecho, dejó muy claro que no había venido a la Tierra para que le sirvieran, sino para servir (Mateo 20:28). Su trato amoroso y razonable demostraba lo humilde que era. Cuando sus discípulos le fallaron, no los regañó, sino que siguió esforzándose por llegarles al corazón (Mateo 26:39-41). El día que las multitudes le impidieron retirarse a descansar, no las despidió, sino que sacrificó su descanso y les enseñó “muchas cosas” (Marcos 6:30-34). En cierta ocasión, una mujer que no era israelita le pidió que sanara a su hija. Aunque él le indicó que no estaba dispuesto a hacerlo, ella siguió insistiendo. Pues bien, él no le repitió furioso que no la curaría; por el contrario, como veremos en el capítulo 14, estuvo dispuesto a ceder en vista de la extraordinaria fe de aquella mujer (Mateo 15:22-28).
14 De muchísimas maneras, Jesús fue fiel a la descripción que hizo de sí mismo: “Soy de genio apacible y humilde de corazón” (Mateo 11:29). Su humildad no era pura apariencia, cuestión de simple formalismo o cortesía, sino que nacía del corazón, de lo más profundo de su ser. Por eso no nos sorprende que destacara tanto en su enseñanza que sus discípulos tenían que ser humildes.
Enseña a sus discípulos a ser humildes
15 A los apóstoles les costó trabajo cultivar la humildad, de modo que Jesús tuvo que darles frecuentes lecciones sobre esta virtud. Por ejemplo, en cierta ocasión Santiago y Juan —utilizando a su propia madre como intermediaria— le pidieron a Cristo que les concediera altos cargos en el Reino de Dios. Pero él les respondió con toda modestia: “Esto de sentarse a mi derecha y a mi izquierda no es cosa mía darlo, sino que pertenece a aquellos para quienes ha sido preparado por mi Padre”. Al enterarse de lo que habían hecho Santiago y Juan, los otros diez apóstoles “se indignaron” con ellos (Mateo 20:20-24). ¿Cómo manejó Jesús la situación?
16 Los reprendió a todos con bondad: “Ustedes saben que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los grandes ejercen autoridad sobre ellas. No es así entre ustedes; antes bien, el que quiera llegar a ser grande entre ustedes tiene que ser ministro de ustedes, y el que quiera ser el primero entre ustedes tiene que ser esclavo de ustedes” (Mateo 20:25-27). Muy probablemente, los apóstoles habían comprobado lo altivos, ambiciosos y egoístas que podían ser “los gobernantes de las naciones”. Pero Jesús les indicó que sus discípulos no debían parecerse a esos tiranos obsesionados por el poder, sino ser humildes. ¿Captaron ellos la idea?
17 A decir verdad, se les hizo difícil. No fue ni la primera ni la última vez que Jesús les daría una lección así. Ya antes habían discutido sobre quién era el más importante. En esa ocasión, él puso a un chiquillo en el centro y les dejó claro que debían imitar a los niños, quienes por lo general están libres del orgullo, la ambición y el interés por la posición social, características tan comunes en los adultos (Mateo 18:1-4). Aun así, la misma noche antes de morir vio que sus apóstoles seguían discutiendo con orgullo. De modo que les dio una lección imborrable. Atándose una toalla a la cintura, realizó la tarea más humilde que existía, la que solían realizar los sirvientes con los huéspedes: lavó los pies a todos los apóstoles, incluido Judas, que iba a traicionarlo (Juan 13:1-11).
18 Jesús destacó por qué lo había hecho al decirles: “Yo les he puesto el modelo” (Juan 13:15). ¿Les llegó por fin la lección al corazón? Bueno, esa misma noche volvieron a discutir sobre quién era el más importante (Lucas 22:24-27). Pese a todo, Cristo no perdió la paciencia con ellos, sino que les recalcó una vez más que fueran humildes. Luego les dio la lección más impresionante de toda su vida humana: “Se humilló y se hizo obediente hasta la muerte, sí, muerte en un madero de tormento” (Filipenses 2:8). En efecto, se sometió voluntariamente a una muerte humillante, condenado sin razón como delincuente y blasfemo. De este modo, el Hijo de Dios demostró que era incomparable, pues de todas las criaturas que Jehová había creado, fue la que dio la mayor prueba, perfecta en todo sentido, de humildad.
19 Es probable que fuera esta lección de humildad —la lección definitiva que dio Jesús como hombre— la que grabara este punto de forma imborrable en el corazón de sus apóstoles fieles. La Biblia relata que estos hombres realizaron su servicio con toda humildad durante años y hasta décadas. ¿Qué puede decirse de nosotros?
¿Seguiremos el modelo de Jesús?
20 Pablo nos exhorta: “Mantengan en ustedes esta actitud mental que también hubo en Cristo Jesús” (Filipenses 2:5). Como Jesús, tenemos que ser humildes. Ahora, ¿cómo sabemos si la humildad está arraigada en nuestro corazón? Pues bien, Pablo nos recuerda que no “ha[gamos] nada movidos por espíritu de contradicción ni por egotismo, sino considerando con humildad mental que los demás son superiores” (Filipenses 2:3). Por lo tanto, la clave es cómo vemos a los demás en relación con nosotros. Tenemos que considerarlos superiores, o más importantes. ¿Seguiremos ese consejo?
21 Años después de la muerte de Jesús, el apóstol Pedro aún tenía muy presente la importancia de la humildad. Por eso les mandó a los superintendentes cristianos que cumplieran sus deberes con humildad y que no se enseñorearan de las ovejas de Jehová (1 Pedro 5:2, 3). Las posiciones de responsabilidad no dan licencia para el orgullo. Al contrario, exigen aún más humildad (Lucas 12:48). Claro, esta virtud no solo es esencial para los ancianos, sino para todos los cristianos.
22 Sin duda, Pedro nunca olvidó la noche en que, a pesar de sus protestas, Jesús le lavó los pies (Juan 13:6-10). El apóstol escribió a los cristianos: “Todos ustedes cíñanse con humildad mental los unos para con los otros” (1 Pedro 5:5). El verbo traducido “cíñanse” evoca la acción de un esclavo que se ata un delantal para llevar a cabo una labor servil. Muy bien pudiera recordarnos la ocasión en que Jesús se ciñó con una toalla y, arrodillándose, se puso a lavar los pies de los discípulos. Por tanto, si seguimos a Jesús, ¿pensaremos que alguna tarea que Dios nos dé no está a la altura de nuestra dignidad? La humildad de nuestro corazón debería ser visible para todos, como si la lleváramos ceñida a la cintura.
23 El orgullo es un veneno sumamente destructivo. Este defecto hace que hasta la persona más capaz sea inservible para Dios. La humildad, por otro lado, convierte en instrumento útil para Jehová hasta a la persona más insignificante. Si cultivamos día a día esta valiosa virtud esforzándonos por seguir con modestia los pasos de Cristo, tendremos una maravillosa recompensa, tal como indicó Pedro: “Humíllense, por lo tanto, bajo la poderosa mano de Dios, para que él los ensalce al tiempo debido” (1 Pedro 5:6). Nuestro Dios, Jehová, ciertamente ensalzó a Jesús a una posición superior por haber sido humilde en grado máximo, y con gusto nos recompensará a nosotros si también manifestamos esa cualidad.
24 Por desgracia, algunas personas creen que la humildad es signo de debilidad. Pero el ejemplo de Jesús nos muestra que están muy equivocadas, pues, como veremos en el próximo capítulo, el hombre más humilde de la historia fue también el más valiente.
[Notas]
Al hablar de este acontecimiento, una obra especializada llama a los asnos “criaturas humildes”, y añade que “son de aspecto poco agraciado, lentas y testarudas, y constituyen la elección habitual de los pobres para sus labores”.
Encontrará más pruebas de que Miguel es Jesús en las págs. 218, 219 del libro ¿Qué enseña realmente la Biblia?, editado por los testigos de Jehová.
[Preguntas del estudio]
1-3. ¿De qué manera entra Jesús en Jerusalén, y por qué puede sorprender este hecho a algunos que salen a su encuentro?
4. ¿Qué predijo la Biblia sobre la entrada que haría en Jerusalén el Rey Mesiánico?
5. ¿Por qué es conmovedor meditar en la humildad de Jesús, y por qué es esencial que aprendamos a imitar esta cualidad suya?
6. ¿Qué es la humildad, y por qué sabía Jehová que el Mesías sería humilde?
7-9. a) ¿Cómo mostró Miguel humildad frente a Satanás? b) ¿Cómo podemos imitar los cristianos la humildad de Miguel?
10, 11. a) ¿Por qué fue notable que el Hijo de Dios aceptara venir a la Tierra? b) ¿Cómo podemos imitar la humildad de Jesús?
12-14. a) ¿Cómo demostró Jesús humildad ante los elogios de la gente? b) ¿De qué maneras trató Jesús con humildad a otras personas? c) ¿Cómo sabemos que la humildad de Jesús no era cuestión de simple formalismo o cortesía?
15, 16. ¿Cómo contrastó Jesús la actitud que debían cultivar sus discípulos con la que tenían los gobernantes del mundo?
17-19. a) ¿De qué manera les dio Jesús a sus discípulos una lección imborrable de humildad la noche antes de su muerte? b) ¿Cuál es la lección de humildad más impresionante que dio Jesús durante su vida humana?
20. ¿Cómo podemos saber si somos humildes?
21, 22. a) ¿Por qué deben ser humildes los superintendentes cristianos? b) ¿Cómo demostraremos que estamos ceñidos de humildad?
23, 24. a) ¿Por qué deberíamos luchar contra la más mínima tendencia a ser orgullosos? b) ¿Qué idea equivocada acerca de la humildad se corregirá en el próximo capítulo?
[Recuadro de la página 34]
¿Cómo podemos seguir a Jesús?
● Cuando nos sintamos tentados a presumir de nuestros logros, ¿cómo podría guiarnos el ejemplo de Jesús? (Mateo 12:15-19; Marcos 7:35-37.)
● ¿Cómo podríamos imitar a Jesús al realizar tareas humildes a favor de nuestros hermanos espirituales? (Juan 21:1-13.)
● ¿Cómo podría ayudarnos el ejemplo de Jesús si nos viéramos ante la tentación de luchar para ser importantes y triunfar en este mundo? (Juan 6:14, 15.)
[Ilustración de la página 27]
“¡Mira! Tu rey mismo viene a ti”
JESÙS DICE = Yo soy “El camino y la verdad y la vida”
¿HA ESTADO usted perdido alguna vez? Puede que recuerde ocasiones en las que, yendo a visitar a amigos o familiares, no lograba dar con la dirección. Al ir avanzando por caminos desconocidos, ¿se detuvo en algún momento a pedir ayuda? Imagínese que, en una situación como esa, se encuentra con una persona bondadosa que no se limita a explicarle cómo llegar, sino que le dice: “Mejor sígame, que lo acompaño”. ¡Qué gran alivio!
2 Pues bien, en cierto sentido, eso es lo que ha hecho Jesús por los seres humanos. Por cuenta propia, ninguno de nosotros podría hallar el camino que nos acerca a Dios. Como hemos heredado la imperfección y el pecado, todos nos encontramos perdidos, “alejad[o]s de la vida que pertenece a Dios” (Efesios 4:17, 18). Y justamente por eso necesitamos orientación y guía. Pero Jesús, nuestro bondadoso Modelo, no solo nos aconseja y dirige. Como vimos en el capítulo 1, nos hace esta invitación: “Ven, sé mi seguidor” (Marcos 10:21). Además, nos da una razón muy convincente para aceptar su ofrecimiento. En una ocasión dijo: “Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6). Veamos algunas razones por las que solo podemos acercarnos al Padre a través del Hijo. Luego, con estas razones presentes, examinemos de qué maneras demuestra él que es “el camino y la verdad y la vida”.
Un lugar de vital importancia en el propósito de Jehová
3 La razón principal por la que nos acercamos a Dios a través de Jesús es que Jehová otorgó a su Hijo un papel de suma importancia. El Padre lo convirtió en la figura central, el elemento clave en el desarrollo de todos Sus propósitos (2 Corintios 1:20; Colosenses 1:18-20). Para comprender la función tan importante que realiza, hemos de reflexionar sobre lo que ocurrió en el jardín de Edén, donde nuestros primeros padres se unieron a la rebelión de Satanás contra Jehová (Génesis 2:16, 17; 3:1-6).
4 La rebelión de Edén planteó una cuestión de trascendencia universal: ¿gobierna Dios a sus criaturas de una manera justa y buena? Para zanjar esta cuestión, Jehová decidió enviar a la Tierra a un hijo espiritual perfecto. Este hijo realizaría una misión de máxima importancia: entregaría su vida para vindicar la soberanía de Jehová y servir de rescate para salvar a la humanidad. Al mantenerse fiel hasta la muerte, haría posible que se resolvieran todos los problemas creados por la rebelión de Satanás (Hebreos 2:14, 15; 1 Juan 3:8). Ahora bien, Jehová contaba con millones y millones de ángeles, todos ellos perfectos (Daniel 7:9, 10). ¿A cuál elegiría para realizar esta misión de tanta trascendencia? A su “Hijo unigénito”, quien llegó a ser conocido como Jesucristo (Juan 3:16).
5 ¿Debería sorprendernos la elección de Jehová? ¡En lo más mínimo! El Padre tenía confianza absoluta en su Hijo unigénito. Siglos antes de enviarlo a la Tierra, Jehová anunció que su Hijo se mantendría fiel en medio de sufrimientos de toda clase (Isaías 53:3-7, 10-12; Hechos 8:32-35). Pensemos en las implicaciones de esta predicción. Como todas las criaturas inteligentes, el Hijo estaba dotado de libre albedrío, es decir, de la capacidad de elegir lo que haría con su vida. Aun así, Jehová confiaba tanto en él que profetizó que le sería leal. ¿En qué se basaba tal confianza? En el conocimiento. Jehová lo conoce a la perfección y sabe cuánto desea agradarle (Juan 8:29; 14:31). Además, el Hijo ama al Padre, y Jehová siente lo mismo por él (Juan 3:35). Ese amor mutuo forja entre ellos un vínculo inquebrantable de unión y confianza (Colosenses 3:14).
6 En vista del papel tan importante que tiene el Hijo, así como de la confianza que su Padre ha depositado en él y del amor que los une a ambos, ¿debería extrañarnos que solo sea posible acercarse al Padre mediante Jesús? Sin embargo, hay otra razón por la que el Hijo es el único que puede conducirnos al Padre.
El Hijo es el único que conoce plenamente al Padre
7 Para acercarnos a Jehová, tenemos que cumplir algunas condiciones (Salmo 15:1-5). Y nadie conoce mejor que el Hijo las normas divinas que hay que cumplir para tener la aprobación de Dios. Jesús dijo: “Todas las cosas me han sido entregadas por mi Padre, y nadie conoce plenamente al Hijo sino el Padre, ni conoce nadie plenamente al Padre sino el Hijo, y cualquiera a quien el Hijo quiera revelarlo” (Mateo 11:27). Veamos por qué razón Jesús podía afirmar, con todo derecho y sin ninguna exageración, que ‘nadie conoce plenamente al Padre sino el Hijo’.
8 Dado que el Hijo es “el primogénito de toda la creación”, conoce a Jehová más íntimamente que nadie (Colosenses 1:15). Imagínese la relación tan estrecha que se desarrolló entre ambos durante todo el tiempo que estuvieron solos: desde que Jesús —la primera creación— fue formado, hasta que se crearon otros espíritus (Juan 1:3; Colosenses 1:16, 17). Pensemos en la maravillosa oportunidad que tuvo el Hijo al estar junto a su Padre, aprendiendo lo que pensaba sobre las cosas, su voluntad, sus normas y su manera de actuar. Sin duda, no es una exageración afirmar que Jesús lo conoce mejor que nadie. Gracias a esta relación tan estrecha, Jesús pudo revelar de una manera única cómo era la personalidad de su Padre. Ninguna otra persona podría haberlo hecho así.
9 Las enseñanzas de Jesús mostraron que conocía muy bien lo que Jehová piensa, lo que siente y lo que espera de quienes lo adoran. Además, reveló al Padre de otra manera muy profunda. Jesús dijo: “El que me ha visto a mí ha visto al Padre también” (Juan 14:9). En efecto, él lo imitó a la perfección en todo lo que dijo e hizo. Así que cuando leemos en la Biblia detalles sobre Jesús, como la fuerza y encanto que tenían sus palabras, la compasión que lo movía a curar a la gente y la empatía que lo llevaba a derramar lágrimas al ver el sufrimiento ajeno, podemos imaginarnos muy bien a Jehová haciendo lo mismo (Mateo 7:28, 29; Marcos 1:40-42; Juan 11:32-36). Las palabras y acciones del Hijo revelaron a la perfección la forma de actuar y la voluntad del Padre (Juan 5:19; 8:28; 12:49, 50). Por lo tanto, si queremos la aprobación de Jehová, tenemos que obedecer las enseñanzas de Jesús y seguir su ejemplo (Juan 14:23).
10 En vista de que Jesús conoce tan profundamente a Jehová y lo imita a la perfección, no es de extrañar que Jehová decidiera utilizarlo como un medio para llegar a él. Puesto que ya hemos analizado las bases para entender por qué solo es posible llegar a Jehová mediante Jesús, examinemos ahora el significado de estas palabras de Cristo: “Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6).
“Yo soy el camino”
11 Ya hemos aprendido que únicamente podemos acercarnos a Dios a través de Jesús. Analicemos ahora, con más detenimiento, qué significa este hecho para nosotros. Jesús es “el camino” en el sentido de que tan solo mediante él es posible llegar a disfrutar de la aprobación de Dios. ¿Por qué razón? Jesús se mantuvo fiel hasta la muerte, entregando así su vida como sacrificio (Mateo 20:28). De no ser por el rescate, nunca podríamos acercarnos a Dios. El pecado crea una barrera entre Jehová y los seres humanos, ya que él es santo y no puede aprobar el pecado (Isaías 6:3; 59:2). Pero el sacrificio de Jesús eliminó esa barrera: proporcionó la expiación del pecado que se necesitaba (Hebreos 10:12; 1 Juan 1:7). Cuando aceptamos el medio que Dios ha dispuesto mediante Cristo y ciframos fe en él, obtenemos el favor de Jehová. No hay ninguna otra manera de llegar a estar “reconciliados con Dios” (Romanos 5:6-11).
12 Además, Jesús es “el camino” en otro sentido: en lo que tiene que ver con las oraciones. En efecto, solo mediante él podemos dirigir nuestras peticiones sinceras a Jehová con la seguridad de que las oirá favorablemente (1 Juan 5:13, 14). El propio Jesús así lo indicó: “Si le piden alguna cosa al Padre, él se la dará en mi nombre. [...] Pidan y recibirán, para que su gozo se haga pleno” (Juan 16:23, 24). Es apropiado que, en el nombre de Jesús, oremos a Jehová y le llamemos “Padre nuestro” (Mateo 6:9). Ahora bien, Jesús también es “el camino” en el sentido de que es nuestro ejemplo a seguir. Como ya hemos visto, él imitó a la perfección a su Padre. Por eso, su ejemplo nos muestra cómo tenemos que vivir a fin de agradar a Jehová. Así que para poder acercarnos a Jehová, tenemos que seguir las pisadas de Cristo (1 Pedro 2:21).
“Yo soy [...] la verdad”
13 Cuando declaraba la palabra profética de su Padre, Jesús fue siempre fiel a la verdad (Juan 8:40, 45, 46). En su boca nunca hubo engaño (1 Pedro 2:22). Hasta sus enemigos reconocían que enseñaba “el camino de Dios de acuerdo con la verdad” (Marcos 12:13, 14). No obstante, la afirmación “Yo soy [...] la verdad” no se refería tan solo al hecho de que Cristo daba a conocer la verdad al hablar, predicar y enseñar. Había mucho más implicado.
14 Recordemos que, siglos antes, Jehová había inspirado a los escritores de la Biblia para que incluyeran en ella multitud de profecías sobre el Mesías, o Cristo, en las que se aportaban muchos detalles sobre su vida, ministerio y muerte. Además, la Ley de Moisés contenía ‘sombras’, es decir, modelos proféticos en los que aparecía prefigurado el Mesías (Hebreos 10:1). ¿Cumpliría Jesús todas las profecías sobre él? Para ello tendría que ser fiel hasta la muerte. ¿Lo lograría? Solo de ese modo quedaría probado que Jehová es el Dios que pronuncia profecías auténticas. ¡Qué peso tan grande llevaba Jesús sobre sus hombros! Por su manera de vivir —sí, por cada una de sus palabras y acciones—, Jesús probó que eran totalmente ciertos aquellos modelos proféticos (2 Corintios 1:20). Por lo tanto, Jesús era “la verdad” en persona. Era como si mediante él se hubiera hecho realidad la palabra profética de Jehová (Juan 1:17; Colosenses 2:16, 17).
“Yo soy [...] la vida”
15 Jesús también es “la vida”, pues solo mediante él podemos recibir “la vida de verdad” (1 Timoteo 6:19, Nuevo Testamento, de José María Valverde). Las Escrituras señalan: “El que ejerce fe en el Hijo tiene vida eterna; el que desobedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él” (Juan 3:36). ¿Qué implica ejercer fe en el Hijo de Dios? En primer lugar, estar convencidos de que sin él no podemos obtener la vida. Y luego, demostrar la fe con obras, continuar aprendiendo de él y hacer todo lo posible por seguir su enseñanza y ejemplo (Santiago 2:26). Por consiguiente, ejercer fe en el Hijo de Dios nos lleva a la vida eterna, sea como espíritus inmortales en el cielo —en el caso de los cristianos ungidos del “rebaño pequeño”—, o en un paraíso terrestre, en el caso de la “gran muchedumbre” de “otras ovejas” (Lucas 12:32; 23:43; Revelación 7:9-17; Juan 10:16).
16 ¿Y las personas que ya han muerto? ¿Podrán volver a vivir? Claro que sí, pues Jesús también es “la vida” para ellas. Poco antes de levantar a su amigo Lázaro de la tumba, Jesús le dijo lo siguiente a Marta, la hermana del difunto: “Yo soy la resurrección y la vida. El que ejerce fe en mí, aunque muera, llegará a vivir” (Juan 11:25). Jehová le ha confiado al Hijo “las llaves de la muerte y del Hades”, lo que le concede la facultad de resucitar a los muertos (Revelación 1:17, 18). Utilizando estas llaves, Jesús glorificado abrirá las puertas del Hades (la sepultura colectiva de la humanidad) y liberará a todos los que se encuentren en su interior (Juan 5:28, 29).
17 “Yo soy el camino y la verdad y la vida.” Con esta declaración tan sencilla, Jesús resumió el propósito de su vida y ministerio en la Tierra. Estas palabras tienen un gran significado para nosotros. Recordemos que a continuación él agregó: “Nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6). En realidad, sus palabras son tan válidas hoy como cuando las pronunció. Por ello, podemos tener la certeza absoluta de que si seguimos a Jesús, nunca estaremos perdidos. Él, y solo él, nos mostrará el camino para llegar “al Padre”.
¿Cómo responderemos personalmente?
18 Hacemos bien en seguir a Jesús, pues —como hemos visto— él desempeña un papel de vital importancia y es la persona que conoce más profundamente al Padre. Pero, como analizamos en el capítulo anterior, para ser un verdadero seguidor de Jesús, no basta con las palabras y los sentimientos: hacen falta obras. Seguir las pisadas de Cristo exige amoldar nuestra vida a su enseñanza y ejemplo (Juan 13:15). Y este libro nos ayudará a hacerlo.
19 En los próximos capítulos haremos un estudio detallado de la vida y ministerio de Jesús. Este libro está dividido en tres secciones. En la primera haremos un repaso de la forma de ser y de actuar de Jesús. En la segunda examinaremos su ejemplo de celo al predicar y enseñar. Y en la tercera repasaremos las diversas maneras en que manifestaba amor. Además, a partir del capítulo 3 veremos un recuadro titulado “¿Cómo podemos seguir a Jesús?”. Contiene citas bíblicas y preguntas para que reflexionemos sobre las formas de imitar a Jesús de palabra y obra.
20 Gracias a Jehová, no tenemos por qué estar perdidos ni alejados de él por culpa del pecado heredado. Jehová ha pagado un precio muy grande: amorosamente nos ha enviado a su Hijo para que nos enseñe cómo tener una buena relación con Él (1 Juan 4:9, 10). ¡Cuánto nos beneficiaremos si respondemos a su inmenso amor aceptando de todo corazón la invitación que nos hace Jesús: “Sé mi seguidor”! (Juan 1:43.)
[Notas]
En armonía con el importantísimo papel que él desempeña, la Biblia asigna al Hijo un buen número de nombres y títulos proféticos (véase el recuadro de la pág. 23).
Nótense, por ejemplo, las palabras de Jesús que aparecen en Mateo 10:29-31; 18:12-14, 21-35; 22:36-40.
En Juan 14:6 se usa el pronombre personal “yo” y el artículo definido “el”, lo que destaca que la posición de Jesús es única, ya que él —y nadie más— es el camino exclusivo para acercarnos al Padre.
[Preguntas del estudio]
1, 2. ¿Por qué no puede ninguno de nosotros hallar por su cuenta el camino que nos acerca a Dios, y cómo nos ayuda a hacerlo Jesucristo?
3. ¿Por qué nos acercamos a Dios a través de Jesús?
4. ¿Qué cuestión planteó la rebelión de Edén, y cómo decidió zanjarla Jehová?
5, 6. ¿Cómo demostró Jehová que confiaba en su Hijo, y en qué se basaba tal confianza?
7, 8. ¿Por qué pudo afirmar Jesús con toda razón que ‘nadie conoce plenamente al Padre sino el Hijo’?
9, 10. a) ¿De qué maneras reveló Jesús a su Padre? b) ¿Qué debemos hacer para recibir la aprobación de Jehová?
11. a) ¿Por qué es solo mediante Jesús que podemos llegar a disfrutar de la aprobación de Dios? b) ¿Cómo destaca Juan 14:6 la posición única de Jesús? (Véase la nota.)
12. ¿En qué sentidos es Jesús “el camino”?
13, 14. a) ¿Cómo demostró Jesús con sus palabras que era fiel a la verdad? b) ¿Qué tuvo que hacer Jesús para ser “la verdad”, y por qué tuvo que hacerlo?
15. ¿Qué implica ejercer fe en el Hijo, y a qué puede llevarnos dicha fe?
16, 17. a) ¿En qué sentido será Jesús “la vida” incluso para los muertos? b) ¿Qué certeza podemos tener?
18. ¿Qué implica ser un verdadero seguidor de Jesús?
19, 20. ¿Cómo nos ayuda este libro a seguir a Cristo?
[Recuadro de la página 23]
Algunos títulos que se le asignan a Jesucristo
El Amén (es decir, “así sea” o “ciertamente”). En él se cumplen sin falta las promesas divinas (2 Corintios 1:19, 20).
Padre Eterno. Recibió de Jehová autoridad para darnos la oportunidad de vivir para siempre en perfección en este planeta (Isaías 9:6).
Sumo Sacerdote. Nos limpia del pecado, librándonos así de sus mortíferas consecuencias (Hebreos 3:1; 9:13, 14, 25, 26).
Rey de reyes. Como Rey celestial nombrado por Dios, es mucho más poderoso que cualquier gobernante terrestre (Revelación 17:14).
Príncipe de Paz. Es el Rey del Reino de Dios y establecerá en toda la Tierra una paz que nunca tendrá fin (Isaías 9:6).
Maravilloso Consejero. Ofrece siempre consejos prácticos que, además de perfectos, nos llevan a la salvación (Isaías 9:6; Juan 6:68).
La Palabra. Es el vocero, o portavoz, de Jehová (Juan 1:1).
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