viernes, 30 de junio de 2017
JESÙS “Aprendió la obediencia”
EL PADRE contempla desde la ventana a su hijito que juega en el jardín con unos amigos. De repente, la pelota sale rebotando hacia la calle, mientras el niño la sigue ansioso con la mirada. “Corre y búscala”, insiste uno de sus amigos, pero él, meneando la cabeza, responde: “No me dejan”. El padre se sonríe complacido.
2 ¿A qué se debe la satisfacción del padre? A que es él quien le ha dicho a su hijo que nunca se lance solo a la calle. El hecho de que el niño haga caso —aun sin saber que el padre lo está mirando— indica que está aprendiendo a ser obediente, y, por tal razón, corre menos peligro. Algo parecido siente nuestro Padre celestial, Jehová. Él sabe que para permanecer fieles y ver el espléndido porvenir que nos espera, debemos aprender a confiar en él y hacer lo que nos manda (Proverbios 3:5, 6). Por eso nos envió al mejor de los maestros.
3 La Biblia dice algo un tanto sorprendente acerca de Jesús: “Aunque era Hijo, aprendió la obediencia por las cosas que sufrió; y después de haber sido perfeccionado vino a ser responsable de la salvación eterna para todos los que le obedecen” (Hebreos 5:8, 9). Este Hijo primogénito había existido por millones y millones de años en el cielo. Allí presenció la rebelión de Satanás y sus ángeles, pero nunca se les unió. Su actitud se ve reflejada en estas palabras inspiradas: “No fui rebelde” (Isaías 50:5). Entonces, ¿cómo es que “aprendió la obediencia” si siempre había sido obediente a Dios? ¿Cómo fue “perfeccionado” si ya era perfecto?
4 Hagamos una comparación. Supongamos que un soldado posee una espada de hierro. Aunque nunca ha sido probada en la guerra, es de fabricación perfecta y bellamente trabajada. Sin embargo, el soldado decide cambiarla por una más dura, de acero templado, que ya ha sido empleada eficazmente en el combate. ¿No diríamos que ha salido ganando? De la misma manera, la obediencia de Jesús antes de venir al mundo era irreprochable; pero después de haber vivido aquí, fue de una calidad totalmente distinta: había sido probada —o templada, por así decirlo— en circunstancias que jamás se habrían dado en el cielo.
5 La obediencia era fundamental para la misión de Jesús en la Tierra. Como “el último Adán”, él vino a hacer lo que nuestros primeros padres no hicieron: obedecer a Jehová Dios aun bajo prueba (1 Corintios 15:45). Su obediencia, sin embargo, no fue mecánica, pues observó los mandatos divinos con toda su mente, corazón y alma; y lo hizo con alegría. Para él, hacer la voluntad de su Padre era más importante que el alimento mismo (Juan 4:34). Ahora bien, ¿qué nos ayudará a imitar a Jesús? Empecemos por analizar qué lo motivaba a ser obediente. Si logramos que nuestra motivación sea como la de él, nos resultará más fácil vencer las tentaciones y hacer la voluntad de Dios. Luego veremos algunos de los beneficios de obedecer a Jehová tal como lo hizo Cristo.
¿Qué lo motivaba a ser obediente?
6 La obediencia de Jesús nacía de lo que tenía en su corazón. Como vimos en el capítulo 3, él era una persona humilde. Esta cualidad es muy importante, ya que quienes son humildes están dispuestos a obedecer a Jehová de buena gana, mientras que los orgullosos y arrogantes se niegan a hacerlo (Éxodo 5:1, 2; 1 Pedro 5:5, 6). Además, la obediencia de Jesús tenía que ver con aquello que amaba pero también con aquello que odiaba.
7 Jesús amaba a Jehová sobre todas las cosas, como se explica con detalle en el capítulo 13, y fue ese amor lo que lo motivó a demostrar siempre un temor reverente a su Padre celestial. Tan intenso era el amor y tan profunda la reverencia que sentía por él, que temía disgustarlo. Dicho temor reverencial fue una de las razones por las que sus oraciones fueron escuchadas (Hebreos 5:7). El temor de Jehová es también una de sus principales características como Rey Mesiánico (Isaías 11:3).
8 Amar a Jehová también implica odiar lo que él odia. Note, por ejemplo, la siguiente profecía dirigida al Rey Mesiánico: “Has amado la justicia y odias la iniquidad. Por eso Dios, tu Dios, te ha ungido con el aceite de alborozo más que a tus socios” (Salmo 45:7). Más que todos sus “socios”, es decir, que los demás reyes del linaje de David, Jesús tiene motivos de sobra para alborozarse por su ungimiento. ¿Por qué? Porque la recompensa que él recibirá es mucho mayor que la de ellos y porque los beneficios de su reinado son ilimitados. Su amor a la justicia y su odio a la maldad lo impulsaron a obedecer a Dios en todo, y por eso fue premiado.
9 ¿Cómo manifestó Jesús sus sentimientos con respecto a la justicia y a la maldad? Por ejemplo, cuando los discípulos tuvieron éxito en la predicación por haber seguido sus instrucciones, ¿cómo reaccionó? Se alegró muchísimo (Lucas 10:1, 17, 21). Y cuando vio que los habitantes de Jerusalén desobedecían vez tras vez sus advertencias y rechazaban su amorosa ayuda, ¿cómo se sintió? Lloró por la rebelde ciudad (Lucas 19:41, 42). Como vemos, a Jesús le afectaban profundamente tanto la buena como la mala conducta.
10 Meditar en los sentimientos de Jesús nos ayuda a examinar cuál es nuestra motivación al obedecer a Jehová. Aunque somos imperfectos, podemos desarrollar un amor intenso hacia lo que es bueno y un odio profundo hacia lo que es malo. Para ello, tenemos que rogar a Jehová que nos ayude a cultivar los mismos sentimientos de él y de su Hijo (Salmo 51:10). Al mismo tiempo, debemos evitar las influencias que puedan corromper tales sentimientos, por lo que es preciso ser muy cuidadosos a la hora de elegir el entretenimiento y las amistades (Proverbios 13:20; Filipenses 4:8). Si tenemos la misma motivación que Jesucristo, no obedeceremos simplemente por cumplir, sino que haremos lo bueno porque amamos lo bueno. Asimismo, evitaremos todo lo malo, no solo por el temor a ser descubiertos, sino porque aborrecemos lo malo.
“Él no cometió pecado”
11 El odio de Jesús por el pecado fue puesto a prueba al principio de su ministerio. Tras su bautismo, pasó cuarenta días y cuarenta noches en el desierto sin comer nada. Entonces se le acercó Satanás para tentarlo, ¡y con qué astucia lo hizo! (Mateo 4:1-11.)
12 Lo primero que le dijo fue: “Si eres hijo de Dios, di a estas piedras que se conviertan en panes” (Mateo 4:3). ¿Cómo se sentía Jesús después de aquel largo ayuno? La Biblia dice claramente que “sintió hambre” (Mateo 4:2). A fin de aprovecharse del deseo natural de comer, Satanás sin duda esperó a que Jesús estuviera débil. Fíjese también en el tono provocador de la frase: “Si eres hijo de Dios”, como si él no supiera que Jesús era “el primogénito de toda la creación” (Colosenses 1:15). Pero Jesús no se dejó desviar hacia un modo de actuar desobediente. Sabiendo que no era la voluntad de Dios que él usara sus poderes con fines egoístas, rechazó la propuesta del Diablo y demostró humildemente que confiaba en que Jehová le brindaría alimento y guía (Mateo 4:4).
13 Satanás lo tentó por segunda vez subiéndolo a una parte alta de la muralla del templo. Tergiversando hábilmente las Escrituras, le propuso que realizara un acto espectacular: que se arrojara al vacío para obligar a los ángeles a acudir en su auxilio. Si así lo hacía, ¿acaso se atrevería alguien a dudar de que él era el Mesías prometido? Después de todo, las multitudes que se hallaban en el templo verían el milagro. Además, ¿no se ahorraría muchos problemas y penalidades si, gracias a aquel grandioso acto, el pueblo lo aceptaba como el Mesías? Pudiera ser, pero Jesús sabía que la voluntad de Jehová era que el Mesías cumpliera su misión humildemente, y no que indujera a la gente a creer en él por medios espectaculares (Isaías 42:1, 2). Así que tampoco en esta ocasión desobedeció a Jehová: no se dejó deslumbrar por la fama.
14 ¿Y qué hay del poder? ¿Podría utilizarlo Satanás de señuelo? En la tercera tentación, ofreció a Jesús todos los reinos del mundo a cambio de un acto de adoración. ¿Consideró el Hijo de Dios la oferta? Su respuesta fue: “¡Vete, Satanás!”. Y agregó: “Porque está escrito: ‘Es a Jehová tu Dios a quien tienes que adorar, y es solo a él a quien tienes que rendir servicio sagrado’” (Mateo 4:10). Por nada del mundo adoraría Jesús a otro dios. Por más que le ofrecieran poder o prestigio, nunca cometería un acto de desobediencia.
15 ¿Se dio por vencido Satanás? Es verdad que en aquella ocasión se alejó ante la tajante orden de Jesús. Pero no desistió, sino que, como añade el Evangelio de Lucas, “se retiró de él hasta otro tiempo conveniente” (Lucas 4:13). En efecto, el Diablo buscaría otras oportunidades para probarlo y tentarlo hasta el final, pues dice la Biblia que Jesucristo fue “probado en todo sentido” (Hebreos 4:15). Jesús nunca bajó la guardia, y lo mismo tenemos que hacer nosotros.
16 Hoy Satanás sigue tentando a los siervos de Dios. Por desgracia, la imperfección a menudo nos hace presas fáciles. El Diablo se aprovecha con astucia de actitudes como el egoísmo, el orgullo y la ambición de poder; incluso se vale del cebo del materialismo para que adoptemos estas malas actitudes. Por consiguiente, es esencial que de vez en cuando nos hagamos un examen de conciencia. Reflexionemos sobre las palabras de 1 Juan 2:15-17 y preguntémonos si los deseos carnales de este mundo, las ansias de riquezas y el deseo de impresionar a los demás han debilitado hasta cierto grado el amor que le tenemos a nuestro Padre celestial. Recordemos que este mundo y su gobernante, Satanás, se encaminan a la destrucción. Frustremos los astutos intentos del Diablo de hacernos pecar, y dejemos que nos motive el ejemplo de nuestro Maestro, quien “no cometió pecado” (1 Pedro 2:22).
“Siempre hago las cosas que le agradan”
17 Obedecer significa mucho más que abstenerse de pecar. Implica acciones, como lo demostró Cristo, quien cumplió cada uno de los mandatos de su Padre. “Yo siempre hago las cosas que le agradan”, sostuvo (Juan 8:29). Y esa obediencia le causó gran felicidad. Claro, siempre habrá alguien que objete y diga que para Jesús era fácil obedecer, pues al fin y al cabo tenía que rendir cuentas solamente a Jehová, que es perfecto; en cambio, nosotros tenemos que rendir cuentas a hombres imperfectos que ocupan posiciones de autoridad. No obstante, lo cierto es que Jesús también se sometió a la autoridad de seres humanos imperfectos.
18 Jesús creció bajo la tutela de José y María, quienes después de todo eran imperfectos. Probablemente notaba las imperfecciones de sus padres mucho más que otros niños. ¿Se rebeló por eso? ¿Dejó de respetar el papel que Dios le había dado como hijo y se puso a decirles cómo debían criar una familia? Lucas 2:51 dice que Jesús, a la edad de 12 años, “continu[aba] sujeto a ellos”. Con su actitud dio un magnífico ejemplo a los jóvenes cristianos, que procuran obedecer a sus padres y mostrarles el debido respeto (Efesios 6:1, 2).
19 La obediencia a hombres imperfectos le planteó a Jesús ciertas dificultades por las que los cristianos de la actualidad nunca hemos tenido que pasar. Piense, por ejemplo, en la singular época en que vivió. Si bien el sistema religioso judío —con el templo de Jerusalén y el sacerdocio— gozaba de la aprobación de Jehová desde hacía mucho tiempo, estaba a punto de ser rechazado y sustituido por la congregación cristiana (Mateo 23:33-38). Mientras llegaba aquel momento, muchos de los líderes religiosos enseñaban doctrinas falsas derivadas de la filosofía griega. Además, la corrupción en el templo estaba tan extendida que Jesús lo llamó “una cueva de salteadores” (Marcos 11:17). ¿Lo alejó esto del templo y las sinagogas? No, pues todavía eran instrumentos de Jehová. Hasta que Dios intervino y cambió las cosas, Jesús celebró obedientemente las fiestas en el templo y acudió a la sinagoga (Lucas 4:16; Juan 5:1).
20 Si Jesús obedeció en tales circunstancias, ¡cuánto más deberíamos hacerlo los verdaderos cristianos! Después de todo, vivimos en tiempos muy diferentes: vivimos en la era en que se ha restablecido la adoración pura, como se había anunciado muchos siglos atrás. Dios nos asegura que nunca permitirá que Satanás corrompa a su pueblo restaurado (Isaías 2:1, 2; 54:17). Es cierto que en la congregación cristiana encontramos fallas e imperfecciones. Pero ¿debemos escudarnos en las faltas ajenas para desobedecer a Jehová, quizás dejando de ir a las reuniones o criticando a los ancianos? ¡Jamás! Más bien, debemos apoyar de toda alma a los que dirigen la congregación. Mostramos nuestra obediencia al asistir a las reuniones y asambleas, y seguir los consejos bíblicos que se nos dan (Hebreos 10:24, 25; 13:17).
21 Jesús no permitió que nadie —ni siquiera algún amigo bienintencionado— lo hiciera desobedecer a Jehová. En cierta ocasión, el apóstol Pedro intentó persuadirlo de que no era necesario que sufriera tantas penalidades ni que muriera. Sin embargo, Jesús rechazó categóricamente el consejo de Pedro de ser bondadoso consigo mismo, consejo que, aunque se dio con las mejores intenciones, estaba equivocado (Mateo 16:21-23). De igual forma, a veces hay familiares bienintencionados que tratan de disuadirnos de obedecer las leyes y principios divinos. Es entonces cuando, a imitación de los discípulos de Jesús del siglo primero, “tenemos que obedecer a Dios como gobernante más bien que a los hombres” (Hechos 5:29).
Recompensas de obedecer como lo hizo Cristo
22 La obediencia de Jesús se vio sometida a la prueba máxima cuando se encaró a la muerte. En aquel tenebroso día “aprendió la obediencia” en todo el sentido de la palabra. Hizo la voluntad del Padre, y no la suya (Lucas 22:42). Al pasar esta prueba, dejó un modelo perfecto de integridad (1 Timoteo 3:16). De este modo, se convirtió en la respuesta a una cuestión muy antigua: la de si un ser humano perfecto puede ser obediente a Jehová aun bajo prueba. Adán y Eva fallaron. Entonces vino Jesús, quien con su vida y su muerte dejó claro cuál era la verdad al respecto. La más importante de todas las criaturas de Jehová suministró la respuesta más contundente posible. Fue obediente a pesar del precio tan alto que tuvo que pagar.
23 Damos prueba de nuestra integridad, o devoción incondicional a Jehová, siendo obedientes. Debido a su obediencia, Jesús se mantuvo íntegro y así benefició a la humanidad (Romanos 5:19). En consecuencia, Jehová lo recompensó generosamente. Si nosotros obedecemos a Cristo, nuestro Amo, Jehová también nos dará una recompensa, pues la obediencia a Cristo lleva a “la salvación eterna” (Hebreos 5:9).
24 Además, la integridad ya es de por sí un premio. Proverbios 10:9 dice: “El que está andando en integridad andará en seguridad”. Si comparáramos la integridad a una mansión hecha con ladrillos de calidad, cada acto de obediencia equivaldría a uno de ellos. Por sí solo, un ladrillo tal vez parezca insignificante, pero ocupa su lugar y tiene su importancia. Y cuando unimos uno tras otro, construimos algo de mucho más valor. Con nuestros actos de obediencia sucede igual: a medida que se acumulan día a día y año tras año, vamos construyendo la espléndida morada de nuestra integridad.
25 La obediencia que se manifiesta a lo largo de los años nos recuerda otra cualidad: el aguante. Esta cualidad, que también ejemplificó Jesús, será el tema del siguiente capítulo.
[Preguntas del estudio]
1, 2. ¿Por qué le complace tanto a un padre amoroso ver que su hijo le obedece, y cómo refleja esto los sentimientos de Jehová?
3, 4. ¿En qué sentido “aprendió la obediencia” y fue “perfeccionado” Jesús? Ilústrelo.
5. ¿Por qué fue tan importante la obediencia que demostró Jesús? ¿Qué examinaremos en este capítulo?
6, 7. ¿Qué motivaba a Jesús a ser obediente?
8, 9. Según se había predicho, ¿qué sentía Jesús por la justicia y por la maldad, y cómo lo demostró?
10. ¿Qué sentimientos debemos desarrollar hacia lo que es bueno y lo que es malo, y cómo lo logramos?
11, 12. a) ¿Qué ocurrió al principio del ministerio de Jesús en la Tierra? b) ¿En qué consistió la primera tentación que el Diablo le puso a Jesús, y qué tretas utilizó?
13-15. a) ¿Cómo tentó Satanás a Jesús la segunda y la tercera vez, y cómo reaccionó Jesús? b) ¿Cómo sabemos que Jesús nunca bajó la guardia en la lucha contra Satanás?
16. ¿Cómo tienta hoy Satanás a los siervos de Dios, y cómo podemos frustrar sus intentos?
17. ¿Cómo se sentía Jesús al obedecer a su Padre? ¿Qué pueden objetar algunos al respecto?
18. ¿Qué ejemplo de obediencia dio de joven Jesús?
19, 20. a) A diferencia de los demás seres humanos, ¿qué dificultades enfrentó Jesús al tener que obedecer a hombres imperfectos? b) ¿Por qué deben ser obedientes los cristianos verdaderos de hoy a quienes dirigen la congregación?
21. ¿Cómo enfrentó Jesús la presión de algunos seres humanos para que desobedeciera a Dios, y qué ejemplo nos dio así?
22. ¿A qué cuestión suministró Jesús una respuesta, y cómo lo hizo?
23-25. a) ¿Qué relación existe entre la obediencia y la integridad, y cómo podría ilustrarse? b) ¿Cuál será el tema del siguiente capítulo?
[Recuadro de la página 65]
¿Cómo podemos seguir a Jesús?
● ¿Cuáles son algunos mandatos que dio Cristo? ¿Cómo podemos obedecerlos, y con qué resultados? (Juan 15:8-19.)
● En un principio, ¿qué opinaban del ministerio de Jesús sus parientes? ¿Qué aprendemos de la manera como él manejó la situación? (Marcos 3:21, 31-35.)
● ¿Por qué no deberíamos pensar nunca que obedecer a Dios puede privarnos de felicidad? (Lucas 11:27, 28.)
● ¿Qué nos enseña el que Jesús accediera a obedecer cierta ley aun cuando no estaba obligado a hacerlo? (Mateo 17:24-27.)
[Ilustración de la página 58]
Al elegir el entretenimiento, ¿demuestra usted que odia lo malo?
[Ilustración de la página 63]
Obedientemente ponemos en práctica lo que aprendemos en las reuniones
EN JESÙS ESTÀN "Todos los tesoros de la sabiduría”
UN DÍA de primavera del año 31, Jesucristo se halla cerca de Capernaum, una bulliciosa ciudad situada en la costa noroccidental del mar de Galilea. Después de pasar la noche orando en la soledad de una montaña, reúne a sus discípulos al amanecer y elige a doce de ellos, a quienes nombra apóstoles. Mientras tanto, una gran multitud de personas —algunas venidas de muy lejos— lo han seguido hasta allí y lo esperan en un lugar llano. Están ansiosas por oírlo y ser curadas de sus enfermedades, y Jesús no las decepciona (Lucas 6:12-19).
2 Acercándose a la muchedumbre, sana a todos los enfermos. Por fin, cuando ya no queda ninguna persona aquejada de graves dolencias, se sienta a enseñarles. Sus palabras, que resuenan en el aire de aquel día primaveral, seguramente sorprenden a quienes lo están escuchando, pues nunca han oído a nadie enseñar como él. En vez de apoyar sus enseñanzas en las tradiciones orales o el testimonio de destacados rabinos, Jesús cita repetidas veces de las Escrituras Hebreas inspiradas. Su mensaje es directo, tiene un estilo sencillo y un significado claro. Cuando termina de hablar, todos se quedan maravillados. Y no es para menos, pues acaban de oír al hombre más sabio que ha vivido jamás en la Tierra (Mateo 7:28, 29).
3 Este sermón, así como muchas otras cosas que Jesús dijo e hizo, está contenido en la Palabra inspirada de Dios. Sacaremos mucho provecho si analizamos con cuidado lo que ese relato nos dice acerca de Jesús, ya que “todos los tesoros de la sabiduría” se concentran en el Hijo de Dios (Colosenses 2:3). Jesús era un hombre sumamente sabio, pues tenía una amplia capacidad para emplear útilmente el conocimiento y el entendimiento. Por ello, cabe preguntarse: ¿De dónde sacó tanta sabiduría? ¿Cómo la manifestó, y de qué modo podemos copiar su ejemplo?
“¿Dónde consiguió este hombre esta sabiduría?”
4 En uno de sus viajes de predicación, Jesús visitó Nazaret, el pueblo donde se crió, y se puso a enseñar en la sinagoga. Muchos de los presentes estaban atónitos y se preguntaban: “¿Dónde consiguió este hombre esta sabiduría?”. Conocían a sus padres y a sus hermanos, y sabían que provenía de un hogar humilde (Mateo 13:54-56; Marcos 6:1-3). Seguramente también estaban al tanto de que este elocuente carpintero no había estudiado en ninguna de las prestigiosas escuelas rabínicas (Juan 7:15). Así que la pregunta parecía tener lógica.
5 La sabiduría de Jesús no se debía simplemente a que tuviera una mente perfecta. Más adelante en su ministerio, mientras enseñaba abiertamente en el templo, él reveló que su sabiduría provenía de una fuente mucho más elevada: “Lo que yo enseño no es mío, sino que pertenece al que me ha enviado” (Juan 7:16). En efecto, el Padre, que lo había enviado, era la verdadera fuente de su sabiduría (Juan 12:49). Ahora bien, ¿cómo se la impartió Jehová?
6 El espíritu santo de Jehová obró en el corazón y la mente de Jesús. Aludiendo al Mesías prometido, Isaías anunció lo siguiente: “Sobre él tiene que asentarse el espíritu de Jehová, el espíritu de sabiduría y de entendimiento, el espíritu de consejo y de poderío, el espíritu de conocimiento y del temor de Jehová” (Isaías 11:2). Con el espíritu de Jehová sobre él, dirigiendo sus pensamientos y decisiones, ¿verdad que no nos sorprende que las acciones y palabras de Jesús evidenciaran una sabiduría sobresaliente?
7 Jesús consiguió sabiduría de su Padre de otra manera extraordinaria. Como vimos en el capítulo 2, durante los incontables milenios que vivió en el cielo antes de venir a la Tierra tuvo la oportunidad de conocer profundamente el modo de pensar de Dios. No alcanzamos siquiera a imaginarnos el caudal de sabiduría que el Hijo adquirió al lado del Padre, de quien fue el “obrero maestro” en la creación de todos los demás seres, animados e inanimados. De ahí que se le describa en su existencia prehumana como la sabiduría personificada (Proverbios 8:22-31; Colosenses 1:15, 16). En el transcurso de su ministerio, Jesús pudo emplear la sabiduría que había adquirido durante el tiempo que vivió con su Padre en el cielo (Juan 8:26, 28, 38). Por eso no deben extrañarnos los amplios conocimientos y la profunda comprensión que reflejaban sus palabras, así como la sensatez y el buen juicio que él evidenciaba en todo lo que hacía.
8 Como seguidores de Jesús, nosotros también tenemos que acudir a Jehová como la fuente de la sabiduría (Proverbios 2:6). Claro, no la vamos a recibir de forma milagrosa. Pero si se la pedimos a Jehová, él contestará nuestras súplicas y nos concederá la sabiduría necesaria para enfrentar las dificultades de la vida (Santiago 1:5). Por otra parte, adquirirla conlleva que hagamos un gran esfuerzo, como si buscáramos “tesoros escondidos” (Proverbios 2:1-6). Sí, es preciso que sigamos ahondando en la Palabra de Dios —donde él nos revela su sabiduría— y que armonicemos nuestra vida con lo que aprendamos. A este respecto, nos ayudará mucho analizar el ejemplo del Hijo de Jehová. Examinemos ahora varias esferas de la vida en las que él demostró esta cualidad y veamos cómo podemos imitarlo nosotros.
Palabras de gran sabiduría
9 Enormes multitudes acudían a Jesús tan solo para oírlo hablar (Marcos 6:31-34; Lucas 5:1-3). ¿Y cómo no iban a hacerlo, si de su boca brotaban palabras de una sabiduría sin igual? Sus enseñanzas revelaban que poseía un conocimiento profundo de la Palabra de Dios y una capacidad incomparable para llegar al fondo de los asuntos. Lo que es más, sus dichos tienen el poder de atraer a personas de toda época y lugar. En vista de esto, ¿por qué no analizamos algunos ejemplos de la sabiduría que contienen las palabras de Jesús, el “Maravilloso Consejero” prometido? (Isaías 9:6.)
10 El Sermón del Monte, del que hablamos al principio, es la mayor colección de enseñanzas de Jesús pronunciadas sin la interrupción de un narrador ni la intervención de otras personas. En él, Jesús no se limita a darnos consejos sobre qué decir o cómo actuar, sino que va más allá. Consciente de que los pensamientos y sentimientos se traducen en palabras y hechos, nos insta a desarrollar en la mente y el corazón cualidades positivas, como la apacibilidad, la sed de justicia, la inclinación a la misericordia y la paz, y el amor al prójimo (Mateo 5:5-9, 43-48). En la medida en que cultivemos dichas cualidades, hablaremos y nos comportaremos de una manera apropiada. Y al hacerlo así, no solo agradaremos a Jehová, sino que también nos llevaremos bien con los demás (Mateo 5:16).
11 Al aconsejar contra los actos pecaminosos, Jesús va a la raíz del problema. Por ejemplo, en vez de simplemente mandarnos evitar la violencia, nos insta a no guardar ira en el corazón (Mateo 5:21, 22; 1 Juan 3:15). En lugar de limitarse a prohibir el adulterio, nos previene contra la pasión que nace en nuestro interior y que nos lleva a cometer semejante acto de traición. Asimismo, nos exhorta a no dejar que los ojos despierten en nosotros malos deseos y lujuria (Mateo 5:27-30). En suma, Jesús no trata solo los síntomas, sino también las causas del pecado, pues describe las actitudes y los deseos que lo originan (Salmo 7:14).
12 ¡Cuánta sabiduría hay en las palabras de Jesús! Es natural que “las muchedumbres quedar[a]n atónitas por su modo de enseñar” (Mateo 7:28). Para quienes lo seguimos, sus sabios consejos son una guía para la vida. Por eso, procuramos cultivar las cualidades que él recomendó —entre ellas la misericordia, la apacibilidad y el amor—, pues reconocemos que estas son el fundamento de la conducta que agrada a Dios. Por otro lado, nos esforzamos al máximo por desarraigar del corazón los sentimientos y deseos perjudiciales contra los cuales él nos advirtió, como la ira y los deseos inmorales. No olvidemos que hacer esto nos ayudará a no caer en el pecado (Santiago 1:14, 15).
La sabiduría rigió su vida
13 Jesús manifestó sabiduría tanto de palabra como de obra. Su vida entera —sus decisiones, la opinión que tenía de sí mismo y su manera de tratar a los demás— reveló las múltiples y bellas facetas de la sabiduría. Veamos algunos ejemplos que ilustran cómo “la sabiduría práctica y la capacidad de pensar” rigieron todos sus actos (Proverbios 3:21).
14 La sabiduría implica actuar con sensatez. ¿Se comportó así Jesús? Claro que sí, pues él empleó buen juicio al elegir el rumbo que le daría a su vida. ¿Se imagina usted la clase de vida que pudo haber tenido, el tipo de casa que pudo haber construido, el negocio que pudo haber establecido o el prestigio que pudo haber conseguido en este mundo? Pero él sabía que dedicar la vida a esas metas era “vanidad y un esforzarse tras el viento” (Eclesiastés 4:4; 5:10). Hacerlo hubiera sido una insensatez, que es, justamente, lo contrario de la sabiduría. No sorprende, entonces, que Jesús optara por llevar una vida sencilla. A él no le interesaba hacer dinero ni acumular bienes (Mateo 8:20). Como vivía de acuerdo con sus enseñanzas, mantuvo la vista centrada en un único objetivo: hacer la voluntad de Dios (Mateo 6:22). Por ello dedicó sabiamente su tiempo y energía a los intereses del Reino, que son mucho más importantes que las cosas materiales y que, en definitiva, nos dan mayor felicidad (Mateo 6:19-21). Así nos dejó un ejemplo digno de imitar.
15 En la actualidad, los cristianos también están conscientes de lo sabio que es mantener la vista fija en un solo objetivo. Por esta razón no se cargan con deudas innecesarias ni se abruman con metas que este mundo promueve y que consumen demasiado tiempo y energía (1 Timoteo 6:9, 10). De hecho, muchos han simplificado su vida para poder participar a mayor grado en el ministerio cristiano, quizás sirviendo como evangelizadores de tiempo completo. Esto es lo mejor que podemos hacer, pues dar prioridad a los intereses del Reino es lo que nos brinda la mayor felicidad y satisfacción (Mateo 6:33).
16 La Biblia vincula la sabiduría con la modestia, cualidad que, entre otras cosas, consiste en reconocer las propias limitaciones (Proverbios 11:2). ¿Demostró modestia Jesucristo? Sí, él fue modesto y realista en lo que esperaba de sí mismo. Sabía que no todo el que lo escuchara se iba a convertir en su seguidor (Mateo 10:32-39). Comprendía que solo podría predicar a un número limitado de personas, y por ello confió a sus seguidores la misión de hacer discípulos (Mateo 28:18-20). Con modestia admitió que ellos harían “obras mayores” que las suyas, en el sentido de que su actividad llegaría a más personas, abarcaría una zona más extensa y duraría más tiempo (Juan 14:12). Por otra parte, él reconoció que otros lo podían ayudar; por eso aceptó la ayuda que los ángeles le brindaron en el desierto y dejó que un ángel lo fortaleciera en Getsemaní. Es más, en el momento más crucial de su vida, el Hijo de Dios clamó por auxilio (Mateo 4:11; Lucas 22:43; Hebreos 5:7).
17 De igual modo, debemos ser modestos y realistas en lo que esperamos de nosotros mismos. Por supuesto que deseamos trabajar con toda el alma y esforzarnos al máximo en la obra de predicar y hacer discípulos (Lucas 13:24; Colosenses 3:23). Pero hemos de tener presente algo importante: Jehová no nos compara con los demás, y tampoco debemos hacerlo nosotros (Gálatas 6:4). Por lo tanto, es preciso que, con buen juicio, nos fijemos metas realistas según nuestras capacidades y circunstancias. La sabiduría guía, además, a quienes ocupan puestos de responsabilidad, pues los hace conscientes de que tienen limitaciones y que necesitan ayuda y apoyo de vez en cuando. Si son modestos, aceptarán agradecidos esa ayuda, ya que saben bien que Jehová puede utilizar a un hermano en la fe como su “socorro fortalecedor” (Colosenses 4:11).
18 “La sabiduría de arriba es [...] razonable”, afirma Santiago 3:17. ¿Fue así Jesús? Por supuesto; él fue razonable y bondadoso al tratar con sus discípulos. Aunque estaba al tanto de sus debilidades, se fijaba en sus buenas cualidades (Juan 1:47). Por ejemplo, a pesar de que sabía que lo iban a abandonar la noche de su arresto, no dudó de su lealtad (Mateo 26:31-35; Lucas 22:28-30). También sabía que Pedro en tres ocasiones iba a negar conocerlo, pero aun así, Jesús rogó por él y expresó confianza en su fidelidad (Lucas 22:31-34). Al orar a su Padre la última noche de su vida en la Tierra, no se centró en las faltas de sus discípulos, sino que destacó lo que habían hecho hasta ese momento, diciendo: “Han observado tu palabra” (Juan 17:6). Lo que es más, pese a sus imperfecciones, les encomendó la misión de predicar el Reino y hacer discípulos (Mateo 28:19, 20). Sin duda alguna, la confianza que él depositó en ellos debió fortalecerlos para llevar a cabo su comisión.
19 Los seguidores de Jesús tenemos razones para imitar su buen ejemplo. Después de todo, si el Hijo de Dios —que era perfecto— fue paciente al tratar con los discípulos imperfectos, ¡con cuánta más razón debemos nosotros, seres humanos pecadores, ser razonables con los demás! (Filipenses 4:5.) En vez de estar fijándonos en los defectos de nuestros hermanos, concentrémonos en sus virtudes. Recordemos que Jehová los ha atraído a él (Juan 6:44). Seguramente vio en ellos buenas cualidades, y lo mismo hemos de hacer nosotros. Una actitud positiva nos ayudará no solo a “pasar por alto” las faltas del prójimo, sino a buscar en él cualidades encomiables (Proverbios 19:11). Cuando les mostramos a nuestros hermanos que confiamos en ellos, los animamos a dar lo mejor de sí en su servicio a Jehová y a disfrutar de él (1 Tesalonicenses 5:11).
20 Los Evangelios, que relatan la vida y ministerio de Jesús, son un verdadero tesoro de sabiduría. ¿Qué debemos hacer con este inestimable regalo? En la conclusión del Sermón del Monte, Jesús no solo exhortó a todos los presentes a oír sus dichos sabios, sino a hacerlos, es decir, ponerlos por obra (Mateo 7:24-27). Si dejamos que sus sabias palabras y acciones moldeen nuestros pensamientos, motivos y actos, hallaremos el mejor modo de vida que existe ahora y nos mantendremos en el camino que conduce a la vida eterna (Mateo 7:13, 14). ¡No hay mejor modo de actuar ni más sabio que este!
[Notas]
Este discurso de Jesús se conoce como el Sermón del Monte, y consta de 107 versículos en el relato que se halla en el Evangelio de Mateo (Mateo 5:3–7:27). Pronunciarlo toma apenas veinte minutos.
Al parecer, Jesús recobró el recuerdo de su existencia prehumana cuando “los cielos se abrieron” al momento de su bautismo (Mateo 3:13-17).
[Preguntas del estudio]
1-3. ¿Cuál es el escenario del sermón que pronuncia Jesús en la primavera del año 31, y por qué se quedan maravillados quienes lo están escuchando?
4. ¿Qué se preguntaba la gente de Nazaret acerca de Jesús, y por qué razón?
5. ¿De qué fuente reveló Jesús que provenía su sabiduría?
6, 7. ¿De qué maneras recibió Jesús sabiduría de parte de su Padre?
8. ¿Cómo adquirimos sabiduría los seguidores de Jesús?
9. ¿Por qué reflejaban tanta sabiduría las enseñanzas de Jesús?
10. ¿Qué cualidades positivas nos insta a desarrollar Jesús, y con qué objetivo?
11. Cuando Jesús aconseja contra los actos pecaminosos, ¿cómo va a la raíz del problema?
12. ¿Cómo ven los seguidores de Jesús sus consejos, y por qué?
13, 14. ¿Qué prueba hay de que Jesús empleó buen juicio al elegir el rumbo que le daría a su vida?
15. ¿Cómo demostramos los cristianos que tenemos la vista centrada en un solo objetivo, y por qué es lo mejor que podemos hacer?
16, 17. a) ¿De qué maneras demostró Jesús que era modesto y realista en sus expectativas? b) ¿Cómo demostramos nosotros esas mismas cualidades?
18, 19. a) ¿Qué demuestra que Jesús fue razonable y bondadoso al tratar con los discípulos? b) ¿Qué buenas razones tenemos para ser bondadosos y razonables al tratar a otros, y cómo podemos hacerlo?
20. ¿Qué debemos hacer con el tesoro de sabiduría contenido en los Evangelios, y con qué fin?
[Recuadro de la página 55]
¿Cómo podemos seguir a Jesús?
● Si cree haber ofendido a un hermano, ¿cuál es el proceder más sabio? (Mateo 5:23, 24.)
● Cuando lo insulten o lo provoquen, ¿cómo pueden las palabras de Jesús hacer que reaccione debidamente? (Mateo 5:38-42.)
● ¿Cómo le ayudará la meditación en las palabras de Jesús a ver de manera equilibrada el dinero y las posesiones? (Mateo 6:24-34.)
● A la hora de fijar prioridades en la vida, ¿cómo lo impulsará el ejemplo de Jesús a tomar una decisión sabia? (Lucas 4:43; Juan 4:34.)
[Ilustración de la página 47]
“Las muchedumbres quedaron atónitas por su modo de enseñar”
[Ilustración de la página 50]
La sabiduría de Dios se revela en la Biblia
JESÙS ES " El León que es de la tribu de Judá”
“¡Mira!
UNA violenta muchedumbre sale en busca de Jesús. Los hombres van armados con espadas y con palos, y los acompaña una tropa de soldados. Alentados por un mismo propósito malvado, cruzan las oscuras calles de Jerusalén y se encaminan hacia el monte de los Olivos, en el valle de Cedrón. Aunque es noche de luna llena, portan lámparas y antorchas. ¿Para qué? ¿Para alumbrar el camino porque las nubes ocultan la luz de la luna? ¿O será que piensan que su presa está escondida entre las sombras? Una cosa es cierta: quien crea que Jesús se va a asustar no lo conoce.
2 Aunque conoce el peligro que se avecina, Jesús no se mueve de donde está. La muchedumbre se acerca, con Judas a la cabeza. Este, que había sido uno de los amigos de confianza del Maestro, lo traiciona descaradamente identificándolo con un saludo hipócrita y un beso. Jesús permanece tranquilo. Dando un paso al frente, pregunta: “¿A quién buscan?”. “A Jesús el Nazareno”, responden ellos.
3 Cualquiera retrocedería aterrorizado ante semejante multitud armada. Quizás eso es lo que ellos esperan que haga el hombre que tienen delante. Pero Jesús no se acobarda, no huye, no se escuda en una mentira. Simplemente dice: “Soy yo”. Su porte revela tanta serenidad y valentía que los hombres retroceden asombrados y caen al suelo (Juan 18:1-6; Mateo 26:45-50; Marcos 14:41-46).
4 ¿Cómo podía Jesús enfrentarse a una situación tan peligrosa sin perder ni un solo momento la compostura ni el dominio de sí mismo? La respuesta se resume en una sola palabra: valor. Pocas virtudes son tan admiradas o tan esenciales en un líder, y en esto ningún hombre jamás ha igualado —y mucho menos sobrepasado— a Jesús. En el capítulo anterior aprendimos sobre su humildad y mansedumbre, cualidades por las que se le llamó apropiadamente “el Cordero” (Juan 1:29). Sin embargo, su valor lo hace merecedor de una designación muy distinta. La Biblia dice del Hijo de Dios: “¡Mira! El León que es de la tribu de Judá” (Revelación 5:5).
5 Se suele asociar al león con la valentía. ¿Se ha encontrado usted cara a cara con un león adulto alguna vez? En tal caso, lo más probable es que haya estado separado de él por una valla protectora en el zoológico. Con todo, la experiencia puede ser sobrecogedora. Al mirar a la cara a este corpulento y fiero animal, mientras él nos clava los ojos, difícilmente nos lo imaginemos huyendo despavorido de algo. La Biblia dice que el león “es el más poderoso entre las bestias, y que no se vuelve atrás de delante de nadie” (Proverbios 30:30). Así de valeroso es Cristo.
6 Examinemos tres aspectos en los que Jesús ha demostrado un valor como el del león: al defender la verdad, al promover la justicia y al afrontar oposición. Veremos también que todos —seamos valientes por naturaleza o no— podemos imitarlo y manifestar esa cualidad.
Defendió la verdad con valentía
7 En este mundo dominado por Satanás, “el padre de la mentira”, hace falta valor para defender la verdad (Juan 8:44; 14:30). Jesús no esperó a ser adulto para hacerlo, como lo revela cierto episodio de su vida. A los 12 años estuvo separado de sus padres después de celebrar la fiesta de la Pascua en Jerusalén. Tras buscarlo desesperadamente por tres días, María y José al fin lo hallaron en el templo. ¿Qué estaba haciendo? Estaba “sentado en medio de los maestros, [...] escuchándoles e interrogándolos” (Lucas 2:41-50). Piense en el ambiente en que se desarrolló aquella conversación.
8 Según los historiadores, algunos de los guías religiosos más ilustres se quedaban en el templo después de las fiestas para enseñar a la gente en alguno de sus amplios atrios. Las personas se sentaban a sus pies, escuchando y haciendo preguntas. Estos maestros eran hombres muy instruidos. Tenían profundos conocimientos de la Ley mosaica, así como del sinfín de complejas leyes y tradiciones humanas que se habían multiplicado con los años. ¿Cómo se hubiera sentido usted allí en medio de ellos? ¿Intimidado? No es para menos. ¿Y si tuviera apenas 12 años? Muchos niños son tímidos (Jeremías 1:6). Algunos tratan por todos los medios de pasar inadvertidos en la escuela, pues tienen miedo de que sus maestros les hagan una pregunta o que los elijan para hacer algo, miedo de pasar vergüenza o de hacer el ridículo.
9 Sin embargo, ahí estaba Jesús, sentado en medio de aquellos expertos, interrogándolos valerosamente sobre cuestiones profundas. Y no solo eso, pues el relato añade: “Todos los que le escuchaban quedaban asombrados de su entendimiento y de sus respuestas” (Lucas 2:47). Aunque la Biblia no especifica de qué habló en esa ocasión, es seguro que no repitió las falsedades que eran tan populares entre aquellos maestros religiosos (1 Pedro 2:22). Por el contrario, Jesús defendió la verdad de la Palabra de Dios, y todos los que lo oyeron sin duda se maravillaron de ver a un niño de 12 años expresarse con tanta inteligencia y valor.
10 En la actualidad, una cantidad innumerable de jóvenes cristianos sigue las pisadas del Maestro. Es verdad que no son perfectos, como lo fue Jesús, pero sí copian su ejemplo porque no esperan a ser adultos para defender la verdad. Ya sea en la escuela o en su comunidad, enseñan con respeto la verdad a los demás, haciéndoles preguntas con tacto y escuchando su respuesta (1 Pedro 3:15). Como grupo, han ayudado a compañeros de clase, maestros y vecinos a hacerse seguidores de Cristo. ¡Cuánto debe complacerle a Jehová el valor de estos jóvenes! Su Palabra los asemeja a gotas de rocío: refrescantes, agradables y numerosos (Salmo 110:3).
11 En su vida adulta, Jesús siguió defendiendo la verdad con valor. De hecho, su ministerio empezó con una confrontación que muchos calificarían de aterradora. Tuvo que enfrentarse a Satanás —el más fuerte y peligroso de todos los enemigos de Jehová—, pero no en calidad de poderoso arcángel, sino como un simple hombre de carne y hueso. Jesús rechazó al Diablo y refutó su aplicación tergiversada de unas palabras inspiradas por Dios. El encuentro terminó con la enérgica orden de Jesús: “¡Vete, Satanás!” (Mateo 4:2-11).
12 Así, Jesús marcó el objetivo que seguiría su ministerio, a saber, defender con valentía la Palabra de su Padre contra los intentos de torcerla o manipularla. En ese entonces —al igual que ahora— reinaba la deshonestidad religiosa, como se hace evidente por lo que Jesucristo les dijo a los líderes espirituales de su día: “Invalidan la palabra de Dios por la tradición suya que ustedes transmitieron” (Marcos 7:13). Aunque el pueblo reverenciaba a aquellos hombres, Jesús no tuvo reparos en denunciarlos como guías ciegos e hipócritas (Mateo 23:13, 16). ¿Cómo podemos copiar su valeroso ejemplo?
13 Desde luego, debemos recordar que, a diferencia de Jesús, nosotros no podemos leer los corazones ni tenemos autoridad para juzgar; pero sí podemos defender la verdad con el mismo valor que él. Por ejemplo, cuando ponemos al descubierto las falsedades religiosas —las mentiras que con tanta frecuencia se han enseñado acerca de Dios, sus propósitos y su Palabra—, iluminamos a un mundo sumido en las tinieblas por la propaganda de Satanás (Mateo 5:14; Revelación 12:9, 10). Ayudamos a la gente a librarse de la esclavitud a las doctrinas falsas que le llenan el corazón de un temor enfermizo y envenenan su relación con Dios. ¡Qué privilegiados somos al observar el cumplimiento de la promesa de Jesús: “Conocerán la verdad, y la verdad los libertará”! (Juan 8:32.)
Promovió con valor la justicia
14 La Biblia predijo que el Mesías aclararía a las naciones “lo que es la justicia” (Mateo 12:18; Isaías 42:1). No cabe duda de que Jesús comenzó esa labor cuando estuvo en la Tierra. Siempre trató a los demás de manera justa y equitativa, lo que exigió gran valor de su parte. Por ejemplo, se negó a adoptar actitudes contrarias a las Escrituras, como los prejuicios y el fanatismo que predominaban a su alrededor.
15 Cuando los discípulos lo encontraron hablando con una mujer de Samaria en el pozo de Sicar, se asombraron. ¿Por qué? Porque en aquel entonces los judíos en general detestaban a los samaritanos, un sentimiento que venía de muchos años atrás (Esdras 4:4). Y a eso se sumaba el desprecio que los rabinos sentían hacia las mujeres. Sus leyes, puestas por escrito tiempo después, disuadían a los hombres de hablar con ellas y hasta insinuaban que las mujeres no merecían que se les enseñara la Ley de Dios. Las samaritanas en particular eran consideradas inmundas. Pasando por alto tales prejuicios, Jesús le enseñó abiertamente a esta mujer —que llevaba una vida inmoral—, e incluso le reveló que era el Mesías (Juan 4:5-27).
16 ¿Ha estado usted alguna vez en compañía de gente cargada de prejuicios? Es muy probable que hagan bromas despectivas sobre personas de otra raza o nación, o que hablen con desdén de los miembros del sexo opuesto, o que menosprecien a los que tienen una posición social o económica inferior. Quienes somos seguidores de Cristo, por nuestra parte, evitamos esas detestables actitudes y nos esforzamos por erradicar del corazón todo rastro de prejuicio (Hechos 10:34). Así que todos nosotros debemos cultivar el valor necesario para obrar con justicia a este respecto.
17 El valor también llevó a Jesús a luchar por la pureza del pueblo de Dios y por todo lo relacionado con la adoración pura. En los comienzos de su ministerio entró en el templo de Jerusalén y se horrorizó al ver a los mercaderes y cambistas comerciando allí. Lleno de justa indignación, echó fuera a estos hombres codiciosos junto con sus mercancías (Juan 2:13-17). Un episodio similar se produjo al final de su ministerio (Marcos 11:15-18). Aunque con estas acciones Jesús debió de ganarse la enemistad de hombres poderosos, no por ello vaciló. ¿Por qué? Porque desde niño llamaba al templo la casa de su Padre, y lo hacía de todo corazón (Lucas 2:49). Que se profanara el lugar donde se adoraba a Jehová era una injusticia que no podía tolerar. El celo por la adoración verdadera le dio el valor necesario para hacer lo que debía.
18 A los cristianos también nos interesa mucho la pureza del pueblo de Dios y todo lo que tiene que ver con la adoración pura. Por eso, si vemos que un hermano en la fe comete un pecado grave, no hacemos la vista gorda, sino que le hablamos con valor o nos aseguramos de que los ancianos de la congregación lo sepan (1 Corintios 1:11). Los ancianos pueden ayudar a quienes están enfermos espiritualmente y tomar medidas para preservar la pureza de las ovejas de Jehová (Santiago 5:14, 15).
19 Ahora bien, ¿debemos llegar a la conclusión de que Jesús combatió la injusticia social del mundo en general? Es verdad que vivió rodeado de injusticias. Su país se hallaba ocupado por una potencia extranjera, Roma, la cual oprimía a los judíos con una fuerte presencia militar, les imponía altos impuestos e interfería en la religión. No es de extrañar, por lo tanto, que muchos hayan querido que Jesús interviniera en la política (Juan 6:14, 15). Una vez más, su valor entró en acción.
20 Jesús explicó que su Reino no era parte del mundo. Con su ejemplo, instruyó a los discípulos para que se mantuvieran al margen de los conflictos políticos de su día y se dedicaran, más bien, a predicar las buenas nuevas del Reino de Dios (Juan 17:16; 18:36). Cuando una muchedumbre fue a arrestarlo, enseñó una impactante lección de neutralidad. Sucedió que, impulsivamente, el apóstol Pedro sacó la espada e hirió a un hombre. Su reacción es muy comprensible, pues si acaso alguna vez pareció justificada la violencia, fue aquella noche, cuando se atacó al inocente Hijo de Dios. No obstante, Jesús fijó la pauta que sus discípulos habrían de seguir hasta el día de hoy, diciendo: “Vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que toman la espada perecerán por la espada” (Mateo 26:51-54). Los seguidores de Cristo necesitaron valor para mantener una actitud pacífica, y lo mismo necesitamos hoy. Gracias a su neutralidad cristiana, el pueblo de Dios tiene un historial intachable en lo referente a las guerras, matanzas, revueltas y otros incontables actos violentos que se han producido en nuestra época. Tal testimonio histórico constituye un verdadero homenaje a su valor.
Afrontó valientemente la oposición
21 El Hijo de Jehová sabía de antemano que enfrentaría fuerte oposición en la Tierra (Isaías 50:4-7). Las repetidas amenazas de muerte de que fue objeto culminaron en el episodio relatado al principio de este capítulo. ¿Cómo pudo mostrarse tan valeroso ante semejantes peligros? Pues bien, ¿qué estaba haciendo poco antes de que la muchedumbre lo apresara? Estaba orando con fervor a Jehová. ¿Y qué hizo Jehová? La Biblia dice que Jesús “fue oído favorablemente” (Hebreos 5:7). De hecho, Jehová envió a un ángel del cielo para confortar a su valeroso Hijo (Lucas 22:42, 43).
22 Poco después de haber sido fortalecido, Jesús les dijo a los apóstoles: “Levántense, vámonos” (Mateo 26:46). Deténgase a pensar por un instante en el valor encerrado en esas palabras. “Vámonos”, dijo, sabiendo que le pediría a la multitud que dejara ir a sus amigos, sabiendo que ellos lo abandonarían y huirían, sabiendo que se encararía solo a la mayor prueba de su vida. Nadie estuvo con él cuando se enfrentó a un juicio ilegal e injusto, a las burlas, a la tortura y a una muerte atroz. Sin embargo, no perdió el valor ni por un momento durante esta terrible experiencia.
23 ¿Actuó Jesús de forma temeraria e imprudente? De ningún modo, pues la temeridad y la imprudencia poco tienen que ver con el auténtico valor. Es más, él enseñó a sus seguidores a ser cautelosos y evitar con prudencia el peligro para seguir haciendo la voluntad de Dios (Mateo 4:12; 10:16). Sin embargo, en esta ocasión Jesús entendía que no había manera de retroceder. Sabía cuál era la voluntad de su Padre y estaba resuelto a serle fiel. El único camino era seguir adelante y afrontar las pruebas que vinieran.
24 ¡Cuántas veces los cristianos han seguido valientemente los pasos de su Maestro! Muchos se han mantenido firmes pese a las burlas, la persecución, los arrestos, los encarcelamientos, la tortura y hasta la muerte. ¿De dónde obtienen el valor estos seres humanos imperfectos? No proviene de ellos. Tal como Jesús recibió ayuda del cielo, así también la reciben sus seguidores (Filipenses 4:13). Por eso, nunca tema lo que el futuro pueda depararle. Resuélvase a ser fiel a Jehová, y él le dará el valor que necesita. Siga sacando fuerzas del ejemplo que nos puso nuestro Caudillo, Jesús, quien dijo: “¡Cobren ánimo!, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).
[Nota]
Los historiadores han señalado que las tumbas de los rabinos eran tan veneradas como las tumbas de los patriarcas y los profetas.
[Preguntas del estudio]
1-3. ¿A qué peligro se enfrenta Jesús, y cómo reacciona?
4-6. a) ¿Con qué se compara al Hijo de Dios, y por qué razón? b) Mencione tres aspectos en los que Jesús demostró valor.
7-9. a) ¿Qué ocurrió cuando Jesús tenía 12 años, y por qué podemos decir que el ambiente era intimidante? b) ¿Cómo manifestó valor Jesús al tratar con los maestros en el templo?
10. ¿Cómo imitan hoy día los jóvenes cristianos el valor de Jesús?
11, 12. ¿Cómo defendió Jesús valerosamente la verdad en su vida adulta?
13. ¿Qué debemos recordar al imitar a Jesús? No obstante, ¿qué privilegio tenemos?
14, 15. a) Mencione una manera como Jesús aclaró “lo que es la justicia”. b) ¿Qué prejuicios dejó de lado Jesús al hablar con una mujer samaritana?
16. ¿Por qué necesitamos valor los cristianos para obrar sin prejuicios?
17. ¿Qué acción tomó Jesús en el templo, y por qué motivo?
18. ¿Cómo podemos los cristianos mostrar valor para preservar la pureza de la congregación?
19, 20. a) ¿Qué injusticias se cometían en el tiempo de Jesús, y a qué presión se enfrentó él? b) ¿Por qué se niegan a participar en política o actos violentos los cristianos, y cuál ha sido un premio a su postura?
21, 22. a) ¿Qué ayuda recibió Jesús antes de afrontar la mayor prueba de su vida? b) ¿Cómo demostró Jesús valor hasta el final?
23. Explique por qué no fue temeraria la manera como Jesús afrontó el peligro y las amenazas de muerte.
24. ¿Por qué estamos seguros de que podremos encarar con valor toda prueba que se nos presente?
[Recuadro de la página 45]
¿Cómo podemos seguir a Jesús?
● ¿Cómo nos ayuda el ejemplo de Jesús a enseñar la verdad con valor, aunque a muchas personas les resulte ofensiva? (Juan 8:31-59.)
● ¿Por qué no debemos dejar nunca que el miedo a Satanás o a los demonios nos impida ayudar a los demás? (Mateo 8:28-34; Marcos 1:23-28.)
● ¿Por qué debemos mostrar compasión a los oprimidos, incluso si sufrimos persecución por hacerlo? (Juan 9:1, 6, 7, 22-41.)
● ¿Cómo le ayudó a Jesús a encarar las pruebas la esperanza que tenía para el futuro, y cómo puede la esperanza infundirnos valor a nosotros? (Juan 16:28; 17:5; Hebreos 12:2.)
[Ilustración de la página 42]
“Soy yo”
[Ilustración de la página 39]
Muchos jóvenes cristianos expresan su fe con valor
[Ilustración de la página 44]
Los testigos de Jehová hemos afrontado con valor la persecución
UNA violenta muchedumbre sale en busca de Jesús. Los hombres van armados con espadas y con palos, y los acompaña una tropa de soldados. Alentados por un mismo propósito malvado, cruzan las oscuras calles de Jerusalén y se encaminan hacia el monte de los Olivos, en el valle de Cedrón. Aunque es noche de luna llena, portan lámparas y antorchas. ¿Para qué? ¿Para alumbrar el camino porque las nubes ocultan la luz de la luna? ¿O será que piensan que su presa está escondida entre las sombras? Una cosa es cierta: quien crea que Jesús se va a asustar no lo conoce.
2 Aunque conoce el peligro que se avecina, Jesús no se mueve de donde está. La muchedumbre se acerca, con Judas a la cabeza. Este, que había sido uno de los amigos de confianza del Maestro, lo traiciona descaradamente identificándolo con un saludo hipócrita y un beso. Jesús permanece tranquilo. Dando un paso al frente, pregunta: “¿A quién buscan?”. “A Jesús el Nazareno”, responden ellos.
3 Cualquiera retrocedería aterrorizado ante semejante multitud armada. Quizás eso es lo que ellos esperan que haga el hombre que tienen delante. Pero Jesús no se acobarda, no huye, no se escuda en una mentira. Simplemente dice: “Soy yo”. Su porte revela tanta serenidad y valentía que los hombres retroceden asombrados y caen al suelo (Juan 18:1-6; Mateo 26:45-50; Marcos 14:41-46).
4 ¿Cómo podía Jesús enfrentarse a una situación tan peligrosa sin perder ni un solo momento la compostura ni el dominio de sí mismo? La respuesta se resume en una sola palabra: valor. Pocas virtudes son tan admiradas o tan esenciales en un líder, y en esto ningún hombre jamás ha igualado —y mucho menos sobrepasado— a Jesús. En el capítulo anterior aprendimos sobre su humildad y mansedumbre, cualidades por las que se le llamó apropiadamente “el Cordero” (Juan 1:29). Sin embargo, su valor lo hace merecedor de una designación muy distinta. La Biblia dice del Hijo de Dios: “¡Mira! El León que es de la tribu de Judá” (Revelación 5:5).
5 Se suele asociar al león con la valentía. ¿Se ha encontrado usted cara a cara con un león adulto alguna vez? En tal caso, lo más probable es que haya estado separado de él por una valla protectora en el zoológico. Con todo, la experiencia puede ser sobrecogedora. Al mirar a la cara a este corpulento y fiero animal, mientras él nos clava los ojos, difícilmente nos lo imaginemos huyendo despavorido de algo. La Biblia dice que el león “es el más poderoso entre las bestias, y que no se vuelve atrás de delante de nadie” (Proverbios 30:30). Así de valeroso es Cristo.
6 Examinemos tres aspectos en los que Jesús ha demostrado un valor como el del león: al defender la verdad, al promover la justicia y al afrontar oposición. Veremos también que todos —seamos valientes por naturaleza o no— podemos imitarlo y manifestar esa cualidad.
Defendió la verdad con valentía
7 En este mundo dominado por Satanás, “el padre de la mentira”, hace falta valor para defender la verdad (Juan 8:44; 14:30). Jesús no esperó a ser adulto para hacerlo, como lo revela cierto episodio de su vida. A los 12 años estuvo separado de sus padres después de celebrar la fiesta de la Pascua en Jerusalén. Tras buscarlo desesperadamente por tres días, María y José al fin lo hallaron en el templo. ¿Qué estaba haciendo? Estaba “sentado en medio de los maestros, [...] escuchándoles e interrogándolos” (Lucas 2:41-50). Piense en el ambiente en que se desarrolló aquella conversación.
8 Según los historiadores, algunos de los guías religiosos más ilustres se quedaban en el templo después de las fiestas para enseñar a la gente en alguno de sus amplios atrios. Las personas se sentaban a sus pies, escuchando y haciendo preguntas. Estos maestros eran hombres muy instruidos. Tenían profundos conocimientos de la Ley mosaica, así como del sinfín de complejas leyes y tradiciones humanas que se habían multiplicado con los años. ¿Cómo se hubiera sentido usted allí en medio de ellos? ¿Intimidado? No es para menos. ¿Y si tuviera apenas 12 años? Muchos niños son tímidos (Jeremías 1:6). Algunos tratan por todos los medios de pasar inadvertidos en la escuela, pues tienen miedo de que sus maestros les hagan una pregunta o que los elijan para hacer algo, miedo de pasar vergüenza o de hacer el ridículo.
9 Sin embargo, ahí estaba Jesús, sentado en medio de aquellos expertos, interrogándolos valerosamente sobre cuestiones profundas. Y no solo eso, pues el relato añade: “Todos los que le escuchaban quedaban asombrados de su entendimiento y de sus respuestas” (Lucas 2:47). Aunque la Biblia no especifica de qué habló en esa ocasión, es seguro que no repitió las falsedades que eran tan populares entre aquellos maestros religiosos (1 Pedro 2:22). Por el contrario, Jesús defendió la verdad de la Palabra de Dios, y todos los que lo oyeron sin duda se maravillaron de ver a un niño de 12 años expresarse con tanta inteligencia y valor.
10 En la actualidad, una cantidad innumerable de jóvenes cristianos sigue las pisadas del Maestro. Es verdad que no son perfectos, como lo fue Jesús, pero sí copian su ejemplo porque no esperan a ser adultos para defender la verdad. Ya sea en la escuela o en su comunidad, enseñan con respeto la verdad a los demás, haciéndoles preguntas con tacto y escuchando su respuesta (1 Pedro 3:15). Como grupo, han ayudado a compañeros de clase, maestros y vecinos a hacerse seguidores de Cristo. ¡Cuánto debe complacerle a Jehová el valor de estos jóvenes! Su Palabra los asemeja a gotas de rocío: refrescantes, agradables y numerosos (Salmo 110:3).
11 En su vida adulta, Jesús siguió defendiendo la verdad con valor. De hecho, su ministerio empezó con una confrontación que muchos calificarían de aterradora. Tuvo que enfrentarse a Satanás —el más fuerte y peligroso de todos los enemigos de Jehová—, pero no en calidad de poderoso arcángel, sino como un simple hombre de carne y hueso. Jesús rechazó al Diablo y refutó su aplicación tergiversada de unas palabras inspiradas por Dios. El encuentro terminó con la enérgica orden de Jesús: “¡Vete, Satanás!” (Mateo 4:2-11).
12 Así, Jesús marcó el objetivo que seguiría su ministerio, a saber, defender con valentía la Palabra de su Padre contra los intentos de torcerla o manipularla. En ese entonces —al igual que ahora— reinaba la deshonestidad religiosa, como se hace evidente por lo que Jesucristo les dijo a los líderes espirituales de su día: “Invalidan la palabra de Dios por la tradición suya que ustedes transmitieron” (Marcos 7:13). Aunque el pueblo reverenciaba a aquellos hombres, Jesús no tuvo reparos en denunciarlos como guías ciegos e hipócritas (Mateo 23:13, 16). ¿Cómo podemos copiar su valeroso ejemplo?
13 Desde luego, debemos recordar que, a diferencia de Jesús, nosotros no podemos leer los corazones ni tenemos autoridad para juzgar; pero sí podemos defender la verdad con el mismo valor que él. Por ejemplo, cuando ponemos al descubierto las falsedades religiosas —las mentiras que con tanta frecuencia se han enseñado acerca de Dios, sus propósitos y su Palabra—, iluminamos a un mundo sumido en las tinieblas por la propaganda de Satanás (Mateo 5:14; Revelación 12:9, 10). Ayudamos a la gente a librarse de la esclavitud a las doctrinas falsas que le llenan el corazón de un temor enfermizo y envenenan su relación con Dios. ¡Qué privilegiados somos al observar el cumplimiento de la promesa de Jesús: “Conocerán la verdad, y la verdad los libertará”! (Juan 8:32.)
Promovió con valor la justicia
14 La Biblia predijo que el Mesías aclararía a las naciones “lo que es la justicia” (Mateo 12:18; Isaías 42:1). No cabe duda de que Jesús comenzó esa labor cuando estuvo en la Tierra. Siempre trató a los demás de manera justa y equitativa, lo que exigió gran valor de su parte. Por ejemplo, se negó a adoptar actitudes contrarias a las Escrituras, como los prejuicios y el fanatismo que predominaban a su alrededor.
15 Cuando los discípulos lo encontraron hablando con una mujer de Samaria en el pozo de Sicar, se asombraron. ¿Por qué? Porque en aquel entonces los judíos en general detestaban a los samaritanos, un sentimiento que venía de muchos años atrás (Esdras 4:4). Y a eso se sumaba el desprecio que los rabinos sentían hacia las mujeres. Sus leyes, puestas por escrito tiempo después, disuadían a los hombres de hablar con ellas y hasta insinuaban que las mujeres no merecían que se les enseñara la Ley de Dios. Las samaritanas en particular eran consideradas inmundas. Pasando por alto tales prejuicios, Jesús le enseñó abiertamente a esta mujer —que llevaba una vida inmoral—, e incluso le reveló que era el Mesías (Juan 4:5-27).
16 ¿Ha estado usted alguna vez en compañía de gente cargada de prejuicios? Es muy probable que hagan bromas despectivas sobre personas de otra raza o nación, o que hablen con desdén de los miembros del sexo opuesto, o que menosprecien a los que tienen una posición social o económica inferior. Quienes somos seguidores de Cristo, por nuestra parte, evitamos esas detestables actitudes y nos esforzamos por erradicar del corazón todo rastro de prejuicio (Hechos 10:34). Así que todos nosotros debemos cultivar el valor necesario para obrar con justicia a este respecto.
17 El valor también llevó a Jesús a luchar por la pureza del pueblo de Dios y por todo lo relacionado con la adoración pura. En los comienzos de su ministerio entró en el templo de Jerusalén y se horrorizó al ver a los mercaderes y cambistas comerciando allí. Lleno de justa indignación, echó fuera a estos hombres codiciosos junto con sus mercancías (Juan 2:13-17). Un episodio similar se produjo al final de su ministerio (Marcos 11:15-18). Aunque con estas acciones Jesús debió de ganarse la enemistad de hombres poderosos, no por ello vaciló. ¿Por qué? Porque desde niño llamaba al templo la casa de su Padre, y lo hacía de todo corazón (Lucas 2:49). Que se profanara el lugar donde se adoraba a Jehová era una injusticia que no podía tolerar. El celo por la adoración verdadera le dio el valor necesario para hacer lo que debía.
18 A los cristianos también nos interesa mucho la pureza del pueblo de Dios y todo lo que tiene que ver con la adoración pura. Por eso, si vemos que un hermano en la fe comete un pecado grave, no hacemos la vista gorda, sino que le hablamos con valor o nos aseguramos de que los ancianos de la congregación lo sepan (1 Corintios 1:11). Los ancianos pueden ayudar a quienes están enfermos espiritualmente y tomar medidas para preservar la pureza de las ovejas de Jehová (Santiago 5:14, 15).
19 Ahora bien, ¿debemos llegar a la conclusión de que Jesús combatió la injusticia social del mundo en general? Es verdad que vivió rodeado de injusticias. Su país se hallaba ocupado por una potencia extranjera, Roma, la cual oprimía a los judíos con una fuerte presencia militar, les imponía altos impuestos e interfería en la religión. No es de extrañar, por lo tanto, que muchos hayan querido que Jesús interviniera en la política (Juan 6:14, 15). Una vez más, su valor entró en acción.
20 Jesús explicó que su Reino no era parte del mundo. Con su ejemplo, instruyó a los discípulos para que se mantuvieran al margen de los conflictos políticos de su día y se dedicaran, más bien, a predicar las buenas nuevas del Reino de Dios (Juan 17:16; 18:36). Cuando una muchedumbre fue a arrestarlo, enseñó una impactante lección de neutralidad. Sucedió que, impulsivamente, el apóstol Pedro sacó la espada e hirió a un hombre. Su reacción es muy comprensible, pues si acaso alguna vez pareció justificada la violencia, fue aquella noche, cuando se atacó al inocente Hijo de Dios. No obstante, Jesús fijó la pauta que sus discípulos habrían de seguir hasta el día de hoy, diciendo: “Vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que toman la espada perecerán por la espada” (Mateo 26:51-54). Los seguidores de Cristo necesitaron valor para mantener una actitud pacífica, y lo mismo necesitamos hoy. Gracias a su neutralidad cristiana, el pueblo de Dios tiene un historial intachable en lo referente a las guerras, matanzas, revueltas y otros incontables actos violentos que se han producido en nuestra época. Tal testimonio histórico constituye un verdadero homenaje a su valor.
Afrontó valientemente la oposición
21 El Hijo de Jehová sabía de antemano que enfrentaría fuerte oposición en la Tierra (Isaías 50:4-7). Las repetidas amenazas de muerte de que fue objeto culminaron en el episodio relatado al principio de este capítulo. ¿Cómo pudo mostrarse tan valeroso ante semejantes peligros? Pues bien, ¿qué estaba haciendo poco antes de que la muchedumbre lo apresara? Estaba orando con fervor a Jehová. ¿Y qué hizo Jehová? La Biblia dice que Jesús “fue oído favorablemente” (Hebreos 5:7). De hecho, Jehová envió a un ángel del cielo para confortar a su valeroso Hijo (Lucas 22:42, 43).
22 Poco después de haber sido fortalecido, Jesús les dijo a los apóstoles: “Levántense, vámonos” (Mateo 26:46). Deténgase a pensar por un instante en el valor encerrado en esas palabras. “Vámonos”, dijo, sabiendo que le pediría a la multitud que dejara ir a sus amigos, sabiendo que ellos lo abandonarían y huirían, sabiendo que se encararía solo a la mayor prueba de su vida. Nadie estuvo con él cuando se enfrentó a un juicio ilegal e injusto, a las burlas, a la tortura y a una muerte atroz. Sin embargo, no perdió el valor ni por un momento durante esta terrible experiencia.
23 ¿Actuó Jesús de forma temeraria e imprudente? De ningún modo, pues la temeridad y la imprudencia poco tienen que ver con el auténtico valor. Es más, él enseñó a sus seguidores a ser cautelosos y evitar con prudencia el peligro para seguir haciendo la voluntad de Dios (Mateo 4:12; 10:16). Sin embargo, en esta ocasión Jesús entendía que no había manera de retroceder. Sabía cuál era la voluntad de su Padre y estaba resuelto a serle fiel. El único camino era seguir adelante y afrontar las pruebas que vinieran.
24 ¡Cuántas veces los cristianos han seguido valientemente los pasos de su Maestro! Muchos se han mantenido firmes pese a las burlas, la persecución, los arrestos, los encarcelamientos, la tortura y hasta la muerte. ¿De dónde obtienen el valor estos seres humanos imperfectos? No proviene de ellos. Tal como Jesús recibió ayuda del cielo, así también la reciben sus seguidores (Filipenses 4:13). Por eso, nunca tema lo que el futuro pueda depararle. Resuélvase a ser fiel a Jehová, y él le dará el valor que necesita. Siga sacando fuerzas del ejemplo que nos puso nuestro Caudillo, Jesús, quien dijo: “¡Cobren ánimo!, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).
[Nota]
Los historiadores han señalado que las tumbas de los rabinos eran tan veneradas como las tumbas de los patriarcas y los profetas.
[Preguntas del estudio]
1-3. ¿A qué peligro se enfrenta Jesús, y cómo reacciona?
4-6. a) ¿Con qué se compara al Hijo de Dios, y por qué razón? b) Mencione tres aspectos en los que Jesús demostró valor.
7-9. a) ¿Qué ocurrió cuando Jesús tenía 12 años, y por qué podemos decir que el ambiente era intimidante? b) ¿Cómo manifestó valor Jesús al tratar con los maestros en el templo?
10. ¿Cómo imitan hoy día los jóvenes cristianos el valor de Jesús?
11, 12. ¿Cómo defendió Jesús valerosamente la verdad en su vida adulta?
13. ¿Qué debemos recordar al imitar a Jesús? No obstante, ¿qué privilegio tenemos?
14, 15. a) Mencione una manera como Jesús aclaró “lo que es la justicia”. b) ¿Qué prejuicios dejó de lado Jesús al hablar con una mujer samaritana?
16. ¿Por qué necesitamos valor los cristianos para obrar sin prejuicios?
17. ¿Qué acción tomó Jesús en el templo, y por qué motivo?
18. ¿Cómo podemos los cristianos mostrar valor para preservar la pureza de la congregación?
19, 20. a) ¿Qué injusticias se cometían en el tiempo de Jesús, y a qué presión se enfrentó él? b) ¿Por qué se niegan a participar en política o actos violentos los cristianos, y cuál ha sido un premio a su postura?
21, 22. a) ¿Qué ayuda recibió Jesús antes de afrontar la mayor prueba de su vida? b) ¿Cómo demostró Jesús valor hasta el final?
23. Explique por qué no fue temeraria la manera como Jesús afrontó el peligro y las amenazas de muerte.
24. ¿Por qué estamos seguros de que podremos encarar con valor toda prueba que se nos presente?
[Recuadro de la página 45]
¿Cómo podemos seguir a Jesús?
● ¿Cómo nos ayuda el ejemplo de Jesús a enseñar la verdad con valor, aunque a muchas personas les resulte ofensiva? (Juan 8:31-59.)
● ¿Por qué no debemos dejar nunca que el miedo a Satanás o a los demonios nos impida ayudar a los demás? (Mateo 8:28-34; Marcos 1:23-28.)
● ¿Por qué debemos mostrar compasión a los oprimidos, incluso si sufrimos persecución por hacerlo? (Juan 9:1, 6, 7, 22-41.)
● ¿Cómo le ayudó a Jesús a encarar las pruebas la esperanza que tenía para el futuro, y cómo puede la esperanza infundirnos valor a nosotros? (Juan 16:28; 17:5; Hebreos 12:2.)
[Ilustración de la página 42]
“Soy yo”
[Ilustración de la página 39]
Muchos jóvenes cristianos expresan su fe con valor
[Ilustración de la página 44]
Los testigos de Jehová hemos afrontado con valor la persecución
JESÙS DICE = “Soy [...] humilde de corazón”
EN Jerusalén se respira entusiasmo. ¡Va a llegar un gran personaje! La gente sale a las afueras de la ciudad y lo espera junto al camino; están ansiosos de recibir a quien, según dicen, es el heredero del rey David, el legítimo aspirante al trono de Israel. Algunos llevan palmas para ondearlas, y otros extienden en las calles ramas de árboles y vestiduras para facilitarle el paso (Mateo 21:7, 8; Juan 12:12, 13). Tal vez muchos se pregunten cómo será su entrada en la ciudad.
2 Probablemente haya quienes se imaginen que vendrá con mucha pompa. De seguro han oído hablar de hombres importantes que hicieron entradas grandiosas. Por ejemplo, cuando Absalón, el hijo de David, se autoproclamó rey, llegó en un carruaje precedido por 50 corredores (2 Samuel 15:1, 10). Y el gobernante romano Julio César exigió aún más ostentación: llegó en una procesión triunfal que culminó en el capitolio de Roma flanqueado por 40 elefantes que portaban candelabros. Pero los habitantes de Jerusalén esperan a un hombre mucho más ilustre. Sea que la multitud lo entienda bien o no, se trata del Mesías, el hombre más grande de todos los tiempos. Sin embargo, cuando haga su aparición el futuro Rey, es posible que algunos se lleven una sorpresa.
3 No ven ni carruaje ni corredores ni caballos... mucho menos elefantes. Más bien, Jesús viene a lomos de una humilde bestia de carga: un burrito. Además, ni él ni el asno vienen lujosamente ataviados. En vez de sentarse en una silla muy costosa, Jesús lo hace sobre unas cuantas prendas de vestir que sus seguidores más cercanos han echado sobre el animal. ¿Por qué ha decidido entrar en Jerusalén de manera tan humilde, si hombres muy inferiores a él habían reclamado una ceremonia mucho más ostentosa?
4 En realidad, Jesús está cumpliendo la siguiente profecía: “Ponte muy gozosa [...]. Grita en triunfo, oh hija de Jerusalén. ¡Mira! Tu rey mismo viene a ti. Es justo, sí, salvado; humilde, y cabalga sobre un asno, [sí,] sobre un animal plenamente desarrollado, hijo de un asna” (Zacarías 9:9). Esta predicción indicó que llegaría el tiempo en que el Mesías, el Ungido de Dios, le revelaría al pueblo de Jerusalén que él era el Rey que Dios había designado. Además, la forma en que lo haría, incluido el animal en que iba a cabalgar, indicaría una bella cualidad de su corazón: la humildad.
5 La humildad de Jesús es una de sus cualidades que más nos atraen y conmueven cuando meditamos en ella. Como vimos en el capítulo anterior, únicamente el Hijo de Dios es “el camino y la verdad y la vida” (Juan 14:6). Es obvio que entre los miles de millones de seres que han vivido en este planeta no ha habido ni uno solo que se le acerque en importancia. Sin embargo, Jesús nunca demostró la menor sombra de orgullo, altanería o vanidad, defectos muy frecuentes en los humanos. Para seguir a Cristo, tenemos que luchar contra nuestra tendencia al orgullo (Santiago 4:6). No olvidemos que Jehová detesta la altivez. Por lo tanto, es esencial que aprendamos a imitar la humildad de Jesús.
Un largo historial de humildad
6 La humildad es la actitud mental opuesta al orgullo o la arrogancia. Es una virtud que nace en el corazón y se manifiesta en la forma de hablar, comportarse y tratar al prójimo. Ahora bien, ¿por qué sabía Jehová que el Mesías sería humilde? Porque estaba seguro de que su Hijo reflejaba el ejemplo perfecto de humildad que él mismo le había dado (Juan 10:15). De hecho, ya lo había visto mostrar humildad. ¿Por qué decimos esto?
7 El libro de Judas contiene un ejemplo muy interesante: “Cuando Miguel el arcángel tuvo una diferencia con el Diablo y disputaba acerca del cuerpo de Moisés, no se atrevió a llevar un juicio contra él en términos injuriosos, sino que dijo: ‘Que Jehová te reprenda’” (Judas 9). El nombre Miguel se aplica a Jesús, tanto antes como después de vivir en la Tierra, en su función de arcángel, o jefe del ejército celestial de ángeles de Jehová (1 Tesalonicenses 4:16). Fijémonos, sin embargo, en cómo manejó Miguel la confrontación con Satanás.
8 Judas no nos dice qué pensaba hacer Satanás con el cuerpo del fiel Moisés, pero sin duda lo quería para algún vil propósito. Tal vez deseaba promover su uso en la religión falsa. Sea como fuere, Miguel se opuso a sus malvados planes, a la vez que demostró un autocontrol admirable al disputar con él. Era innegable que Satanás merecía ser censurado, pero Miguel aún no había recibido toda la autoridad para juzgar, por lo que opinó que solo Jehová Dios podía encargarse de condenarlo (Juan 5:22). En su calidad de arcángel tenía mucho poder, pero humildemente dejó el asunto en manos de Jehová, en vez de procurar ampliar su autoridad. Además de humildad, mostró modestia, es decir, conciencia de sus limitaciones.
9 Hubo una razón por la que Jehová inspiró a Judas a escribir sobre este incidente: en sus días había cristianos que no eran humildes. Con altivez, estaban “hablando injuriosamente de todas las cosas que realmente no conoc[ían]” (Judas 10). Dado que somos imperfectos, ¡qué fácil es que nos dejemos llevar por el orgullo! Cuando no entendemos alguna medida que se adopta en la congregación cristiana, quizá la decisión que toma un cuerpo de ancianos, ¿cómo reaccionamos? Si, a pesar de que no podemos conocer todos los detalles implicados, nos dedicamos a hablar mal y a criticar, bien pudiera ser que nos falte humildad. Es mucho mejor imitar a Miguel, sí, a Jesús, y no ponernos a juzgar asuntos que Dios no ha puesto bajo nuestra jurisdicción.
10 El Hijo de Dios también demostró humildad al aceptar la misión de venir a la Tierra. Basta con pensar en lo que tuvo que dejar atrás. No solo era el arcángel, sino “la Palabra”, el propio Portavoz de Jehová (Juan 1:1-3). Vivía en el cielo, la “excelsa morada de santidad y hermosura” de Jehová (Isaías 63:15). Sin reparar en lo que habría de perder, “se despojó a sí mismo y tomó la forma de un esclavo y llegó a estar en la semejanza de los hombres” (Filipenses 2:7). No olvidemos lo que implicaba su labor en la Tierra. Jehová trasladó la vida de su Hijo a la matriz de una virgen judía, donde se desarrollaría durante nueve meses para nacer como bebé indefenso. Crecería en la casa de un humilde carpintero, allí daría sus primeros pasos, pasaría su infancia y entraría en la adolescencia. Pese a ser perfecto, pasaría la primera etapa de su vida sujeto a padres humanos imperfectos (Lucas 2:40, 51, 52). ¡Qué humildad!
11 ¿Imitaremos la humildad de Jesús? Podemos hacerlo aceptando de buena gana asignaciones de servicio que en ocasiones pudieran parecer humildes. Por ejemplo, cuando predicamos las buenas nuevas, la gente quizás reaccione con desinterés, desprecio o incluso hostilidad (Mateo 28:19, 20). Pero si perseveramos en esta obra, tal vez logremos salvar vidas. En todo caso, aprenderemos una buena lección de humildad y estaremos siguiendo las huellas del Amo, Jesucristo.
La humildad de Jesús durante su vida humana
12 El ministerio de Jesús en la Tierra se caracterizó de principio a fin por la humildad. Él demostró esta virtud al dar siempre la alabanza y gloria a su Padre. Aunque a veces lo elogiaban por la sabiduría de sus palabras, el poder de sus milagros e incluso por la bondad de su carácter, Jesús se negó en todo momento a aceptar esa gloria y la dirigió a Jehová (Marcos 10:17, 18; Juan 7:15, 16).
13 Jesús manifestó humildad en el trato con otras personas. De hecho, dejó muy claro que no había venido a la Tierra para que le sirvieran, sino para servir (Mateo 20:28). Su trato amoroso y razonable demostraba lo humilde que era. Cuando sus discípulos le fallaron, no los regañó, sino que siguió esforzándose por llegarles al corazón (Mateo 26:39-41). El día que las multitudes le impidieron retirarse a descansar, no las despidió, sino que sacrificó su descanso y les enseñó “muchas cosas” (Marcos 6:30-34). En cierta ocasión, una mujer que no era israelita le pidió que sanara a su hija. Aunque él le indicó que no estaba dispuesto a hacerlo, ella siguió insistiendo. Pues bien, él no le repitió furioso que no la curaría; por el contrario, como veremos en el capítulo 14, estuvo dispuesto a ceder en vista de la extraordinaria fe de aquella mujer (Mateo 15:22-28).
14 De muchísimas maneras, Jesús fue fiel a la descripción que hizo de sí mismo: “Soy de genio apacible y humilde de corazón” (Mateo 11:29). Su humildad no era pura apariencia, cuestión de simple formalismo o cortesía, sino que nacía del corazón, de lo más profundo de su ser. Por eso no nos sorprende que destacara tanto en su enseñanza que sus discípulos tenían que ser humildes.
Enseña a sus discípulos a ser humildes
15 A los apóstoles les costó trabajo cultivar la humildad, de modo que Jesús tuvo que darles frecuentes lecciones sobre esta virtud. Por ejemplo, en cierta ocasión Santiago y Juan —utilizando a su propia madre como intermediaria— le pidieron a Cristo que les concediera altos cargos en el Reino de Dios. Pero él les respondió con toda modestia: “Esto de sentarse a mi derecha y a mi izquierda no es cosa mía darlo, sino que pertenece a aquellos para quienes ha sido preparado por mi Padre”. Al enterarse de lo que habían hecho Santiago y Juan, los otros diez apóstoles “se indignaron” con ellos (Mateo 20:20-24). ¿Cómo manejó Jesús la situación?
16 Los reprendió a todos con bondad: “Ustedes saben que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los grandes ejercen autoridad sobre ellas. No es así entre ustedes; antes bien, el que quiera llegar a ser grande entre ustedes tiene que ser ministro de ustedes, y el que quiera ser el primero entre ustedes tiene que ser esclavo de ustedes” (Mateo 20:25-27). Muy probablemente, los apóstoles habían comprobado lo altivos, ambiciosos y egoístas que podían ser “los gobernantes de las naciones”. Pero Jesús les indicó que sus discípulos no debían parecerse a esos tiranos obsesionados por el poder, sino ser humildes. ¿Captaron ellos la idea?
17 A decir verdad, se les hizo difícil. No fue ni la primera ni la última vez que Jesús les daría una lección así. Ya antes habían discutido sobre quién era el más importante. En esa ocasión, él puso a un chiquillo en el centro y les dejó claro que debían imitar a los niños, quienes por lo general están libres del orgullo, la ambición y el interés por la posición social, características tan comunes en los adultos (Mateo 18:1-4). Aun así, la misma noche antes de morir vio que sus apóstoles seguían discutiendo con orgullo. De modo que les dio una lección imborrable. Atándose una toalla a la cintura, realizó la tarea más humilde que existía, la que solían realizar los sirvientes con los huéspedes: lavó los pies a todos los apóstoles, incluido Judas, que iba a traicionarlo (Juan 13:1-11).
18 Jesús destacó por qué lo había hecho al decirles: “Yo les he puesto el modelo” (Juan 13:15). ¿Les llegó por fin la lección al corazón? Bueno, esa misma noche volvieron a discutir sobre quién era el más importante (Lucas 22:24-27). Pese a todo, Cristo no perdió la paciencia con ellos, sino que les recalcó una vez más que fueran humildes. Luego les dio la lección más impresionante de toda su vida humana: “Se humilló y se hizo obediente hasta la muerte, sí, muerte en un madero de tormento” (Filipenses 2:8). En efecto, se sometió voluntariamente a una muerte humillante, condenado sin razón como delincuente y blasfemo. De este modo, el Hijo de Dios demostró que era incomparable, pues de todas las criaturas que Jehová había creado, fue la que dio la mayor prueba, perfecta en todo sentido, de humildad.
19 Es probable que fuera esta lección de humildad —la lección definitiva que dio Jesús como hombre— la que grabara este punto de forma imborrable en el corazón de sus apóstoles fieles. La Biblia relata que estos hombres realizaron su servicio con toda humildad durante años y hasta décadas. ¿Qué puede decirse de nosotros?
¿Seguiremos el modelo de Jesús?
20 Pablo nos exhorta: “Mantengan en ustedes esta actitud mental que también hubo en Cristo Jesús” (Filipenses 2:5). Como Jesús, tenemos que ser humildes. Ahora, ¿cómo sabemos si la humildad está arraigada en nuestro corazón? Pues bien, Pablo nos recuerda que no “ha[gamos] nada movidos por espíritu de contradicción ni por egotismo, sino considerando con humildad mental que los demás son superiores” (Filipenses 2:3). Por lo tanto, la clave es cómo vemos a los demás en relación con nosotros. Tenemos que considerarlos superiores, o más importantes. ¿Seguiremos ese consejo?
21 Años después de la muerte de Jesús, el apóstol Pedro aún tenía muy presente la importancia de la humildad. Por eso les mandó a los superintendentes cristianos que cumplieran sus deberes con humildad y que no se enseñorearan de las ovejas de Jehová (1 Pedro 5:2, 3). Las posiciones de responsabilidad no dan licencia para el orgullo. Al contrario, exigen aún más humildad (Lucas 12:48). Claro, esta virtud no solo es esencial para los ancianos, sino para todos los cristianos.
22 Sin duda, Pedro nunca olvidó la noche en que, a pesar de sus protestas, Jesús le lavó los pies (Juan 13:6-10). El apóstol escribió a los cristianos: “Todos ustedes cíñanse con humildad mental los unos para con los otros” (1 Pedro 5:5). El verbo traducido “cíñanse” evoca la acción de un esclavo que se ata un delantal para llevar a cabo una labor servil. Muy bien pudiera recordarnos la ocasión en que Jesús se ciñó con una toalla y, arrodillándose, se puso a lavar los pies de los discípulos. Por tanto, si seguimos a Jesús, ¿pensaremos que alguna tarea que Dios nos dé no está a la altura de nuestra dignidad? La humildad de nuestro corazón debería ser visible para todos, como si la lleváramos ceñida a la cintura.
23 El orgullo es un veneno sumamente destructivo. Este defecto hace que hasta la persona más capaz sea inservible para Dios. La humildad, por otro lado, convierte en instrumento útil para Jehová hasta a la persona más insignificante. Si cultivamos día a día esta valiosa virtud esforzándonos por seguir con modestia los pasos de Cristo, tendremos una maravillosa recompensa, tal como indicó Pedro: “Humíllense, por lo tanto, bajo la poderosa mano de Dios, para que él los ensalce al tiempo debido” (1 Pedro 5:6). Nuestro Dios, Jehová, ciertamente ensalzó a Jesús a una posición superior por haber sido humilde en grado máximo, y con gusto nos recompensará a nosotros si también manifestamos esa cualidad.
24 Por desgracia, algunas personas creen que la humildad es signo de debilidad. Pero el ejemplo de Jesús nos muestra que están muy equivocadas, pues, como veremos en el próximo capítulo, el hombre más humilde de la historia fue también el más valiente.
[Notas]
Al hablar de este acontecimiento, una obra especializada llama a los asnos “criaturas humildes”, y añade que “son de aspecto poco agraciado, lentas y testarudas, y constituyen la elección habitual de los pobres para sus labores”.
Encontrará más pruebas de que Miguel es Jesús en las págs. 218, 219 del libro ¿Qué enseña realmente la Biblia?, editado por los testigos de Jehová.
[Preguntas del estudio]
1-3. ¿De qué manera entra Jesús en Jerusalén, y por qué puede sorprender este hecho a algunos que salen a su encuentro?
4. ¿Qué predijo la Biblia sobre la entrada que haría en Jerusalén el Rey Mesiánico?
5. ¿Por qué es conmovedor meditar en la humildad de Jesús, y por qué es esencial que aprendamos a imitar esta cualidad suya?
6. ¿Qué es la humildad, y por qué sabía Jehová que el Mesías sería humilde?
7-9. a) ¿Cómo mostró Miguel humildad frente a Satanás? b) ¿Cómo podemos imitar los cristianos la humildad de Miguel?
10, 11. a) ¿Por qué fue notable que el Hijo de Dios aceptara venir a la Tierra? b) ¿Cómo podemos imitar la humildad de Jesús?
12-14. a) ¿Cómo demostró Jesús humildad ante los elogios de la gente? b) ¿De qué maneras trató Jesús con humildad a otras personas? c) ¿Cómo sabemos que la humildad de Jesús no era cuestión de simple formalismo o cortesía?
15, 16. ¿Cómo contrastó Jesús la actitud que debían cultivar sus discípulos con la que tenían los gobernantes del mundo?
17-19. a) ¿De qué manera les dio Jesús a sus discípulos una lección imborrable de humildad la noche antes de su muerte? b) ¿Cuál es la lección de humildad más impresionante que dio Jesús durante su vida humana?
20. ¿Cómo podemos saber si somos humildes?
21, 22. a) ¿Por qué deben ser humildes los superintendentes cristianos? b) ¿Cómo demostraremos que estamos ceñidos de humildad?
23, 24. a) ¿Por qué deberíamos luchar contra la más mínima tendencia a ser orgullosos? b) ¿Qué idea equivocada acerca de la humildad se corregirá en el próximo capítulo?
[Recuadro de la página 34]
¿Cómo podemos seguir a Jesús?
● Cuando nos sintamos tentados a presumir de nuestros logros, ¿cómo podría guiarnos el ejemplo de Jesús? (Mateo 12:15-19; Marcos 7:35-37.)
● ¿Cómo podríamos imitar a Jesús al realizar tareas humildes a favor de nuestros hermanos espirituales? (Juan 21:1-13.)
● ¿Cómo podría ayudarnos el ejemplo de Jesús si nos viéramos ante la tentación de luchar para ser importantes y triunfar en este mundo? (Juan 6:14, 15.)
[Ilustración de la página 27]
“¡Mira! Tu rey mismo viene a ti”
JESÙS DICE = Yo soy “El camino y la verdad y la vida”
¿HA ESTADO usted perdido alguna vez? Puede que recuerde ocasiones en las que, yendo a visitar a amigos o familiares, no lograba dar con la dirección. Al ir avanzando por caminos desconocidos, ¿se detuvo en algún momento a pedir ayuda? Imagínese que, en una situación como esa, se encuentra con una persona bondadosa que no se limita a explicarle cómo llegar, sino que le dice: “Mejor sígame, que lo acompaño”. ¡Qué gran alivio!
2 Pues bien, en cierto sentido, eso es lo que ha hecho Jesús por los seres humanos. Por cuenta propia, ninguno de nosotros podría hallar el camino que nos acerca a Dios. Como hemos heredado la imperfección y el pecado, todos nos encontramos perdidos, “alejad[o]s de la vida que pertenece a Dios” (Efesios 4:17, 18). Y justamente por eso necesitamos orientación y guía. Pero Jesús, nuestro bondadoso Modelo, no solo nos aconseja y dirige. Como vimos en el capítulo 1, nos hace esta invitación: “Ven, sé mi seguidor” (Marcos 10:21). Además, nos da una razón muy convincente para aceptar su ofrecimiento. En una ocasión dijo: “Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6). Veamos algunas razones por las que solo podemos acercarnos al Padre a través del Hijo. Luego, con estas razones presentes, examinemos de qué maneras demuestra él que es “el camino y la verdad y la vida”.
Un lugar de vital importancia en el propósito de Jehová
3 La razón principal por la que nos acercamos a Dios a través de Jesús es que Jehová otorgó a su Hijo un papel de suma importancia. El Padre lo convirtió en la figura central, el elemento clave en el desarrollo de todos Sus propósitos (2 Corintios 1:20; Colosenses 1:18-20). Para comprender la función tan importante que realiza, hemos de reflexionar sobre lo que ocurrió en el jardín de Edén, donde nuestros primeros padres se unieron a la rebelión de Satanás contra Jehová (Génesis 2:16, 17; 3:1-6).
4 La rebelión de Edén planteó una cuestión de trascendencia universal: ¿gobierna Dios a sus criaturas de una manera justa y buena? Para zanjar esta cuestión, Jehová decidió enviar a la Tierra a un hijo espiritual perfecto. Este hijo realizaría una misión de máxima importancia: entregaría su vida para vindicar la soberanía de Jehová y servir de rescate para salvar a la humanidad. Al mantenerse fiel hasta la muerte, haría posible que se resolvieran todos los problemas creados por la rebelión de Satanás (Hebreos 2:14, 15; 1 Juan 3:8). Ahora bien, Jehová contaba con millones y millones de ángeles, todos ellos perfectos (Daniel 7:9, 10). ¿A cuál elegiría para realizar esta misión de tanta trascendencia? A su “Hijo unigénito”, quien llegó a ser conocido como Jesucristo (Juan 3:16).
5 ¿Debería sorprendernos la elección de Jehová? ¡En lo más mínimo! El Padre tenía confianza absoluta en su Hijo unigénito. Siglos antes de enviarlo a la Tierra, Jehová anunció que su Hijo se mantendría fiel en medio de sufrimientos de toda clase (Isaías 53:3-7, 10-12; Hechos 8:32-35). Pensemos en las implicaciones de esta predicción. Como todas las criaturas inteligentes, el Hijo estaba dotado de libre albedrío, es decir, de la capacidad de elegir lo que haría con su vida. Aun así, Jehová confiaba tanto en él que profetizó que le sería leal. ¿En qué se basaba tal confianza? En el conocimiento. Jehová lo conoce a la perfección y sabe cuánto desea agradarle (Juan 8:29; 14:31). Además, el Hijo ama al Padre, y Jehová siente lo mismo por él (Juan 3:35). Ese amor mutuo forja entre ellos un vínculo inquebrantable de unión y confianza (Colosenses 3:14).
6 En vista del papel tan importante que tiene el Hijo, así como de la confianza que su Padre ha depositado en él y del amor que los une a ambos, ¿debería extrañarnos que solo sea posible acercarse al Padre mediante Jesús? Sin embargo, hay otra razón por la que el Hijo es el único que puede conducirnos al Padre.
El Hijo es el único que conoce plenamente al Padre
7 Para acercarnos a Jehová, tenemos que cumplir algunas condiciones (Salmo 15:1-5). Y nadie conoce mejor que el Hijo las normas divinas que hay que cumplir para tener la aprobación de Dios. Jesús dijo: “Todas las cosas me han sido entregadas por mi Padre, y nadie conoce plenamente al Hijo sino el Padre, ni conoce nadie plenamente al Padre sino el Hijo, y cualquiera a quien el Hijo quiera revelarlo” (Mateo 11:27). Veamos por qué razón Jesús podía afirmar, con todo derecho y sin ninguna exageración, que ‘nadie conoce plenamente al Padre sino el Hijo’.
8 Dado que el Hijo es “el primogénito de toda la creación”, conoce a Jehová más íntimamente que nadie (Colosenses 1:15). Imagínese la relación tan estrecha que se desarrolló entre ambos durante todo el tiempo que estuvieron solos: desde que Jesús —la primera creación— fue formado, hasta que se crearon otros espíritus (Juan 1:3; Colosenses 1:16, 17). Pensemos en la maravillosa oportunidad que tuvo el Hijo al estar junto a su Padre, aprendiendo lo que pensaba sobre las cosas, su voluntad, sus normas y su manera de actuar. Sin duda, no es una exageración afirmar que Jesús lo conoce mejor que nadie. Gracias a esta relación tan estrecha, Jesús pudo revelar de una manera única cómo era la personalidad de su Padre. Ninguna otra persona podría haberlo hecho así.
9 Las enseñanzas de Jesús mostraron que conocía muy bien lo que Jehová piensa, lo que siente y lo que espera de quienes lo adoran. Además, reveló al Padre de otra manera muy profunda. Jesús dijo: “El que me ha visto a mí ha visto al Padre también” (Juan 14:9). En efecto, él lo imitó a la perfección en todo lo que dijo e hizo. Así que cuando leemos en la Biblia detalles sobre Jesús, como la fuerza y encanto que tenían sus palabras, la compasión que lo movía a curar a la gente y la empatía que lo llevaba a derramar lágrimas al ver el sufrimiento ajeno, podemos imaginarnos muy bien a Jehová haciendo lo mismo (Mateo 7:28, 29; Marcos 1:40-42; Juan 11:32-36). Las palabras y acciones del Hijo revelaron a la perfección la forma de actuar y la voluntad del Padre (Juan 5:19; 8:28; 12:49, 50). Por lo tanto, si queremos la aprobación de Jehová, tenemos que obedecer las enseñanzas de Jesús y seguir su ejemplo (Juan 14:23).
10 En vista de que Jesús conoce tan profundamente a Jehová y lo imita a la perfección, no es de extrañar que Jehová decidiera utilizarlo como un medio para llegar a él. Puesto que ya hemos analizado las bases para entender por qué solo es posible llegar a Jehová mediante Jesús, examinemos ahora el significado de estas palabras de Cristo: “Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6).
“Yo soy el camino”
11 Ya hemos aprendido que únicamente podemos acercarnos a Dios a través de Jesús. Analicemos ahora, con más detenimiento, qué significa este hecho para nosotros. Jesús es “el camino” en el sentido de que tan solo mediante él es posible llegar a disfrutar de la aprobación de Dios. ¿Por qué razón? Jesús se mantuvo fiel hasta la muerte, entregando así su vida como sacrificio (Mateo 20:28). De no ser por el rescate, nunca podríamos acercarnos a Dios. El pecado crea una barrera entre Jehová y los seres humanos, ya que él es santo y no puede aprobar el pecado (Isaías 6:3; 59:2). Pero el sacrificio de Jesús eliminó esa barrera: proporcionó la expiación del pecado que se necesitaba (Hebreos 10:12; 1 Juan 1:7). Cuando aceptamos el medio que Dios ha dispuesto mediante Cristo y ciframos fe en él, obtenemos el favor de Jehová. No hay ninguna otra manera de llegar a estar “reconciliados con Dios” (Romanos 5:6-11).
12 Además, Jesús es “el camino” en otro sentido: en lo que tiene que ver con las oraciones. En efecto, solo mediante él podemos dirigir nuestras peticiones sinceras a Jehová con la seguridad de que las oirá favorablemente (1 Juan 5:13, 14). El propio Jesús así lo indicó: “Si le piden alguna cosa al Padre, él se la dará en mi nombre. [...] Pidan y recibirán, para que su gozo se haga pleno” (Juan 16:23, 24). Es apropiado que, en el nombre de Jesús, oremos a Jehová y le llamemos “Padre nuestro” (Mateo 6:9). Ahora bien, Jesús también es “el camino” en el sentido de que es nuestro ejemplo a seguir. Como ya hemos visto, él imitó a la perfección a su Padre. Por eso, su ejemplo nos muestra cómo tenemos que vivir a fin de agradar a Jehová. Así que para poder acercarnos a Jehová, tenemos que seguir las pisadas de Cristo (1 Pedro 2:21).
“Yo soy [...] la verdad”
13 Cuando declaraba la palabra profética de su Padre, Jesús fue siempre fiel a la verdad (Juan 8:40, 45, 46). En su boca nunca hubo engaño (1 Pedro 2:22). Hasta sus enemigos reconocían que enseñaba “el camino de Dios de acuerdo con la verdad” (Marcos 12:13, 14). No obstante, la afirmación “Yo soy [...] la verdad” no se refería tan solo al hecho de que Cristo daba a conocer la verdad al hablar, predicar y enseñar. Había mucho más implicado.
14 Recordemos que, siglos antes, Jehová había inspirado a los escritores de la Biblia para que incluyeran en ella multitud de profecías sobre el Mesías, o Cristo, en las que se aportaban muchos detalles sobre su vida, ministerio y muerte. Además, la Ley de Moisés contenía ‘sombras’, es decir, modelos proféticos en los que aparecía prefigurado el Mesías (Hebreos 10:1). ¿Cumpliría Jesús todas las profecías sobre él? Para ello tendría que ser fiel hasta la muerte. ¿Lo lograría? Solo de ese modo quedaría probado que Jehová es el Dios que pronuncia profecías auténticas. ¡Qué peso tan grande llevaba Jesús sobre sus hombros! Por su manera de vivir —sí, por cada una de sus palabras y acciones—, Jesús probó que eran totalmente ciertos aquellos modelos proféticos (2 Corintios 1:20). Por lo tanto, Jesús era “la verdad” en persona. Era como si mediante él se hubiera hecho realidad la palabra profética de Jehová (Juan 1:17; Colosenses 2:16, 17).
“Yo soy [...] la vida”
15 Jesús también es “la vida”, pues solo mediante él podemos recibir “la vida de verdad” (1 Timoteo 6:19, Nuevo Testamento, de José María Valverde). Las Escrituras señalan: “El que ejerce fe en el Hijo tiene vida eterna; el que desobedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él” (Juan 3:36). ¿Qué implica ejercer fe en el Hijo de Dios? En primer lugar, estar convencidos de que sin él no podemos obtener la vida. Y luego, demostrar la fe con obras, continuar aprendiendo de él y hacer todo lo posible por seguir su enseñanza y ejemplo (Santiago 2:26). Por consiguiente, ejercer fe en el Hijo de Dios nos lleva a la vida eterna, sea como espíritus inmortales en el cielo —en el caso de los cristianos ungidos del “rebaño pequeño”—, o en un paraíso terrestre, en el caso de la “gran muchedumbre” de “otras ovejas” (Lucas 12:32; 23:43; Revelación 7:9-17; Juan 10:16).
16 ¿Y las personas que ya han muerto? ¿Podrán volver a vivir? Claro que sí, pues Jesús también es “la vida” para ellas. Poco antes de levantar a su amigo Lázaro de la tumba, Jesús le dijo lo siguiente a Marta, la hermana del difunto: “Yo soy la resurrección y la vida. El que ejerce fe en mí, aunque muera, llegará a vivir” (Juan 11:25). Jehová le ha confiado al Hijo “las llaves de la muerte y del Hades”, lo que le concede la facultad de resucitar a los muertos (Revelación 1:17, 18). Utilizando estas llaves, Jesús glorificado abrirá las puertas del Hades (la sepultura colectiva de la humanidad) y liberará a todos los que se encuentren en su interior (Juan 5:28, 29).
17 “Yo soy el camino y la verdad y la vida.” Con esta declaración tan sencilla, Jesús resumió el propósito de su vida y ministerio en la Tierra. Estas palabras tienen un gran significado para nosotros. Recordemos que a continuación él agregó: “Nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6). En realidad, sus palabras son tan válidas hoy como cuando las pronunció. Por ello, podemos tener la certeza absoluta de que si seguimos a Jesús, nunca estaremos perdidos. Él, y solo él, nos mostrará el camino para llegar “al Padre”.
¿Cómo responderemos personalmente?
18 Hacemos bien en seguir a Jesús, pues —como hemos visto— él desempeña un papel de vital importancia y es la persona que conoce más profundamente al Padre. Pero, como analizamos en el capítulo anterior, para ser un verdadero seguidor de Jesús, no basta con las palabras y los sentimientos: hacen falta obras. Seguir las pisadas de Cristo exige amoldar nuestra vida a su enseñanza y ejemplo (Juan 13:15). Y este libro nos ayudará a hacerlo.
19 En los próximos capítulos haremos un estudio detallado de la vida y ministerio de Jesús. Este libro está dividido en tres secciones. En la primera haremos un repaso de la forma de ser y de actuar de Jesús. En la segunda examinaremos su ejemplo de celo al predicar y enseñar. Y en la tercera repasaremos las diversas maneras en que manifestaba amor. Además, a partir del capítulo 3 veremos un recuadro titulado “¿Cómo podemos seguir a Jesús?”. Contiene citas bíblicas y preguntas para que reflexionemos sobre las formas de imitar a Jesús de palabra y obra.
20 Gracias a Jehová, no tenemos por qué estar perdidos ni alejados de él por culpa del pecado heredado. Jehová ha pagado un precio muy grande: amorosamente nos ha enviado a su Hijo para que nos enseñe cómo tener una buena relación con Él (1 Juan 4:9, 10). ¡Cuánto nos beneficiaremos si respondemos a su inmenso amor aceptando de todo corazón la invitación que nos hace Jesús: “Sé mi seguidor”! (Juan 1:43.)
[Notas]
En armonía con el importantísimo papel que él desempeña, la Biblia asigna al Hijo un buen número de nombres y títulos proféticos (véase el recuadro de la pág. 23).
Nótense, por ejemplo, las palabras de Jesús que aparecen en Mateo 10:29-31; 18:12-14, 21-35; 22:36-40.
En Juan 14:6 se usa el pronombre personal “yo” y el artículo definido “el”, lo que destaca que la posición de Jesús es única, ya que él —y nadie más— es el camino exclusivo para acercarnos al Padre.
[Preguntas del estudio]
1, 2. ¿Por qué no puede ninguno de nosotros hallar por su cuenta el camino que nos acerca a Dios, y cómo nos ayuda a hacerlo Jesucristo?
3. ¿Por qué nos acercamos a Dios a través de Jesús?
4. ¿Qué cuestión planteó la rebelión de Edén, y cómo decidió zanjarla Jehová?
5, 6. ¿Cómo demostró Jehová que confiaba en su Hijo, y en qué se basaba tal confianza?
7, 8. ¿Por qué pudo afirmar Jesús con toda razón que ‘nadie conoce plenamente al Padre sino el Hijo’?
9, 10. a) ¿De qué maneras reveló Jesús a su Padre? b) ¿Qué debemos hacer para recibir la aprobación de Jehová?
11. a) ¿Por qué es solo mediante Jesús que podemos llegar a disfrutar de la aprobación de Dios? b) ¿Cómo destaca Juan 14:6 la posición única de Jesús? (Véase la nota.)
12. ¿En qué sentidos es Jesús “el camino”?
13, 14. a) ¿Cómo demostró Jesús con sus palabras que era fiel a la verdad? b) ¿Qué tuvo que hacer Jesús para ser “la verdad”, y por qué tuvo que hacerlo?
15. ¿Qué implica ejercer fe en el Hijo, y a qué puede llevarnos dicha fe?
16, 17. a) ¿En qué sentido será Jesús “la vida” incluso para los muertos? b) ¿Qué certeza podemos tener?
18. ¿Qué implica ser un verdadero seguidor de Jesús?
19, 20. ¿Cómo nos ayuda este libro a seguir a Cristo?
[Recuadro de la página 23]
Algunos títulos que se le asignan a Jesucristo
El Amén (es decir, “así sea” o “ciertamente”). En él se cumplen sin falta las promesas divinas (2 Corintios 1:19, 20).
Padre Eterno. Recibió de Jehová autoridad para darnos la oportunidad de vivir para siempre en perfección en este planeta (Isaías 9:6).
Sumo Sacerdote. Nos limpia del pecado, librándonos así de sus mortíferas consecuencias (Hebreos 3:1; 9:13, 14, 25, 26).
Rey de reyes. Como Rey celestial nombrado por Dios, es mucho más poderoso que cualquier gobernante terrestre (Revelación 17:14).
Príncipe de Paz. Es el Rey del Reino de Dios y establecerá en toda la Tierra una paz que nunca tendrá fin (Isaías 9:6).
Maravilloso Consejero. Ofrece siempre consejos prácticos que, además de perfectos, nos llevan a la salvación (Isaías 9:6; Juan 6:68).
La Palabra. Es el vocero, o portavoz, de Jehová (Juan 1:1).
JESÙS DICE " SÈ MI SEGUIDOR "
De qué invitación estamos hablando? De la que hace Jesucristo, el Hijo unigénito del todopoderoso Jehová Dios, y que encontramos en las páginas de la Biblia. En Marcos 10:21 leemos estas palabras suyas: “Ven, sé mi seguidor”. Esta es, en efecto, la invitación que nos dirige a cada uno de nosotros. Por ello, hacemos bien en plantearnos: “¿Qué respuesta le daré?”. La contestación tal vez parezca obvia, pues ¿quién va a negarse a aceptar una oportunidad tan maravillosa? Pero, aunque parezca extraño, así es como actúa la mayoría de la gente. ¿Por qué?3, 4. a) ¿Qué bienes que suelen considerarse envidiables poseía el joven que le preguntó a Jesús por la vida eterna? b) ¿Qué aspectos positivos pudo haber visto Jesús en aquel acaudalado gobernante?Examinemos el ejemplo de un hombre que recibió esta invitación en persona hace casi dos mil años. Se trataba de una figura muy respetada y que poseía al menos tres bienes que suelen considerarse envidiables: juventud, dinero y poder. Así es: la Biblia indica que era “joven”, “muy rico” y un “gobernante” (Mateo 19:20; Lucas 18:18, 23). Pero se destacaba por algo más importante: había oído hablar del Gran Maestro, Jesús, y lo que había oído le había agradado.La mayoría de los gobernantes de aquel tiempo no trataban a Jesús con el respeto que merecía (Juan 7:48; 12:42). Pero, como señala la Biblia, aquel joven actuó de manera muy diferente: “Al salir [Jesús] para seguir su camino, cierto hombre vino corriendo y cayó de rodillas delante de él y le hizo una pregunta: ‘Buen Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar vida eterna?’” (Marcos 10:17). Observe cuánto interés tenía en hablar con Cristo, pues llegó al punto de correr hacia él, como habría hecho alguien de las clases sociales más bajas. Por si fuera poco, se arrodilló respetuosamente. Es evidente que, en buena medida, era humilde y comprendía que debía satisfacer su necesidad espiritual. Jesús valoraba mucho estas cualidades (Mateo 5:3; 18:4). Por eso, no resulta extraña su reacción: “Mirándolo, Jesús sintió amor por él” (Marcos 10:21). Ahora bien, ¿cuál fue la contestación que le dio?Una invitación sin igual5. ¿Qué respuesta dio Jesús al joven adinerado, y cómo sabemos que la “cosa” que le faltaba no era la pobreza? (Véase también la nota.)Jesús indicó que su Padre ya le había dado información sobre esa cuestión fundamental, a saber, sobre lo que debemos hacer para obtener la vida eterna. Para ello, citó de las Escrituras, lo que llevó a que el joven afirmara que él estaba cumpliendo fielmente la Ley mosaica. Pero Jesús, dotado de una extraordinaria capacidad para percatarse de las cosas, vio cuál era el verdadero problema de aquel gobernante (Juan 2:25). Percibió que tenía un grave problema espiritual, de modo que le dijo: “Una cosa [te] falta”. ¿A qué “cosa” se refería? Jesús le dijo: “Ve, vende las cosas que tienes, y da a los pobres” (Marcos 10:21). ¿Quería decir Cristo que para servir a Dios hay que quedarse en la miseria? No, no era eso lo que él quería decir. Más bien, con aquel comentario estaba revelando un hecho de suma importancia.6. ¿Qué invitación le hizo Jesús al joven y acaudalado gobernante, y qué condición de corazón reveló este con su manera de reaccionar?A fin de dejar claro lo que le faltaba a aquel joven, Jesús le hizo este ofrecimiento excepcional: “Ven, sé mi seguidor”. ¡Imagínese: el propio Hijo del Altísimo invitándolo en persona a seguirlo! Además, le prometía una recompensa que él jamás hubiera podido soñar: “Tendrás tesoro en el cielo”. ¿Aceptó de inmediato esa gloriosa invitación el adinerado gobernante? El relato aclara que, más bien, “se entristeció por el dicho, y se fue contristado, porque tenía muchas posesiones” (Marcos 10:21, 22). Por lo tanto, la respuesta inesperada de Jesús sacó a la luz el problema que había en el corazón de aquel hombre: sentía excesivo apego por sus posesiones y, seguramente, por la autoridad y el prestigio que le proporcionaban. Por desgracia, amaba más todo aquello que a Cristo. Esto nos permite ver qué “cosa” le faltaba: aunque tuviera amor a Jesús y a Jehová, no era un amor incondicional ni sacrificado. Por ello rechazó una invitación sin igual. Ahora bien, ¿qué tiene que ver todo esto con nosotros?7. ¿Por qué podemos estar seguros de que la invitación de Jesús también va dirigida a cada uno de nosotros?La invitación de Jesús no se limitó a aquel gobernante ni a un círculo selecto de personas. Jesús “dijo a todos: ‘Si alguien quiere venir en pos de mí, [...] sígame de continuo’” (Lucas 9:23). Como vemos, “todos” pueden ser seguidores de Cristo, siempre que de verdad quieran serlo. En vista de que estas personas son sinceras, Dios las atrae y las mueve a acercarse a su Hijo (Juan 6:44). La invitación de Jesús no va dirigida solo a los ricos ni, por el contrario, solo a los pobres. Tampoco se limita a gente de cierta raza, nación o época. Más bien, es una oportunidad que se pone ante todos. Por consiguiente, la invitación “Ven, sé mi seguidor” ciertamente tiene que ver con cada uno de nosotros. Pero ¿qué razones hay para seguir a Cristo? ¿Y qué implica seguirlo?Razones para seguir a Cristo8. ¿Qué necesidad tenemos todas las personas, y por qué?Hay que admitir un hecho que, aunque no todos quieran reconocerlo, resulta innegable: necesitamos contar con un buen liderazgo. Por inspiración divina, el profeta Jeremías reconoció esa verdad eterna: “Bien sé yo, oh Jehová, que al hombre terrestre no le pertenece su camino. No pertenece al hombre que está andando siquiera dirigir su paso” (Jeremías 10:23). En efecto, los seres humanos no son capaces de gobernarse ni tienen el derecho a hacerlo. En líneas generales, la historia es una larga sucesión de malos dirigentes (Eclesiastés 8:9). En los días de Jesús, las autoridades oprimían, maltrataban y engañaban al pueblo. Con toda razón, Jesús comentó que la gente común se encontraba “como ovejas sin pastor” (Marcos 6:34). Y lo mismo cabría decir de las personas de la actualidad. Sea a nivel colectivo o individual, necesitamos un líder que merezca nuestra confianza y respeto. ¿Estará Jesús a la altura de las circunstancias? Veamos varias razones para afirmar que sí.9. ¿Qué diferencia a Jesús de los demás dirigentes?En primer lugar, Jesús ha sido elegido por Jehová Dios. La mayoría de los dirigentes humanos han sido escogidos por personas que son igual de imperfectas que ellos y que, por tanto, son presa fácil de engaños y errores de juicio. Pero Jesús es un caudillo muy diferente, como lo indica el propio título que recibe. La palabra Cristo, al igual que Mesías, significa “Ungido”. Jesús fue ungido (o sea, nombrado para desempeñar un cargo sagrado) por el propio Señor Soberano del universo. En efecto, Jehová Dios dijo con referencia a su Hijo: “¡Mira! ¡Mi siervo a quien escogí, mi amado, a quien mi alma aprobó! Pondré mi espíritu sobre él” (Mateo 12:18). Nadie sabe mejor que el Creador la clase de dirigente que nos hace falta. Y como Jehová posee sabiduría infinita, podemos confiar plenamente en su elección (Proverbios 3:5, 6).10. ¿Por qué es el ejemplo de Jesús el mejor que podemos seguir?En segundo lugar, Jesús nos ha dejado un ejemplo perfecto que nos motiva. El mejor dirigente es el que posee virtudes dignas de admirar e imitar, el que traza con su ejemplo el camino que han de seguir sus súbditos y los motiva a superarse. ¿Qué cualidades de un líder nos infunden más respeto? ¿La valentía? ¿La sabiduría? ¿La compasión? ¿La perseverancia ante las dificultades? Al estudiar la crónica de la vida de Jesús en la Tierra, veremos que reunía todas estas cualidades y muchas más. Dado que era el reflejo perfecto de su Padre celestial, mostraba todas las cualidades divinas en su máxima expresión. Era un hombre perfecto en todo sentido. Por consiguiente, cada una de sus acciones, palabras y emociones es digna de imitar. La Biblia dice que ha dejado a los cristianos un “dechado para que sigan sus pasos con sumo cuidado y atención” (1 Pedro 2:21).11. ¿Cómo demostró Cristo que era “el pastor excelente”?En tercer lugar, Cristo demostró que era, como afirmaba, “el pastor excelente” (Juan 10:14). Esta imagen la entendían muy bien las personas de tiempos bíblicos. Sabían que el pastor tenía que trabajar mucho para cuidar del rebaño, y que, si de verdad era “excelente”, le daba más importancia a la seguridad del rebaño que a la suya propia. Este fue el caso de un antepasado de Jesús, el rey David, quien de joven arriesgó la vida en más de una ocasión para proteger de las fieras a las ovejas que cuidaba (1 Samuel 17:34-36). Pero Jesús hizo mucho más en beneficio de sus seguidores humanos: dio la vida por ellos (Juan 10:15). ¿Cuántos líderes tienen un espíritu de sacrificio semejante?12, 13. a) ¿De qué maneras conoce el pastor a sus ovejas, y, a su vez, las ovejas al pastor? b) ¿Por qué anhela usted que lo guíe el Pastor Excelente?Jesús también fue “el pastor excelente” en otro sentido, pues dijo: “Conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen a mí” (Juan 10:14). Pensemos en el cuadro que él estaba presentando. Aunque para muchos el rebaño sea tan solo un conjunto de criaturas lanudas, no es así para el pastor. Él conoce a cada una de ellas: a las preñadas, que requerirán su ayuda en el parto, a las enfermas o lastimadas y a los corderitos que tendrá que cargar porque son muy pequeños o están muy débiles. Y las ovejas también conocen a su pastor. Identifican su voz y nunca la confunden con la de ningún otro. Y cuando el tono de su llamada denota alarma o urgencia, reaccionan con rapidez. Además, lo siguen dondequiera que él vaya. A fin de cuentas, él sabe dónde se encuentran los pastos más verdes, las corrientes más frescas y los campos más seguros. Cuando el pastor las vigila, se sienten a salvo del peligro (Salmo 23).¿A quién no le gustaría que lo guiaran de ese modo? El Pastor Excelente ha demostrado de forma incomparable que trata así a sus seguidores. Promete conducirnos a cada uno de nosotros a una vida llena de alegrías y satisfacciones en la actualidad, y a un futuro que será eterno (Juan 10:10, 11; Revelación [Apocalipsis] 7:16, 17). Por lo tanto, necesitamos saber qué implica seguir a Cristo.¿Qué implica seguir a Cristo?14, 15. Para seguir a Cristo, ¿por qué no basta con afirmar que uno es cristiano o que lo ama?Sin duda, centenares de millones de personas piensan que han aceptado la invitación de Cristo, pues, al fin y al cabo, se llaman cristianas. Tal vez sigan en la religión en la que los bautizaron sus padres. O incluso afirmen amar a Cristo y haberlo aceptado como su Salvador personal. Pero ¿son necesariamente seguidores de Cristo? ¿Es a eso a lo que se refería Jesús con la invitación a seguirlo? La verdad es que se refería a mucho más.Pensemos en las naciones de la cristiandad, cuyos ciudadanos afirman en su mayoría ser discípulos de Cristo. ¿Siguen las enseñanzas de Jesús? ¿O vemos en ellas el mismo odio, opresión, delincuencia e injusticia que en el resto del mundo? El respetado maestro hindú Gandhi dijo en cierta ocasión: “No sé de nadie que haya hecho más por la humanidad que Jesús. De hecho, no encuentro nada malo en el cristianismo”. Pero entonces añadió: “El problema está en ustedes los cristianos, pues no viven en conformidad con lo que enseñan”.16, 17. ¿Qué suele faltarles a muchos que afirman ser cristianos, y qué distingue a los verdaderos seguidores de Cristo?Jesús señaló que no se reconocería a sus verdaderos discípulos solo porque afirmaran seguirlo o ser cristianos, sino principalmente por sus actos. Así, aseguró en cierta ocasión: “No todo el que me dice: ‘Señor, Señor’, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21). ¿Por qué son tantas las personas que afirman tener a Jesús por Señor, pero luego no hacen la voluntad de Su Padre? Por lo general, porque les pasa igual que al joven y acaudalado gobernante. Hay “una cosa [que les] falta”: no aman con toda el alma ni a Jesús ni a su Padre, quien lo envió.Pero ¿por qué decimos eso? ¿Acaso no hay millones de feligreses en la cristiandad que aseguran amar a Cristo? Así es. Sin embargo, el amor a Jesús y a Jehová no debe quedarse en simples afirmaciones. Cristo dijo: “Si alguien me ama, observará mi palabra” (Juan 14:23). Y hablando como pastor, señaló: “Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen” (Juan 10:27). Como vemos, el auténtico amor a Cristo no se demuestra tan solo con los sentimientos y palabras, sino también con las acciones.18, 19. a) ¿Qué efecto debería tener en nosotros el conocimiento que adquirimos acerca de Jesús? b) ¿Cuál es el objetivo de este libro, y cómo beneficiará incluso a quienes se consideran seguidores de Cristo desde hace mucho tiempo?Ahora bien, nuestros actos no surgen de la nada. Son un reflejo de cómo somos en nuestro interior. Por eso, es ahí donde debemos poner manos a la obra. Jesús dijo: “Esto significa vida eterna, el que estén adquiriendo conocimiento de ti, el único Dios verdadero, y de aquel a quien tú enviaste, Jesucristo” (Juan 17:3). Si va acompañado de meditación, el conocimiento exacto acerca de Jesús influirá en nuestro corazón. Con cada día que pase, amaremos más y más a Cristo, y mayor será nuestro deseo de seguirlo de continuo.Ese es, precisamente, el objetivo de este libro. No pretende hacer un resumen completo de la vida y ministerio de Jesús, sino, más bien, ayudarnos a entender con más claridad cómo podemos seguirlo. Se ha preparado para que nos miremos en el espejo de las Escrituras y nos preguntemos: “¿De verdad estoy siguiendo a Jesús?” (Santiago 1:23-25). Es posible que el lector se considere desde hace mucho tiempo una oveja que sigue al Pastor Excelente. No obstante, ¿verdad que siempre podemos mejorar en algo? La Biblia nos hace esta exhortación: “Sigan poniéndose a prueba para ver si están en la fe, sigan dando prueba de lo que ustedes mismos son” (2 Corintios 13:5). Bien vale la pena que nos aseguremos de estar aceptando la guía del amoroso Pastor Excelente, Jesús, a cuyo cuidado nos ha encomendado Jehová.20. ¿Qué vamos a examinar en el próximo capítulo?Estudiando este libro podrá fortalecer su amor por Jesús y por Jehová. Y si dicho amor guía su vida, disfrutará de la mayor paz y satisfacción que es posible sentir en este viejo mundo. Además, podrá vivir para siempre, alabando incesantemente a Jehová por habernos proporcionado un Pastor Excelente. Para iniciar el estudio de la figura de Cristo, debemos poner buenos cimientos. Por ello, en el capítulo 2 examinaremos la función que desempeña Jesús en el propósito universal de Jehová.
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